Pros y contras del regreso del hombre a la Luna

El proyecto Artemis supone un importante avance científico y tecnológico, pero puede extrapolar al espacio una nueva versión de la guerra fría, esta vez entre China y EE. UU.

Los cuatro astronautas de la misión Artemis II. Foto © NASA
Nueva Revista

Avance

«Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad» dijo Neil Armstrong cuando dejó su huella en la superficie lunar, el 21 de julio de 1969. Más de medio siglo después, cabe preguntarse si el proyecto Artemis para construir una base en la Luna como futura rampa de lanzamiento para Marte es otro gran salto para la humanidad… o no del todo. Porque la opinión de los expertos no es unánime.

Por un lado, Artemis marca un hito en la aventura espacial. Cuatro astronautas han explorado estos días la órbita del satélite para preparar el camino a un alunizaje en 2028 y posteriormente levantar una base. La meta es llegar al Planeta Rojo y hacer avanzar, por el camino, la ciencia y la tecnología merced a los hallazgos y las pruebas de la base lunar. Queda por saber si un programa tan costoso (un total de 107.000 millones de dólares, 20.000 de los cuales están destinados a construir la base) va a tener suficiente retorno económico para la Tierra; si compensa una inversión astronómica (nunca mejor dicho) cuando nuestro planeta se enfrenta a problemas más acuciantes como las guerras, el hambre, la enfermedad o las consecuencias del cambio climático.

El proyecto va a dar un notable impulso a las ciencias (astronómicas, geológicas) y a la tecnología. La economía espacial alcanzará los 1,8 billones de dólares para 2035, frente a los 630 000 millones de 2023, con una tasa media de crecimiento del 9% anual, cifra muy superior a la tasa de crecimiento del PIB mundial. Todo ello tendrá una traducción en ámbitos diversos de la economía mundial terrestre: medicina, informática, comunicaciones, agricultura, etc. Entre los inconvenientes, destaca la intención geopolítica de EE. UU. de competir con China, lo que puede extrapolar al espacio la guerra fría, amen de la rivalidad de diversos países por los recursos de la Luna, contraviniendo un Tratado del Espacio Ultraterrestre que, según algunos expertos, EE. UU. ha interpretado de forma interesada a su conveniencia. La cooperación internacional y no la competencia debería ser el enfoque más pragmático y satisfactorio de un proyecto tan ambicioso.

Análisis 

Cuando Neil Armstrong pisó la Luna el 21 de julio de 1969, dejó una frase para la historia: «Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad». Cincuenta y siete años después, cabe preguntarse si el proyecto Artemis para construir una base en el satélite como futura rampa de lanzamiento para Marte es otro gran salto para la humanidad… o no del todo. Porque la opinión de los expertos no es unánime.

Exponemos a continuación las ventajas e incovenientes, de variada índole, indicadas por especialistas en diversos foros y medios de comunicación.

A FAVOR

Un avance para la ciencia y la tecnología

El proyecto Artemis en su conjunto supera en ambición científica y tecnológica a Apolo, y va a suponer una revolución con beneficios económicos, según The Washington Post. Además del presupuesto de la NASA, asignado por el gobierno de los EE. UU., cuenta con la financiación de socios internacionales y del sector privado, con firmas como las norteamericanas SpaceX, Blue Origin y Boeing, además de otras de diversos países, entre ellos España.

«Los nuevos puestos de trabajo y una economía espacial floreciente reportarán a EE. UU. beneficios por los miles de millones de dólares que ha invertido en Artemis», sostiene en BBC.com Libby Jackson, directora del departamento espacial del Museo de la Ciencia de Londres.

Objetivo: Marte

El objetivo de la NASA no es otro que Marte, y la base lunar de Artemis sería rampa de lanzamiento y, a la vez, banco de pruebas. Es la estrategia conocida como Moon to Mars. Así lo asegura Jeff Spaulding, director de pruebas del programa de Sistemas Terrestres de Exploración del Centro Espacial Kennedy, al subrayar que la presencia en la Luna es para «seguir explorando y luego seguir trabajando para llegar a Marte». Ir a la Luna y permanecer allí durante un periodo prolongado antes de lanzarse a Marte «es mucho más seguro, mucho más barato y mucho más fácil como banco de pruebas para aprender a vivir y trabajar en otro planeta», afirma Libby Jackson.

Interés científico de la cara oculta de la Luna

La cara oculta de nuestro satélite, uno de los objetivos del proyecto, es una región inexplorada que contiene información crucial sobre la historia temprana de nuestro sistema solar, señala el filósofo y experto en geoestrategia Nayef Al-Rodhan en Engelsberg Ideas. China es el único país que ha logrado aterrizar con éxito en la cara oculta.  Protegida del ruido electromagnético de la Tierra, esa zona es ideal «para la radioastronomía en la banda de baja frecuencia, que no se puede realizar desde nuestro planeta debido a diversas interferencias de radio y otros factores».

La geología del satélite, por otro lado, registra cuatro mil millones de años de historia de impactos que la tectónica terrestre destruyó hace mucho tiempo. «Las rocas traídas por los astronautas del Apolo revelaron que la Luna se formó con los fragmentos desprendidos por la Tierra, cuando un cuerpo del tamaño de Marte chocó conta esta», recuerda Sara Russell, científica del Museo de Historia Natural de Londres. Al no haber placas tectónicas, ni viento, ni lluvia que borren este registro, la Luna es «un fantástico archivo de la Tierra», añade.

Filón de recurso minerales…

Las sondas han confirmado que la Luna contiene muchos minerales comunes, como basalto, hierro, cuarzo, silicio (necesario para microchips), manganeso (utilizado en baterías) y titanio (un componente importante de los misiles). Y existe una alta probabilidad de que el satélite albergue depósitos explotables de litio, cloro, berilio, uranio y torio. Las potenciales ventajas estratégicas de la exploración lunar, ya sea para la monitorización y comunicación desde la Tierra o para la exploración espacial a largo plazo, son significativas.

…de helio…

Por no hablar de las reservas de helio, el segundo elemento más abundante en el universo, que es extremadamente escaso en la Tierra. Geológicamente raro y de difícil acceso, este gas noble tiene unas cualidades físicas y químicas que lo hacen esencial para aplicaciones en la industria médica, la electrónica (mediante la fabricación de microchips) y las comunicaciones. Ahora que el helio comienza a faltar en la Tierra, debido a la alta concentración geográfica de su producción y a los conflictos geopolíticos recientes, la extracción lunar supondría una inestimable ventana de oportunidad.

… y de reservas de agua

La Luna tiene atrapada agua en algunos de sus minerales, y también cuenta con cantidades sustanciales en los polos. Hay cráteres que permanecen constantemente a la sombra, donde puede acumularse hielo. Tener acceso al líquido elemento es vital si se quiere vivir en la Luna. No solo proporciona agua potable, sino que también puede separarse en hidrógeno y oxígeno para proporcionar aire respirable para los astronautas, e incluso combustible para las naves espaciales.

El boom de la economía espacial

Según un informe publicado en 2024 por el Foro Económico Mundial, se espera que la economía espacial alcance los 1,8 billones de dólares para 2035 frente a los 630.000 millones de 2023, con una tasa media de crecimiento del 9 % anual, cifra muy superior a la tasa de crecimiento del PIB mundial.

El alcance de la tecnología espacial aumentará de aquí a 2035 y podría revolucionar la economía mundial. La cadena de suministro y el transporte se beneficiarán de una logística más eficiente y rentable. Se podrán prevenir con más precisión que ahora las catástrofes climáticas y la tecnología espacial contribuirá a mitigar el cambio climático mediante innovaciones como el control de las fugas de metano de las infraestructuras industriales obsoletas.

«El impacto de las actividades lunares en la geopolítica terrestre —y viceversa— es profundo», sintetiza Nayef Al-Rodhan. Y es que los avances en tecnología espacial suelen dar lugar a innovaciones con aplicaciones terrestres, que afectan a las industrias y las economías: «Toda la economía globalizada depende cada vez más de la transmisión satelital espacial».


EN CONTRA

Interés geopolítico: pulso entre EE. UU. y China

EE. UU. ha vuelto a la Luna, pero lo ha hecho «por razones equivocadas», afirma Bhavya Lal, exadministradora de la NASA, en The Economist. El argumento a favor del proyecto «se basa casi exclusivamente en la competencia: vencer a China, no ceder la Luna. Probablemente fue lo que obligó a la reestructuración del programa Artemis», advierte. «Concentra la atención del Congreso, flexibiliza las asignaciones presupuestarias y otorga a la agencia una influencia que no tenía desde el programa Apolo. Ningún análisis honesto sobre cómo surgió esta base puede obviar el papel de la presión competitiva». Pero esta coartada geopolítica resulta contraproducente, pues lo que confiere valor intrínseco al campamento base en la Luna para explorar el espacio son los réditos científicos para hacer avanzar a la tecnología… en la Tierra.

Lo mismo opina el escritor y jurista Mathew Beddingfield en Scientific American: «Hay mucho más en juego que una simple victoria de poder blando sobre los taikonautas chinos». El proyecto va más allá de los descubrimientos científicos y tecnológicos: el éxito de esta nueva misión impedirá la dominación espacial de Rusia y China, que se han asociado en su Estación Internacional de Investigación Lunar y no han firmado los acuerdos de Artemis.

Una guerra fría espacial

La motivación de Artemis es «puramente geopolítica», afirma en declaraciones a The Verge Cassandra Steer, experta en derecho espacial y fundadora del Centro Australasiático para la Gobernanza Espacial. «Fue sin duda lo que impulsó a EE. UU. cuando la Guerra Fría estaba en pleno apogeo. Ahora, en la era del trumpismo de America First Again, Estados Unidos intenta demostrar su poder y su prestigio».

«El espacio es simplemente otro ámbito donde se desata la geopolítica. No difiere de la carrera por la IA, ni de la competencia por otros recursos, como el petróleo o el agua», añade. Estados Unidos «se aferra a un clavo ardiendo para seguir siendo la única potencia dominante y descubre que, en realidad, no puede».

¿Qué ocurriría si una nueva fiebre del oro por los recursos lunares se apoderara de países y corporaciones?», se pregunta Nayef Al-Rodhan. «¿Cómo podemos garantizar la exploración pacífica y sostenible del espacio ultraterrestre y evitar que se convierta en otro escenario de conflicto humano?».

Riesgo de conflicto armado

Un enfrentamiento militar en el espacio (ya sea intencional o accidental) es cada vez más probable a medida que aumenta el tráfico espacial: alrededor de cien estados tienen presencia en el espacio, así como organizaciones no gubernamentales y empresas, añade Al-Rodhan. Nunca ha sido tan alto el riesgo de que un satélite se salga de su órbita provocando un incidente internacional hostil. Un conflicto armado en el espacio ultraterrestre podría devastar la infraestructura civil, ya que la espacial es decisiva para los sistemas de comunicación, navegación y transferencia de datos que dan soporte tanto a las operaciones terrestres como espaciales.

También dependemos de los satélites para garantizar la seguridad humana en áreas como la mitigación de desastres naturales. Por otro lado, a medida que aumenta el número de activos en el espacio cislunar, también lo hace su vulnerabilidad a las ciberamenazas, los ataques cinéticos y no cinéticos, las amenazas de pulso electromagnético (EMP), el pirateo informático, la interferencia y la suplantación de identidad.

Problemas legales: ¿apropiación indebida?

Según el Tratado del Espacio Ultraterrestre (1967), nadie es dueño de la Luna. Pero Estados Unidos considera que «la extracción de recursos no es una apropiación», afirma Cassandra Steer. En su opinión, EE. UU. ha usado «una laguna legal» para hacer una interpretación incorrecta e interesada de aquel Tratado.

El Acuerdo de Artemis, firmado por sesenta naciones, incluye apartados que permiten la extracción y el uso de recursos espaciales. Esto no significa que quien llegue primero a la Luna y reclame un pedazo de ella sea ahora su dueño, pero sí implica que quien inicie actividades como investigación o minería en una región lunar específica podrá extraer recursos de esa región sin que otros países puedan impedirlo.

Las naciones que quisieron formar parte de Artemis tuvieron que firmar el acuerdo, incluidos los apartados mencionados; lo cual, según Steer, es «una especie de presión ejercida por EE. UU. para decir: si quieren participar en el programa, tienen que aceptar nuestra interpretación del derecho internacional. Es imponer lo que llamamos opinio juris en derecho internacional». «Es difícil no establecer un paralelismo entre este enfoque y la historia de la apropiación de tierras en el Oeste americano durante el siglo XIX, especialmente en lo que respecta al acceso a recursos clave como el agua», apostilla Georgina Torbet en The Verge.

¿Será económicamente sostenible?

Alexander McDonald, investigador del Proyecto de Seguridad Espacial, advierte que Estados Unidos y sus socios, tanto del sector privado como internacionales, «deben garantizar que el esfuerzo de Artemis sea exitoso y sostenible». Lo cual está por ver. Recuerda que el programa Apolo, con un coste total de entre 250.000 y 300.000 millones de dólares actuales, fue cancelado por el presidente Nixon, en parte porque los contribuyentes no creían que los muy relativos resultados justificaran el coste. Y los otros dos intentos de regresar a la Luna (la Iniciativa de Exploración Espacial, anunciada por George Bush Sr; y la Visión para la Exploración Espacial, anunciada por George Bush Jr.) fueron finalmente desestimados.

En el caso de Artemis, con una inversión más ambiciosa que Apolo, no bastará incentivar la inversión privada continua y mantener la competencia comercial, señala McDonald. Será necesario además garantizar que «los ciudadanos estadounidenses —que seguirán financiando el coste de la iniciativa— consideren que está al servicio de la nación».

El 88 % de los estadunidenses se muestra escéptico

Una encuesta realizada en 2023 por el Pew Research Center, un centro de estudios con sede en Washington D.C., reveló que solo el 12 % de los adultos estadounidenses consideraban que enviar humanos a explorar la Luna debería ser una prioridad para la NASA. Los participantes en la encuesta afirmaron que la agencia debería invertir mejor su tiempo en monitorear los asteroides que amenazan la Tierra y en estudiar el sistema climático de nuestro planeta.

Si bien el Congreso apoya plenamente el programa de la NASA, algunos informes científicos ponen objeciones. Por ejemplo, un estudio de la Academia de Ciencia de Tampa (Florida) indica que la habitabilidad lunar sostenida y la extracción de recursos económicamente viables del proyecto Artemis sigue siendo muy incierta bajo las condiciones científicas, de ingeniería y presupuestarias actuales.

La clave no es la competencia, sino la colaboración

«La cuestión para EE. UU. no es si construir antes que China, sino si construir algo que valga la pena integrar», considera Bhavya Lal. Una base diseñada con protocolos compartidos, donde un rover (o vehículo de exploración espacial) japonés pueda obtener energía de un reactor estadounidense y un repetidor europeo pueda transmitir la señal de cualquier país, crearía algo que ningún tratado puede lograr: dependencia operativa. «Los países que se conecten a ese sistema tienen interés en mantenerlo en funcionamiento; la base no necesitaría un rival para justificar su existencia».

Este sería, en conclusión, el beneficio geopolítico que un enfoque competitivo no puede ofrecer. La alianza por una ingeniería interconectada es la mejor argamasa de los países participantes para una aventura como la de Artemis, entre otras cosas, porque el simple hecho de retirarse costaría más que permanecer juntos.

De ahí la necesidad de lograr «un consenso político a la altura», subraya la experta. O como apostilla el escritor Christopher Cokinos en Orion Magazine: «Más importante que la política o el hardware es la tecnología blanda de la cooperación».


Imagen de cabecera: Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch, y Jeremy Hansen, los cuatro astronautas de la misión Artemis II. Foto © NASA / Frank Michaux. El archivo se puede consultarse aquí.