¿Podríamos dejar de discutir, por favor?

No se trataría de huir del conflicto, sino de manejarlo de manera que ambos miembros y la relación puedan salir fortalecidos

Foto: Pixabay / Mohamed_hassan
Janire Ruiz Casedas

Janire Ruiz Casedas. Doctoranda en Educación y Psicología del grupo «Infinity: familia, amor y sexualidad» del Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra. Graduada en Psicología y Máster en Psicología General Sanitaria por la Universidad de Navarra.

Avance

«¿Podríamos dejar de discutir, por favor?» puede ser una pregunta frecuente entre las parejas. La dificultad para lidiar con las discusiones lleva a un agotamiento extremo en muchas de ellas. Precisamente en estas dificultades se encuentra la clave de dicha cuestión. La investigación señala que no es el conflicto en sí lo que genera insatisfacción, sino que lo verdaderamente importante en las relaciones es la manera en que se afrontan y resuelven estas discusiones. Por lo tanto, no se trataría de huir del conflicto, sino de manejarlo de manera que ambos miembros y la relación puedan salir fortalecidos. Profundizamos a continuación en ello.

ArtÍculo

El establecimiento de una relación de pareja es considerado un proceso que puede conllevar determinados desafíos. Comienza con la decisión personal de cada miembro sobre compartir una vida en común y, como la decisión trascendental que es, requiere cierta disposición al aprendizaje.

Un factor relevante que conviene tener en cuenta es que cada miembro se habrá desarrollado en su propio contexto, habrá formado sus propias expectativas sobre las relaciones con los demás o habrá priorizado los valores que guiarán sus comportamientos. Por ello, un error fundamental sería dar por hecho que todos estos factores serán compartidos por el otro miembro, ya que estos podrán coincidir en mayor o menor medida. Lo más probable es que aspectos relacionados con roles, relaciones y actividades deban conciliarse con los de la respectiva futura pareja para que sea posible una vida en común.

Se trata, pues, de un proceso de ajuste entre ambos miembros, para el cual se requiere la capacidad personal de reordenar las preferencias propias y resignificar ciertas ideas previas. El objetivo es alumbrar entre ambos un nuevo espacio, al que las dos personas sienten que pertenecen de forma genuina, pues tampoco se trata de «perder» aquello que somos o dejar atrás elementos que consideramos «vitales» (estaríamos engañando a nuestra pareja dando una imagen de nosotros mismos que no es cierta). La creación de este nuevo espacio, basado en la autenticidad de ambos y potenciado por lo que cada uno es dará lugar a un vínculo significativo.

La construcción de ese espacio común  

Este proceso implica conversaciones que en absoluto resultan triviales, tanto con nosotros mismos como con el otro, y que ofrecerán el conocimiento necesario para valorar la posibilidad de construir la base de una relación que enriquezca a los dos.

Hablamos de la base, puesto que este momento de formación de la pareja sería el propicio para conversar sobre aquellos elementos señalados como «vitales», aquellos que consideramos indispensables e incondicionales en nuestras vidas con el fin de valorar la posibilidad de conciliarlos de manera recíproca.

Sin embargo, este no es un proceso de ajuste que finalice en un momento dado, puesto que las relaciones son tan dinámicas como la propia vida de cada miembro, y se encuentran en continuo desarrollo. Constantemente nos estaremos enfrentando a nuevas experiencias, tanto de dentro de la relación (cómo, cuándo y dónde vamos a establecer espacios de intimidad) como de fuera (por ejemplo, cómo vamos a gestionar nuestras relaciones con la familia extensa), que conllevarán la necesidad de acuerdos que mantengan, incluso ensanchen, ese espacio en común. Y estas nuevas experiencias, que determinarán cuáles son las cuestiones que afectan a la relación, pueden generar discrepancias dentro de la pareja: las temidas discusiones.

La discusión equilibrada

Discutir, manejar el desacuerdo puede ser incómodo, pero no terrorífico. Paradójicamente puede ser beneficioso, ya que nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos, nos obliga a abrirnos y a ser sinceros. Solo conociendo la interioridad del otro podremos saber si estamos dispuestos y es posible compatibilizar nuestras distintas posturas. Cuando este proceso se produce a través del equilibrio entre ambos miembros, con la participación y el compromiso de cada uno para proponer y buscar soluciones, se origina un espacio de reflexión común. De este modo, estas discusiones pueden llegar a convertirse en un medio de expresión de la intimidad. En estos casos, el desarrollo personal de cada miembro y la satisfacción con el otro y con la relación tienden a manifestarse de manera óptima.

Cuando la interacción se tambalea…

Sin embargo, en ocasiones, este proceso no es tan fluido ni transcurre con suavidad. Se ha observado que la aparición de ciertos comportamientos, como pueden ser el de retirada o el de demanda, pueden generar insatisfacción. Por retirada se conoce principalmente aquella conducta en la que se pretende huir de la discusión, evitando acercarse al diálogo, mientras que por demanda se suele referir a aquellos intentos por establecer dicha conversación.

Estos intentos antagonistas —cada miembro se mueve en dirección contraria ante la gestión del «acuerdo» — añadirían más tensión emocional (lo que da lugar en ocasiones a un crescendo de la presión por parte de la persona demandante y mayor retirada de la persona evitadora) con intentos infructuosos de solventar las diferencias encontradas. Estas conductas tienden a ser complementarias por parte de ambos miembros, y pueden llegar a convertirse en patrones que se repiten a lo largo del tiempo, y que ocurren con cierta estabilidad ante determinados temas.

Siguiendo esta línea, la investigación señala que las conductas de demanda y de evitación por parte de ambos miembros pueden alternarse dependiendo del tema por el que se está dando la disputa—y que, en ocasiones, no se daría tanto por el tema conflictivo—, sino por las necesidades que subyacen en cada miembro.

Estas necesidades subyacentes a veces no resultan tan evidentes. En este sentido, se ha observado que muchas parejas no están de acuerdo sobre aquellas cuestiones (o necesidades percibidas) que resultan más problemáticas en su matrimonio, algo que resultaría esencial para trabajar de forma conjunta en la resolución de sus conflictos. Si no detectamos cuál es aquella necesidad que presenta nuestra pareja—y por la cual demanda nuestra atención—ya que para nosotros no resulta tan relevante, es probable que no lo identifiquemos con un aspecto importante a abordar dentro de la relación, por lo que aún más difícilmente creeremos que tenemos que trabajar en ello.

Qué es realmente un conflicto

Este aspecto se relacionaría con ciertos hallazgos encontrados en la investigación, pues se ha observado que aquellos matrimonios longevos y satisfechos tienden a reconceptualizar qué es realmente un conflicto dentro de sus relaciones, y parecen abordar con mayor profundidad aquellas cuestiones que consideran más «solucionables», eligiendo qué aspectos deben resolver, lo que suele llevar a un afrontamiento del conflicto más constructivo.

Identificar qué cuestiones pertenecen a esta categoría puede ser un proceso extenso de conocimiento mutuo. Y el hecho de focalizar sus esfuerzos en problemas «solucionables» puede generar una sensación de éxito que aumenta confianza en la relación a la hora de afrontar los desafíos futuros.

Teniendo este aspecto en cuenta, podemos ir más allá del tema y del conflicto en sí, centrándonos en las necesidades que han despertado dicha discusión. Una persona evitadora podría preguntarse qué necesidad se ha activado en su pareja que le lleva a hacer constantemente determinada demanda; una persona demandante podría reflexionar acerca de qué necesidad le lleva a su pareja a evitar este mismo tema de manera sistemática. No se trataría tanto de mirarnos a nosotros mismos —que también es relevante—, sino de empezar a mirar al otro. Y esto se podría aplicar a cualquier etapa de la discusión: cuando aparece una cuestión que genera controversia, cuando se lleva a cabo el diálogo compartido, y cuando se da por resuelto el desacuerdo.

En definitiva, la solución del conflicto dentro de la relación no está tanto en dejar de discutir —lo cual, como veíamos no es algo despreciable en sí mismo—, sino en darle a ese espacio compartido el valor que merece: mirando también al otro más allá de uno mismo. Transformemos el «cómo podemos dejar de discutir» en «de qué manera podemos gratificarnos sin perdernos».

Las relaciones sanas requieren de discusiones que, bien escogidas y abordadas, constituyen los «cimientos» y «ladrillos» que sostienen el encuentro entre dos trayectorias propias. Por lo tanto, más que de evitar el conflicto, se trata de valorar e incluso aprovechar las oportunidades que este trae. Las desavenencias se pueden convertir en buenas aliadas para conocer nuestros comportamientos visibles, nuestras necesidades subyacentes y ofrecernos al otro: solo así podremos construir juntos ese espacio tan preciado, singular y dinámico que es una relación de pareja.


La imagen que ilustra el texto se encuentra en el repositorio de Pixabay. Su autor es Mohamed_hassan y se puede consultar aquí.