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Por méritos políticos, es Pericles quien da nombre al siglo de Sócrates, el V antes de Cristo, en Atenas. Se trata de la centuria más asombrosa de la historia de la cultura, donde se dan cita dramaturgos, historiadores y filósofos, escultores y arquitectos. Todo ello en una polis que nos sigue asombrando con el alumbramiento de la democracia y de la reflexión filosófica. Allí trabajó Fidias el mármol de la Acrópolis. Allí nació también la medicina científica, basada en las observaciones de Hipócrates. Allí representaron su teatro Esquilo, Sófocles y Eurípides. Allí Aristófanes dio forma a la comedia. Allí Heródoto y Tucídides escribieron la historia por primera vez. Y por allí paseó Sócrates conversando con el joven Platón, el joven Jenofonte y los sofistas que inventaron la retórica.

Sócrates vivió en Atenas los setenta años de su vida, del 469 al 399 a.C. Las contadas ocasiones en las que salió de su ciudad fueron para defenderla valerosamente en las batallas de Delos, Anfípolis y Potidea. Hijo de un escultor acomodado y de una comadrona, se dedicó a la reflexión filosófica y a su enseñanza pública, interpretando que eso era lo que el dios Apolo le había pedido por medio de su oráculo délfico. Esta actividad, centrada en la crítica rigurosa y libre, molestó a muchos, y por ello fue acusado de ateísmo y corrupción ideológica.

Si Grecia representa el esfuerzo humano por elevarse de la oscuridad a la luz racional, Sócrates es el ejemplo más genuino de tal empeño. En la historia de Occidente, protagoniza el primer gran intento de apelar a la razón para son-dear el fondo de la condición humana. Frente a los sofistas, sembradores de desengaño y escepticismo, defiende valores ciertos. Su pensamiento no está al servicio de intereses partidistas ni envuelto con engaño en la retórica. Su palabra deja de ser instrumento de manipulación y recobra todo su valor ético al servicio de la comunicación de la verdad.

Toda la vida de Sócrates es una batalla pacífica por el triunfo de la ética

El escepticismo sofista negaba la adecuación entre el pensamiento y la realidad. Sócrates admite que la verdad no hay que buscarla en el revoltijo de las cosas sensibles, pero afirma que podemos encontrarla en la intimidad del alma. El «Conócete a ti mismo», grabado en el frontón del templo de Delfos, invita precisamente a superar la miopía de los sentidos para descender al fondo del propio espíritu y descubrir en él la verdad permanente. Después, el diálogo con otros hombres desenreda la verdad de las opiniones, y la esclarece. Estamos ante la mayéutica socrática, arte de dar a luz la verdad por medio del diálogo inteligente.

La aspiración intelectual de Sócrates no apunta a las leyes de la naturaleza sino a las leyes de la conducta humana: a los conceptos éticos que hacen posible tanto el juicio verdadero como la acción buena. Si la vida humana no es convulsión irracional, si vivir es superar el mero impulso biológico, ello es gracias al conocimiento cierto de verdades morales, teóricas y prácticas al mismo tiempo. Leemos en la Apología:

Estoy seguro de que lo mejor que os ha podido ocurrir en Atenas es mi sumisión perfecta a los mandatos del dios, pues no hago otra cosa que ir por todos lados y persuadir a jóvenes y viejos de que lo primero no es el cuidado del cuerpo ni el acumular riquezas, sino el cuidado y mejoramiento del alma

Toda la vida de Sócrates es una batalla pacífica por el triunfo de la ética. El centro de esa ética es el concepto de virtud, y la virtud se alcanza por medio del conocimiento: para obrar bien hay que conocer el bien, y el que obra mal es por ignorancia, porque juzga lo malo como bueno. Este es el sentido del conócete a ti mismo. Y este énfasis en el conocimiento del bien da a la ética socrática un inconfundible matiz intelectualista, que constituiría un desenfoque si no estuviera equilibrado por el papel de la voluntad, responsable de una virtud que Sócrates no se cansa de ponderar: el autodominio.

La ética socrática se apoya en la naturaleza humana y habla de deberes naturales. Deberes que no son mandatos arbitrarios, sino que expresan el verdadero bien del hombre. En la medida en que la naturaleza humana es constante, los valores éticos también lo son, y es un gran mérito de Sócrates el haber reconocido la validez permanente de dichos valores, y el haber tratado de fijarlos en definiciones universales que pueden ser tomamadas como normas de conducta. La moderación de las pasiones es uno de los descubrimientos socráticos que perduran en toda la filosofía antigua, y hace de su valedor un griego progresista, por encima de la conducta tradicional. Así, en cierta ocasión se pregunta en qué se diferencia de una bestia el hombre sin dominio de sí e incontinente. Y al hedonista Calicles le responde que un hombre desenfrenado no puede inspirar afecto ni a otro hombre ni a un dios, es insociable y cierra la puerta a la amistad.

Para Sócrates, la cultura, la educación y la política deben estar supeditadas a la ética, y la ética tiene un claro trasfondo trascendente. La racionalidad del cosmos le lleva a admitir un Logos universal que habla al hombre por medio de su conciencia moral, y que ejerce una bondadosa providencia dentro de la cual su misma muerte se despoja de todo acento angustioso. Contra Protágoras, sostiene que «Dios es la medida de todas las cosas», y levanta una auténtica demostración racional que emplea la comparación con el escultor, el arquitecto, el artesano. Así inaugura el camino hacia la idea teística de un Dios único.

En sus Dichos memorables de Sócrates, Jenofonte nos ha dejado este insuperable retrato del maestro:

Todos los discípulos le echamos de menos porque era el mejor en la virtud. Era piadoso, pues en todo obraba según el pensamiento de los dioses; justo, pues fue el más útil a quienes le trataron; moderado, pues nunca prefirió lo cómodo a lo bueno; prudente, pues no se equivocó juzgando lo bueno y lo malo; capaz de juicio, de consejo y de reprensión a los que se equivocaban. Y por todo ello era considerado el mejor y más feliz de los hombres.

EL MEJOR DE LOS DISCÍPULOS

Se ha dicho que la historia de la filosofía no es más que un conjunto de notas a pie de página de las obras de Platón. Ello es así porque la profundidad, amplitud y amenidad de su pensamiento apenas admiten parangón. Fue el mejor discípulo de Sócrates y el gran maestro de Aristóteles. Forjó diálogos y mitos inolvidables, y nada humano le fue ajeno, en especial cuatro cuestiones fundamentales: la política, el origen del cosmos, el origen del hombre y su destino después de la muerte.

Aristocles, llamado Platón por sus anchas espaldas, nació el 427 a.C. en una familia de la más alta aristocracia ateniense. En su juventud pensó dedicarse activamente a la política, pero la dictadura de los Treinta tiranos, la convivencia con Sócrates y su injusta condena a muerte cambiaron el rumbo de su vida.

Después de la muerte del maestro viajó a Megara, Cirene, Italia y Egipto. Desembarcó en Sicilia cuando tenía ya 40 años, invitado en la corte de Siracusa por Dionisio I. La tradición nos dice que el tirano se irritó contra el filósofo y lo vendió como esclavo. Por suerte, recuperó la libertad y regresó a Atenas, donde fundó una escuela cerca del santuario dedicado al héroe mitológico Academo. Muerto Dionisio I, Platón aceptó por dos veces la invitación a volver a Siracusa como consejero de Dionisio II, y así realizó su segundo y su tercer viaje a Sicilia, pero no consiguió que se llevara a la práctica su modelo ideal de sociedad y de política, resumido en la pretensión de que los gobernantes se hicieran filósofos. Murió en Atenas el 347 a.C., a los ochenta años de edad.

La obra escrita de Platón se conserva casi completa. Es, con la aristotélica, la cima de la filosofía y de toda la cultura griega, y posee una insuperable calidad literaria. Para expresar su pensamiento Platón escogió como género literario el diálogo, quizá porque toda la enseñanza de su maestro fue dialogada. De hecho, Sócrates es el principal interlocutor de los treinta diálogos que escribe.

FRENTE AL ESCEPTICISMO SOFISTA

Platón nace y crece durante la guerra del Peloponeso, tres décadas de contienda fratricida donde Atenas pierde todo su equilibrado sentido de la vida. Sumergidas en la catástrofe ciudades, familias y personas, solo parecía válido el sálvese quien pueda y el todo vale. Así surge el escepticismo sofista, como una droga de la conciencia para justificar la ley del más fuerte. A partir de esa experiencia y de la muerte injusta de Sócrates, a Platón le interesa, por encima de todo, averiguar dos cuestiones estrechamente relacionadas: en qué consiste obrar bien (ética), y cómo organizar una sociedad justa (política). Así nos lo cuenta en un célebre párrafo de su Carta VII:

Cuanto más conocía yo a los políticos y estudiaba las leyes y las costumbres, más difícil me parecía administrar bien los asuntos del Estado. El derecho y la moral se hallaban corrompidos, y aquella situación donde todo iba a la deriva me producía vértigo.

Entonces me sentí irresistiblemente movido a cultivar la verdadera filosofía y a proclamar que solo su luz puede mostrar dónde está la justicia en la vida pública y en la privada, convencido de que no acabarán las desgracias humanas hasta que filósofos de verdad ocupen los cargos públicos, o hasta que, por una especial gracia divina, los políticos se conviertan en auténticos filósofos.

Desde Platón entendemos por «ética» la reflexión sobre la conducta humana orientada a resolver algunos problemas fundamentales: cómo llevar las riendas de la propia conducta superando nuestra constitutiva animalidad; cómo integrar los intereses individuales en un proyecto común que haga posible la convivencia social; cómo alcanzar la felicidad. Las líneas fundamentales de la ética platónica se resumen en el mito del carro alado, inolvidable alegoría del alma humana donde la nobleza y el esfuerzo están simbolizadas en el caballo blanco, el corcel negro representa la pasión irracional y el auriga es la razón que controla y acompasa las dos fuerzas antagónicas.

Al alma concupiscible (caballo negro) le corresponde la moderación inteligente (templanza, sofrosyne), y es el auriga quien debe atemperar su fogosidad. Al alma irascible (caballo blanco), sede de la nobleza de carácter, le corresponde la capacidad de sacrificio, la fortaleza de ánimo (andría). La parte racional (el auriga) ha de poseer inteligencia práctica (prudencia, frónesis). Hay una cuarta virtud, la más importante, que deriva de la suma integrada de las tres anteriores y expresa la armonía perfecta del alma: la justicia (dikaiosyne).

“Fue el primer europeo en apelar a la conciencia, que define como ‘luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal'”

A Karl Popper le parece totalitario el proyecto político de Platón, pues identifica el Estado con la clase gobernante, divide estrictamente la sociedad en clases, defiende una censura de las actividades intelectuales y propugna una propaganda que unifique la forma de pensar de los ciudadanos. Popper explica que tal subordinación del individuo al Estado «tuvo su origen en el deseo apremiante de salvar el contraste entre la sociedad ideal y el odioso espectáculo político y social que a Platón le tocó presenciar». Hay, sin embargo, un mensaje de validez intemporal en la teoría política de Platón: el gobernante ha de servir a la sociedad y no debe buscar su propio interés.

DOS LIBROS SOBRE SÓCRATES

El Corpus Platonicum está formado por la Apología de Sócrates, 34 diálogos y 13 cartas. La más extensa e interesante es la carta VII, porque en ella nos entrega Platón su propia autobiografía.

La Colección Austral ha tenido el acierto de reunir en un pequeño volumen la Apología de Sócrates, Critón y la Carta VII. Tienen en común el desarrollo de tres cuestiones enormes: el respeto a la conciencia, la obediencia a las leyes y la práctica de la virtud. Son asuntos de máxima relevancia en cualquier época, porque tocan la esencia de la condición humana. Se enmarcan dentro de la reflexión general sobre la verdad y el bien común, y están en el origen de disciplinas como la Ética, la Filosofía política y la Antropología filosófica.

Sabemos que la primera cultura griega se forjó en la memorización de los poemas de Homero y Hesíodo, que constituyeron una especie de enciclopedia tribal. El nacimiento de la filosofía sustituyó ese modelo por el pensamiento dialogado y crítico: —¿Cómo ves tú la democracia? El padre de esa revolución cultural, de la que nacerá Occidente, fue Sócrates.

Entre sus grandes méritos, quizá el mayor sea haber forma-do a Platón, pensador y escritor incomparable, que tiene con sus lectores la cortesía de expresarse con suma claridad y elegancia. Lo consigue por medio de diálogos sabrosos y mitos inolvidables. Nos cuenta, por ejemplo, que el mundo es una caverna donde reina la penumbra, y que vivir de forma inteligente significa abrir bien los ojos para entender nuestra situación y nuestra misión. En esa línea podríamos afirmar que todo escritor está llamado a iluminar la caverna, a elaborar textos que nos ayuden a entender cuestiones tan cruciales y misteriosas como el amor, el sufrimiento, la libertad, la muerte, y lo único más importante que la vida: el sentido de la vida. Platón lo logra, de forma sobresaliente, cuando nos cuenta la vida y muerte de su maestro en la Apología y el Critón.

Europa se edifica, en gran medida, sobre el respeto a la ley civil y a la ley moral. Por eso se ha dicho que nace en la cárcel donde Sócrates apuró la copa de cicuta, en obediencia a las leyes y a su propia conciencia. Las leyes de Atenas eran justas, pero los jueces que le condenaron a muerte fueron injustos. Por eso, sus influyentes discípulos, con Critón a la cabeza, sobornaron a la guardia para que el maestro pudiera escapar. Él, sin embargo, prefiere obrar en conciencia y rechaza la posibilidad que se le ofrece. El resumen de su argumentación es una magnífica pregunta retórica:

¿Crees que puede subsistir un Estado cuando las sentencias de los jueces no tienen fuerza alguna y son violadas por simples particulares?

Sócrates no era precisamente un simple particular, sino un ciudadano con enorme prestigio intelectual y moral, plenamente consciente del pésimo ejemplo que se derivaría de su eventual desobediencia a la justicia. De ahí su negativa amable y rotunda. En 399 a.C. nuestro filósofo morirá por su amor a Atenas y por defender el derecho a obrar en conciencia. Se convierte así en el primer europeo que apela de forma nítida a la conciencia, tras definirla con palabras precisas: luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal. Después lo harán Cicerón, Séneca y los estoicos, san Pablo, san Agustín y los cristianos, y entre todos lograrán que la conciencia moral se identifique con el mismo núcleo de la dignidad humana.

A diferencia de la de Platón, la Apología de Sócrates escrita por Jenofonte es mucho más breve. Apenas veinte páginas que se pueden saborear serenamente en una hora. Am-bas obras las publica Rialp en una edición anotada, pequeña y elegante. Además de discípulo y admirador de Sócrates, Jenofonte es un aristócrata culto, deportista y amante de la vida del campo, metódico en su trabajo, moderado en sus hábitos y religioso. El acontecimiento más extraordinario de su vida es de índole militar: su participación como mercenario en la dramática aventura de los diez mil griegos que combatieron en Persia a favor de Ciro el Joven. Nos lo cuenta en la Anábasis, un magnífico relato vivo y realista, donde Jenofonte destaca por su resolución y su prudencia.


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José Ramón Ayllón (Cantabria, 1955) estudió Filosofía y Letras en las universidades de Oviedo y Valladolid. Desde hace 20 años da clases de literatura, ética y filosofía. Es autor de “Querido Bruto”. Asimismo, ha publicado la novela juvenil “Vigo es Vivaldi” y varios ensayos: “En torno al hombre”, una introducción a la filosofía renovadora, “Desfile de modelos”, que quedó finalista en el Premio de Ensayo Anagrama 1996, “Ética razonada”, “¿Es la filosofía un cuento chino?” y “El hombre que fue Chestertón”, este último de la editorial Palabra, publicado en 2017.