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Ver productosConvencido de su absoluta singularidad, el trabajo de Thomas Mann fue persuadir al mundo entero de la misma. Lo consiguió, como ratificó la concesión del Nobel de Literatura en 1929

20 de febrero de 2026 - 9min.
Avance

Hasta la década de los 30 todo marchó sobre ruedas. Thomas Mann, que había nacido en una familia especial (de padre alemán y madre brasileña), tuvo la desgracia de quedarse huérfano pronto y la bendición de no tener que preocuparse por el sustento. Tenía una misión (también llamada vocación) e inmejorables condiciones para dedicarse a ella. Unos primerizos éxitos literarios alimentaron los siguientes y también la confianza en sí mismo. Trabajo mediante, Thomas Mann se consagró a cultivar su bien arraigada condición de special one y triunfó. Con (casi) su primera novela ganó el Premio Nobel de Literatura en 1929. A partir de esa fecha la cosa cambió, pero esa es otra historia: la Historia y el relato que compone Resumen de mi vida se ocupa de lo que ocurrió antes, de la vida (fácil) de Thomas Mann.
ArtÍculo
«Tuve una infancia mimada y feliz». Con un padre comerciante, una madre nacida en Río de Janeiro (de ascendencia alemana), una casa en la ciudad, Lübeck; otra que luego sería conocida como la casa de los Buddenbrook y un mes de vacaciones en la bahía del Báltico, el principal quebradero de cabeza de aquel muchacho era esquivar el colegio: no quería ir. Mejor dicho, no entendía por qué tenía que ir y ejercía «una especie de oposición literaria». Escribe: «Mi indolencia, necesaria tal vez para mi particular desarrollo, mi necesidad de tener mucho tiempo libre para el ocio y la lectura sosegada, así como un espíritu verdaderamente perezoso, del que sigo adoleciendo aún hoy, hicieron que me resultara odiosa toda obligación a aprender y tuvieron como consecuencia que, tercamente, hiciera caso omiso de ella».
El adolescente Thomas Mann conoció la desgracia a los quince años, cuando su padre murió de una septicemia. La familia se trasladó de Lübeck a Múnich y la empresa fue liquidada. En la capital bávara tuvo su primer trabajo, en las oficinas de una compañía de seguros cuyo director había sido amigo de su progenitor. ¿Qué pintaba allí Thomas Mann, que, por muy joven que fuera, era el Thomas Mann que iba a ser? Querer largarse cuando antes y aprovechar para escribir un relato, una novela de amor titulada Gefallen: le proporcionó su primera publicación, reconocimiento y un incipiente éxito literario.
Al año dejó el trabajo para matricularse como oyente en la Escuela Superior de Múnich porque quería ser «periodista» (las comillas son suyas) y aquel sitio parecía poder prepararle para «aquella profesión un tanto indeterminada«. Allí, Mann se dedicó al teatro y actuó incluso en una representación de El pato silvestre de Ibsen, pero en cuanto su hermano Heinrich decidió marcharse a Roma, Thomas marchó con él.
La madre, administradora de la fortuna de su marido, les daba a sus hijos una renta al mes «y ese dinero, que parecía bastante más en moneda italiana —explica Mann en su libro—, significaba mucho para nosotros: la libertad social, la posibilidad de ‘esperar’. Dado lo modesto de nuestras pretensiones, podíamos hacer lo que quisiéramos, y eso era lo que hacíamos».
Los Buddenbrook tienen su origen en la vida bohemia que Thomas Mann llevó en Palestrina y Roma y que continuó después en Múnich. Allí, un encuentro con el escritor y editor Korfiz Holm lo llevó a las filas del semanario Simplicissimus. ¿A qué se dedicaba entonces Thomas Mann? A los contactos, a lo suyo y a ejercer como lector y corrector. Así lo cuenta en el libro de Nørdica: «He dicho que mis relaciones con esta esfera descarada, y verdaderamente artística, el mejor ‘Múnich’ que ha habido jamás, eran legítimas. No obstante, solo participaba en ellas una parte de mi ser, y, al margen de mi trabajo como redactor, para el que, con gran lujo, habían puesto a mi disposición un despacho propio con un magnífico escritorio, discurría el incentivo del asunto principal, el personal, el trabajo en Los Buddenbrook, al que volví a dedicar única y exclusivamente todas mis energías tras abandonar el grupo de Langen», al que pertenecía la publicación que lo había contratado.
En este punto inserta Mann una reflexión sobre dos influencias clave en su pensamiento: Nietzsche y Schopenhauer. Con el primero forcejea, toma lo que le interesa, descarta otras cosas y le trata de igual a igual: «Yo veía en Nietzsche sobre todo al individuo que se superaba a sí mismo, no tomaba al pie de la letra nada de lo que decía, no le creía casi nada». Y, sin embargo, reconoce una deuda: «Mi experiencia nietzscheana constituyó el presupuesto de un periodo de pensamiento conservador que terminó en los años de la guerra: pero en última instancia me hizo resistente contra todos los encantos de los males románticos que pueden brotar de una valoración inhumana de la relación entre vida y espíritu». Con Nietzsche dice haber tenido una experiencia artística e intelectual, con Schopenhauer una anímica «inolvidable y de primera categoría» que le hizo leer noche y día.
Con ese bagaje vital y literario, esa «constelación afortunada», el manuscrito estaba listo hacia el cambio de siglo y Thomas Mann lo dirigió a la editorial Fischer, ya que uno de sus autores de confianza, Oskar Bie, le había pedido que remitiera a dicha editorial todo lo que fuera escribiendo. Eso había hecho en el pasado con la novelita El pequeño señor Friedemann y eso haría con el novelón titulado Los Buddenbrook, un manuscrito escrito a dos caras muy exigente y muy costoso, que ponía en aprietos al editor.
En esa época Thomas Mann fue llamado a cumplir sus obligaciones militares. Si la vida académica le parecía intolerable, los rigores de la castrense ya…: «No llevaba más que unas semanas en el ambiente del cuartel y mi decisión de liberarme de aquello había adoptado ya un carácter violento y, tal como se demostró, irresistible. Los gritos, la pérdida de tiempo y la férrea normativa me atormentaban sobremanera». Una lesión en el pie le mandó a la enfermería y a esa dolencia se aferró. Que el médico de su madre conociera al capitán médico correspondiente hicieron el resto.
La estancia en el hospital del cuartel fue útil para algo, no obstante: desde allí se la jugó Thomas Mann escribiendo una carta a la editorial Fischer rechazando la petición de que se recortaran algunos pasajes de su manuscrito. Defendía que «la extensión del libro era una cualidad esencial e intocable del mismo» y ganó. La condición fue aceptada finalmente y Los Buddenbrook aparecieron en dos volúmenes a finales de 1900, con fecha de 1901.
Quizá como efecto colateral de ambas jugadas, una tercera que Thomas Mann narra así: «Ni siquiera la guerra posó su brazo sobre mi persona, sencillamente porque el primer capitán médico al que me llevaron era un lector que, poniéndome la mano sobre el hombro desnudo, dijo: ‘Usted debe vivir en paz’».
El libro, un «mamotreto», como lo califica su autor, no lo tuvo fácil al principio, pero contó con apoyos estratégicos. La remontada fue espectacular y el autor obtuvo fama, además de prestigio. La sociedad no solo le hacía hueco sino que lo celebraba. Su vida se transformaba por completo en lo profesional y en lo personal. En febrero de 1905 contrajo matrimonio con «una novia de cuento»: Katharina Hedwig Pringsheim. Tuvieron seis hijos. Mann los enumera en su reporte biográfico y no tiene ni medio problema en reconocer que la penúltima, Elisabeth, «es a la que tengo más cariño».
En esas páginas más personales, Mann dedica un espacio generoso a contar e intentar explicar el suicidio de su hermana Carla, que no fue el último de la saga, porque años después se suicidó su otra hermana, Julia. Mann celebra que la muerte de su madre le ahorrase conocer el destino trágico de esta y reflexiona: «Parece que el amor con que ella nos tuvo y nos alimentó nos ha dotado mejor a los hijos que a las hijas para soportar la vida».
Son muy interesantes las confidencias de escritura que revela Thomas Mann en el libro, pues mientras se sucedían los avatares vitales (buenos y malos) habían ido apareciendo narraciones como Tonio Kröger, La muerte en Venecia y La montaña mágica. Todas ellas dotadas de, según Mann, voluntad propia: él parte de una idea y el texto se revuelve, se transforma en otra cosa. El escritor es el primer engañado por el devenir de su propia criatura. Luego lo serán los lectores, que pueden pensar que el autor inventa para narrar. Mann desacredita esta idea e introduce la del autor como editor de la realidad. Así explica algunas escenas de Tonio Kröger que literalmente fueron tomadas de la realidad. De La muerte en Venecia afirma que «no hay nada inventado […]: todo estaba allí, en realidad solo había que colocarlo en su sitio».
Con La montaña mágica sucedió algo todavía más complejo. Para acometer un proyecto que desde el principio se manifestó —en su soberana autosuficiencia— en contra de las primeras intenciones de su autor, este se avino al autoengaño y a la autovejación. Usa esos términos en esta explicación:
Jamás averiguaré (y hago mejor no tocando este punto) hasta qué punto se trata de un autoengaño necesario y productivo, hecho a propósito de manera inconsciente, que me muestra cualquier idea de trabajo a la luz inocente de algo realizable de manera un tanto modesta, en poco tiempo y con poco esfuerzo. Confesarse y poner en claro de antemano las dificultades de una tarea, la fuerza y el tiempo de vida que exigirán, provocaría de seguro un escalofrío tal que impediría llevarlo todo a cabo. Precisamente esto lo impide un aparato de autovejación que, con toda probabilidad, no actúa sin el consentimiento de instancias ocultas de la conciencia. Que la historia de Davos tenía ‘algo en sí misma’, que pensaba de sí misma de manera diferente a como yo debía hacerlo para ponerme a ella es algo que percibí muy pronto.
Además de las consideraciones sobre la literatura y el alma que guía la escritura de las obras —en ocasiones a pesar de sus propios autores—, el libro de Mann también da cuenta de algunas anécdotas, como su periplo español en 1923. Entró por Barcelona por barco, procedente de Génova, y, a tenor de sus explicaciones, hizo un buen recorrido que incluyó Sevilla, Granada, Madrid, Toledo, Segovia y Santander y Vizcaya, a la búsqueda de un nuevo barco que le condujera de regreso a Hamburgo (a través de Inglaterra, evitando Francia, «como aún era aconsejable», escribe).
Le parecieron memorables «el día de la Ascensión en Sevilla, con la misa en la Catedral, la adorable música de órgano y la corrida de fiesta por la tarde. Pero, en conjunto, el sur andaluz me resultó menos atractivo que la clásica región hispana, Castilla, Toledo, Aranjuez, el granítico monasterio fortaleza de Felipe, y aquel viaje a Segovia, pasando por El Escorial, al otro lado de las cimas nevadas de Guadarrama…».
Así denomina Thomas Mann la concesión del Nobel, algo que, afirma, no le pilló de improviso. «Sin duda estaba en mi camino: lo digo sin vanidad, con una visión serena, aunque desinteresada, del carácter de mi destino, de mi ‘papel’ en la tierra, del que forma parte el ambiguo brillo del éxito y que observo de un modo completamente humano, sin armar por ello mucho revuelo mental».
Llegar a lo más alto no parece así una ambición… ni una ilusión si quiera, sino más bien el paso lógico de alguien que desde muy niño se sintió tocado por los dioses de las letras. Convencido absoluta y tranquilamente de ello, dedicó sus esfuerzos a persuadir a los demás con su trabajo. Lo consiguió: la vida le dio la razón a ese ser y saberse especial que Thomas Mann tradujo en obras memorables.
La imagen muestra a Thomas Mann en el Hotel Adlon de Berlín en 1929, antes de continuar su viaje a Estocolmo para recibir el Premio Nobel. Foto: Bundesarchiv, foto 183-H28795. El archivo, con licencia CC-BY-SA 3.0, se encuentra en Wikimedia Commons y se puede consultar aquí.