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Notas para una novela acerca del fin del mundo

Una novela seria sobre la destrucción de los Estados Unidos y el fin del mundo cumpliría la misma función que una profecía al revés. El novelista escribiría sobre el fin venidero, con el propósito de advertir sobre los males del presente y poder evitar aquél. A pesar de que Dios no le haya elegido para que haga de profeta, tendría que fingir una cierta presciencia: si el novelista no creyera estar viendo algo que los demás no ven (o al menos algo a lo que no prestan mucha atención), estaría malgastando su tiempo escribiendo y la gente lo estaría perdiendo si le leyera.

Eso no quiere decir que él sea más sabio que sus lectores; al contrario: puede que su visión solo se distinga de la de los demás porque le aqueja una especie de aflicción, que le separa de ellos y le concede un punto de vista singular sobre lo que está ocurriendo, del mismo modo que un herido tiene una perspectiva de la batalla más clara que la de quienes continúan peleando.

Quizá el novelista se parezca, más que a un profeta, a un canario de aquellos que los mineros solían bajar consigo a las galerías para que les advirtiera a tiempo de la presencia de gas en el ambiente: si el pájaro se inquietaba, piaba lastimeramente y se desplomaba, los mineros entendían que había llegado el momento de escapar a la superficie y ponerse a reconsiderar las cosas.

Pero puede que sea necesario definir en primer lugar el tipo de novela y el tipo de novelista en los que estoy pensando.

I

Con la expresión «una novela sobre el fin del mundo» no me estoy refiriendo a una fantasía como las de Wells o a una de esas películas de ciencia ficción que pasan por la TV en la última sesión. La novela a la que me refiero no pretendería predecir la inminente devastación del mundo, y ni siquiera estaría interesada en las posibilidades de destrucción física, tan reales en nuestra época. (No se fijaría en cosas como, por ejemplo, que cada uno de los aproximadamente noventa submarinos nucleares norteamericanos lleva dieciséis misiles Polaris, cada uno de ellos con una capacidad destructiva igual a todas las bombas lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial). Al tipo de novelista al que me refiero le preocuparían otros signos. Signos que, interpretados correctamente, estarían anunciando otro tipo de peligros.

Y aquí es donde el novelista tiende a disentir del público en general. Porque mientras parece justo afirmar que la mayoría de la gente es optimista a la hora de hacer juicios o, mejor dicho, que su pesimismo se debe a razones específicas (del tipo: «si los estudiantes, los negros y los comunistas se portasen bien, las cosas no irían tan mal»), la percepción de lo que está pasando que tiene ese novelista parece apuntar a algo más radical, algo que no puede explicarse echando mano de simples males particulares como el racismo, Vietnam o la inflación. De modo que lo que hay que plantearse es si la mayoría de la gente está loca o si son más bien la mayor parte de los escritores serios quienes lo están. Dicho de forma más precisa: ¿se encuentra realmente la civilización secular, la ciudad de los hombres, en serio peligro, o es el novelista un burgués decadente, un residuo de una época anterior al que periódicamente le gusta adornarse y adornar a sus lectores con los anuncios de un desastre inminente?

Las signos son ambiguos: el novelista y el lector en general pueden coincidir sobre la realidad de la amenaza nuclear; pero cuando el novelista, aquí y ahora, comienza a comportarse como un hombre que se columpia al borde de un abismo o, aún peor, como uno que ya ha rebasado ese borde y ha caído en él, es frecuente que el lector se intranquilice; que se moleste, incluso: en una ocasión, una dama muy enfadada me paró por la calle para decirme que no le había gustado un libro que había escrito, pero que si daba lo mejor de mí mismo aún podría escribir una buena novela cristiana como El Cardenal, de Henry Morton Robinson, o incluso puede que como El Inclusero, del Cardenal Spellman.

¿Y qué hay del novelista? Permítanme definir el tipo de novelista en el que estoy pensando: no lo sitúo en una escala de méritos (no tiene por qué ser un buen novelista), lo pienso en los términos de los objetivos que desea alcanzar. El novelista del que hablo es un escritor con una preocupación explícita y última sobre la naturaleza del hombre y la naturaleza de la realidad en la que ese hombre se encuentra. En vez de construir una trama e inventar una serie de personajes en un mundo familiar para todos, ese novelista tiene tendencia a situar a un personaje extraño en medio de un lugar extraño, un lugar en el que las señales de orientación son enigmáticas, a pesar de lo cual su héroe se dispone a explorarlo. A ese novelista se le puede calificar de novelista «filosófico», «metafísico», «profético», «escatológico» o incluso de «religioso». Este término —»religioso»— lo uso aquí en su acepción original, que es como lo entiende el novelista: aludiendo a un vínculo radical que liga al hombre con la realidad y da sentido a su vida, o aludiendo a la ausencia de ese vínculo, que hace que su vida carezca de sentido.

En este tipo de novelista puede incluirse a escritores tan diversos como Dostoievski, Tolstoi, Camus, Sartre, Faulkner o Flannery O’Connor. Algunos podrán objetar que Sartre es ateo. Lo es, pero su ateísmo es «religioso» en el sentido que aquí se otorga a ese término: es un novelista que traiciona una convicción apasionada sobre la naturaleza del hombre, el mundo y la obligación del hombre en el mundo. Por las mismas razones excluiríamos sin prejuicios a la mayor parte de la novela inglesa: estoy deseoso de creer que Jane Austen y Samuel Richardson son mejores novelistas que Sartre y O’Connor, pero mientras los novelistas rusos del XIX estaban obsesionados con Dios y muchos de los existencialistas franceses lo están con su ausencia, el novelista inglés no está muy interesado en ninguna de esas dos cosas. Tradicionalmente, la novela inglesa se desarrolla en una sociedad tal y como todos la ven y la dan por garantizada. Si en esa sociedad destacan los vicarios y las parroquias, habrá vicarios y parroquias en la novela. Si no, no: tanto mejor para los vicarios y las parroquias.

¿Y qué hay de los novelistas americanos? Uno excluiría, y de nuevo sin prejuicios, a los que hacen crítica social y sátira cultural, como Steinbeck o Sinclair Lewis: los emigrantes de Oklahoma tenían demasiada hambre para tener «crisis de identidad», Dodsworth estaba demasiado interesado en Italia y en el dolce far niente para preocuparse de Dios o de la muerte de Dios. El tipo de novela contemporánea a la que me refiero trataría más bien de las secuelas, de lo que podría suceder después a esos personajes: ¿qué le ocurre a Dodsworth después de vivir feliz en Capri? ¿Qué pasa con los miles de habitantes del Midwest después de haberse instalado en la Riviera? ¿Qué ocurre con el Okie emigrado de Oklahoma que ha triunfado en Pomona y se pasa las horas viendo en la TV los shows de Art Linkleter? ¿Les va todo bien o están metidos en más problemas que cuando estaban en Main Street o en el desierto? Si es así, ¿cuál es la naturaleza de esos problemas?

Una pista de cuáles son las cosas que preocupan a los novelistas americanos es la queja constante de la crítica literaria británica. Una reseña inglesa de una reciente novela americana hablaba de la perenne disposición de los norteamericanos para la «megalomanía filosófica». Ciertamente: si las virtudes británicas residen en la pulcritud de estilo, la claridad y la concisión, el respeto por las formas y una innata turbación ante las «cuestiones profundas», entonces hay que admitir que entre los defectos de los novelistas americanos se encuentran la presunción, la grandilocuencia, la falta de formas, el exceso dionisíaco y una especie de «omnivoracidad» metafísica: las novelas americanas tienden a tratar sobre todas las cosas. Es más: al final, todo acaba en Dios, el hombre, el mundo. La frase más usada en las contraportadas de las últimas diez mil novelas americanas es «esta-novela- indaga-el-problema-del-mal-y-de-la-esencial-soledad-del-hombre»: como se ve, es una empresa de gran envergadura, pero el caso es que resulta normal que el novelista americano se sienta capaz de sacarla adelante. No cabe duda de que esa hipertrofia congénita de los apetitos del novelista es la causa de un gran número de pésimas novelas, especialmente en un momento como el nuestro, en el que —a diferencia de la Rusia del siglo XIX- el talento no se corresponde con la ambición.

II

Como los profetas de verdad, es decir, los hombres escogidos por Dios para comunicar algo urgente al resto de la humanidad, escasean hoy, el novelista puede realizar una función cuasiprofética: como en el caso del profeta, sus nuevas son, generalmente, malas noticias; además, a diferencia del profeta, cuya boca ha sido purificada con una brasa incandescente, es frecuente que el arte del novelista sea malo. Está convencido de que debería impresionar a sus lectores hablando de los novísimos —si no del Last Day of Gospel, sí del posible advenimiento de la destrucción, de la devastación de las ciudades, de los viñedos convertidos en páramos arrasados—. Al igual que el profeta, puede sentirse en profundo desacuerdo con sus compatriotas; a diferencia del profeta, sus compatriotas, por lo general, no le dan muerte: resulta más frecuente que le ignoren. O, si escribe libros lo suficientemente indecentes, entonces puede convertirse en un escritor de best sellers o incluso ser llevado al cine.

Lo que nos ocupa aquí es la discrepancia que hay entre el modo de ver las cosas de ese novelista y el modo de ver las cosas más común entre los habitantes de la ciudad secular, y el de los teólogos progresistas en particular. Aunque es importante advertir esa discrepancia, el novelista ha de tener mucho cuidado de no distorsionarla, especialmente en su propio beneficio, para no ser víctima de su seducción: nada llega a la gente con tanta facilidad como las sepulcrales proclamas de anticuados existencialistas de café y las de los neohippies, que declaran despreciar la sociedad y la tecnología de la civilización occidental al mismo tiempo que viven de los cheques que aquella les extiende, y que serían los primeros en acudir a que les pusieran una inyección de penicilina si tuviesen meningitis.

Pero, incluso después de haber tomado las precauciones oportunas, no se puede pasar por alto esa notable discrepancia: porque da la impresión de que los novelistas más serios (por no hablar de los poetas y los artistas), están desfasados respecto de sus iguales en otros ámbitos de la vida moderna, como los médicos, los abogados, los empresarios, los técnicos, los obreros y, hoy, los nuevos teólogos.

Es una vieja historia, la de los novelistas: la gente siempre pregunta:»¿por qué no escribe Vd. sobre cosas gratas y gente normal? ¿Por qué todo tiene que ser neurosis y violencia? Hay muchas cosas agradables en el mundo». El lector se ofende, pero se ofende aún más si uno contesta: «si, es cierto; de hecho parece que hoy hay más gente encantadora que nunca, pero de algún modo da la impresión de que a medida que el mundo se va haciendo más encantador también se hace más violento. La triunfante sociedad laica del mundo occidental, el mejor de todos los mundos posibles, ha liquidado más gente en la primera mitad de siglo de la que se había matado en el resto de la historia conocida. Aquellos que viajaron a Alemania antes de la última guerra informaron de que los alemanes eran la gente más encantadora del mundo». La gente se ofende aún más cuando oye cosas como estas.

III

Si uno realizara una encuesta Gallup a ciudadanos representativos de las megálopolis, las respuestas a la pregunta «cómo ve Vd. el futuro» serían parecidas a estas:
—Político liberal: «si utilizamos de forma constructiva la riqueza y energías de que disponemos, para proporcionar mayores oportunidades a todos los hombres, existe una esperanza sin limites para el bienestar humano».
—Político conservador: «si vencemos al comunismo y reavivamos la religión y el americanismo de otros tiempos, no tenemos de qué preocuparnos».
—Empresario: «los negocios en general van bien; la guerra no está afectando demasiado, pero los negros, los sindicatos y el gobierno podrían estropearlo todo».
—Trabajador: «este país lo que necesita es una jornada semanal de ocho horas y unos ingresos mínimos garantizados».
—Experto en Urbanismo y Población: «si pudiésemos solucionar los problemas internacionales y emplear el presupuesto anual en Educación y viviendas, podríamos tener un paraíso en la tierra».
Etc, etc…

Todos ellos tienen probablemente razón, y hay un contexto en el que es posible estar de acuerdo con cada una de esas respuestas. Pero imaginemos que se formulase la misma pregunta a un novelista que, digamos, nació y se educó en una comunidad en la que las necesidades humanas han alcanzado un alto índice de desarrollo; en la que, por supuesto, la vivienda, la educación y las instalaciones culturales y de recreo son de primera categoría; pensemos en sitios como Shaker Heights, Pasadena o Bronxville1 ¿Cómo contesta ese novelista a aquella pregunta? En primer lugar, si nació en uno de esos lugares es probable que lo haya abandonado. (Hay que hacer notar de paso que esas comunidades, junto con Harvard, Princeton, Yale, Bennington, Sarah Lawrence y Vassar2, han producido extraordinariamente pocos novelistas buenos últimamente, y que los buenos novelistas más recientes suelen proceder con mayor frecuencia de ciudades del sur de Georgia o de los barrios judíos de Nueva York y Chicago). En cualquier caso, ¿cómo respondería a la encuesta el novelista emigrado desde Shaker Heights? Me atrevo a decir que su respuesta sería algo así: algo va mal aquí; no me siento bien.

Es cierto todas las generalizaciones son peligrosas, y la más peligrosa de todas puede que sea hacer generalizaciones sobre novelistas, que forman un perverso grupo, ni siquiera se llevan bien unos con otros y, además, hoy hablan en una mezcolanza de lenguajes más confusa que nunca. Pero si hay un rasgo común a todos ellos, ya sean cristianos o ateos, blancos o negros, griegos o judíos, es el de un profundo desasosiego.

¿Resultaría excesivo afirmar que el novelista —y no el teólogo progresista— es uno de los pocos testigos que quedan de la doctrina del pecado original, de la inminencia de la catástrofe en pleno paraíso? En cualquier caso, si aceptamos que la discrepancia del novelista con el resto de la gente es un hecho —el hecho de que el artista americano serio no está de acuerdo con la manera de pensar del americano corriente—, nos enfrentamos a una sencilla alternativa: o bien estamos obligados a afirmar que el artista está equivocado y a decidir en qué sentido lo está (si se trata de un maníaco autocomplaciente, un excéntrico inofensivo, o del bufón de la corte de la cultura de quien todo el mundo espera que haga el tonto con salidas escandalosas por las que está bien pagado); o bien el novelista está intentando decirnos —en el confuso estilo órfico que le caracteriza algo que haríamos bien en escuchar. Y en ese caso es necesario especificar cuál es el motivo de su discrepancia y cuáles son las partes implicadas.

A uno le gusta elegir a los enemigos correctos y deshacerse de falsos aliados.

IV

Se puede afirmar desde el principio que la discrepancia no apunta en absoluto al viejo enfrentamiento entre el «artista marginado» y la sociedad tecnológica y mercantil dominante. Por una razón, y es que el novelista —incluso el novelista serio que no escribe libros «verdes»— jamás ha vivido mejor que hoy: los hombres de negocios (o mejor dicho, sus mujeres) son sus mejores clientes; las grandes Fundaciones se pelean por darle dinero; el gobierno de su país le concede premios en metálico. Hay otra razón, y es que esa imagen del artista como un marginado en una sociedad que le es hostil parece haberse convertido en el rasgo chic de aquellos escritores que no tienen otro signo visible de distinción: no hay nada más fácil que presentarse como una Cassandra hippie del tres al cuarto que proclama el acabóse en unos versos mal escritos.

Es la tosquedad de ese tipo de distinciones convencionales lo que hace difícil identificar el motivo de la discrepancia del novelista con el resto de la gente. Por ejemplo, el otro día recibí un formulario de un sociólogo que claramente se había confeccionado un listado de novelistas, y la primera pregunta del cuestionario decía algo así: «como novelista, ¿se siente Vd. alienado en la sociedad que le rodea?». Me negué a contestarla, porque cualquier respuesta por mi parte hubiera sido malinterpretada con toda seguridad. Un «sí» hubiera incluido ambigüedades varias. Un «sí» podría haber significado: «sí, encuentro repugnante todo el complejo urbano-tecnológico, por lo que me he apartado de él, me he ‘conectado’ y he ‘sintonizado'»3; otro «sí» hubiera podido significar:»sí, dado que soy cristiano y en consecuencia hasta cierto punto debo sentirme como un extranjero y un caminante en cualquier sociedad, así me siento en ésta, aunque considero que la sociedad democrática occidental es la mejor esperanza del hombre en la tierra»; otro «sí» hubiera querido decir: «Sí. Como John Bircher, estoy convencido de que el país se ha vuelto loco».

Las categorías del novelista no son las mismas que las del sociólogo, de modo que sus respuestas al cuestionario pueden ser perversas; en vez de responder, se dedica a cuestionar el cuestionario. Por ejemplo: ¿implica el cuestionario que el sociólogo no está alienado? Si el sociólogo ha conseguido situarse en una posición objetiva superior, ¿significa eso también que ha superado su condición mortal? Incluso si el sociólogo contestase «no, no me siento alienado» a su propio cuestionario, es posible que su respuesta, aún dada de buena fe, pudiera estar encubriendo la forma más extrema de alienación: piénsese en el tipo de alienación que Soren Kierkegaard tenía en mente cuando describió al pequeño Herr Professor que había metido el entero universo en su sistema científico sin caer en la cuenta de que lo que se le había quedado fuera era él mismo como subjetividad, y por tanto ya no podía seguir considerándose un individuo.

Si la vocación científica es la de clarificar y simplificar, pudiera parecer que la del novelista consiste en enturbiarlo y complicarlo todo, porque sabe que ni el cuestionario ideado con el mayor de los cuidados puede poner de manifiesto la relación del sociólogo consigo mismo; porque el novelista sabe que lo que siempre se queda fuera de toda formulación científica —incluso de la más rigurosa— es el individuo como tal. Y como el novelista se interesa siempre por individuos singulares (mientras que el científico se ocupa de ellos únicamente en orden a descubrir sus propiedades genéricas), es responsabilidad suya evitar caer en géneros y adentrarse en el misterio, en la paradoja, en el carácter abierto de cada existencia humana singular. Si es buen escritor, sabrá no hablar de su hombre de negocios como si fuera una especie de género: a Sinclair Lewis le fue muy útil inventarse a George Babbitt, pero no aprovecha nada a los malos novelistas crear a todos los hombres de negocios de los que escriben a imagen y semejanza de George Babbitt.

Veamos qué hombre de negocios interesaría al novelista «religioso», es decir, al novelista preocupado con cuestiones radicales como la identidad del hombre y su relación con Dios o con la ausencia de Dios. Ese novelista esbozaría a su personaje como un típico usuario habitual de los transportes públicos, un hombre que está, en cierto sentido, «perdido respecto de sí mismo». Es decir, que siente que algo ha ido muy mal en la rutina cotidiana de su trabajo, en la rutina de su oficina, en la vida ordinaria en su casa, en su visita dominical a la iglesia, en su trabajo como entrenador en la Liga juvenil. Incluso cuando todo marcha bien según todos los criterios objetivos, él sabe que no todo marcha bien. ¿Qué puede pasarle entonces? Por supuesto, puede optar por no tomar parte en lo que le ocurre, por abstenerse. Pero, gracias a Sinclair Lewis, sabemos lo que puede ocurrirle mejor de lo que lo sabía Sinclair Lewis. Ya no nos satisface que nuestro protagonista se evada y se escape a Capri buscando una vida cómoda: quizá porque somos más juiciosos frente a determinadas cuestiones, quizá simplemente porque Capri nos parece demasiado asequible. Aunque sería más fácil hoy escribir una novela satírica sobre algún hippie entrado en años que en su día se marginó del resto de la sociedad y ahora pugna por situarse en ella, el caso es que el novelista de hoy está más interesado en la catástrofe que en la vida entre los hippies. Aunque no posee certeza acerca de qué es lo que va mal, tiene el presentimiento de que el feliz ciudadano medio de las zonas residenciales corre el riesgo de una catástrofe, y de que, en cierto modo, necesita una catástrofe. Como Tomás Moro o San Francisco de Asís, el novelista del que estoy hablando se encuentra más a gusto cuando «nuestra buena hermana la Muerte» ronda por el vecindario. Y entonces, ¿qué hace que le suceda a su hombre de negocios? Que un día, cuando vuelve a su casa en el tren de las 17’15, sufra un grave ataque al corazón y le bajen en la misma estación que ha visto tantas veces sin verla. Cuando recupera la conciencia, se encuentra en un extraño hospital rodeado de desconocidos. Cuando intenta recordar qué ha ocurrido, se fija en su propia mano, que reposa sobre la colcha: es como si nunca la hubiera visto con anterioridad: se maravilla de su complejidad, de su belleza funcional. La mueve una y otra vez. ¿Qué está pasando? Lo que está sucediendo es una especie de revelación natural que recuerda las experiencias provocadas por las drogas psicodélicas. Es interesante resaltar que nuestro novelista «religioso», en dependencia de su «religión», entiende este tipo de revelación —para la que no hay otro nombre que el de revelación de la propia existencia— como un suceso que nos da ánimos o que nos repugna: recuérdese al Roquentin de Sartre tomando conciencia de su propia mano, que le parece una enorme y gruesa babosa con pelos rojos.

Cito estos ejemplos para mostrar el tipo de personaje, el tipo de situación, el tipo de acontecimiento que preocupa al novelista actual con más probabilidad que lo que podía esperarse que preocupara a Hemingway o a Sinclair Lewis. ¿No es razonable afirmar que, en cierto sentido, nuestro viajero enfermo «ha vuelto en sí»?

En qué sentido ha «vuelto en sí», y cómo afecta eso a sus relaciones familiares, a sus negocios, a su Iglesia, ése es, por supuesto, el argumento de la novela de la que estoy hablando.

V

A la vista de la triunfante y generalmente admirada transformación democrático-tecnológica de la sociedad, ¿de donde procede el radical desasosiego de nuestro novelista? ¿Puede acusársele, como ha acusado Harvey Cox a los existencialistas, de ser un anacronismo, un superviviente de las «personalidades cultas» del siglo XIX que, al no encontrar una audiencia comprensiva ni en el técnico ni en el consumidor, considera conveniente creer que el mundo se está yendo a hacer puñetas? ¿No debería el novelista imitar al teólogo progresista, que ha abrazado con gozo al mundo urbano y al ordenador?

Es obvio que el novelista cree que no: así, de improviso, no se me ocurre ningún novelista de primera fila que sea de alguna utilidad para la sociedad estadounidense «de éxito» (es decir, para los que pasan su vida en una próspera zona residencial de clase media-alta); que le sea de alguna utilidad en el mismo sentido en que Jane Austen lo era cuando celebraba una sociedad equivalente a la nuestra. Por el contrario: a lo que tiende ese novelista es a considerarse ajeno a esa sociedad.

El hecho curioso es que es el nuevo novelista —y no el teólogo progresista— quien juzga al mundo; es el novelista quien, a pesar de su conocida inclinación a la violencia, de su fetichismo de la libertad y de su aventurerismo sexual, pronuncia anatemas sobre la más permisiva de las sociedades, la misma que de hecho a él le permite todo.

¿Qué juicio le merece al novelista el teólogo progresista? Como uno de los argumentos principales de la novela americana desde Mark Twain ha sido la rebelión contra la civilización cristiana, podría esperarse que el novelista emancipado hiciera causa común con el teólogo emancipado. Lo cierto es —o así me lo parece a mí— que ni el novelista ni ninguna otra persona está muy interesada en ningún tipo de teólogos, y menos aún en los que defienden que Dios ha muerto. Los esfuerzos tenaces de estos últimos por bautizar ordenadores le recuerdan a uno a aquellos pastores liberales del siglo pasado, que se apostaban a las salidas de los laboratorios a esperar, dándole vueltas al sombrero, a que saliesen los científicos, para asegurarles que en realidad no existía conflicto alguno entre la ciencia y la religión. Al científico no podía importarle menos.

Con todo, el novelista contemporáneo está tan preocupado con la catástrofe como el teólogo ortodoxo con el pecado y la muerte. ¿Por qué? Puede que el novelista (que no es un crítico), sólo pueda responder en el ámbito de su propia visión del mundo. Según Toynbee, todas las cuestiones son en última instancia religiosas. Y por ello, la «religión» del novelista es algo relevante si está escribiendo una novela sobre cuestiones trascendentes. No importa demasiado que Margaret Mitchell fuera metodista o atea. Pero sí importa a qué son fieles Sartre, o Carnus, o Flannery O’Connor, porque ellos escriben sobre esa fidelidad.

Pues da la casualidad de que yo hablo en un contexto cristiano. O, lo que es lo mismo: yo no creo que mi vocación sea sermonear con la fe cristiana en una novela, pero da la casualidad de que mi visión del mundo está formada por una cierta creencia sobre la naturaleza y el destino del hombre que no puede dejar de ser central en ninguna novela
que yo escriba.

Esto de ser novelista y cristiano tiene hoy en día ciertas ventajas y ciertos inconvenientes: puesto que las novelas tratan sobre la gente y la gente vive en el tiempo y se mete en líos, probablemente constituye una ventaja estar suscrito a una visión del mundo como la cristiana, basada en la encarnación, la historia y las situaciones concretas, en vez de estarlo, por ejemplo, al budismo, que tiende a desvalorizar la singularidad de las personas, las cosas y los acontecimientos. Por lo que respecta a la confusión actual del hombre, ver al ser humano como alguien que es por naturaleza un exiliado, un ser errante, constituye probablemente una ventaja frente al modo de verlo propio de un behaviorista (como un «organismo» en un «medio»). A pesar del rechazo explícito del cristianismo por parte de Camus, su étranger tiene lazos de sangre con el homo viator de Santo Tomás de Aquino y Gabriel Marcel. Y si es cierto que vivimos momentos escatológicos, tiempos de grandes riesgos y de esperanza inconmensurable, de posible acabamiento y posible renovación, entonces sin duda el carácter profético-escatológico del cristianismo es especialmente apropiado a estos tiempos. Aunque también es cierto, como veremos ahora, que el novelista cristiano debe contar con desventajas específicas.

Pero, para volver a nuestra pregunta: ¿qué es eso que el novelista cree observar en el mundo occidental y le hace tener los presentimientos más oscuros al mismo tiempo que una excitación y una esperanza nada corrientes? Lo primero que observa es el gran fracaso del cristianismo en Occidente. Ese es un fracaso peculiar, y el novelista tiende a considerarlo de forma muy distinta a como lo hace, por ejemplo, el humanista científico: éste puede considerar con total franqueza que el cristianismo ortodoxo como tal es un anacronismo absurdo, mientras que el novelista, a decir verdad, se interesa mucho más por el humanista científico como persona que por la ciencia o la religión en abstracto. El novelista tampoco da demasiada importancia a esa denuncia habitual entre los cristianos de que los enemigos son el materialismo, el ateísmo y el comunismo: la cuestión de si lo que seguiría a una victoria total de nuestros anticomunistas más vociferantes supondría una mejora respecto del mundo actual con todos sus problemas, está, como poco, abierta.

No. Lo que el novelista observa o, mejor dicho, lo que siente, es una cierta cualidad de la conciencia postmoderna tal y como la descubre, tal y como la encarna en sus propios personajes. Lo que descubre, en sí mismo y en otra gente, es un nuevo tipo de individuo, en el que el potencial para la catástrofe y para la esperanza se ha intensificado repentinamente. Todo el mundo ha oído hablar de las nuevas armas, tan imponentes: pero nos resulta menos evidente la reordenación que se ha producido de las energías en la psique humana, en un grado comparable al progreso de aquellas. Las fuerzas psíquicas liberadas hoy en la conciencia postmoderna abren infinitas posibilidades tanto a la destrucción como a la liberación, tanto a una soledad absoluta como al redescubrimiento de la comunidad y de la reconciliación.

Por eso, el tema de la novela postmoderna es la historia de un tipo que está muy cerca del abismo. Cuando uno se para a pensarlo, ¡qué extraño resulta que el momento preciso en el que pisa el umbral de su nueva ciudad, después de haberse ganado a duras penas todo un alivio de los sufrimientos del pasado, casualmente coincide con el momento en el que su vida pierde todo su sentido! Es como alguien que hubiera picado su billete, llegado a su destino y bajado del tren… ¡y se encuentra con que entonces tiene que entregar también su pasaporte y convertirse en un vagabundo sin hogar!

La novela americana de los últimos años ha tratado temas tales como las vidas de personas arruinadas por males sociales, o las de reformadores que atacan esos males, o quizá el de la confusión de los americanos expatriados, o el de la gente del Sur que vive en regiones obsesionadas por los recuerdos. Pero el héroe de la novela postmoderna es un hombre que ha borrado sus recuerdos detestables, ha conquistado sus males actuales, y ahora se encuentra en la victoriosa civilización laica: su único problema es cómo convencerse de que no debe pegarse un tiro en la cabeza.

Los teólogos que defienden que Dios está muerto sin duda dicen la verdad cuando llaman la atención sobre la creciente falta de importancia de la religión tradicional. Los teólogos ortodoxos denuncian con idéntica legitimidad, aunque de forma mucho más monótona, que no existe conflicto alguno entre la doctrina cristiana y el método científico. Para el novelista, todas esas polémicas podrían estar pasando por alto el tertium quid en el que todas estas confrontaciones tienen lugar: la conciencia individual del hombre postmoderno.

Se están planteando las cuestiones equivocadamente. Pues la cuestión correcta no consiste en si Dios ha muerto o si ha sido sustituido por el complejo político-urbano. La cuestión no es si la Buena Nueva ha dejado de ser relevante, sino si es posible que el hombre esté atravesando una reestructuración tan tempestuosa de su conciencia que ya no le permite tomar en cuenta las Buenas Nuevas. Porque lo que ha tenido lugar no es simplemente una transformación tecnológica del mundo, sino algo psicológicamente más portentoso. Lo que ha ocurrido es que el profano ha sido «absorbido»: no por el método científico —cuyas credenciales aquél acepta como explicación para todos los ámbitos de la realidad— sino por el halo de magia que rodea a la ciencia. En la cultura laica de la sociedad científica no hay nada tan fácil como caer víctima de una seducción que le separa a uno mismo de uno mismo, dividiéndole en una «conciencia objetiva» transcendente, por una parte y, por la otra, en un ente consumista con una lista de «necesidades» que satisfacer. Esta bifurcación monstruosa del hombre en componentes angélicos y bestiales es la que hay que ponderar antes de erigir nuevas teologías contra las viejas: un hombre como ése no se haría cargo de Dios, del diablo o de los ángeles ni siquiera si estuviera ante ellos, porque que ya ha poblado el universo con sus propias jerarquías. Así que cuando el novelista escribe acerca de un hombre que «vuelve en sí» a través de algún catalizador como la catástrofe o el sufrimiento, puede estar ofreciendo un oscuro testimonio de una gran transformación de la conciencia y también de lo necesario que resulta reconquistarse a sí mismo: no como ángel ni tampoco como un organismo, sino como una criatura errabunda que se encuentra en algún punto intermedio entre esas dos.

Por ello, la cuestión definitiva es cuál es el final o el resultado histórico de esa falla que se está abriendo en la conciencia. ¿Qué será más relevante para el hombre del futuro, para el hombre que está «perdido» y que lo sabe? ¿la nueva teología política o la vieja teología renovada de la Buena Nueva? Lo más destacable de la teología progresista, además de sus compases pesimistas de marcha fúnebre, es la trivialidad de sus propuestas post mortem. En efecto: después de la polémica, cuando se piensa que ya se han aplanado los cimientos y limpiado los escombros, lo que aparece es poca cosa. ¿Qué hace el cristiano cuando su Dios está muerto y Su nombre eliminado? Pues se le propone que destine más tiempo al partido político de su elección o quizá que haga un esfuerzo mayor por ser cortés con las dependientas y los vendedores de zapatos. Al novelista «religioso» —ya sea Sartre u O’Connor- las optimistas propuestas de la nueva teología le parecen un conjunto de resoluciones aprobadas por una asociación de profesores y padres de alumnos.

El hombre que escribe una novela seria sobre el fin del mundo, es decir, sobre el fin de una era y el inicio de una nueva, no debe contar simplemente, como hizo Wells, con cambios en el entorno, sino con cambios en la conciencia humana que pueden ser igualmente radicales. ¿Será esa conciencia más religiosa o lo será menos? Después de todo, la idea del hombre como un ser que ha pasado de forma gradual de una fase religiosa de la historia a una era política es un presupuesto que está por investigar. Quizá resulte que la época moderna, que puede que tenga unos trescientos años y ya esté concluida, se conozca en el futuro como la Era Laica, que finalizó con las catástrofes del siglo XX.

VI

El contraste entre las visiones del mundo que tienen los moradores del viejo mundo moderno y las que tienen los que habitan en un mundo postmoderno puede esbozarse de forma novelística. Imaginemos a dos científicos del viejo mundo moderno, pongamos que dos físicos de Los Alamos durante los años 40. Salen del laboratorio un domingo por la mañana después de haber trabajado toda la noche y pasan por delante de una iglesia en su camino de regreso a casa. La puerta está abierta: Según pasan, oyen unas cuantas palabras del evangelio que se predica ese día. «Ven y sigúeme», o algo parecido. ¿Cómo responderían a esa llamada? ¿Qué se dirían el uno al otro? ¿Qué pueden hacer o decirse? Teniendo en cuenta el clima vigorizado de objetividad transcendente y camaradería que hubo en aquél momento de apogeo de la Física a principios de siglo, es difícil imaginar una propuesta que les pareciera más irrelevante que ese sermón estándar, cargado con toda la monotonía y el pesimismo tan característicos de la cristiandad en ese mismo momento histórico. Si de hecho se dijeron algo, desde luego no fue algo equiparable a un rechazo de la invocación»¡Ven!». Esa llamada solo es relevante para un hombre en ciertos apuros y ¿puede uno imaginarse a estos científicos en un apuro, como no fuera el de su Schadenjreudé 4 acerca de la invención del arma definitiva? Ellos hubieran percibido las palabras escuchadas a través de la puerta abierta como una manifestación de un cierto constructo cultural. El científico A pudo haberle dicho a B: «¿sabías que hay una secta local de Penitentes a menos de cinco millas de aquí que hace procesiones con látigos y cadenas antes de la Cuaresma?». Y uno no podría haberlos culpado por asistir a un espectáculo de ese tipo con el mismo ánimo con el que hubieran asistido a la «Danza del Maíz» en Tesuque, Nuevo México: y el hecho es que algunos de aquellos físicos de Los Alamos se convirtieron en etnólogos amateurs bastante aceptables.

Pero imaginemos ahora a un tercer científico, cincuenta años más tarde. Posiblemente se trate de un técnico. Supongamos que el mundo ni siquiera ha estallado (después de todo es demasiado fácil presentar un escenario en que el evangelio se predica a unos pocos desarrapados que viven entre ruinas). Lo que ha ocurrido más bien es que el alto nivel cultural de los físicos del siglo veinte ha sido sustituido hace mucho tiempo por el barrido rutinario propio de la física de partículas (y aquél ha quedado como un botánico de hoy en día que se marchara a la Antártida con la esperanza de encontrar algún liquen olvidado). Nuestro técnico está empleado en el Senior Citizens Compound de Santa Fe-Taos, y trabaja haciendo cálculos rutinarios de radiación en leche de vaca sintética.

Supongamos que el cisma y el aislamiento de la conciencia humana también ha avanzado deprisa, por lo que la humanidad se encuentra dividida en dos grupos: el de los consumidores, que lleva mucho tiempo anestesiado y perdido de sí mismo girando en los círculos del consumismo, y el de las conciencias objetivadas y desamparadas, o sea, los fantasmas humanos que vagan por la tierra como Ismael por el desierto. Este segundo, a diferencia del consumista, conoce su situación: es el hombre desesperado del que habló Kierkegaard, para quien todavía hay esperanza porque es consciente de su desesperación. Es la caricatura del hombre cartesiano contemporáneo, que ha objetivado el mundo y su cuerpo y se encuentra como el ángel a las puertas del Paraíso, expulsado de ambos. Todas las relaciones de las criaturas se desmoronan a su paso. Le basta con pronunciar una palabra —como «conseguir intersubjetividad», «relaciones interpersonales» o «conducta legítima»- y aquello que la palabra significa se desvanece.

Un hombre como ése abandona su laboratorio un día de trabajo sintiéndose más incorpóreo de lo habitual y pasa por delante de aquella misma iglesia, que ahora está en ruinas —tan arruinada por la monotonía de la vieja cristiandad como por las enloquecidas reformas de los teólogos progresistas—. De entre los escombros emerge
un extraño que le aborda. El extraño es un sujeto abatido, cansado, es un vagabundo: un sacerdote, digamos que alguien como el «pater whisky» de El Poder y la Gloria, de Graham Greene, que ha sido enviado como sustituto a un territorio hostil. Ese extraño se dirige al técnico:
—Tienes mal aspecto, amigo.
—Sí —responde el técnico, ceñudo—, pero estaré bien tan pronto llegue a casa y me tome la medicina, que es la mejor medicina del mundo para la «expansión-de-la-conciencia-estimulación-de-la-sociabilidad- y-auto-integración».
—Ven —dice el sacerdote—. Yo te daré una medicina que te integrará para siempre.
—¿Qué tipo de medicina es esa?
—Tómala y ya no volverás a necesitar ninguna otra… etc, etc.

Cómo responda el técnico es secundario. Lo que nos interesa son las formas de comunicación: es posible que en la puerta de esa iglesia en ruinas se esté produciendo un tipo de comunicación distinto del que se produjo cincuenta años antes.

VII

El novelista estadounidense y cristiano de hoy en día se enfrenta a un dilema muy particular. (Me refiero, por supuesto, al dilema relativo a su época, no a sus malestares, neurosis o fracasos personales, a los que está supeditado al menos en igual medida que sus buenos colegas paganos, aunque a veces pienso que lo está en mayor medida que ellos). Su dilema es que, aunque profesa una fe que le salva a él y al mundo —además de alimentar su arte—, también es verdad que el cristianismo, en cierto sentido, parece haber fracasado: su vocabulario se ha quedado anticuado.

Así que ese fracaso provoca problemas por partida doble a un hombre que es cristiano y cuyo oficio son las palabras. Las viejas palabras de gracia y salvación se han vuelto blandas como fichas de poker: se ha producido una cierta devaluación, como ocurre con una ficha de poker que ya ha sido cambiada por dinero. Incluso si uno se refiriera solo al ámbito cristiano sin considerar a los paganos, al ámbito de una cristiandad en la que todos son creyentes, casi seguiría dando la impresión de que cuando todo el mundo cree en Dios es como si todos empezasen el juego con una ficha, lo que equivale a empezarlo sin ninguna.

El novelista cristiano de hoy en día es como un hombre que encuentra un tesoro oculto en el desván de una casa antigua, pero escribe para gente que se ha mudado a las zonas residenciales y está harta de casas antiguas y de todo lo que haya en ellas.

El novelista cristiano es como un hambriento soldado sudista que encuentra un billete de cien dólares en las calles de Atlanta, y entonces descubre que todo el mundo es millonario y que el tendero no acepta el dinero.

El novelista cristiano es como un hombre que va a un lugar solitario y salvaje para descubrir la verdad en sí misma, y después de muchos sufrimientos y de penosas experiencias, encuentra allí a un apóstol que tiene poder para darle una gran noticia, y se la trasmite; él, el novelista, la cree, corre a la ciudad para contársela a sus compatriotas, y entonces descubre que ya ha sido difundida, que de hecho es el anuncio más emitido y fastidioso de la radio y la televisión, que es más frecuente incluso que el de Exxon, que de hecho daría lo mismo si gritase «¡Exxon! ¡Exxon!», porque nadie va a hacerle caso.

El novelista cristiano es como un hombre que encuentra un tesoro enterrado en un campo y va, vende cuanto tiene y compra aquel campo, y entonces descubre que el resto de la gente tiene el mismo tesoro en su campo y que, en cualquier caso, los valores inmobiliarios han subido tanto que los propietarios de los campos se han olvidado del tesoro y están deseando parcelar.

Y además de la devaluación del vocabulario, hay que contar con el notorio fracaso moral del cristianismo. Es significativo que ese fracaso, en los Estados Unidos, no se ha producido en el ámbito de la teología o en el de la metafísica (que preocupan a los existencialistas y a los teólogos progresistas y frente a los que los americanos siempre se han sentido indiferentes), sino más bien en el de la moral cotidiana, algo que les ha preocupado mucho desde el puritanismo. Los americanos se enorgullecen de hacer bien las cosas. No es chauvinismo pensar que es posible que lo hayan hecho mejor que ninguna otra gran potencia de la historia. Pero en un punto, aquél que más duele y en el que se necesitaba más caridad, no lo han hecho bien: los blancos han pecado contra los negros desde el principio, y siguen haciéndolo; inicialmente con crueldad y hoy con indiferencia, lo que puede ser aún más destructivo. Y han sido las Iglesias las que, lejos de luchar con justicia contra la inhumanidad natural del hombre frente a sus iguales, han santificado y perpetuado esa indiferencia. Para el novelista escatológico incluso empieza a parecer que en esa única falta puede haber consistido el trágico error de los organismos políticos. Y, al menos, considera su obligación comunicar a sus compatriotas que pueden morir por ello, para que lo eviten.

VIII

¿Qué puede hacer un novelista cristiano, que refleja en sí mismo (pues de lo contrario no sería un novelista) la sociedad que ve a su alrededor, y cuya única diferencia con los demás es que él tiene vocación de novelista? Con su suerte unida a la de una cristiandad desacreditada y con un vocabulario difunto como herencia… ¿cómo emprende su tarea de escribir? Haciendo lo único que puede hacer. Como el Stephen Daedalus de Joyce, invoca cualesquiera restos de astucia, destreza y maña que pueda reunir, sacándolos de las regiones más oscuras de su alma: el uso novelesco de la violencia, el sobresalto, la comedia, el insulto, o lo extraño son las herramientas de su trabajo diario. ¿Cómo podría ser, si no? ¿Cómo puede uno escribir sobre el bautismo como un acontecimiento de gran significación, si el bautismo ha sido ya aceptado por todo el mundo, pero como un rito tribal menor, casi menos importante que el hecho de llevar a los niños a ver a Papá Noel en los grandes almacenes? En una novela, Flannery O’Connor trasmitió la idea del bautismo por medio de una exageración, en la forma de una muerte violenta por asfixia. A la pregunta de por qué creaba personajes tan extraños, respondió que para los que están casi ciegos hay que hacer caricaturas muy toscas y sencillas.

Por todo ello, escribir una novela sobre el fin del mundo puede ser algo muy útil. Porque puede que sólo a través de la evocación de la catástrofe, la destrucción de todos los anuncios de Exxon y el retoñar de las vides en los bancos de las iglesias, pueda el novelista hacer un uso indirecto de la catástrofe, con el fin de que tanto su lector como él puedan «volver en sí».

Aclarar si la catástrofe recaerá sobre nosotros, o si la merecemos, o si aún queda sitio para la reconciliación y la renovación —nada de eso corresponde al novelista—

(Traducción de ‘Lucía Ortiz y Manuel Fontán del Junco)

NOTAS

1. Lugares de residencia de la alta sociedad norteamericana, con un elevado nivel de vida. (N. de los TT.)
2. Colleges o Universidades conocidos por su gran prestigio educativo y cultural. (N. de los TT.)
3. El autor alude a una frase de Timothy Leary («conéctate, sintoniza y olvídate»), muy popular durante los años setenta en EE.UU. (N. de los TT.)
4. «Alegrarse de las desgracias de los demás»: en alemán en el original inglés. (N. de los TT.)

Libros, Joyas mozartianas

Los conciertos con solista que Mozart escribiera tan prolijamente a lo largo de toda su vida establecieron la estructura y la forma definitiva del género. Arrancando de la tradición anterior, en la que el solista se exhibía frente a un tutti orquestal relegado al papel de meros acompañantes, Mozart consigue un auténtico diálogo entre ambos. Los temas se exponen y son respondidos alternativamente por la orquesta y el solista, y ese diálogo se lleva a cabo a través de toda la partitura. Es sobre todo en los conciertos de madurez donde Mozart acaba con mayor perfección esa estructura.

Junto a los conciertos para piano -que representan una de las mayores aportaciones de Mozart al génerotienen gran atractivo los que escribió para instrumentos menos corrientes.

Entre 1777 y 1778, cuando tenía 21 años, compuso las obras recogidas en este disco: los Conciertos para flauta y orquesta K. 313 y 314, el Andante para flauta y orquesta K. 315 y el Concierto para flauta y arpa K. 299, todas fruto de encargos. Un flautista amateur llamado De Jean le encomendó tres conciertos fáciles y algunos cuartetos para cuerda y flauta. Emprendió el músico la tarea componiendo dos Cuartetos para flauta y el Concierto en Sol M K. 313 (que no es nada fácil). Presionado por la urgencia, decidió adaptar a la flauta el Concierto para Oboe K. 324, que ya había sido estrenado con éxito en Mannheim. De Jean consideró que Mozart no había realizado el encargo en su totalidad ni se había ajustado a lo convenido, y determinó pagarle menos de la mitad de lo acordado.

El Concierto para flauta, arpa y orquesta K. 299, estaba destinado al Conde de Guiñes, que era un magnífico flautista y cuya hija tocaba el arpa con cierto talento: hizo una obra muy ajustada a las posibilidades de sus dos ejecutantes y a los instrumentos que utilizaban.

Estas obras aquí recogidas están escritas en el estilo galante de la época. Aunque no ocupan un lugar preeminente en la producción mozartiana, son sin duda pequeñas joyas que nos muestran una vez más el genio de su autor.

España y Paul Valéry

Miembro del Institut des Texte s et M anuscrits Modernes del ITEM/CNRS de París y del grupo de especialistas de la Bibliotheque  Nationale que está llevando a cabo la edición crítica e íntegra de los Cahiers de Paul Valéry (1871-1945), de los que han aparecido ya seis gruesos volúmenes, Monique Allain-Castrillo se doctoró en la Universidad de Nueva York con una tesis de la que deriva el magnífico libro que nos ocupa, que aparece cincuenta años después de la muerte del poeta y supone un alarde de erudición y sensibilidad filológica.

Entre sus muchas contribuciones científicas, casi todas centradas en Valéry, figura un reciente volumen, Paul Valéry et la politique (L’Harmattan, París, 1994), publicado en colaboración con Philippe-Jean Quillien y prologado por el embajador François Valéry, hijo del escritor francés.

Bajo la égida de su maestro Mallarmé, Valéry fabricó en su juventud, hace de ello cien años, versos impecables que encontraron un recibimiento entusiasta en las revistas literarias punteras de la época. Versos que su autor no recogería en libro (Album des vers anciens) hasta 1920. Pero antes del final de siglo, y antes de dedicarse con exclusividad y por espacio de más de tres lustros al estudio de la filosofía y las  matemáticas,  había  dado  ya  a las prensas dos textos imprescindibles:  la Introduction  a la méthode de Léonard de Vinci (1895), pintor al que admiraba por su consideración del arte como «cosa mentale», y la famosa Soirée avec Monsieur Teste (1896), donde el poeta expone su postura estética, tan rigurosamente intelectual, tan alejada de toda contaminación con el orbe del sentimiento. Los versos «nuevos» los reunirá en Charmes (1922), la colección  de  la  que  forma  parte «Le cimetiere marin», uno de los poemas más justamente célebres de este siglo que ahora termina

El poema, para ValÉry, deberá transformar el tema más íntimo y desesperado en «una fiesta», en una «cosa ligera»

Para Paul Valéry el poeta, cuando quiere comunicarse con los demás hombres, puede elegir uno de estos dos caminos: «abandonarse a gritos, lágrimas, caricias, besos y suspiros» o «hacer un poema». Si opta por el segundo camino, el único que lleva a la auténtica poesía, lo que el poeta ofrece al mundo es un objeto, ni más ni menos que un objeto en que habrán  cristalizado los «gritos, lágrimas, etc.», efusiones sentimentales que  en  puridad no pertenecen a la esfera de lo poético. Y el poema deberá transformar el tema más íntimo y desesperado en «una fiesta», en una «cosa ligera». Y ese proceso de transformación es lo que convierte al poeta en alquimista, en mago (de ahí el título de Charmes, «cantos» pero también, si atendemos a su etimología latina, «magias», «conjuros», «sortilegios»).

Pero no divaguemos, que a Valéry lo conoce todo el mundo, aunque no lo haya leído casi nadie. Lo importante en este momento es celebrar el estupendo libro que ha dedicado M.A.-C. a las relaciones del poeta francés con el mundo hispánico. Un libro que llega a nuestras manos enriquecido por unos excelentes prólogo y epílogo, firmados respectivamente por los maestros Carlos Bousoño y José Hierro.

Un libro repartido en tres grandes secciones: «España y el mundo hispánico en Paul Valéry» (la hispanofilia de Valéry, sus viajes a España, sus encuentros con Unamuno, Ortega, Madariaga y Eugenio d’Ors); «Paul Valéry en España y en el mundo hispánico» (la recepción de Valéry en España e Hispanoamérica, desde las generaciones del 98 y del 27 a poetas actuales como Padorno, Carvajal, Colinas, Carnero, Siles, Castaño o García Montero);  «Traducciones al castellano de «Le cimetiere marin»» (incluyendo todas las versiones españolas de las estrofas 1, v y XXIV del poema); y veinticuatro partes (Introducción más veintidós capítulos, más Conclusión) que evocan las veinticuatro estrofas del Cementerio y, cómo no, las horas del día. Un libro con sesenta páginas de completísima bibliografía en el que solo echo de menos un índice de nombres propios.

Hogares y familias

Los últimos veinte o veinticinco años han sido un período de grandes cambios en la estructura de los hogares y familias en toda Europa. Tales cambios se han producido en ámbitos como el social, el demográfico o el económico, por citar los tres de mayor relevancia. Las transformaciones más significativas se concretan en el tamaño medio de los hogares, con una clara reducción de los que reunían un mayor número de miembros; el aumento de los hogares unipersonales; la disminución de los hogares multigeneracionales; el incremento de los hogares sin hijos; la disminución de la cantidad de hijos por hogar; la multiplicación de las personas ancianas que viven solas, y el desarrollo de los hogares monoparentales.

Todos estos cambios tienen que ver con un conjunto de transformaciones demográficas a la vez intensas, rápidas y de algún modo preocupantes: la caída vertiginosa de la fecundidad matrimonial; la disminución de los índices de nupcialidad, el incremento del fenómeno de la cohabitación, la multiplicación de los divorcios y el crecimiento de la cantidad de hijos extramatrimoniales.

Tales procesos y efectos se han traducido en un hecho fundamental: que el hogar tradicional (el hogar que mejor se identifica con el concepto de familia), compuesto por un marido, una mujer y unos hijos, ha dejado de ser la única forma, o la norma común, de convivencia en nuestras sociedades. Hoy tiene que compartir su existencia con otras formas, con otros tipos de hogar. ¿Con otros tipos de familia? Yo creo que con otros tipos de hogar sí, pero pienso, al mismo tiempo, que el concepto de familia (antes identificado con el de hogar a través del modelo que he definido como de familia clásica) debe ser reservado para esta última acepción; es decir, el de institución constituida por los padres y los hijos; todos mis respetos a otras formas de unión (homosexuales o de otro tipo); o a las particulares características de algunas de ellas (unipersonalidad o monoparentalidad). Son en efecto formas respetables de unión, pero no son quizás familias stricto sensu. Y digo todo esto porque éste es el concepto de familia que Francisco Cabrillo emplea en su libro y sobre el que realiza su análisis. Desde esta perspectiva (y desde otras, por supuesto) el análisis de la familia tiene ya muchas investigaciones empíricas y muchos trabajos teóricos. Pero es preciso reconocer que la mayoría de los trabajos se han realizado desde el enfoque de la sociología o de la demografía.

Faltaba en nuestro país un libro que primase la «orientación económica de la familia»; que presentara, como él mismo acierta a decir en el prólogo, los «principios generales de la economía de la familia de forma global y sistemática, con especial referencia a la institución familiar española».

Como se diría en una tesis doctoral, el libro viene, por lo tanto, a colmar un gran vacío en la bibliografía española sobre el tema. Hay que destacar, por tanto, la oportunidad del libro y, por supuesto, su calidad en el tratamiento de un tema tan oportuno.

Con su lectura sabemos mucho más sobre la elección del cónyuge, sobre el juego de los emparejamientos, sobre el precio de la novia, sobre por qué la gente tiene hijos, sobre el valor de los hijos y sobre muchas cosas más. Me parecen bien todos los capítulos. Me parecen adecuados los dos niveles de lectura que el autor propone, y me parece especialmente interesante el capítulo dedicado a la protección de la familia por su interés objetivo y por su especial relevancia para la actual situación española. Tenemos la tasa de fecundidad más baja del mundo y tenemos la política de ayuda familiar más insignificante de la UE. Algo tendrá que ver lo uno con lo otro. Parece que las condiciones objetivas para una posible recuperación de la fecundidad son adecuadas: la estructura por edades es todavía favorable y la crisis económica parece haber dejado atrás sus consecuencias más negativas. Aun cuando no se establecieran con fines natalistas medidas más decididas de protección a la familia (en el sentido «cabrilliano» del término) podrían favorecer lo que yo entiendo como necesaria recuperación de la natalidad en nuestro país.

«Carta al duque de Norfolk»: así defendía la libertad el cardenal Newman

Un documento breve, aparecido en 1875 en forma epistolar, y dirigido «a Su Gracia el Duque de Norfolk», bajo la firma del sacerdote y teólogo inglés John Henry Newman, suscita, muchos años después, el mismo interés que despertó en la Inglaterra victoriana en el último cuarto del siglo XIX.

La clave de esa actualidad tal vez estribe en que Newman se muestra como eterno buscador y defensor de la verdad frente a la intolerancia, de la libertad frente a los que hablan mucho de ella, pero no están dispuestos a concederla a los que no piensan como ellos. Una lucha en defensa de la verdad y la libertad, que continúa en nuestros días, cuando nos encontramos a las puertas del siglo XXI.

Carta al Duque de Norfolk, (Rialp), 144 págs.

La Carta al Duque de Norfolk del que sería después elegido cardenal de la Iglesia Católica, J.H. Newman, fue publicada como respuesta a un agresivo folleto del político británico William Gladstone, figura destacada en los gobiernos de la Reina Victoria, que había demostrado en numerosas ocasiones su animosidad contra los católicos.

Newman consideró necesario salir a la palestra a combatir en defensa de sus más profundas convicciones religiosas. Lo hizo con enorme talento, mesura, comprensión hacia el oponente y hasta con una bien calculada dosis de ironía y flema británicas.

No sabemos por qué extraños motivos esta carta, modélica en muchos aspectos, y citada con frecuencia en numerosos documentos recientes del Magisterio de la Iglesia, no había sido traducida al español. Al disponer ahora de esta cuidada traducción a cargo de Víctor García Ruiz y José Morales, es más fácil considerar alguna de las razones por las que el texto de la carta no estuviera disponible en nuestro idioma. La dificultad estriba en el inglés de Newman, muy bien elaborado y denso de contenido, que habrá exigido sin duda a los traductores un trabajo paciente, y minucioso que ha resultado sobresaliente.

La Introducción sitúa al autor y a sus escritos en su contexto histórico, y resulta de lectura indispensable para interpretar los términos de la polémica suscitada. Se incluye, para completar el pensamiento de Newman reflejado en la carta, un capítulo de otra de sus obras, Sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, también de gran interés en relación con los temas tratados.

A pesar de la brevedad del libro, los comentarios que suscitan los textos de Newman podrían llenar varios voluminosos tomos. Tal vez debido a la enorme capacidad de síntesis que define el método expositivo del teólogo británico. Por lo que se refiere al contenido de la carta, en términos generales, Newman rechaza con gran fuerza la acusación de Mr. Gladstone relativa a la falta de patriotismo que injustamente atribuye a los católicos ingleses.

Según tales acusaciones, los católicos, por su fidelidad a la Iglesia romana y a su cabeza visible, el Papa, se verían incapacitados para ser fieles a las normas, decisiones y deberes exigibles a todos los súbditos de la Corona- británica. Alude Mr. Gladstone con especial virulencia al contenido del Syllabus y a la infalibilidad del Papa, definida en el Concilio Vaticano I, clausurado en 1870 durante la invasión de los Estados Vaticanos.

Ante esas «lealtades encontradas», que el político Gladstone atribuye a los católicos, Newman reacciona con valentía y rotundidad. Con una lógica serena, irrebatible, demuestra la falacia de tales acusaciones y prueba con argumentos teóricos y prácticos su falsedad. En todo momento, se mantiene fiel a la verdad, dispuesto a reconocer errores y exageraciones que hayan podido cometer los católicos, pero siempre salva la santidad de la Iglesia, a la que reconoce como única heredera de la fundada por Jesucristo y encarnada por el Sumo Pontífice en la Cátedra de Roma.

Verdad, libertad, comprensión, tolerancia y respeto a los derechos de los que no piensan igual, son los valores de Newman

En aquellos tiempos tan comprometidos, una vez sentadas las bases doctrinales en las que fundamenta su fe, Newman habla de justicia y tolerancia y la reclama para los católicos que, como él mismo, se reconocen tan fieles cumplidores de sus deberes patrióticos, de ciudadanos ingleses, como de sus deberes hacia la Iglesia romana, puesto que no son de suyo incompatibles.

Es evidente que Newman asume con gallardía la defensa de los derechos de los católicos, olvidados, cuando no allanados, por las autoridades políticas y religiosas. Su voz se alza, segura, comprensiva con la posición de la Iglesia Anglicana, pero sin dejar el menor resquicio sobre su condición de Iglesia separada de la única verdadera.

Verdad, libertad, comprensión, tolerancia y respeto a los derechos de los que no piensan igual, son los valores que Newman maneja con admirable precisión y soltura de estilo, dando lugar a páginas brillantes, de actualidad permanente. La Carta al Duque de Norfolk es una pieza magistral del género epistolar que se vuelve oratoria fluida en sus conclusiones finales.

Ejemplo de solidez en el contenido, atento el autor a no renunciar a las propias convicciones, respetando al mismo tiempo las ajenas. Hablando así, con palabras y hechos, del verdadero sentido del amor y la caridad cristianas que, tantas veces, se olvidan al dictado de las pasiones.

La comunidad contra el liberalismo

En su sentido europeo clásico el liberalismo es un orden social basado en la primacía de la libertad individual, el gobierno limitado por el imperio de la ley y el libre mercado. Su fundamento es la dignidad de la persona y el ideal platónico clásico de la búsqueda de la vida correcta a través de la discusión racional. Es el ideal que defienden, entre otros, Tocqueville, Lord Acton, Constant, Montesquieu, Jefferson, Madison o Burke. Un liberal no olvida que, como afirmó Milton, «una larga permanencia en el poder podría corromper al más honesto de los hombres». El liberalismo sigue siendo el más alto sistema de valores que la civilización occidental, y que la civilización sin más, ha producido. En el siglo que declina ha sufrido con éxito los asaltos del fascismo y del comunismo, la rivalidad del socialismo y la hostilidad de los viejos nacionalismos e integrismos. En el terreno de las ideas, después del fracaso del comunismo, solo ha recibido el desafío comunitarista, cuyo manifiesto fundacional es quizá la obra de Amitai Etzioni, El espíritu de la comunidad. Este libro de los profesores de Oxford Mulhall y Swift, cuya primera edición inglesa fue publicada en 1992, es una excelente exposición del reciente debate entre liberales y comunitarístas.

Quizá su principal defecto resida en el excesivo papel conferido a la influyente teoría de John Rawls, al convertirla en el paradigma del liberalismo contemporáneo, cuando, desde la perspectiva de los autores citados antes, sería dudosa su consideración de liberal. El libro expone los principios fundamentales de la teoría de la justicia de Rawls, las críticas comunitarístas de Michael Sandel, Alasdair Maclntyre, Charles Taylor y Michael Walzer, la réplica de Rawls (y la notable modificación de sus posiciones teóricas) en su reciente libro El liberalismo político, y las posiciones liberales de Richard Rorty, Ronald Dworkin y Joseph Raz. La tesis que quisiera solo apuntar aquí es que, a mi juicio, el apasionante debate del que dan tan cabal y documentada cuenta los autores deja en lo esencial intocado al liberalismo clásico tal como lo he caracterizado al comienzo de estas líneas. Las críticas comunitaristas afectan, y notablemente, a las posiciones teóricas de Rawls. Hasta el punto de que se ha visto obligado a modificarlas sustancialmente. Pero no, por poner un ejemplo, a Tocqueville que, siendo genuinamente liberal, anticipa algunos elementos esenciales del pensamiento comunitarista, como puede comprobarse en el excelente libro de Robert Bellah y otros, Hábitos del corazón. Al margen de esto, el debate analizado es apasionante y gira en torno a cinco problemas fundamentales: 1) la concepción liberal de la persona ignoraría que éstas están constituidas por la concepción del bien que asumen y que procede básicamente de la comunidad en la que están insertas; 2) los liberales defenderían, según sus críticos, un individualismo asocial que reduce la sociedad a una mera cooperación entre individuos e ignora que es la comunidad la que forja a los individuos; 3) El liberalismo habría ignorado, en sus pretensiones universalistas, el hecho de que las diferentes culturas encarnan valores diferentes e inconmensurables (Sin embargo, paradójicamente, son más bien los liberales, aunque solo entre los tratados en esta obra, quienes defienden la relatividad de los ideales de vida, mientras que muchos comunitaristas se adhieren a la correcta tesis de la objetividad de los valores); 4) Por esto, los comunitaristas reprochan a los liberales (quizá mejor a Rawls) su subjetivismo frente al objetivismo que ellos defienden; y 5) Los liberales defienden que el Estado debe ser neutral en lo relativo a los ideales de vida individuales y abandonar toda pretensión perfeccionista.

La polémica, además de replantear el viejo problema de las relaciones entre justicia, libertad e igualdad y la cuestión de los límites del individuo frente a la comunidad, desafía las tradicionales distinciones entre derecha e izquierda, pues si, para unos, el desafío comunitarista es la nueva versión del pensamiento reaccionario, para otros, se trata de una especie de neomarxismo, de un contraataque de la izquierda contra el ideal liberal. Los autores concluyen que el ataque comunitarista es serio y que al liberalismo no le bastará en el futuro con una mera estrategia abstencionista. A mi juicio, esto es muy cierto respecto del liberalismo rawlsiano y, en gran medida, del defendido por Rorty, Raz o Dworkin. Pero la inteligente crítica comunitarista apenas roza al ideal liberal clásico, al que considera que el viejo ideal europeo de la libertad y la autonomía individuales es algo más que un principio relativo propio de una determinada civilización, que expresa el ideal irrenunciable de la humanidad.

Una leccion de Ramón Gaya

Lo más característico de la escritura de Ramón Gaya es la abundancia de puntos suspensivos. Es en justa consonancia con su pintura -una pintura de puntos suspensivos también- como los escritos de Ramón Gaya hacen de ese modo de acercarse a la comprensión de la pintura una lección de humildad en la que ésta se constituye en suprema virtud. A un lado de los puntos suspensivos, el delicado y hondo escritor suele avanzar sensaciones, algún que otro juicio contundente, ciertas experiencias íntimas, y al otro lado, una vez constadada la renuncia a la definición y a la teoría, al otro lado del cauce transparente e inasible por el que no en vano pasan las aguas de la pintura, y tras una leve suspensión del ánimo señalado con elocuencia por aquellos signos gráficos, lo que en la mayoría de las ocasiones nos encontramos es… la vida. Así ocurre en el último libro publicado por el pintor, Naturalidad del arte (y artiflcialidad de la crítica), que acaba de aparecer editado por la editorial Pre-Textos y que resulta ser un breve panfleto -un refinado, sincero y humilde panfletoque Gaya escribió en Roma en 1975 y al que ahora ha añadido la página y media que le pedía al parecer su amigo José Bergamín para que el texto resultara acabado. El libro, por lo demás, viene a consistir en una suerte de coda de la obra completa que paulatinamente la misma editorial ha ido reuniendo en los tres volúmenes que desde 1990 nos ofrecen los escritos del pintor y en los que se encuentran a disposición páginas tan fundamentales como las del Sentimiento de la pintura o el Velázquez, pájaro solitario, su libro más divulgado (Vol I, 1990); las anotaciones más o menos viajeras dedicadas a ciudades, a pintores, a amigos o a poetas (Vol. II, 1992); o el Diario de un pintor (Vol. III, 1994). Andrés Trapiello, uno de sus máximos admiradores y comentaristas, ha editado en La Veleta Algunos poemas del pintor Ramón Gaya (Granada, 1992), una muestra más de la coherencia intelectual y expresiva del artista, ésta vez en los incontestables versos que todos conocemos.

El libro que ahora se publica de Ramón Gaya está dedicado, pues, a la crítica y, en concreto, a la inexistencia e inutilidad de la crítica como disciplina profesional. El segundo párrafo lo resume, concluyendo: «lo más patético del crítico de arte… es que entiende de una cosa que… no comprende». Con ello el pintor y el gran espectador y vividor de pintura que Ramón Gaya es desbarata la primacía teoricista que ha hecho del arte en connivencia con la crítica una cosa de peritos y de técnicos. El arte para Gaya queda como algo que, en su raíz -esa raíz es la que rondan incesantemente sus escritos- les es profundamente ajeno. Como ajenas al misterio y al enigma del sentimiento le parecen desde 1928 las disquisiciones y producciones de la teoría vanguardista. Con respecto a ello, no obstante, cabe detenerse en cierta lectura que demasiado a menudo hacen de Gaya los que se confiesan sus discípulos y admiradores, y es que se suele ver en él una ambigua antivanguardia anterior a ella misma cuando, en realidad, Ramón Gaya, al igual que sucede con Bergamín, no se explica sin la propia vanguardia.

A contracorriente de la empecinada linealidad del arte moderno -esa gran palabra- tal como ha sido concebida durante nuestro siglo, la pintura y la escritura de Ramón Gaya están, sin embargo, lejos de consistir en un melancólico contrapunto literario. En este último libro, sin ir más lejos, asoman aproximaciones, bien que al modo intuitivo y casi confesional con en el que pintor huye de cualquier reflexión estética conceptual, a aspectos fundamentales del arte y de su historiografía contemporánea como la relación arte- realidad (pág. 16); el perfil del artista que, con «mano vacante» y no como el romántico Prometeo, toma «la enigmática acción creadora» (pág. 18); la autonomía o heteronomía de esa creación (pág. 21); la relación arte-vida (pág. 25); la especialización profesional de la crítica (pág. 26); la historia (pág. 37); la opacidad de la obra de arte (pág. 42); la relación arte-naturaleza (pág. 48); la relación arte-cultura (pág. 49); o la esperanza de una nueva mirada tras una tradición entendida como cerrada (pág. 57).

Esa última nota de esperanza nos dice, como solo Gaya sabe hacerlo, de un lugar para la creación en el que no existe la vanidad de la historia -que es la que ha decretado tantas veces la muerte de la pinturay de la infinita posibilidad de actualización del sentimiento y de la emoción cuando el pintor, convertido en una suerte de ejecutante ocasional de una partitura ya escrita, se dispone a su tarea, sabiéndola lugar de paso hacia el alma.

Mijail Bajtín, una voz por encima del coro

En los últimos veinticinco años la teoría literaria ha conocido una notable convulsión: su detonante ha sido la publicación en Occidente de las obras de un pensador ruso, Mijáilovich Bajtín (1895-1975), quien forma parte ya del más selecto santoral de la crítica literaria contemporánea, junto a Roman Jakobson, Northrop Frye, Erich Auerbach, Walter Benjamin o Paul Ricoeur. Aunque la filosofía y la estética filosófica en buena medida aún le ignoran, Bajtín ha ido alcanzando en los últimos años el reconocimiento de pensador excepcional, cuya voz, con tonos a la vez extraños y reconocibles al oído, se eleva por encima de los registros más ordinarios del coro común, aunque sin dejar de oír a éste y sin despreciarlo.

Con todo, el retraso y el carácter polémico con los que se está reconociendo en Occidente la relevancia de su pensamiento no se explican únicamente porque se trate de un ruso, de un ruso de vida azarosa, de un ruso de vida azarosa desconocido casi hasta el final de su vida en su propio país, de un ruso de vida azarosa desconocido casi hasta el final de su vida en su propio país y cuyos textos han sido tardíamente traducidos. Tienen que ver con la excepcionalidad y la originalidad de sus planteamientos, que para muchos de los usos intelectuales vigentes en Occidente resultan tan sorprendentes como lo sería la aparición de un cosmonauta en un poblado masai. Esto es visible en cualquiera de los conceptos que articulan el universo de la comprensión bajtiniana del «mundo» de la literatura, o sea, del mundo. Ideas como las de la naturaleza carnavalesca del existir humano, la de la «palabra intrínsecamente convincente» o la de «no tener coartadas frente a la existencia»; nociones como las de «carnaval», «lo grotesco», «dialogía», «heteroglosia», «polifonía», «cronotopo» o «extraposición» ponen de manifiesto su fina conciencia de las tremendas ambivalencias regeneradoras de lo real. Dan a sus tesis un aire de «prefuturo», que las diferencian incluso de las de los pensadores occidentales más ricos y conscientes. Se puede tener la sensación, al leer a Bajtín, de que existen «postmodernidades» ingenuamente «premodernas».

Dos aspectos, en particular, muestran bien la excepcionalidad del pensamiento de Bajtín: el primero consiste en que convierte el relativismo occidental y el dogmatismo totalitario en ridículos discursos fúnebres ante ataúdes vacíos. Y a sus intérpretes se les hace difícil comprender cómo consigue conjugar esa doble vertiente polémica.

Esa extrañeza no es tan extraña: nuestra época ha estado como condenada al dualismo de dos ideologías irreconciliables y mortalmente enfrentadas. Y ese enfrentamiento no ha sido meramente retórico: durante algún tiempo dividió al mundo -geográficamente ya no, intelectualmente es otro cantar— en dos bloques en permanente guerra fría («fría» porque apenas si han entrado en el «calor» de la conversación en la que están insertas).

Bajtín pudo comprender bien ese dualismo irreconciliable durante su condena por activismo religioso a seis años de trabajos forzados en las islas Solovietsky, en el Ártico, durante la primera gran purga staliniana. Su persecución fue indudablemente injusta, pero desde el punto de vista de los verdugos era de una lógica implacable: el condenado criticaba no menos implacablemente el autoritarismo y el dogmatismo de la ideología totalitaria, y los instalados en esas posturas no podían entender que la crítica a su (¿pequeño?) universo definitivo y clausurado pudiera venir de otro lugar más que de los dominios del relativismo individualista: así que lo suyo era alta traición en el Paraíso, a sueldo del Occidente pequeñoburgués.

A la inversa sucede lo mismo: tanto los occidentales que leen con entusiasmo a Bajtín desde posturas heredadas de la Ilustración, que insisten demasiado unilateralmente en su «desocialización» por parte postmoderna, como los que ejercen sobre él una «domesticación» (Ken Hirschkop) superficialmente postmoderna (hay, o ha habido, una «moda Bajtín»), se resisten a creer que la profunda crítica al autoritarismo dogmático encerrada en la estética bajtiniana de la risa, del carnaval, y en su «imagen novelesca del mundo» no establezca vínculos tan sólidos como ellos quisieran con el fundamentalismo relativista en que parece consistir la triste propiedad intelectual de algunos ámbitos de Occidente.

Probablemente ninguna de esas dos vindicaciones tienen razón. Comparten, en su intento supersticioso de hacerse con la propiedad de Bajtín convirtiéndolo en «un precedente» para las propias tesis, el que ninguna de ellas se haya ocupado de rastrear las fuentes más desconocidas de Bajtín (el cristianismo primitivo, la Gnosis, la tradición estética y filosófica greco-bizantina, las experiencias históricas rusas de las que carecemos los europeos).

El Occidente lleva algún tiempo instalado en la comodidad del pensamiento por oposiciones recíprocas y alternativas absolutas y mutuamente excluyentes. Eso es común tanto a la tradición germánica del Philosophus Teutonicus («Debo crear un sistema o ser esclavizado por otro hombre»: William Blake, ]erusalem) como al mero gusto por asombrar, que es más francés. Bajón, de un modo festivo, ayuda a ver hasta que punto pensar con energía pasa por salir de esas cómodas contraposiciones, por acentuar la mezcla, las «cosas variopintas» (Hopkins) de lo real, por bañarse en «el arte imposible de la vida» (Chesterton).

El anhelo occidental de una superación de la dualista ideología orgánica de nuestro tiempo no es nuevo. (Tampoco lo es su fracaso). Aquél ha sido compartido por otros pensadores, por todos los que llamamos grandes, que no solo han intentado elevar a concepto su tiempo, sino elevar a concepto el modo en el que el tiempo —los tiempos— se elevan a concepto. Algunos, como Bajtín, con la conciencia clara de que ese proceso no es clausurable, de que el último capítulo de la historia del mundo no se puede escribir: «no existe -escribió memorablemente- ni la primera ni la última palabra, y no existen fronteras para un contexto dialógico (asciende a un pasado infinito y tiende a un futuro igualmente infinito). Incluso los sentidos pasados, es decir, generados en el diálogo de los siglos anteriores, nunca pueden ser estables (concluidos de una vez para siempre, terminados); siempre van a cambiar renovándose en el desarrollo del proceso posterior del diálogo… existen las masas enormes e ilimitadas de sentidos olvidados… en el proceso, se recordarán y revivirán en un contexto renovado y en un aspecto nuevo. No existe nada muerto de una manera absoluta: cada sentido tendrá su fiesta de resurrección».

Lo que propone Bajtín como vía para ir más allá del pensamiento de nuestro tiempo es el dialogismo. Tampoco ha sido el único en proponerlo. La presencia de la palabra y el lenguaje en la tradición de Occidente la han hecho irrenunciable la Escritura y el Verbum de la tradición judeocristiana, el Logos de la Grecia clásica, la oratoria romana, las tradiciones renacentista, romántica o hermenéutica, y llega desde ellas hasta Wittgenstein, Heidegger, Peirce, Gadamer, Habermas, Foucault o los estructuralistas (y también hasta los postestructuralistas, aunque no quieran convertirse en una parte de la tradición de la que ya forman parte).

Pero no todos han tenido la misma suerte en la tarea ni sus esfuerzos son valorables en la misma medida. Eso podría responder a razones históricas en las que Bajtín contaría con alguna ventaja sobre el modelo de pensamiento occidental hoy vigente, y ése es el segundo motivo de la excepcionalidad de su pensamiento, a saber: no es en absoluto ajeno a la radicalidad del dialogismo bajtiniano el origen primordialmente estético de su manera (hay que resistirse a llamarla «método») de pensar. Que sea estético en su origen -y no por «aplicación»— produce un contraste entre sus tesis y la común filosofía europea. Ese contraste tiene que ver con los posibles orígenes diversos de lo estético en Oriente y en Occidente: Bajtín quizá esté en unas coordenadas «geofilosóficas» que le sitúan en medio de esas dos tradiciones.

Mientras que Occidente ha hecho una filosofía que termina (y en algunos casos se cancela) en una estética, la continuidad entre lo sensible y lo espiritual propia de esa otra tradición en la que Bajtín también habría bebido —la tradición greco-bizantina, la lucha entre el primitivo cristianismo oriental (o sea, el primer cristianismo) y la Gnosis- daría lugar a una pluralidad inaugural de manifestaciones de lo real en escenarios no determinados previamente por la organización de la objetividad por parte de un Logos monológicamente entendido con el modelo de la ciencia experimental: eso quiere decir que lo estético formaría parte, ab origine, de esa sensibilidad, que puede describirse entonces como comprensión de muchos escenarios, cada uno con su propio Logos (la polifonía, el dialogismo bajtinianos). La estética no aparece en esa tradición como el estatuto problemático de la objetividad: aparece como algo tan real que es previo a ella, como el lugar en el que comparecen los sentidos de lo real. Y opondría, a la conciencia monológica del sujeto moderno y a su mundo objetivo y racionalizado (que según algunos desemboca en la actual clôture del sentido), la conciencia dialógica y la imagen del mundo como una novela polifónica: daría un toque «bizantino» a los rasgos gnósticos de la Ilustración europea; haría ver que el paradigma de la razón como un tribunal y de lo real como un teatro debe tener en cuenta las razones de numerosas voces y el estado carnavalesco de la vida humana.

Esa tradición quizá haya facilitado a Bajtín alumbrar una filosofía que no necesita un estatuto exento respecto de lo estético (lo estético es la mediación entre el logos y lo real: el tiempo, el espacio, la materia, la cultura, la subjetividades, el sentido; o sea, todo lo que es fraccionado en Occidente para conseguir objetividad) para explicar la realidad con aspiraciones de universalidad, es decir, sin necesitar ser o dogmático o relativista.

Mientras que la mayor parte de los pensadores de Occidente —incluso Heidegger— se han ocupado de los problemas estéticos y literarios en particular, de forma secundaria, como una aplicación de la filosofía más «fundamental», Bajtín hace surgir su pensamiento precisamente de la estética: del diálogo esencial entre el autor y su personaje, su héroe. Encuentra el dialogismo en la polifonía que caracteriza la poética de Dostoievsky (no aplica apriorismos filosóficos al genero novelesco, sino que encuentra principios filosóficos ¡en las novelas!). Captar ese diálogo no solo le permite criticar las concepciones vulgares, retóricas en el tosco sentido moderno de esa palabra, de la -en tantos casos parlanchina estética literaria europea, sino que le permite desarrollar toda una estética y una teoría de la responsabilidad, entendiendo ésta última éticamente: como la capacidad de respuesta en ese diálogo esencial. Por contra, Bajtín entiende que tanto las posiciones relativistas como las dogmáticas excluyen el auténtico diálogo: la primera lo hace imposible y la segunda lo declara innecesario.

Pero comprender ese diálogo no es tarea fácil: para alcanzar la comprensión es imprescindible un esfuerzo de lo que Bajtín llama «extraposición», el intento de situarse fuera de esa relación dialógica. Algunos han entendido esto como un pobre perspectivismo: la observación neutral que prescinde del carácter responsable del ser humano como ser en diálogo. Pero la perspectiva según Bajtín está cargada de responsabilidad, porque no hay coartadas para la existencia concreta, la única real, y, lejos de significar una limitación para apreciar las verdades, permite comprender a éstas como encuentros entre sujetos y culturas en el curso de una conversación con sentido.

Para concluir, cuenta el cineasta ruso Serguei Eisenstein que, cierta vez, en la India, un Lord recibió la noticia de que su servidor indio, que iba a su encuentro con el equipaje de su señor, había sido partido en dos por un tren, «que me envíen la parte en la que se encuentre mi reloj», cablegrafió el británico: los europeos solemos medir las ideas de otras latitudes menos familiares con el mezquino reloj de nuestro tiempo y nuestro espacio. El valor inmenso y desconocido del pensamiento de Bajtín, que se sitúa más allá de los límites acústicos de los cantos ideológicos más recitados y vigentes en nuestro espacio y nuestro tiempo, debe pagar quizá el precio del desconocimiento o la incomprensión. Comprender, tantas veces, suele significar reducir algo a lo que nos resulta conocido, familiar, rutinario. De ahí que el genio y el talento resulten tantas veces oscurecidos en su tiempo.

El texto que presentamos a continuación apareció en 1992 en traducción italiana, en la revista Athanor, 3/1992 (Longo Editori, Rávena), y en 1986 en la edición original rusa, en una antología titulada Literatumo-Kriticheskie stat’i, a cargo de S.G. Bochárov y V.V. Kozhínov (Khudozhestvennaia Literatura, Moscú). El lector advertirá operando en él algunos de los rasgos aquí aludidos del pensamiento de Bajtín.