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Del futuro no es fácil hablar, porque casi nunca lo que nos espera coincide con lo que esperamos, porque el futuro suele ser el lugar de la eclosión de lo improbable. Aún así voy a asumir el riesgo de explorar lo que aún no existe, que es un ejercicio temerario —porque tendemos a confundir la realidad con el deseo— e imprescindible, porque para prevenir es necesaria cierta perspicacia. Nunca hemos necesitado más que ahora hacer transparente la incertidumbre. La aceleración de los métodos y procesos hace más perentoria la previsión: cuando un vehículo acelera, sus faros deben alumbrar más lejos. Por eso necesitamos del ejercicio de la prospectiva: para detectar nuestras necesidades de transformación. La mera información nos rinde el mismo servicio que la farola al borracho: más apoyo que iluminación. Me detendré en la descripción de los modelos de Universidad; la financiación, la calidad, la eficiencia y el gobierno de la Universidad; la investigación; las relaciones con la sociedad y el mercado; la formación continua; el entorno y, finalmente, el profesorado.

MODELOS DE UNIVERSIDAD

El último gran sociólogo de la Universidad de Chicago, Edward Shils, utilizó una serie de términos para describir la Universidad moderna. Todos ellos rayan en lo negativo. La denominó «universidad masificada, tediosa, politizada, burocratizada, universidad financieramente constreñida, sin cohesión y caótica». No suscribo del todo esta letanía; pero, por si acaso, todos deberíamos actuar para que de aquí a unos años ese diagnóstico no nos sea de aplicación.

La doctrina distingue cuatro modelos típicos de universidad. El modelo humboldtiano primaba la formación científica del hombre y el perfeccionamiento del individuo. El modelo napoleónico es estatalista y busca formar cuadros para el Estado o la sociedad. El modelo inglés pretendía la educación superior para una clase social privilegiada. La universidad norteamericana, muy preocupada por la investigación, tiene una función económica, es pragmática y especializada, algo así como una empresa de servicios muy atenta a la producción de conocimientos aplicables a la industria. Con las empresas creadas en su órbita, el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) produce más que Dinamarca, que es la vigesimocuarta potencia mundial.

Hoy estos modelos se han polarizado entre las universidades de corte estatalista y generalista y el pragmatismo de los Estados Unidos con su «universidad-organización», que responde a una sociedad centrada en el crecimiento económico y la innovación tecnológica, y que deja un tanto de lado la formación cultural y en valores.

Pero, entre las tesis culturalistas y las utilitaristas, hay un camino intermedio balizado por el sentido común. Y, siendo realistas, tenemos que dar por bueno que la pretensión del estudiante universitario no es la Cultura, sino la adquisición de una profesión, de un medio digno de vida. En caso contrario, saldría frustrado, ya que la Cultura es un ámbito demasiado extenso para abarcarlo en el tiempo que se destina a una carrera. La especialización es lo único que la Universidad ha podido ofrecer. Pero, y he aquí el problema, cada vez más asistimos al fin de la era de la información y presenciamos el advenimiento de la sociedad del conocimiento, lo que quiere decir que no basta ya con tener con información, sino capacidad para interpretarla. Los saberes demasiado compartimentados cada vez son menos útiles porque todo se sitúa en contextos más globales. El futuro es el territorio de la complejidad y, por lo tanto, la Universidad tiene que educar en la versatilidad.

O sea, que el modelo humboldtiaino sería completamente actual si no fuera porque ha significado en el pasado una excesiva rigidez en la planificación de la oferta educativa, en la uniformidad del profesorado, en los curricula escasamente innovadores, en cierta indiferencia hacia las demandas sociales. Además, la masificación de las universidades de todo el mundo hace imposible la financiación de un modelo como ése. Porque el factor más importante del cambio de la enseñanza superior en todo el mundo es la explosión cuantitativa del sistema. En 1960, el número global de universitarios no llegaba a los 15 millones en todo el mundo, mientras que hoy esta cifra se acerca a los 100 millones. La demanda de plazas universitarias continuará creciendo, y para atender con calidad esa demanda se necesitan más recursos. No será un gasto inflacionario, porque a estas alturas de la mundialización de los mercados, la Educación Superior se ha convertido en el principal instrumento para el desarrollo y para la transformación de las estructuras sociales. Por lo tanto, el gasto público en educación no será ya un gasto corriente, sino un gasto de inversión. Será necesario incrementar el potencial de lo que los ciudadanos pueden aportar a la economía, para lo que se requiere destinar cantidades crecientes de recursos a la formación del capital humano.

LA FINANCIACIÓN

El extremo superior de financiación privada está representado por Japón, con el 60%. En Estados Unidos, la parte privada significa el 45,5%, mientras que en Francia ese valor no llega al 9%. España, Alemania, Irlanda, Portugal e Italia se sitúan en valores de la parte privada comprendidos entre el 15 y el 20%. Sin embargo, las tendencias apuntan hacia la diversificación de las fuentes de financiación, a un reforzamiento de la participación privada y a la utilización de fórmulas sofisticadas con elementos competitivos para determinar la distribución de los recursos públicos a las universidades.

Una tendencia simplista al abordar el aumento de la financiación sitúa el centro del debate en la necesidad de incrementar los precios públicos. Al hacer esto sin más, se corre el riesgo de aumentar la desigualdad intergeneracional y de cerrar el acceso a la universidad a familias de ingresos medios. Por lo tanto, cualquier incremento significativo de las tasas debe ir acompañado de un aumento sustancial de las ayudas a los estudiantes. Una fórmula probable será la articulación de una política de préstamos, concertados con el sector financiero. Esto no sólo estimula la responsabilidad, sino que hace posible una política de equidad, aligerando la carga sobre el contribuyente y alentando los mejores talentos.

Aun así, incrementar la autofinanciación no puede reducirse a la simple recaudación por el cobro de las matrículas. Son los diversos tipos de servicios prestados, los contratos de investigación y desarrollo con empresas e industrias; en definitiva, los recursos propios derivados de la venta de bienes y servicios. La mayor participación de las empresas en la financiación de la Universidad deberá tener en el futuro estímulos —fiscales, por ejemplo— más adecuados. El sistema de financiación ha de tener en cuenta la competitividad entre las universidades, el desarrollo de programas de calidad, como condicionante en la asignación de parte de los fondos.

LA CALIDAD, LA EFICIENCIA Y EL GOBIERNO DE LA UNIVERSIDAD

Naturalmente, una de las maneras de mejorar los recursos es gestionar mejor, y esto tiene que ver con la eficiencia. La eficiencia es un requisito de la calidad y la calidad es la medida de la solvencia de una Universidad. La creciente integración internacional de la enseñanza superior está determinando una diversificación institucional que, en su nivel más pronunciado, como sucede ya en Japón o Estados Unidos, señala diferencias de calidad y prestigio entre instituciones formalmente iguales. Algunos expertos creen que ese fenómeno se extenderá y que sólo una veintena de universidades podría tener un carácter auténticamente internacional y ser líderes en el ámbito mundial. Los recursos, así como los talentos, se agruparían en torno a esas instituciones, mientras que las otras reducirían sus objetivos, limitándolos a tareas específicamente nacionales o regionales. Parece haber una dicotomía entre la competición para crear conocimiento nuevo o la difusión amplia del conocimiento. Las dos cosas son imprescindibles, pero muy probablemente no habrá más remedio que especializarse en una u otra función.

La preocupación por el envejecimiento de la población y la implosión de la demanda nos van a obligar a luchar por la captación de alumnos y a introducir cambios en los productos y en los procesos. Las estadísticas que reflejen los méritos de las universidades van a ser fundamentales en el siglo que empieza.

En el futuro, la evaluación de la calidad no se quedará en indicadores tales como gastos por alumno, dimensiones de las clases o relación entre el número de profesores y el número de alumnos. Aunque estos inputs conserven alguna importancia, no sirven para conocer el grado de eficiencia del uso de los recursos o el valor educativo añadido que Kan obtenido los usuarios. En Estados Unidos, existe un prestigioso ranking de universidades que permite clasificar éstas por orden de calidad. Sus parámetros son muy diversos: publicaciones, indicadores de investigación y otros muchos que, cruzados, dan lugar a una clasificación anual. En el futuro, esa catalogación en función de la calidad será universal.

Los expertos en organización, estrategia y planificación nos enseñan que los términos clave de la competitividad son innovación y flexibilidad. Se han vuelto menos relevantes los valores tradicionales de la llamada organización científica del trabajo, basados en la relación jerárquica, la disciplina, el orden o la puntualidad. Siguen siendo necesarios, pero no suficientes. Los nuevos valores emergentes son la iniciativa, la creatividad y el riesgo.

Esto resulta obvio para cualquier organización en competencia con otras y regida, por lo tanto, por la eficacia y por la eficiencia (abro aquí un paréntesis para recordar algo importante que se olvida a veces: la eficacia es hacer lo que hay que hacer y, consecuentemente, pertenece al reino de la sabiduría; la eficiencia es hacer las cosas bien y, por lo tanto, pertenece al ámbito de la técnica y de la motivación). Pero lo que resulta obvio para el mundo de la empresa no resulta tan obvio cuando hablamos de la Universidad. La empresa se adapta o desaparece, porque se mueve en la lógica de la competencia, pero la Universidad es otra historia: demasiadas veces parece como si su responsabilidad se agotara en el exacto cumplimiento de la normativa administrativa. La empresa funciona como una liebre que huye de sus eventuales depredadores; la Universidad, como una tortuga empeñada en conservar la memoria y reflexionar sobre su propio producto. Esa lentitud determina su aislamiento y su alejamiento del sistema productivo, y debe solucionarse.

En las Universidades de los Estados Unidos se adoptan modelos organizativos similares a los de la empresa, con consejos de administración y criterios pragmáticos de gestión. En Europa, por el contrario, tal vez como respuesta a la agitación estudiantil de finales de la década de los años sesenta, se proponen soluciones basadas en estructuras colegiales, con representación de profesores, estudiantes y personal administrativo y técnico. Esta solución, si bien más democrática, no resuelve, a largo plazo determinados problemas, y precisa un replanteamiento. La pregunta es: ¿qué tipo de mujeres o de hombres o qué tipo de órganos son lo suficientemente inteligentes, o tienen madurez e información suficientes para ejercer un poder legítimo en la Universidad? ¿Los políticos nacionales? ¿Los políticos autonómicos? ¿Los políticos o tecnócratas europeos? ¿El mercado? La respuesta más probable es que ninguno de ellos, lo cual podría ser otra forma de decir: el mercado.

INVESTIGACIÓN

Tengo que recordar aquí que todavía una parte sustancial de la investigación se hace en las Universidades. Por lo tanto, la Universidad sigue siendo una de las referencias de la sociedad postindustrial, pero esto está cambiando. La investigación se ha convertido en una empresa con demasiado éxito y esto parece haber conducido a veces a que se ignore, incluso con cierto desprecio, la competencia profesional como objetivo legítimo de la educación superior. ¿Es realmente razonable que el grueso de la investigación, la parte mas costosa y significativa desde el punto de vista económico, sea llevada a cabo por la Universidad? ¿Cómo se puede coordinar esta actividad con la enseñanza y, en particular, con la enseñanza masiva? Jugar dos juegos diferentes con jugadores que se consideran iguales conduce invariablemente a tensiones dentro de un sistema cerrado. La universidad se ha divido entre la brigada de guardianes de la investigación y los grises regimientos de profesores.

Les diré lo que creo que ocurrirá en el futuro: la crisis de las Universidades y la mutación que está afectando a los sistemas de investigación europeos obligan a renegociar su «contrato social» frente al conjunto de la sociedad. Las tensiones que afectan a los sistemas tradicionales de las universidades europeas derivan directamente de su rápido desarrollo. La masificación se conjuga con cierta rigidez e inflexibilidad. El resultado es la inadaptación y que se empiece a dudar de la rentabilidad social de las universidades, sobre todo en su función investigadora.

En países europeos como Alemania o Francia, en estos últimos años, un porcentaje creciente de los fondos públicos y privados dedicados a la investigación ha sido reorientado hacia institutos especializados. Y en la medida en que van al sector universitario, se concentran cada vez más en institutos que firman contratos con las grandes empresas. La participación de la investigación universitaria en los presupuestos generales de investigación se reduce y existe una marcada tendencia de los investigadores más prestigiosos a abandonar los departamentos universitarios para ir a trabajar a institutos independientes.

UNIVERSIDAD- SOCIEDAD-MERCADO

Una de las críticas más recurrentes a la Universidad actual es su lentitud para adaptarse a las demandas del sistema productivo. Para analizar este asunto fundamental, arrancaré con un trío de certezas a las que, por el momento, no puedo llamar datos porque están incardinadas en el futuro. Primero: dentro de 25 años, la mitad de las profesiones que estarán vigentes nos son aún desconocidas. Segundo: por primera vez en la Historia, la mayor parte de los conocimientos adquiridos por una persona al inicio de su vida profesional serán obsoletos al final de su carrera. Tercero: en la nueva naturaleza del trabajo, la transacción de conocimientos cobrará cada vez una importancia mayor; cada vez más, trabajar consistirá en aprender, producir y transmitir conocimientos.

Algunos siguen hablando de desajustes en la creencia, errónea sin duda, de que los estudios superiores deben ceñirse como un guante a las demandas previsibles de la sociedad futura. Es cierto que, en los años sesenta, el sistema educativo occidental entró en una profunda crisis de contenidos: ¿qué se transmite, qué debe transmitirse y según qué criterios? Hubo una crisis de programas porque previamente hubo una crisis moral o de valores. Es cierto también que, en general, las universidades no han tenido hasta la presente década la capacidad de prospectiva, la flexibilidad y la decisión de adaptar sus estudios a la demanda. Pero también ha habido un importante esfuerzo de adaptación a la demanda del mercado laboral, no tanto en las carreras clásicas, sino más bien en la creación de nuevas titulaciones. Probablemente ese esfuerzo no ha sido suficiente, pero no se puede pedir peras al olmo; es imposible, sencillamente, hacer previsible lo imprevisible. Ante los desafíos que supone el escenario de incertidumbre y de complejidad en el que vivimos, sólo podemos proponer una sólida formación básica acompañada del desarrollo de la educación permanente.

La capacidad de adaptación al cambio es la contribución más importante y significativa de la educación al crecimiento económico, al ser éste un proceso de generación continua de desequilibrios y ajustes sucesivos. Es necesario superar el concepto de la educación como mera transmisión de datos o de técnicas, y promover la sabiduría como su objetivo último.

No es oportuno intentar predecir si serán necesarios más o menos ingenieros, juristas, economistas o médicos, pero parece evidente que las nuevas sociedades reclaman titulados superiores para cuatro funciones prioritarias, a saber: la investigación, el empresariado, el servicio a la colectividad y, sobre todo en términos cuantitativos, el funcionamiento sistémico. Los agentes de este funcionamiento sistémico, los gestores de la sociedad de la información, serán un nuevo tipo de trabajador universitario, que algunos autores suelen llamar brain-Worker: son la nueva generación que, en la sociedad de la información, controla la «inteligencia» de los sistemas productivos.

FORMACIÓN CONTINUA

Pocos jóvenes pueden hoy esperar ejercer durante el resto de su vida la actividad para la que han sido formados. Por exquisita que sea su formación universitaria, nunca bastará para hacer frente a la evolución que se les exigirá. Nos movemos hacia una sociedad del aprendizaje y, en este contexto, empieza a cobrar entidad el concepto de formación continua. La Universidad debe responder a este desafío otorgando cada vez más protagonismo a estas enseñanzas no regladas.

Será preciso acortar la formación inicial para incorporarse rápidamente al mercado de trabajo, pero continuando el aprendizaje según los requerimientos de dicho mercado. La universidad debe tener en cuenta las muy diversas razones por las que una persona adulta puede querer volver a los estudios (desempleo, actualización de conocimientos, cambio de actividad laboral, realización personal…). No es menos importante el uso de las tecnologías de comunicación, que cada día están más al alcance de todos, reforzando la no presencialidad de los estudios universitarios.

En el futuro se hablará de la hiperuniversidad. Años atrás, tal vez correspondía a las universidades la mera alfabetización informática de algunos estudiantes, que necesitaban de ella para sacar partido de las entonces emergentes nuevas tecnologías. Hoy esta alfabetización ya se ha producido mucho antes del ingreso en la universidad. La adecuada conjunción del autoaprendizaje, la telemática y los recursos didácticos multimedia situarán el concepto moderno de Universidad en una nueva dimensión vinculada íntimamente al ciberespacio, asociado a una red de redes de alcance universal. La Universidad del futuro será, como algunos espíritus puros, ubicua e incorpórea, y se caracterizará por estar centrada en el usuario, esté donde esté.

Pero la Universidad no es la única institución capaz de transmitir conocimientos y destrezas científicas, técnicas y culturales. En el campo de la formación de adultos, tendrá que competir con las iniciativas privadas, que rápidamente se apercibirán del mercado potencial de estudiantes. Si la universidad no actúa con presteza y realismo, en conexión con la demanda, perderá la oportunidad de acceder a un mercado muy consciente de su necesidades.

En el futuro, la Universidad será una institución sin edades. La disminución de alumnos en las edades habituales estará compensada por una mayor presencia de edades más elevadas. En el 2010, uno de cada tres estudiantes tendrá 25 años o más. Su previsible censo estará integrado por trabajadores adultos que constituirán una clientela de estudios superiores y de especialización a través de la formación de posgrado. Surgirán nuevos contingentes de estudiantes en prácticas en las empresas y alumnos de posgrado con experiencia externa. Aumentará el tipo de estudiantes financiado por el empleador. La reducción de la jornada de trabajo, las nuevas modalidades de actividad temporal y a tiempo parcial y el acortamiento de la vida activa son otras circunstancias que proporcionarán nuevos estudiantes. Otros grupos de discentes posibles serán los jubilados o prejubilados con afán de título o simplemente de formación.

En suma, entre los rasgos diferenciadores de la Universidad del futuro, catalogaré estos: cursos «a la carta», menor duración de los mismos, media de edad alta de los estudiantes, prácticas en las empresas, profesorado a tiempo parcial, menores exigencias en el acceso, nuevos y diferentes solicitantes de servicios universitarios para reciclaje, incremento de formación o desarrollo personal.

ENTORNO Y ESPECIALIZACIÓN

La vocación de la universidad por implicarse en su entorno ha sido más un deseo que una realidad manifiesta. No quiero decir con ello que la Universidad haya venido siendo opaca para la sociedad, ni que ésta se haya desentendido de la realidad y del funcionamiento universitarios, pero sí que la osmosis no ha sido suficiente.

Antes de seguir especulando sobre el futuro, quiero evocar la imagen de una economía industrial del siglo XIX: la mina de carbón, y la vecina fundición de hierro iluminando el cielo de la noche con fulgores rojos. Esa imagen está amortizada y, en su lugar, vemos prosperar conjuntos de edificios discretos y bajos que suelen estar ubicados en parajes impecables con una atmósfera parecida a la de los campus. La estructura de las ciudades y regiones está siendo profundamente modificada por la interacción de tres grandes procesos: la revolución tecnológica, una economía mundializada y el protagonismo de la información. El conocimiento y la alta tecnología han ocupado el lugar de la mercancía y redefinen los procesos del desarrollo local y regional.

Resulta paradójico que, en una economía mundial cuya infraestructura productiva está compuesta por flujos de información, las ciudades, las regiones y las universidades se estén convirtiendo de forma creciente en agentes decisivos del desarrollo económico. Un territorio de calidad se inscribe en el área de un triángulo cuyos vértices están ocupados por la actividad productiva, la actividad social y el conocimiento. Su desarrollo cualitativo y cuantitativo depende de las relaciones entre estos tres elementos. Pues bien, en el vértice del conocimiento, la Universidad debería tener un protagonismo especial. Por tanto, debe intensificar sus vínculos con las ciudades y las regiones para ser realmente una fuente de innovación, de eficiencia, de apoyo para los negocios.

Si se inicia una cierta carrera por tener la Universidad de mejor calidad, si se entiende que el desarrollo regional puede verse afectado por estas verdaderas fábricas de capital humano y, si se avanza por la vía de la especialización de las universidades, estaremos en un escenario en el que unas universidades serán las mejores en docencia mientras que otras, al hilo del impulso de su comunidad política que le transfiere cuantiosos fondos, prefieran especializarse en investigación.

PROFESORADO

En el avance del informe sobre la enseñanza superior en España que ha elaborado José María Bricall, se constata que la situación de las plantillas académicas se caracteriza por un enorme incremento numérico, adscrito a escasas, rígidas y deformadas categorías de personal docente-investigador, que dificulta la adecuación entre competencias de personas y tareas a cumplir. Se necesita instaurar de modo eficaz una verdadera carrera académica que garantice no sólo la formación investigadora, sino también la adecuada preparación en tareas pedagógicas y familiarización con las tecnologías de la información. Debe reconsiderarse el método de selección del profesorado, de forma que guarde el necesario equilibrio entre la autonomía universitaria en la selección y la transparencia del proceso por rigurosos requisitos de capacidad y mérito.

Por otra parte, en las Universidades más prestigiosas del mundo occidental, existe un cierto equilibrio entre profesores permanentes y profesores no permanentes. En el futuro, la movilidad de los docentes en un mercado más competitivo será lo usual. Tanto el Informe Dearing como el Informe Attali coinciden en la inevitabilidad de desfuncionarizar al profesorado y de acercar la universidad a una concepción de empresa productora del capital humano demandado por los mercados.

FINAL

Intentamos dejar atrás una Universidad funcionarial, anquilosada y burocrática. Pero gestionar una institución tiene algo que ver con andar en bicicleta: si se deja de pedalear, la bici y el ciclista van al suelo.

En una sociedad de objetivos fluctuantes y valores inciertos, la Universidad debe ir más lejos de la simple producción de series de datos exactos y de informaciones fiables. La Universidad se postula como la guardiana del saber y de los valores que ese saber impone; de las competencias profesionales y de las obligaciones éticas que implican; de una investigación intelectual, de un proceso riguroso de aprendizaje, de una visión amplia. Corresponde a la Universidad afirmar que la integridad es la exigencia, la excelencia la norma, la racionalidad el medio, la comunidad el contexto, el civismo la actitud, la apertura de espíritu y la responsabilidad la obligación sobre la cual descansa su propia existencia.

Creo en las clásicas virtudes aristotélicas de la sabiduría, la prudencia, la justicia, el valor, la magnificencia y la generosidad. Desde esos valores hemos de consolidar entre todos un modelo de Universidad de calidad en la creación, transferencia y difusión del conocimiento humanístico, social, científico y técnico. A la sociedad le asiste el derecho de exigirnos que le prestemos ese servicio y todos estamos obligados a arrimar el hombro en esa tarea apasionante. Pero las presiones sociales para asegurar la eficacia de la Universidad no pueden estar sólo al servicio de la economía. La generación altruista de conocimiento está más allá de las exigencias del mercado.

En la Declaración de Madrid, promovida por la Universidad Complutense con ocasión del V Centenario de la Bula Cisneriana y rubricada por las Universidades más antiguas y prestigiosas del mundo, se proclama la necesidad de que la Universidad sea el germen de una nueva ciudadanía mundial. Ésa, precisamente, fue una de sus funciones en los albores de su nacimiento. Las grandes Universidades de los siglos XII a XV se caracterizaban por el cosmopolitismo. Al romper las fronteras, el pensamiento se hacía «único», en un sentido muy diverso al que la expresión tiene hoy. Pues bien, tanto anda el tiempo cuanto desanda, porque el futuro de la Universidad rima en consonante con sus orígenes. No habrá en el futuro frontera para el saber y para el aprender. La integración internacional del saber y de la ciencia empieza a ser un hecho y acabará siendo una realidad contundente. Para ocupar un lugar confortable bajo el sol del futuro próximo, el Estado, la sociedad y la propia institución universitaria han de colaborar en la salvaguarda y mejora de una institución que ha de seguir cambiando para ganarse el derecho a existir como algo que no sea una ficción, una simulación o un freno para la sociedad.

Catedrático emérito de Geografía Humana y presidente de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR)