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Ver productosUn pianista argumenta que la música clásica no está hecha para el consumo fácil y que las óperas abreviadas o las versiones adaptadas le hacen un flaco favor

2 de febrero de 2026 - 4min.
Evan Shinners. Pianista, clavecinista y director de orquesta estadounidense. Especialista en la música de Johann Sebastian Bach. Fundador de Bach Store y creador del podcast WTF Bach.
Avance
La música clásica lleva décadas en crisis. A las nuevas generaciones les resulta «demasiado larga, demasiado aburrida, demasiado desconocida para el oído moderno». No la digieren si no es convenientemente acortada, metiéndole más ritmo, aderezándola con jazz… No la digieren si no es sexy y pegadiza. Pero ¿es esa la solución?
El pianista y clavecinista Evan Shinners sostiene en una tribuna publicada en The New York Times que tal cosa resulta contraproducente. Y recurre al ejemplo de Barrio Sésamo, el programa infantil de los años 80, que no enseñaba a los niños a amar las matemáticas… sino la televisión, como advirtió Neil Postman, el discípulo de Marshall McLuhan y autor de Divertirse hasta morir. Lo mismo ocurre ahora con la música clásica: «Los conciertos repletos de bandas sonoras de películas, todas ellas sumamente pegadizas, aumentarán la afición por el cine, pero no desarrollará mágicamente el amor por Beethoven» afirma Shinners. Ya que un público atraído por una versión abreviada de una ópera no ha aprendido a escucharla.
Ni óperas abreviadas ni sinfonías diluidas
Para lograrlo, lo primero que hay que hacer es desengañarle: mire usted, Bach no solo no se parece a los Beatles, sino que, de hecho, es muy diferente. Así que no crea que por oír óperas abreviadas o sinfonías diluidas ha escuchado usted música clásica.
Después hay que ofrecer piezas clásicas, no fórmulas rebajadas. Y eso es, tal cual, lo que decidió hacer Shinners. Creó Bach Store, una sesión en la que se sentaba cada día al piano en un local y tocaba las obras completas de Bach durante cinco horas. Era sin entradas, ni asignación de asientos, así que la gente iba y se quedaba todo el tiempo que quería. Era una forma distinta de ofrecer música clásica pero no en auditorios que requerían vestimenta formal, ni códigos de conducta implícitos para el público. Música pura y dura. Shinners también presenta el podcast W.T.F. Bach, en el que analiza la obra del compositor alemán en toda su complejidad. El objetivo es apreciar las composiciones inalteradas, no versionadas, con la idea de que «la música clásica no se puede escuchar a medias ni está hecha para un consumo fácil. Bach es difícil, pero gratificante».
Lo que no hace es poner letras pop a la Pasión según San Mateo. «Mi objetivo —explica— es que la gente escuche la música mientras aprende a escuchar y sabe qué escuchar». Algo parecido hace un colega suyo con el programa de educación musical Orchestrating Dreams, que experimenta con piezas clásicas mediante archivos MIDI (Interfaz Digital de Instrumentos Musicales), lo que permite resaltar ciertos instrumentos en una textura densa, escuchar fragmentos a diferentes tempos y descomponer la pieza de forma interactiva. Un grupo de niños de doce años ha estado escuchando así La consagración de la primavera de Stravinsky y «cuando vayan a ver una actuación en directo, les cambiará la vida, porque llegarán preparados».
Lo que no ayuda a amar la música clásica es jibarizar piezas. Es lo que hizo Julie Taymor al reducir La flauta mágica, presentándola como una «ópera de iniciación» indica Shinners. Las producciones abreviadas —alega el pianista— presuponen que «la atención es escasa, la dificultad repele y la relevancia debe demostrarse a través de formas culturales familiares», y difunden la idea de que «el valor de la música reside en su parecido con lo que ya te gusta», más que en su potencial para exponerte a algo nuevo y exigente. Así es como terminamos con «imágenes de Mozart con gafas de sol, como si fuera una estrella de rock de su época».
Pero «el autor de La flauta mágica no es una estrella de rock; es algo mejor: es Mozart», advierte Evan Shinners. Y el Lincoln Center —que alberga a la Filarmónica de Nueva York, la Ópera Metropolitana y el New York City Ballet— es un templo de la música clásica, por lo que debería ser considerado como tal. Así que, por favor, —concluye el pianista— no ofendas al público sirviéndole fast-food de Bach o comida ultraprocesada de Beethoven. Dales un banquete.
El artículo de Evan Shinners publicado en The New York Times se puede consultar aquí.
Imagen de cabecera: Retrato póstumo de Wolfgang Amadeus Mozart, por Barbara Krafft (1819). Retocado con inteligencia artificial. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.