Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosLa gobernanza global de la migración no es una opción moral ni una aspiración idealista: es una condición estructural de la interdependencia contemporánea

2 de febrero de 2026 - 22min.
Anna Terrón. Senior fellow del Migration Policy Institute (MPI). Cofundadora de InStrategies y exsecretaria de Estado de Migración.
Avance
Los datos muestran que la migración es estructural y consustancial a las sociedades y, sin embargo, la política continúa considerándola un fenómeno disruptivo, una crisis eterna. Se trata, además, de la única dimensión de la globalización que no ha logrado un sistema de gobernanza estable comparable al del comercio o las finanzas. Pero algo empezó a cambiar en 2015 con la crisis siria y la imagen de un niño muerto en la playa: fue así como la migración entró plenamente en la agenda internacional.
El punto de partida fue la Agenda 2030. Proponía un enfoque integral centrado en las personas migrantes, los derechos humanos y la cooperación. En 2016, la Declaración de Nueva York consolidó el multilateralismo, reforzado en 2018 con el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular (PMM): no tenía fuerza jurídica, pero quería consolidar la idea de que ningún Estado puede gestionar la migración aisladamente. Su negociación resultó ardua y anticipó resistencias como la instrumentalización de la migración en el contexto de los debates nacionales. La Unión Europea no fue una excepción. Ha dedicado más de un lustro a elaborar un nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo para restaurar la confianza erosionada y avanzar hacia una arquitectura jurídica y política comunes.
En un marco multilateral inestable es imposible prever el futuro, pero algunos escenarios se dejan esbozar. Van desde la consolidación del repliegue nacional con regímenes centrados en control y retorno hasta una gobernanza global estructurada, con instituciones reforzadas y responsabilidades compartidas.
La gobernanza global de la migración no es una opción idealista, sino una condición estructural de la interdependencia actual. Las migraciones continuarán y ningún Estado puede gestionarlas solo. Los marcos multilaterales, por frágiles que sean, ofrecen un mínimo a la hora de proteger a las personas y dar legitimidad al sistema internacional. El futuro dependerá de cómo se politice la migración en las arenas nacionales y de la capacidad, especialmente de la Unión Europea junto a otras regiones, para reconstruir la confianza y la coherencia.
ArtÍculo
la movilidad humana constituye la única dimensión de las sucesivas fases de globalización que no ha generado un sistema de gobernanza más o menos estable, como lo han hecho el comercio, las finanzas o el medioambiente. La esfera política tiende a tratar la migración como un fenómeno disruptivo o de crisis, y no como el componente estructural y consustancial de nuestras sociedades que los datos confirman.
No fue sino hasta mediados de la década pasada, en plena crisis humanitaria provocada por la guerra en Siria y otros conflictos regionales, cuando la migración entró en la agenda de las relaciones internacionales. Lo hizo a través del desarrollo, una puerta de entrada que permitió sortear —aunque no eliminar— la dimensión política y conflictiva que había bloqueado cualquier avance, tanto a nivel nacional como global. La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible incorporó por primera vez la migración en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), reconociéndola como un factor del desarrollo humano. Desde entonces, la comunidad internacional ha adoptado una serie de instrumentos jurídicos no vinculantes —la Declaración de Nueva York para los Refugiados y los Migrantes (2016), el Pacto Mundial sobre los Refugiados (2018) y el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular (2018)— que, en conjunto, buscan fortalecer la cooperación multilateral. Sus objetivos: reforzar el Derecho de Asilo, vigente desde 1951, y avanzar hacia un marco global de gobernanza migratoria basado en los derechos humanos, la corresponsabilidad y el desarrollo sostenible.
A pesar de ello, la migración sigue sin tener un espacio normativo consolidado. La institucionalización del marco creado desde 2016 depende de mecanismos de cooperación voluntaria, de naturaleza política, donde confluyen agendas diversas —desarrollo, seguridad, derechos humanos, gestión fronteriza— y en los que los Estados conservan una amplia discrecionalidad. Este carácter fragmentario ha dado lugar a lo que diversos autores describen como un régimen complejo de gobernanza basada en la voluntad, sostenido por redes, partenariados y procesos más o menos reglados, aunque siempre informales.
Este artículo analiza la gobernanza multilateral de las migraciones a partir del marco construido desde 2015 y su evolución en la última década. Examina también el papel de la Unión Europea como experiencia singular de gobernanza supranacional, así como su proyección internacional y su contribución —a menudo ambivalente— a la configuración del incipiente régimen global. Finalmente, se plantean escenarios prospectivos sobre el futuro del multilateralismo migratorio y las posibilidades de avanzar hacia una arquitectura más coherente y efectiva.
1. De la Agenda 2030 a la Declaración de Nueva York
La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (2015) reconoció por primera vez la migración como un fenómeno transversal y estructural del desarrollo. El ODS 10, dedicado a reducir las desigualdades dentro y entre los países, incorporó en su meta 10.7 el compromiso de «facilitar la migración y la movilidad ordenadas, seguras, regulares y responsables de las personas, incluso mediante la implementación de políticas migratorias planificadas y bien gestionadas». Con ello, situó la migración en el centro de una visión cooperativa y basada en derechos. Otros objetivos —como el ODS 8 (trabajo decente y crecimiento económico), el ODS 11 (ciudades sostenibles), el ODS 16 (instituciones eficaces) y el ODS 17 (asociaciones globales)— también incorporaron metas relacionadas con la movilidad humana, reforzando la idea de que una gestión adecuada de la migración puede contribuir al bien común global. La Agenda 2030 abrió el camino hacia un enfoque integral centrado en las personas migrantes, en el que las políticas migratorias se articulan con el desarrollo, los derechos humanos y la cooperación internacional.
Un año más tarde, la Declaración de Nueva York para los Refugiados y los Migrantes (2016) consolidó la entrada de la migración en el ámbito multilateral. Reconoció el movimiento humano como una constante histórica, impulsado tanto por la búsqueda de oportunidades económicas como por la huida de conflictos, pobreza o violencia. Subrayó la contribución de los migrantes al crecimiento inclusivo y al desarrollo sostenible, y adoptó compromisos que abarcan tanto a refugiados como a migrantes, proponiendo una visión menos cerrada entre ambas esferas, con el objetivo de evitar la desprotección absoluta de quienes quedan fuera del ámbito del Derecho de Asilo.
El texto asumió el compromiso de «proteger la seguridad, la dignidad y los derechos de todos los migrantes sea cual fuere su estatus migratorio, en todo momento», así como de cooperar para garantizar una migración segura, ordenada y regular. En relación con los refugiados, reafirmó el marco del Derecho Internacional del Asilo y la necesidad de abordar las causas profundas de los desplazamientos: pobreza, inestabilidad y conflictos. La Declaración propuso así un programa de acción con dos ejes principales: reforzar la protección de migrantes y refugiados, y enfrentar las causas estructurales de los grandes desplazamientos. Estos objetivos dieron lugar a dos procesos paralelos de negociación: el Pacto Mundial sobre los Refugiados (PMR) y el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular (PMM).
Durante ese mismo período, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), fundada en 1951, se integró formalmente en el sistema de Naciones Unidas como organismo asociado. Mantuvo su carácter operativo y asumió un rol de coordinación dentro del sistema, así como de apoyo a los mecanismos previstos por la Declaración para «reforzar la capacidad de los países para abordar los desplazamientos causados por la pobreza, la inestabilidad, la marginación, la exclusión y la falta de oportunidades económicas y de desarrollo, especialmente entre las poblaciones más vulnerables».
Tanto la Declaración de Nueva York (2016) como el PMM son instrumentos jurídicos no vinculantes. No obstante, ello no les resta relevancia: se trata de los únicos documentos negociados intergubernamentalmente en materia de gobernanza global de la migración, y ambos han influido significativamente en la manera en que la comunidad internacional aborda la cuestión en el marco del multilateralismo. Este aspecto será retomado más adelante, junto con las tensiones y obstáculos que enfrenta el desarrollo de este primer espacio de cooperación multilateral en materia migratoria.
2. Los Pactos Mundiales de 2018: institucionalización débil del multilateralismo migratorio
El Pacto Mundial sobre los Refugiados (PMR), adoptado por la Asamblea General de Naciones Unidas en diciembre de 2018, se apoya en el Derecho Internacional del Asilo y busca hacer operativos sus principios mediante una cooperación estructurada que acerca al ámbito del desarrollo. Sus cuatro objetivos clave son: aliviar las presiones sobre los países de acogida; promover la autosuficiencia de las personas refugiadas; ampliar las soluciones basadas en la reubicación y otros mecanismos de protección; y favorecer condiciones para un retorno seguro y digno a los países de origen. El Foro Mundial sobre los Refugiados, que se reúne cada cuatro años, supervisa su implementación y mantiene vivo el compromiso con los objetivos del Pacto.
El Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular (PMM), aprobado en Marrakech en diciembre de 2018 y ratificado posteriormente por la Asamblea General de Naciones Unidas, constituye el primer marco global para la gobernanza de la migración internacional, aunque aún no cuente con fuerza normativa. Promueve una visión integral basada en los derechos humanos y la corresponsabilidad, estructurada en veintitrés objetivos operativos y un conjunto de medidas para su implementación. Su principio fundamental —que ningún Estado puede gestionar la migración de forma aislada— define la naturaleza cooperativa del nuevo enfoque y apuesta por un multilateralismo funcional, con capacidad para generar estándares, orientar políticas y construir legitimidad internacional. Llama a asumir la movilidad humana como una cuestión que desafía la soberanía estatal y requiere responsabilidad común dentro de un marco de gobernanza multilateral.
El PMM cuenta con una arquitectura de implementación que refuerza su vocación práctica. La Red de las Naciones Unidas sobre Migración, coordinada por la OIM, asegura la coherencia de las acciones del sistema de la ONU. El Mecanismo de Creación de Capacidades ofrece apoyo técnico y financiero a los Estados, y el Foro de Examen de la Migración Internacional (FEMI), de carácter cuatrienal, evalúa los avances y promueve el intercambio de experiencias. Estos espacios sostienen una gobernanza en red que, aunque carente de fuerza jurídica, produce convergencia en prácticas, discursos y cooperación técnica. El Foro Global sobre Migración y Desarrollo (GFMD), plataforma inicial del debate sobre migración en el marco de Naciones Unidas, con sus debilidades, sigue siendo un espacio de diálogo inclusivo liderado por los Estados y abierto a todos los sectores implicados.
El proceso de ratificación del PMM, sin embargo, evidenció dificultades ya conocidas, aunque con nuevas formas. Mostró cómo el debate migratorio puede ser instrumentalizado en los escenarios nacionales para debilitar los esfuerzos multilaterales. Estados Unidos se retiró del proceso bajo la primera administración Trump y varios Estados miembros de la Unión Europea rechazaron su ratificación, impidiendo una posición común. La politización fue intensa: en algunos países, el Pacto fue presentado como una amenaza a la soberanía o como un instrumento «proinmigración». En Bélgica, la controversia provocó incluso la caída del gobierno en 2019. Estos episodios ilustran cuán sensible sigue siendo la migración como terreno político, en el que las dinámicas internas que alimentan el conflicto pesan más que los incentivos a la cooperación internacional.
El proceso de negociación y ratificación del Pacto anticipó las resistencias que, pocos años después, marcarían la política internacional: la instrumentalización de la migración en los debates internos, el uso del miedo como herramienta política y la erosión del consenso multilateral en favor de enfoques de repliegue nacional. Aun así, el Pacto conserva un valor indiscutible: consolidó el principio de cooperación como necesidad estructural y dejó constancia de que la gobernanza de la movilidad humana solo puede construirse desde una visión compartida de los derechos y las responsabilidades globales. Señaló, además, una hoja de ruta posible.
3. Balance crítico: entre la aspiración y la fragmentación
Los objetivos del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular (PMM) siguen vigentes, y su contenido continúa orientando buena parte de las políticas migratorias. Aunque las dificultades surgidas durante su ratificación han eliminado las referencias explícitas al Pacto, muchas de sus propuestas se han mantenido. Lograr una «migración segura, ordenada y regular» y «abordar las causas profundas de la migración» se ha convertido en un lugar común, incluso entre quienes nunca ratificaron el PMM. No obstante, en el contexto actual, marcado por la tensión permanente entre la necesidad de cooperación y la reafirmación de la soberanía, estas referencias están envueltas en ambigüedades significativas.
El lenguaje del Pacto se construyó en el contexto de la crisis humanitaria de 2015 y 2016, aún bajo el impacto de la fotografía del cuerpo sin vida del pequeño Aylan Kurdi en una playa turca, símbolo extremo de su coste en vidas. En ese marco, una «migración segura» aludía de forma clara al deber de salvar vidas y proteger a las personas migrantes. «Migración ordenada» implicaba una gestión más eficaz y humana de los flujos, capaz de evitar sufrimiento y maximizar oportunidades, considerando los distintos intereses en juego. Sin embargo, en este tiempo, estos conceptos se han derivado hacia significados diversos y, en ocasiones, contrapuestos. «Seguridad» se utiliza tanto para referirse a la seguridad de las personas migrantes como a la seguridad de las fronteras. «Regularidad» se interpreta según la posición de los Estados: para los países de origen y tránsito, implica crear vías seguras y legales de movilidad; para muchos países de destino, se asocia al control de la migración irregular y a la exigencia de colaboración de los países emisores en su gestión.
El reconocimiento de la movilidad humana como una realidad estructural del mundo globalizado convive con políticas nacionales que la siguen tratando como una excepción o una amenaza. El enfoque de la «migración segura, ordenada y regular» ha perdurado, pero su aplicación práctica se ha vuelto más restrictiva. Esta variabilidad en las interpretaciones dificulta los diálogos migratorios e impacta en la implementación de políticas, que a menudo resultan limitadas, simbólicas o centradas en el corto plazo, con el riesgo de reducir la gobernanza migratoria a la lucha contra la criminalidad, dejando de lado la complejidad de la movilidad humana en el mundo actual.
El segundo gran eje del PMM —la necesidad de abordar las causas profundas de la migración— también se ha desdibujado. La expresión satisface tanto a quienes la interpretan como un medio para reducir las llegadas, como a quienes la entienden desde un enfoque de derechos y aspiración al bienestar en los países de origen. Este enfoque ha derivado, en muchos casos, en acciones de desarrollo que mantienen una relación débil con la realidad migratoria. La evidencia muestra que no existe una relación lineal entre desarrollo y migración en el sentido de que más desarrollo implique menos migración. Las iniciativas del llamado nexo entre migración y desarrollo se centran en el paradigma del desarrollo. Sin embargo, aún está pendiente trabajar desde el conocimiento de la migración, situar a las personas migrantes, reconocidas como actores del desarrollo, en el centro de estas acciones, acompañando sus propias estrategias.
A su vez, la visión instrumental de la ayuda al desarrollo —concebida como una moneda de cambio para obtener cooperación en control fronterizo— genera nuevas dependencias. Se trata de un proceso cuyas consecuencias a medio plazo, tanto para el desarrollo humano como para la gobernanza migratoria internacional (y la política exterior europea), aún no se han dimensionado plenamente.
Además de la pobreza, la Declaración de Nueva York y el PMM identifican la violencia y la inestabilidad como causas profundas de la migración. Guerras, conflictos armados y violencia generan, tarde o temprano, grandes desplazamientos. Sin embargo, este aspecto sigue sin integrarse en el ámbito de la seguridad global. La buena gobernanza y la posibilidad de cubrir las necesidades básicas que permite una vida digna, pilares de la estabilidad, suelen ignorarse o quedar subordinados a imperativos de orden y control a corto plazo. Por otro lado, las consecuencias del cambio climático en grandes regiones del mundo emergen como un factor cada vez más determinante de los desplazamientos forzados. Así, abordar las causas profundas de la migración en toda su dimensión es todavía un desafío pendiente.
El PMM constituye el único marco integral de cooperación multilateral sobre migración existente y conserva su valor como referente político y discursivo. Su potencial reside en la capacidad de articular principios comunes, generar convergencias y ofrecer un lenguaje compartido en un campo marcado por la fragmentación y el disenso. No obstante, también evidencia los límites del sistema internacional: aunque se ha avanzado en la construcción de un lenguaje común y marcos de cooperación, no se ha logrado crear un régimen global efectivo. La gobernanza de la movilidad humana sigue siendo un terreno de promesas y resistencias, donde los instrumentos multilaterales coexisten con la primacía de enfoques regionales y nacionales.
La siguiente sección examina precisamente la experiencia de la Unión Europea, que —con todas sus contradicciones— representa el experimento más avanzado de gobernanza supranacional en materia migratoria.
La Unión Europea tiene entre sus mayores logros haber establecido un régimen de libre circulación interior, desmantelando fronteras históricas y construyendo el sistema regional de cooperación transfronteriza más desarrollado del mundo. Este avance implicó asumir de forma conjunta la gestión de las fronteras exteriores y armonizar, al menos parcialmente, las políticas de migración y asilo. Sin embargo, las dificultades han sido persistentes, tanto en el plano interno como en su dimensión exterior.
En coherencia con su naturaleza y de acuerdo con sus propios intereses, la Unión Europea se ha definido desde sus inicios como defensora del multilateralismo y del orden internacional basado en normas, también en el ámbito migratorio.
La UE impulsó la inclusión de la migración en la Agenda 2030 y en la Declaración de Nueva York de 2016, defendiendo la necesidad de un marco global que vinculase movilidad, derechos y desarrollo. Durante la negociación del PMM, tanto la Comisión Europea como el Servicio Europeo de Acción Exterior desempeñaron un papel relevante, promoviendo una visión de cooperación internacional alineada con los valores fundacionales de la Unión y con sus intereses inmediatos, especialmente tras la crisis de 2015 que puso en evidencia las debilidades de la política común de migración y asilo. Avanzar hacia una responsabilidad compartida —en el sentido ya definido— era visto por la Unión como parte de la salida. A largo plazo, permitía reforzar la relación con los países terceros, fundamental para la gestión de las políticas europeas de migración y asilo.
Desde la entrada en vigor del Tratado de Ámsterdam, todas las iniciativas de la Unión en materia migratoria —desde el Acuerdo de Tampere hasta el recién adoptado Pacto Europeo de Migración— han insistido en la necesidad de reforzar la cooperación con los países de origen y tránsito. En línea con esta visión, la UE ha canalizado recursos y diseñado programas de acción exterior que combinan desarrollo, protección, mecanismos de control de los tráficos y de las fronteras en origen, y aceptación de los retornos de personas en situación irregular. Encajar esta política en un sistema de gobernanza multilateral, en el que los países de origen aceptaban una migración ordenada —que incluía responsabilidades en el control y la aceptación de retornos— a cambio de que se contemplaran también sus propias necesidades, entre ellas la posibilidad de una migración regular, resultaba clave para la propia Unión.
Sin embargo, el proyecto de una Europa unida y sin fronteras interiores —que pretendía reforzar su proyección internacional mediante la cooperación y el compromiso con el multilateralismo— ha coexistido siempre con resistencias nacionalistas. Estas se expresan con especial intensidad en los ámbitos considerados consustanciales a la soberanía estatal: la política exterior y el control del territorio. La migración está en el centro de esta tensión.
La virulencia del debate sobre el PMM durante los procesos de ratificación en algunos Estados miembros, en paralelo al rechazo frontal del mismo por parte de la administración Trump, anticipó una tendencia hoy consolidada en Europa: la instrumentalización política de la migración y de las personas migrantes, disociada de los múltiples factores que configuran las migraciones internacionales y su papel en el mundo contemporáneo.
Las resistencias de estos años han desembocado en una oposición frontal que reclama la renacionalización de las políticas migratorias. Bajo la promesa de «recuperar el control» se busca subordinar el enfoque supranacional y multilateral a objetivos estratégicos de contención y estabilidad que —contra toda evidencia histórica— se presentan como más alcanzables desde el repliegue nacional.
Aun así, la necesidad de gobernar las migraciones permanece. La Unión ha dedicado más de un lustro a elaborar el nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, concebido para restaurar la confianza erosionada tras la crisis anterior y avanzar hacia una arquitectura jurídica y política común. Como sus predecesores, el Pacto condiciona su eficacia a una dimensión exterior de la política migratoria, que proclama como imprescindible pero no termina de definir. En un marco multilateral debilitado, su acción exterior se decanta casi exclusivamente por el bilateralismo selectivo y los acuerdos de contención: un recurso que siempre ha estado presente y cuyas limitaciones son bien conocidas.
A pesar de la oposición —y, en algunos casos, el rechazo visceral— que ha generado, el Pacto Europeo es ya una realidad. Con todas sus limitaciones, su complejidad extrema y los retrocesos en la consolidación de un sistema basado en el Derecho de la Unión, representa el último intento de restaurar una gobernanza común. Por su parte, el Pacto Mundial sigue siendo un instrumento disponible, una hoja de ruta vigente, también para orientar la acción exterior europea.
No podemos anticipar cuál será el futuro de la migración en un marco multilateral hoy inestable, pero nos atrevemos a esbozar algunos escenarios.
La última década ha demostrado que la gobernanza de la migración es uno de los campos más sensibles del orden internacional contemporáneo. Aunque la interdependencia es evidente, la voluntad política para construir marcos sostenidos de cooperación sigue siendo débil. Las tensiones que atraviesan tanto a la Unión Europea como al sistema de Naciones Unidas anticipan dilemas globales: gestionar la movilidad humana exige acuerdo, corresponsabilidad y acción concertada, mientras que las políticas nacionales, en las que la migración es un elemento de confrontación que erosiona el apoyo a la cooperación internacional, se orientan a priorizar el corto plazo y el control.
De esas tensiones se derivan tres posibles trayectorias para el futuro del multilateralismo migratorio:
Escenario 1: Repliegue nacional, bilateralismo y regionalismo fragmentado
En este primer escenario, el multilateralismo migratorio se debilita y el desorden crece. Los Estados priorizan acuerdos bilaterales o regionales centrados en control y retorno, mientras los foros multilaterales pierden capacidad de influencia. La cooperación se limita a objetivos funcionales —gestión fronteriza, readmisión—, desvinculados de cualquier marco de derechos o responsabilidad compartida.
Este modelo prolonga la tendencia actual a relaciones meramente instrumentales. Los países de destino utilizan la ayuda, el comercio o el respaldo diplomático como incentivos para obtener colaboración en control migratorio; los países de origen o tránsito, por su parte, emplean la migración —y a las personas migrantes— como moneda de negociación. El objetivo de trasladar el control fronterizo a terceros países, al margen de una gobernanza común, se consolidaría como norma.
Las consecuencias serían claras: aumento de la desigualdad en la protección, fragmentación normativa, competencia entre modelos regionales y debilitamiento del Derecho Internacional del Asilo. La gestión de la movilidad humana se convertiría en un mosaico de regímenes ad hoc, con legitimidad limitada y riesgo creciente de crisis recurrentes. La Unión Europea seguiría dependiendo de sus capacidades y las de sus Estados miembros para desplegar su agenda internacional.
Escenario 2: Consolidación de un multilateralismo funcional
En este escenario, la comunidad internacional consigue mantener un multilateralismo funcional, basado más en la cooperación práctica que en normas vinculantes. Se prolonga así la lógica del PMM: compromisos políticos, mecanismos de revisión periódica y alianzas temáticas entre Estados, organizaciones internacionales y actores locales, dentro o fuera de los marcos del propio Pacto, según su ratificación.
La gobernanza migratoria se apoya en instrumentos no normativos, foros de evaluación y redes de intercambio de buenas prácticas. Organismos como OIM, ACNUR, OIT y alianzas regionales desempeñan un papel articulador. Este modelo tiene la virtud de ser realista y adaptable: no exige reformas institucionales profundas, pero mantiene viva la cooperación y favorece una convergencia progresiva de políticas.
Su debilidad, sin embargo, radica en la dependencia de la voluntad política y de los recursos de los Estados. En ausencia de mecanismos de cumplimiento, la cooperación tiende a limitarse a lo que no genera costes internos o electorales. La migración continúa siendo un terreno de política reactiva, más que de planificación, y el equilibrio entre derechos y control permanece frágil.
Escenario 3: Hacia una gobernanza global más estructurada
El tercer escenario, más ambicioso, implicaría avanzar hacia una gobernanza global más formalizada y normativa, apoyada en instituciones y mecanismos de cumplimiento progresivo. No supondría necesariamente la creación inmediata de un régimen jurídico vinculante, pero sí el fortalecimiento del marco actual: dotar al PMM de mecanismos más robustos de seguimiento, ampliar el mandato de la OIM y establecer principios comunes de responsabilidad compartida traducidos en políticas concretas.
Este modelo requeriría una alianza política entre regiones dispuestas a sostener la agenda multilateral —UE, América Latina, Unión Africana, ASEAN— con el acuerdo de sus Estados, y podría vincular la gobernanza migratoria con otros objetivos globales como el trabajo decente, la adaptación climática o la reducción de desigualdades.
Para ello, sería necesario reconfigurar la narrativa: sustituir la lógica de la crisis por la del fenómeno estructural, y entender la movilidad como parte del desarrollo humano, no como disfunción del sistema, y cambiar el debate migratorio en el espacio político. Los intereses de los países receptores —que seguirán necesitando gobernar flujos migratorios— y de los países de origen podrían abordarse, como lo hace el PMM, desde una lógica de sostenibilidad y corresponsabilidad. Para la Unión Europea, este escenario establecería un marco que podría facilitar el despliegue de la dimensión exterior del Pacto Europeo, que requiere, en última instancia, la cooperación efectiva con terceros Estados. ❡
La gobernanza global de la migración no es una opción moral ni una aspiración idealista: es una condición estructural de la interdependencia contemporánea. Las migraciones, tanto voluntarias como forzadas, seguirán produciéndose, como ha ocurrido a lo largo de la historia, con fases de mayor o menor intensidad. Ningún Estado puede gestionar por sí solo los movimientos humanos que surgen de la desigualdad, el cambio climático, los conflictos o las transformaciones demográficas.
Los marcos multilaterales incipientes —hoy debilitados— representan un acuerdo mínimo para reducir los desplazamientos forzados causados por la violencia, la inestabilidad o la pobreza, y para gobernar las migraciones sobre la base de la protección de las personas y el reconocimiento de su papel en el desarrollo global. La ausencia de mecanismos cooperativos eficaces no solo aumenta el sufrimiento y la vulnerabilidad, sino que debilita la legitimidad del sistema internacional y alimenta un círculo vicioso de desconfianza y bloqueo político en torno a la migración.
El rumbo futuro dependerá, en parte, del lugar que ocupe la migración en las arenas nacionales y del uso que se haga de ella. También dependerá de cómo los actores globales —la UE, pero también América Latina, África y otros bloques— decidan politizar o no la cuestión migratoria en sus relaciones exteriores. Una parte clave del debate se juega hoy en el interior de la Unión Europea, y de su resolución dependerá en gran medida el futuro de una Europa sin fronteras, hoy gravemente erosionada. Incluso una aplicación mínima del Pacto Europeo de Migración y Asilo exigirá cooperación internacional sostenida. Si los gobiernos y las instituciones logran reconstruir confianza y coherencia —la Unión Europea es clave en este ejercicio— la migración podría pasar de ser un factor de fractura y polarización a convertirse en un campo de renovación del multilateralismo. Solo un enfoque basado en corresponsabilidad, derechos y cooperación efectiva permitirá transformar la migración en un pilar de gobernanza global, clave de la estabilidad a largo plazo.
La imagen de este artículo procede de Shutterstock / Pressmaster y se puede consultar aquí.