Hay que «recuperar el lugar central de la relación del profesor con el estudiante», propone Carlos Hoevel

El profesor argentino subraya la importancia del esfuerzo y de la aplicación en el aprendizaje, pero ligado al gozo por conocer, al ocio, para recuperar la vida universitaria

Imagen del Trinity College de Dublín, universidad fundada en 1592 por la reina Isabel I. Foto: Federico Marín Bellón. Para el artículo sobre Carlos Hoevel
Imagen del Trinity College de Dublín, universidad fundada en 1592 por la reina Isabel I. Foto: Federico Marín Bellón
José Manuel Grau Navarro

Carlos Hoevel. Profesor en la Pontificia Universidad Católica de Argentina. Pronunció la conferencia «¿Es posible recrear hoy la idea de la universidad?», el pasado 7 de febrero, en las jornadas Universidad, quo vadis? Su currículo completo se puede leer aquí.

Avance

Malcom Skilbeck (1932-2022), un destacado analista australiano de políticas educativas, en un escrito publicado por los rectores de las universidades irlandesas en 2001, afirmó: «La universidad ya no es más un lugar tranquilo para enseñar, realizar trabajo académico a un ritmo pausado y contemplar el universo como ocurría en siglos pasados. Ahora es un potente negocio, complejo, demandante y competitivo que requiere inversiones continuas y de gran escala».

Esa frase de Skilberck fue el punto de partida de Carlos Hoevel en su ponencia y a ella volvió antes de establecer sus principios de renovación.

ArtÍculo

En un repaso breve a la historia de la institución universitaria, Carlos Hoevel recordó que de la universidad medieval se pasó al modelo napoleónico de grandes escuelas de formación profesional. Pero en Alemania, Wilhelm von Humboldt corrigió el sistema francés. Plasmó sus propuestas en escritos como Sobre la organización interna y externa de las altas instituciones científicas en Berlín, de 1809-10. Humboldt pretendía una cierta vuelta a lo medieval (ciencia y formación), pero introducía la investigación y a los científicos en el ámbito universitario. De las enseñanzas de Humboldt se adueñó el Estado prusiano, que puso en marcha el funcionariado profesoral y con ello una primera industria académica.

El cardenal John Henry Newman, en su The idea of university (1852), estableció cómo debería ser una universidad moderna y ajustada a los principios católicos.

De 1929 a 1950 hubo experimentos en la Universidad de Chicago, una institución entonces «mezcla de carne de cerdo y Platón», Hoevel dixit, en la que Robert M. Hutchins impulsaba el proyecto de los grandes libros, «distribuidos en todos los Estados Unidos pero leídos por pocos». Mientras se editaban los grandes libros, en esa misma Universidad de Chicago se construyó el primer reactor nuclear, en 1942.

Hoevel sostuvo que a partir de 1950 empezó la transformación de la universidad en una industria. Lo describió Robert A. Nisbet en 1971, en su libro The degradation of the academic dogma. Si hasta entonces lo importante había sido el ideal clásico del saber por el saber, que los catedráticos hicieran discípulos y publicaran obras importantes, libros, no papers, a partir de entonces cambia el paradigma en los Estados Unidos.

Clark Kerr (1911–2003), economista y primer canciller de la Universidad de California, en The uses of the university, una conferencia de1963, describe la transformación de la universidad moderna. La presenta como una institución grande y compleja con muchos cabos sueltos: enseñanza masiva (no elitista), investigación, financiación competitiva, relación con el Estado y servicio público. De ahí que experimente tensiones continuas entre la autonomía académica, la burocracia, la utilidad social y la «producción» de conocimiento.

En 1968 llegó «la revolución cultural», en medio de un ambiente donde a veces marcaban el paso Jacques Derrida y su deconstrucción; y Michel Foucault con sus pensamientos, que publicaría por ejemplo en Vigilar y castigar. La sombra de mayo del 68, convertida en woke, se alarga hasta hoy.

Hasta los años 70, hubo desembolso abundante estatal para financiar la universidad, «incluida su destrucción». Pero cuando se acabó la fiesta de las subvenciones, los Estados y los organismos internacionales aplicaron a la universidad la teoría del capital humano de Gary S. Becker. Se trataba de comparar la inversión en educación con el rendimiento posterior en la vida laboral de una determinada persona. Era un enfoque microeconómico a todas luces insuficiente para una realidad compleja.

En cualquier caso, surgieron las agencias de acreditación, que describe Michael Power en The audit society. Rituals of verification (1997). Se impone la medición cuantitativa de la docencia y de la investigación, la financiación se basa en la demanda y del modelo de gobierno académico colegiado se pasa al de gestión burocrático. Ganan en importancia los sistemas de ranking. Se valora y se vota sobre cada producto y cada acción de cada profesor, de cada investigador, de revistas, de investigaciones, de carreras… Se instaura «una imitación del mercado dentro de la universidad» y se convierte todo en acción económica.

En Europa, se firmó el Proceso de Bolonia en 1999. Tenía la buena intención de volver «a comunicar las universidades europeas entre sí en una idea humanística, en una tradición clásica», pero Bruselas deseaba competir con los Estados Unidos. Para eso tenía que «considerar a la universidad como una parte de la industria», en la que los gestores son más importantes que los catedráticos y el administrador más que los profesores.

Disidentes en la universidad

El panorama descrito hasta aquí es demoledor para bastantes académicos. Hoevel puso algunos ejemplos.

Bruno Frey, un economista de la Universidad de Zúrich, lamentaba en 2002 el reemplazo de la calidad por la cantidad, la irrelevancia, el fraude y la prostitución intelectual, en su trabajo titulado Publishing as prostitution?

En 2012, Peter Murphy, un catedrático australiano, subrayó: «La piedra angular de la docencia universitaria, el contacto informal entre profesor y alumno, ha desaparecido prácticamente en la medida en que los académicos dedicados a la enseñanza han sido arrojados al torbellino vacío de los comités administrativos, el correo electrónico, la documentación y la regulación».

Peter Lawrence, biólogo en la Universidad de Cambridge, relataba que cuando cuando era joven, sus colegas y él trabajaban por vocación, porque les gustaba la belleza de la naturaleza y la búsqueda de la verdad. «Hoy son todos capitalistas académicos. Producen cien artículos por año» que en realidad «valen muy poco». Se dedican «a pseudopapers, a pseudoinvestigación, en una pseudindustria ineficiente, dilapidando millones que deberían emplearse en problemas más urgentes de la humanidad». Esas frases provienen de una entrevista que le hizo Carlos Hoevel hace unos años.

Una propuesta de renovación

¿Es posible recrear hoy la idea de universidad? La pegunta se la planteó el profesor argentino. «Sabemos —contestó— que la universidad no son los edificios, no es la financiación, no es el sistema de evaluación, no son los papers, sino algo, como lo han descrito todos los colegas en estas jornadas, mucho más profundo y que consiste en el fuego que se enciende cada vez que una persona descubre, medita o reflexiona sobre una verdad, y más todavía si vive la felicidad de compartirla».

La propuesta de Hoevel para recrear la universidad es «revivir el ideal intelectual (studium)», que consiste en «concentrarse en formar el hábito filosófico integrativo e intuitivo de la mente», frente a «la expansión de saberes y de la tecnociencia». Studium significa esfuerzo y aplicación para aprender, pero ligado al gozo por conocer (ocio). Para recrear la idea clásica de universidad hace falta recuperar una noción de verdad que no se agota en la deducción y en la inducción, sino que incluye otros tipos de conocimiento que permiten unidad ontológica y síntesis, especialmente en las ciencias humanas y sociales. Con la voz tecnociencia, Hoevel critica la necesidad de construir y producir de nuestros días, sea lo que sea.

Hoevel propone «reconstruir el puente con la tradición cultural del humanismo clásico». Quizás «de manera humilde, en universidades pequeñas». Pero «sin libros, sin esos grandes compañeros que son los grandes autores clásicos, esa comunidad no se puede nutrir». Hay que «leerlos, hay que compartirlos, hay que comentarlos. Y también hay que vivirlos, no como un fin en sí mismo, sino como una clave de lectura de la realidad». El clásico lo es «porque ilumina el momento histórico presente». Finalmente, señala que hay que «recuperar el lugar central de la relación del profesor con el estudiante, el carácter insustituible de la comunicación interpersonal».

Más información

Además de los enlaces a lo largo del artículo, véase también:

Hoevel, Carlos. (2021). La industria académica: La universidad bajo el imperio de la tecnocracia global. Editorial Teseo. Se puede consultar aquí: https://repositorio.uca.edu.ar/bitstream/123456789/13888/4/industria_academica.pdf