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LA PERSISTENTE DESNATALIDAD 

El rápido descenso de la natalidad-fecundidad en España se evidencia en los siguientes hitos: en 1976 la fecundidad se situaba en 2,80 hijos por mujer, y los nacimientos sumaban 677.456; el descenso toca fondo en 1998 con 1,15 hijos por mujer, 365.193 nacimientos y un saldo natural de solo 4.682 nuevos habitantes. La recuperación posterior es muy lenta, pues en 2008 solo se consiguen 1,44 hijos por mujer (518.967 nacimientos). La reciente recuperación de los nacimientos, como se observa en la figura 1, se debe fundamentalmente a las madres extranjeras (11.832 nacimientos en 1996, 108.195 en 2008).

Fig. 1. España. Evolución del número total de nacimientos (1975-2008), según la nacionalidad de la madre. Fuente: INE, Movimiento natural de la población en España.

Esta disminución drástica de la natalidad y fecundidad tendría consecuencias económicas y demográficas problemáticas al llegar esas generaciones menguadas a la edad laboral y procreadora. Primero, porque se intensificará el envejecimiento demográfico; segundo, porque se deteriorará la ratio trabajadores/jubilados y, por último, disminuirá mucho la población en edad fértil. El estudio de la pirámide de edades (fig. 2), permite valorar la incidencia de los varios sumandos que conforman la tasa de envejecimiento, que ha aumentado de modo acusado y sostenido, sobre todo a partir de 2025. El primero es la falta de efectivos jóvenes por la persistente desnatalidad. El segundo, es que a partir de 2020, llegarán la edad de jubilación un número muy alto de personas: las correspondientes a los años de alta natalidad en España en el periodo 1955-1977. El tercer sumando es la agregación de la actual población extranjera que ahora tienen entre 45 y 20 años. El último es el previsible aumento de la esperanza de vida.

Fig. 2. Población de España por edad y sexo, a 1-1-2009. Cifras absolutas. Fuente: INE, Padrón Municipal de habitantes, 1-1-2009.

No puede afirmarse en el plano teórico que la natalidad aumenta cuanto mayores son los gastos sociales a favor de la familia y la infancia; pero más arriesgado sería decir que no tienen nada que ver. De hecho, en Europa, coinciden los países con fecundidad más alta y con políticas firmes de protección a la familia (Francia, países nórdicos), que incluyen la conciliación familia-trabajo.

Junto a la desnatalidad que se inició en España hace treinta años, se ha producido otra novedad demográfica más reciente: la llegada masiva de una inmigración joven des- de países menos desarrollados (fig. 2). En 2001, se censaron 1,6 millones de extranjeros (el 3,8 por 100 de la población de España); en 2009 eran 5,6 millones (el 12,1 por 100 de la población total). Ello ha ocasionado un rejuvenecimiento del conjunto de la población debido al efecto convergente de la llegada de emigrantes jóvenes, a los que hay que sumar un volumen notable de nacimientos de madres extranjeras.

En 2009, los extranjeros empadronados en España pertenecen a dos grupos muy desiguales: 1,3 millones procede de países más desarrollados, casi todos de Europa occidental. Tienen envejecimiento acusado: el 18,3 por 100 tienen 65 y más años de edad (para el conjunto de España esta tasa es de 16,6 por 100). Sin embargo, el grupo más numeroso, con 4,4 millones de extranjeros (1,3 millones son europeos del Este, 1,0 millones africanos, 1,8 millones latinoamericanos y 292.000 asiáticos), aportan una estructura muy joven. De éstos, el grupo de 65 y más años oscila entre el 0,8 por 100 los europeos del Este y el 1,7 por 100 los latinoamericanos. Por el contrario, la parte más joven de la pirámide, la que tiene menos de 40 años de edad, suma el 51 por 100 para el conjunto de España, el 43 por 100 en los extranjeros procedentes de países desarrollados y el 77 por 100 en los extranjeros procedentes de países menos desarrollados.

La proporción de mujeres entre los extranjeros que residen en España se acerca a la mitad en los colectivos de cada continente, con dos excepciones, los asiáticos y africanos, cuya proporción de mujeres en 2009 es del 38 y 35 por 100, respectivamente. Estos dos grupos minoritarios de mujeres son, precisamente, las únicas extranjeras con mayor fecundidad que las españolas, como veremos a continuación.

LOS NACIMIENTOS DE MADRE EXTRANJERA

Los nacimientos de madre extranjera en el país de acogida, cuando son abundantes, conllevan estabilidad en las colonias respectivas, ya que suelen ser fruto de reagrupación familiar. También suelen facilitar una mayor integración de los inmigrantes en la sociedad española y aumentan sus efectivos por saldo natural. Estos nacimientos, que en nuestro caso han experimentado un fuerte incremento durante la última década (fig. 1), contribuyen a restaurar el desequilibrio que la desnatalidad española había introducido en el grupo joven de la pirámide de edades (fig. 2). El aumento reciente del número de nacimientos de madre extranjera es consecuencia de una estructura muy joven de las madres extranjeras y de su inmigración masiva durante la última década.

En 2008 los 108.195 nacimientos de madre extranjera representan el 20,8 por 100 del total de nacidos en España, aunque los extranjeros representan solo el 12,1 por 100 del conjunto de la población. Estas diferencias se explican porque la estructura de edad de las extranjeras es más favorable a la natalidad: las extranjeras de entre 15 y 39 años son el 54,3 por 100 de su total, mientras que para el total de España todas las de este grupo de edades solo representan el 34,7 por 100.

FECUNDIDADES MUY INSUFICIENTES 

La evolución más reciente de la fecundidad muestra un aumento generalizado, tanto en las españolas como en todas las nacionalidades de las extranjeras. Sin embargo, los niveles actuales están muy lejos del necesario para el reemplazo de generaciones (2,1 hijos por mujer). Según las tasas de fecundidad de 2008, se diferencian en España dos grupos: uno con fecundidad insuficiente, formado por las mujeres españolas (1,36 hijos por mujer), las extranjeras europeas (1,15) y las americanas (1,41). El otro, con fecundidad suficiente, lo conforman las asiáticas (2,37) y sobre todo las africanas (3,76). No obstante, estos colectivos con mayor fecundidad apenas modifican la media de la fecundidad total. El índice conjunto para España se sitúa en 1,44 hijos por mujer; es decir, las extranjeras solo consiguen aumentar la fecundidad de las españolas en 0,08 hijos por mujer.

Las extranjeras que podrían incrementar más la fecundidad del conjunto (africanas y asiáticas entre 15 y 49 años) son aún pocas: 235.289 y 82.519, respectivamente, para un total de 11.764.264 en 2009. La gran diferencia de fecundidad entre las mujeres extranjeras, con mínima fecundidad en las europeas (1,15), que son las más numerosas, y máxima fecundidad entre africanas (3,76), escasas en cifras absolutas, se traduce en una fecundidad para el conjunto de las extranjeras aún muy insuficiente, pues solo alcanza a 1,79 hijos por mujer en 2008.

Cuando las inmigradas proceden de países con fecundidad más alta —todos los orígenes no europeos— que la del país de acogida, lo habitual es que las mujeres inmigradas reduzcan su fecundidad de acuerdo al de su nuevo entorno. Esta reducción la confirman las encuestas realizadas entre africanas y latinoamericanas que residen en España, al preguntarles su opinión sobre la fecundidad que desean para ellas y sus hijas. Las encuestadas en 2003-2005 manifestaban que el número de hijos deseado para sí mismas y para sus hijas era el siguiente:

CONCLUSIONES

La pirámide demográfica de España hacía honor a su nombre, era una pirámide efectiva que aseguraba el crecimiento demográfico por tener unas cohortes jóvenes más numerosas que las de adultos y mayores. Nuestra sociedad planificaba en crecimiento demográfico con sus efectos positivos en la economía. Las actuales cohortes jóvenes, muy menguadas respecto a los adultos y mayores, pueden abocar a una sociedad con menos población activa y sobre todo con menos población total si persiste la desnatalidad actual. En la actualidad es preciso enlazar esta situación de la pirámide demográfica autóctona con los posibles aportes demográficos de los inmigrados extranjeros, actuales y futuros.

La mayor parte de los inmigrantes extraeuropeos, según las encuestas, quieren establecerse de manera definitiva en España. Por eso, su aportación a la demografía nacional tiene un interés creciente. Lo más importante —además de hacer posible el mayor incremento censal conocido, 1,6 por 100 anual entre 2002 y 2009— es el rejuvenecimiento demográfico, tanto por su juventud como por su alta participación en los nacimientos que se producen.

La persistencia de la desnatalidad en España constituye un deterioro demográfico con graves repercusiones también en la economía del país. Los efectos negativos están ahora en su fase de inicio, como se aprecia en el perfil de la pirámide de población. El más grave e inmediato de la desnatalidad es el rápido envejecimiento demográfico, que será especialmente intenso en las próximas décadas. Entonces llegarán a los 65 años de edad las abultadas cohortes de los adultos actuales, en las que coinciden los resultados de la alta natalidad anterior a 1977, y de la inmigración actual. Estas cohortes de adultos llegarán casi intactas a la jubilación por la alta esperanza de vida alcanzada. El segundo efecto negativo es de orden económico y es tan importante como grave. Se trata de la previsible insuficiencia de la mano de obra. Primero, por lo que afecta a la progresiva sustitución de las abultadas cohortes actuales de adultos. Segundo, y sobre todo, por la ruptura de la actual ratio entre trabajadores cotizantes y pensionistas. Hay que destacar que la tasa de actividad femenina está ya cerca de su máximo posible, sobre todo entre las adultas jóvenes, y que el recurso continuado a la inmigración extranjera tiene unos costes sociales que actualmente parecen difíciles de asumir.

El descenso de la fecundidad, el aumento del envejecimiento y de la inmigración extranjera son propios, por lo que nos enseña la historia, del progreso económico y social de las sociedades desarrolladas. En nuestro país hay un hecho diferencial que constituye un factor problemático para el mantenimiento de nuestro statu quo en los órdenes económico y social. Se trata de la celeridad con que se han producido estos cambios, de alta a muy baja fecundidad durante la década de los ochenta y su persistencia treinta años después. También, por el incremento exponencial de la inmigración durante la última década.

Las políticas en materia de fecundidad sin duda no pueden dirigirse ni a los resultados inmediatos, ni ser directas, porque las decisiones que afectan a la fecundidad se sitúan en el ámbito privado de la pareja. Sin embargo, es indudable que las facilidades para alcanzar una situación económica favorable para las parejas jóvenes facilitan la toma de decisiones favorables a la fecundidad. En ese orden han de situarse las medidas que facilitan el trabajo femenino fuera del hogar. Esto conlleva incrementar necesariamente los apoyos a la familia, a la infancia y a la juventud por parte del Estado y de la sociedad. No hay que olvidar que Estado y sociedad serán precisamente los beneficiarios de que existan esos ciudadanos en el futuro. Estos apoyos aún son especialmente escasos y titubeantes en España, tanto si se comparan con los existentes en otros países de Europa occidental como, sobre todo, si se atiende a las consecuencias negativas que supondrá para el país la actual desnatalidad. Quizá convenga recordar que es una de las más bajas e insuficientes del planeta.


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