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Ver productosHa terminado el año 1989 y junto con él ha llegado a su fin la época del comunismo real. En las ciudades rumanas en llamas ha sido enterrado el sistema que se autoproclamaba el porvenir del mundo. Habrá todavía reincidencias policiales o militares y epígonos del comunismo engañarán con chucherías y azuzarán con calumnias. Pero es realmente el fin. Han muerto el sistema y la idea.
1 de marzo de 1990 - 10min.
Cuando me pongo a pensar en quienes han enterrado esta idea pienso en varias personas a las que he tenido la suerte de conocer, varias personas de la Europa Central. Una de ellas fue Andriej Sajarov.
Es evidente y general la importancia que tienen los cambios en la URSS para todo lo que hoy está ocurriendo en la Europa Central. No obstante, estos cambios suelen ser relacionados con el nombre del líder del partido soviético, Mijail Gorbachov. Pero para nosotros, la gente de Solidarnosc, y para mí personalmente, la prueba de la autenticidad de estos cambios lo fue el regreso del exilio de Andriej Dmitrievitch Sajarov en diciembre de 1986, hace tres años. Sólo una vez en mi vida he podido hablar con Sajarov. Fue en una noche de octubre el año pasado. Al hablar con él y con su esposa, Elena Bonner, tuve la impresión de tratar con viejos amigos que se entienden a medias palabras y a media sonrisa. Tuve la impresión como si los veinte años anteriores hubiéramos vivido juntos compartiendo las mismas esperanzas y decepciones.
Al estar junto a Lech Walesa sobre la recién acabada tumba de Sajarov me puse a meditar sobre el papel que había desempeñado Sajarov en la historia del siglo XX. Académico, tres veces premio Lenin, gran físico, es decir, un hombre que pertenecía al estrato más privilegiado en la Rusia soviética, Sajarov supo renunciar a todo aquello para convertirse en defensor de los derechos del hombre, del hombre esclavizado y humillado por la dictadura totalitaria. No admitió compromisos. Si bien Sajarov no fue un político, revolucionó todo nuestro modo de pensar sobre la política. Él creó un nuevo tipo de ciudadano comprometido en política. Creó un modelo y nos enseñó a todos que los derechos humanos eran el fundamento del mundo civilizado, y el estar dispuestos a luchar por ellos era la prueba elemental del valor de cada uno de nosotros. Pienso que aquella gran revolución antitotalitaria que había comenzado con Sajarov izó la bandera de los derechos humanos.
Sajarov fue consistente y defendió a todos: obreros y koljazniks, desertores y emigrantes, judíos y tártaros, escritores y pintores de la abstracción, a todos los que necesitaban que les defendieran. Por ello, se le comparó con Albert Einstein y Mahatma Gandhi. Tras su muerte le llamaron la conciencia de Rusia. Y es un calificativo justo porque ese hombre condensó, sintetizó, toda la grandeza de su pueblo. Y digo grandeza porque fue Andriej Sajarov quien ha enseñado a personas como yo a tener respeto y admiración por aquella otra Rusia que él personificaba, una Rusia antitotalitaria, noble y libre de chauvinismo ruso, también una Rusia amiga de Polonia.
En su propia patria Sajarov fue criticado por quienes defendían el orden totalitario, el aparato, la policía y la mentira propagandística, pero también por aquellos otros que buscaban sustituir el totalitarismo comunista por la ideología de un imperialismo gran ruso. Cabe decir que en la Rusia contemporánea ha resucitado el gran debate decimonónico entre los occidentalistas y los eslavófilos, es decir, entre quienes consideran que Rusia debe seguir el camino europeo hacia la democracia y quienes piensan que el camino ruso es por naturaleza distinto y tiene un valor positivo en sí. Yo creo que aunque las apariencias no lo digan, este debate es hoy para Rusia el que tiene mayor trascendencia.
Curiosamente, a los occidentalistas y a Sajarov en primer lugar se les calificaba en Rusia de una izquierda radical. ¿Acaso fue un calificativo justo?
El sistema totalitario se caracteriza por una síntesis de la desmoralización y la despolitización. La lucha contra este sistema significa recurrir conscientemente a la moral e intervenir conscientemente en política. De esta manera surge este peculiar producto del escenario público centro-europeo y europeo-oriental que es la política antipolítica, según la definición de Vaclav Havel. El decálogo se convierte de hecho en el programa político. «No dirás falso testimonio ni mentirás» es la expresión más radical de la protesta contra toda dictadura totalitaria.
¿Quién recurre a este lema? El científico, el escritor o el filósofo. El tipo de hombre que puebla el escenario público de la Europa postotalitaria es el que trata a diario con el mundo de los valores. En Polonia ha ocurrido lo mismo. Y, sin embargo, no lo mismo del todo. Lo mismo porque durante mucho tiempo fueron los obispos católicos quienes levantaban la voz de la protesta contra la esclavización. Eran los únicos que podían hablar en público. Eran los únicos que con justicia podían afirmar que no hablaban como políticos, pero tenían el deber de defender ciertas normas morales en política porque así se lo imponía el Evangelio. Y fue lo mismo porque quienes se hacían portavoces de la resistencia antitotalitaria eran filósofos y escritores: Milosz y Herbert, Kolakowski y Konwicki. Entre los fundadores de Solidarnosc había personas precisamente de formación europea: Geremek y Mazowiecki, Kuron y Modzelewski.
Y, sin embargo, en Polonia todo fue distinto. Porque en Polonia el principal móvil de las transformaciones ha sido a partir de 1956 las rebeliones obreras: Poznan en 1956 y la costa báltica en 1970, Radom en 1976 y Gdansk en 1980. Lech Walesa ha sido el producto de esta última, la más importante de las rebeliones. Sobre Walesa se ha escrito realmente todo. Este extraordinario producto de la historia plebeya polaca ha fascinado al mundo. Un líder obrero presidente de un sindicato que agrupó a todo un pueblo. La astucia campesina fundida con una profunda fe religiosa. La tenacidad y la intransigencia combinada con la elasticidad de un acróbata. El instinto y la sensibilidad frente al más mínimo reflejo de la muchedumbre. Y, por último, el entorno humano de Walesa que integran las más poderosas cabezas que tiene Polonia.
En Polonia, al igual que en cualquier otro país de la Europa Central y Oriental, están forcejeando dos grandes espíritus. El espíritu europeo y el espíritu nacionalista. También sobre Polonia planea el sueño polonacentrista. Walesa creció en el cruce de las dos grandes rutas de la historia polaca: el catolicismo popular, que era la ligazón de la conciencia de un pueblo conquistado, y el espíritu rebelde y contestatario típico de la oposición intelectual. «Solidarnosc», en cuanto movimiento antitotalitario, también ha sido…
En la Rusia contemporánea ha resucitado el gran debate decimonónico entre los occidentalistas y los eslavófilos, que es hoy el de mayor trascendencia.
«No dirás falso testimonio ni mentirás» es la expresión más radical de la protesta contra toda dictadura totalitaria.
Decidieron fundar a fin de poder realizar sus más fundamentales aspiraciones nacionales, humanas, ciudadanas y laborales.
Desde este punto de vista Solidarnosc no se deja enmarcar en ningún tópico. El tópico de izquierdas desea ver en Solidarnosc un movimiento que pone punto final a la revolución, reemprende la misión de los bolcheviques de 1917 y de nuevo procura poner en práctica el poder de los trabajadores dentro del Estado. Según este tópico, la revolución obrera fue destruida por un thermidor estalinista que en lugar de fundar un Estado obrero creó un Estado obrero con una lacra burocrática. Y precisamente Solidarnosc ha de ser el movimiento que, al exponer el programa de emancipación del mundo trabajador, continuará la gran obra de consolidar el poder obrero en un Estado obrero.
El tópico de derechas, por el contrario, quiere ver en Solidarnosc un movimiento a favor de la definitiva derrota de toda idea o valor de izquierdas. «Solidarnosc», con su ethos nacional, su fe religiosa, ha de hacer retroceder el proceso histórico para recuperar formas pretotalitarias.
Pues bien, parece que los dos tópicos son igualmente falsos. «Solidarnosc» no es ni el movimiento para hacer real una utopía prospectiva de una sociedad sin clases ni tampoco el movimiento que realiza una utopía retrospectiva de una sociedad de normas y jerarquías conservadoras. «Solidarnosc» no es ni de izquierdas ni de derechas, o bien es de izquierdas y de derechas a la vez. Es de derechas por su firme afán de recuperar una continuidad interrumpida, afianzar la identidad nacional y reconstruir la memoria histórica de los polacos, junto con todas aquellas instituciones que es posible reconstruir tras su destrucción en el proceso de la revolución totalitaria en Polonia. Pero al mismo tiempo «Solidarnosc» es un movimiento de emancipación y liberación del trabajo, un movimiento rebelde en contra del conservadurismo de las estructuras e instituciones del Estado totalitario.
Solidarnosc no cabe en la disputa, propia de las democracias occidentales, entre, por ejemplo, la democracia cristiana y la socialdemocracia. Todo intento de sobreponer los conceptos occidentales a los conflictos en la Europa Central y del Este conduce a un callejón sin salida. Porque la disputa esencial en Occidente gira en torno al grado de expansión del libre mercado, mientras que hoy en el Este se discute sobre cómo reconstruir el mercado y sólo más tarde será posible discutir hasta dónde debe llegar y qué instituciones de protección social deben ponerse en marcha. Cuando dos dicen lo mismo sobre el mercado, no quieren ni mucho menos decir lo mismo. Una cierta retórica liberal radical no tiene por qué significar que aquí en Polonia o en Hungría vaya a resurgir un mercado de acuerdo con las ideas de Milton Friedmann. Al contrario, quiere decir sólo que el postulado de romper los monopolios estatales y construir un mercado es una prioridad. Desde esta perspectiva, Solidarnosc es un movimiento a favor de la reconstrucción del mercado, a la vez que busca fomentar la autodefensa de la sociedad frente a la crueldad del mercado. Es una paradoja intrínseca de la naturaleza misma de este movimiento. Pues esta situación política ha sido provocada por un movimiento huelguístico en empresas, que en muchos casos la reforma económica no tendrá más remedio que cerrar. Comprender esto equivale a comprender la paradoja esencial de la situación social en Polonia.
La discusión ideológica en Polonia se reducirá a los siguientes términos: o bien Polonia va a ser una nueva variante de la democracia europea, un país que respete todas las normas de la democracia europea; o bien, por el contrario, Polonia va a emprender un camino distinto y específicamente nacional, un tercer camino entre el occidental y el comunista en el que el mercado y la democracia sean distintos al mercado y la democracia occidentales, con una ideología y visión del orden social específico, no europea.
Solidarnosc defiende el retorno a Europa y la idea de la sociedad civil. La sociedad civil supone una armonía del mercado y la igualdad de derechos. La idea de la sociedad civil es universal, pero se le puede oponer la idea de un «Estado católico de la nación polaca». Estas dos ideas van a chocar. Repito: no creo que se trate realmente de una discusión entre la izquierda y la derecha, porque en Polonia todo se ha mezclado y entrelazado. De hecho, es una disputa entre quienes quieren para Polonia la norma europea y aquellos otros que consideran que la democracia es buena para el Occidente, mientras que aquí en Polonia debe regir el principio de «Polonia para los polacos, una Polonia católica para polacos católicos». ¿Acaso se trata de un lema no europeo? ¡En absoluto! En la cultura occidental es posible encontrar parangón para este modo de pensar. Se trata pues de la modalidad polaca de Le Pen y su Frente Nacional. Pero más peligrosa pues está edificada sobre un complejo infinitamente más profundo y una frustración incomparablemente más viva que en la Francia contemporánea. Es aquí donde se librará la lucha y se decidirá la Polonia que va a emerger de la revolución antitotalitaria.
La cuestión está abierta. Es tanto más trascendente cuanto que afecta esencialmente a toda Europa Central. No se trata de un debate polaco. Pero al tomar partido en el debate polaco, el intelectual polaco asume el problema central de la vida pública de la Europa postotalitaria.
A veces se oyen voces —lo ha venido repitiendo Alexander Soljenitsyn— que para salir del totalitarismo se necesita un régimen autoritario. Pero la experiencia española demuestra que es posible un entendimiento de las principales fuerzas políticas a favor de la causa de la democracia. Yo creo que un tal entendimiento debe ser el objetivo de los demócratas en Polonia y en toda Europa Central. Y añadiré que la solución democrática no está en absoluto asegurada, no es ni mucho menos una necesidad. Podríamos asumir que Yugoslavia es en miniatura la Europa Central. El tipo de conflictos, sociales y nacionales que acosan a la Yugoslavia de hoy se reproducirán con gran fuerza en otros países de la región. De cómo sepamos conformar las relaciones entre los húngaros y los rumanos, los checos y los eslovacos, los polacos y los lituanos, los ucranianos y los rusos, dependerá si esta región será una parte de la casa común europea o, por el contrario, se sumirá en la balcanización y en las turbulencias de un odio tribal, como es el caso del Cáucaso o de Serbia. Es la pregunta más importante y abierta. Lo único reconfortante es saber que jamás tanto ha dependido de nosotros mismos.
La idea de la sociedad civil es universal, pero se le puede oponer la idea de un «Estado católico de la nación polaca». Estas dos ideas van a chocar.