Robert Darnton: «El temperamento revolucionario»

El París de antes de la revolución como sociedad de la información

Cartel de 1789 que representa al Tercer Estado aplastado por los otros dos
Cartel de 1789 que representa al Tercer Estado aplastado por los otros dos
Ángel Vivas

Robert Darnton es un historiador norteamericano, experto en historia cultural francesa. Ha sido profesor en Princeton y Harvard.

Avance

La sociedad de las décadas anteriores a la Revolución francesa fue una verdadera sociedad de la información, en la que proliferaban los panfletos, los pasquines, los carteles, las canciones, los rumores y, por supuesto, los libros. Fue justamente en aquella sociedad de la información y con medios como los citados como se incubó la mentalidad revolucionaria, la conciencia colectiva que explotaría en 1789 llevándose por delante el Antiguo Régimen. Robert Darnton estudia ese proceso en las cuatro décadas que precedieron el estallido revolucionario. Libros, noticias, rumores, hechos más o menos desfigurados, fuero corroyendo la confianza de los parisinos en las instituciones y allanando el terreno para la Revolución, para la que, llegado el momento, el pueblo ya estaba preparado.

Un nuevo lenguaje —en el que palabras como patriota, nación, ciudadano eran básicas— se fue imponiendo en los panfletos y las charlas de café, a la vez que también se imponía una nueva conciencia. La mentalidad colectiva se fue templando igual que se templa un metal por su exposición a todo tipo de influjos: los libros que recogían los principios de la Ilustración, batallas políticas en las que se jugaba la libertad (fuera el caso Calas en el que tanto se implicó Voltaire o la defensa de la autonomía de los parlamentos frente al poder real), el progreso de la ciencia que dotaba de un nuevo poder a los hombres, las noticias del despilfarro y la decadencia de Versalles, atropellos concretos sufridos por ciudadanos del pueblo… Además, las crisis de subsistencia (el sempiterno problema del precio del pan) y el uso cada vez más generalizado de la violencia provocaban disturbios en los que la gente se apoderaba progresivamente de la calle.

En vísperas de 1789, el divorcio entre el pueblo y la monarquía era patente y el ambiente de revolución lo llenaba todo como el humo de miles de chimeneas acumulándose sobre el cielo de la ciudad.

ArtÍculo

Talleyrand habló, en una frase célebre, de la dulzura de la vida que caracterizó al tiempo anterior a la Revolución francesa. Obviamente, era un punto de vista parcial. Los años «antes de la revolución» fueron más complejos. Un testigo de los acontecimientos de esos años previos habló de fermentación. Lo que acabaría estallando en 1789 se incubó, fermentó, en las décadas anteriores. El historiador Robert Darnton recorre el periodo 1748-1789 analizando los acontecimientos y las percepciones que los acompañaron, el modo en que la gente interpretó esos sucesos. Así, el temperamento del título de su libro equivale aquí a mentalidad, cosmovisión, conciencia colectiva, un estado de ánimo fijado por la experiencia de forma análoga al temple del acero. Darnton estudia la sociedad parisina de esas décadas como una sociedad de la información (todas lo son a su modo) y cómo los parisinos siguieron el curso de los acontecimientos de un modo que los preparó para dar el gran salto hacia la revolución de 1789.

Robert Darnton. El temperamento revolucionario. Taurus, 2025. 630 páginas.

La idea no está muy alejada de la expuesta recientemente por Nathan Perl-Rosenthal de que hicieron falta dos generaciones para llevar adelante las revoluciones burguesas. En ambos casos se trata de estudiar las mentalidades. Darnton, en concreto, sostiene que la historia de los acontecimientos, despreciada durante mucho tiempo, puede reformularse como una forma de entender cómo la gente interpretaba los sucesos.

Con esa perspectiva, analiza los numerosos conflictos que se fueron dando a lo largo de esos cuarenta años: problemas religiosos alrededor del jansenismo, económicos (el clásico de la subida del pan), sociales, políticos, culturales, como la penetración de las ideas ilustradas… Muchos de esos sucesos provocaron estallidos de indignación popular, las llamadas émotions populaires, que, por unas horas, dejaban la ciudad en manos de la multitud; disturbios acompañados de violencia desmedida en ocasiones.

En todos los casos, la proliferación de panfletos, un fenómeno que recorre y caracteriza todo el periodo, excitaba los ánimos del público. Si al pueblo llano le llegaban los panfletos, estampas, poemas y canciones (estas fueron un ingrediente de la política del siglo XVIII), los más cultos recibían los libros que conformaron el movimiento ilustrado: la mayoría de las obras básicas de la Ilustración se pusieron en la calle en un plazo de cuatro años alrededor de 1750; una explosión (¿un boom?) inédita. En cuanto a la Enciclopedia, se difundió —bregando siempre con la censura— en fragmentos sueltos, en pasajes extensos en los periódicos, y el escándalo que provocaba amplificaba el eco. Los parisinos captaron lo fundamental: que un grupo de philosophes había trazado el mapa del mundo del conocimiento y las autoridades habían intentado, sin éxito, destruirlo.

Un nuevo lenguaje

Una minoría empezó a pensar que la nación está por encima de los reyes; y los parisinos fueron aprendiendo a hablar un nuevo lenguaje. Cuando un opúsculo anónimo — Richesse de l’Etat— al principio de la década de los sesenta se ocupó de las finanzas reales, no solo se convirtió en la comidilla de París, sino que suscitó un intenso debate sobre el asunto, con reimpresiones y nuevas publicaciones. Estas venían firmadas por «un auténtico patriota», «un financiero patriota», «un buen patriota» o «un buen ciudadano» y dirigidas al «público patriota». Se hablaba en ellas de «una cuestión de patriotismo», de «el anhelo general de la nación», de ciudadanos en vez de súbditos. El nuevo vocabulario se abre paso en un diluvio de panfletos y opúsculos, transmitiendo una exigencia general de igualdad, no social sino de trato en la tributación, lo que abría una vía para cuestionar el orden sociopolítico en su conjunto.

Si Rousseau llegó a los corazones de sus lectores difundiendo sentimientos que volvían a estos contra el orden establecido, Voltaire, con su Tratado sobre la tolerancia, escrito a raíz del famoso caso Calas, mostró que la Ilustración no era solo la moda de unos cuantos librepensadores, sino compromiso con una causa, oposición a la injusticia, implicación en la lucha por mejorar las condiciones de vida de la humanidad.

En el polo opuesto a esas causas nobles estaba el escándalo de la vida amorosa del rey, sinónimo de decadencia de la corte, también por los gastos que conllevaba. El despilfarro de la Pompadour y su poder político, su capacidad de poner y quitar ministros, alimentaban un sentimiento antimonárquico. En el imaginario popular calaba la idea de la perfidia de Versalles, de ministros malvados conspirando con las depravadas amantes del rey, lo que cristalizaba en hostilidad hacia el sistema político.

La década de los setenta asiste a la apertura de un nuevo frente en esa larga fermentación del temperamento revolucionario: la independencia de los parlamentos, órganos de la magistratura que servían de canales para dirigir y controlar el poder real. Cuando una iniciativa ministerial trató de destruir su capacidad para frenar la autoridad legislativa del rey, los parisinos sintieron que la monarquía derivaba en despotismo. Tratados teóricos como el de Montesquieu les respaldaban en esa idea, proporcionando el marco político en el que encajar sus inquietudes. «Los lectores necesitaban la orientación de obras teóricas directamente aplicables a la crisis política», escribe Darnton.

Los Estados Generales

Uno de los muchos carteles aparecidos con motivo del problema con los parlamentos llega a amenazar de muerte al rey. Por otro lado, y al hilo del mismo conflicto, se empieza a pedir la convocatoria de los Estados Generales, ya en 1771.

La década de los ochenta se abre con una nueva publicación resonante, la relación detallada de los ingresos y gastos del Estado que hace Necker, convertido desde ese momento en una suerte de héroe popular. Fue una novedad radical acerca de un asunto sobre el que, hasta entonces, el pueblo carecía de la menor información. «Una revelación, impresa, escrita por el responsable de las finanzas del Estado, producida por la imprenta real y al alcance de todo el mundo por solo tres libras. Jamás se había visto nada igual». El opúsculo, que tuvo unas ventas asombrosas, suponía una ruptura decisiva con el pasado. Con el escrutinio público, los súbditos se consideraban ciudadanos, y ya no había vuelta atrás.

Otros hechos podían ser menos resonantes, pero no menos influyentes. Así, el desarrollo de la aerostación o del mesmerismo reforzaba un aspecto del temperamento revolucionario como es la fe en la razón y la ciencia. Hacia los años 80 del siglo XVIII la razón parecía capaz de todo y el hombre, se pensaba, podía hacer cualquier cosa. La visión colectiva del mundo estaba cambiando. «En vísperas de la Revolución, muchos estaban convencidos de que todo era posible».

El teatro era otra caja de resonancia en la sociedad de la información que era la parisina del momento: Beaumarchais y su Fígaro canalizaron también inquietudes colectivas. En realidad, casi cualquier acontecimiento era susceptible de constituir un fermento revolucionario: los fantásticos lujos de la reina, como el famoso y oscuro caso del collar de María Antonieta, una estafa de la que, en realidad, la reina era inocente; la especulación en bolsa, las conexiones entre el mundo del dinero y de la política; o un enredo adúltero —el caso Kornmann, en el que tuvo un papel muy activo Beaumarchais — en el que la víctima pasó a representar la justa indignación de un plebeyo que desafiaba a los estamentos privilegiados y, por elevación, a encarnar al sometido Tercer Estado. Cuestiones abstractas, como el despotismo ministerial, se personificaban en individuos concretos. La literatura del libelo «utilizaba revelaciones sobre vidas privadas para movilizar pasiones sobre asuntos públicos»; y esa idea del despotismo encarnada en villanos concretos perduraría durante toda la Revolución.

La petición de convocar los Estados Generales no había dejado de extenderse, incluso entre los nobles reunidos en la Asamblea de Notables o entre la Iglesia, y, a la altura de 1788, la reivindicación de los Estados Generales equivalía a afirmar que la soberanía residía en la nación. A la vez, los mensajes callejeros empezaban a discutir los fundamentos de la autoridad del rey y no faltaban carteles que se burlaban de sus personas.

La revolución de 1788

A finales de 1788, «cientos de panfletos hacían que el debate sobre los Estados Generales pareciera una lucha por el destino de Francia, y el ambiente se volvía cada vez más tormentoso». «A semejanza del humo de miles de chimeneas que se acumula sobre la ciudad, poco a poco se iba formando un clima de opinión». «Los panfletos, amplificados por el runrún callejero, exhortaban a la gente a identificarse con el pueblo francés en su conjunto y a considerarse ciudadanos de una nación decidida a crear un nuevo orden político».

Condorcet habló ya de «la revolución de 1788» por el cambio que se dio en ese año, en el que los parisinos acabaron convencidos de pertenecer a una nación, a un cuerpo soberano que desafiaría a los estamentos privilegiados y tomaría las riendas de su propio destino.

Coincidiendo con los Estados Generales, se produjeron desórdenes y violencias por el problema del pan. «Justo cuando los Estados Generales se disponían a restaurar el reino, este parecía desmoronarse».

«A finales de 1788, la mentalidad de la mayoría de los parisinos se había transformado… La experiencia acumulada durante las cuatro décadas anteriores hizo que los parisinos estuvieran preparados para derrocar el régimen en 1789». Había cuajado un temperamento revolucionario hecho de múltiples elementos: odio al despotismo (palabra de significado variable), amor a la libertad, compromiso con la nación, indignación por la depravación de la élite aristocrática, dedicación a la virtud, moralidad, desencanto con la monarquía, fe en el poder de la razón, familiaridad con la violencia… Pero el resultado fue mayor que la suma de esas partes.

Robert Darnton presenta con extraordinaria viveza la sociedad parisina en las cuatro décadas anteriores al 89, un antes de la revolución que recoge también, junto a la efervescencia ideológica y los disturbios, las fiestas, los desfiles, los fuegos artificiales, el teatro… la dulzura y la dureza de la vida.

La imagen que ilustra el artículo es un cartel de 1789 que representa al Tercer Estado aplastado por los otros dos. Es de autor anónimo y dominio público. Puede consultarse aquí.