Margaret Thatcher: sus años en Downing Street

Victor Torre de Silva

Título: The Downing Street years
Autor: Margaret Thatcher
Editorial: Harper Collins
Publishers, Nueva York 1993
914 páginas, 3.025 pesetas


Todavía está fresco el recuerdo del bombardeo de Libia en abril de 1986, llevado a cabo por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Cinco objetivos fueron atacados por aviones americanos (principalmente F-111 con base en el Reino Unido). Varias dependencias del palacio presidencial, residencia del Coronel Muammar Gaddafi, quedaron gravemente dañadas. Se trató de una acción militar cuidadosamente estudiada, cuya finalidad era golpear al terrorismo internacional en la cabeza de uno de los países que conocidamente lo favorecían.

La descripción de cómo se dispuso la operación constituye una de las partes más interesantes de las recientes memorias de Margaret Thatcher. Dudas, vacilaciones, consultas por teléfono, presiones, estudio de la opinión pública integran un relato vivo y ameno de cómo se toman este tipo de decisiones en nuestro complejo mundo. Es además una buena ocasión para conocer ciertas posturas de las autoridades españolas en política exterior, que hasta ahora permanecían en la oscuridad. En particular, en la página 446 del libro se relata cómo el Gobierno español autorizó a que los aviones sobrevolasen el territorio nacional… ¡siempre y cuando nadie lo llegara a saber! Se trató sin duda de una aplicación rigurosa del principio básico de geoestrategia: «ojos que no ven, corazón que no siente».

Muchas son las cualidades de la autobiografía de Lady Thatcher. Presenta una descripción en primera persona de los años en que ocupó el puesto de «Prime Minister», 1979-1990. Se trata de un período aún abierto, que casi forma parte de nuestro presente. Para España, son los primeros años de andadura de la Constitución, de las victorias electorales de UCD y del PSOE y de la entrada en la OTAN y en la Comunidad Europea. En Gran Bretaña se produjo entonces una verdadera «revolución» en favor del libre mercado, pronto seguida en Estados Unidos, que ha influido incluso en gobiernos que conservan el nombre de socialistas. Esta revolución fue en gran medida consecuencia de la tenacidad de una persona, Margaret Thatcher, que con fortaleza y clarividencia preparó el relevo del partido laborista.

A la vista de los resultados en España de las últimas elecciones al Parlamento Europeo, tal vez sea éste un buen momento para detenerse a considerar los aciertos y los fallos de aquellos partidos que han llegado al poder, tras años de socialismo, con la pretensión decidida de dar un impulso distinto al país y de componer más de un desarreglo. Tres «recetas», al menos, enseñan las memorias de Thatcher:

  1. La elaboración de un plan de gobierno muy preciso, madurado y discutido cuando aún se encontraba en la oposición. No era una mera relación de objetivos (léase, buenos deseos), sino que abarcaba los medios concretos que debían emplearse y el orden en el que debían acometerse. Simplificando mucho, puede decirse que las cuestiones económicas -inflación, déficit presupuestario…- centraron los dos primeros mandatos de Thatcher (1979-83 у 1983-87), aunque el segundo profundizó en las cuestiones «estructurales» (privatizaciones, fin de la «sindicatocracia» y eficiencia de la administración local). En el tercer mandato (1987-1990) cobraron especial protagonismo asuntos de corte «social» como la educación y la vivienda.
  2. Constancia a prueba de desánimo. A los países enfermos les ocurre lo que a las personas: el medicamento es amargo, el tratamiento incómodo y sus efectos tardan demasiado en percibirse. Por esto importa sobremanera no rechazarlos apenas se han probado. A fin de cuentas, las pastillas dulces al paladar suelen ser caramelos y no medicinas. Cuanto más grave es una situación, más razones hay para pensar que el remedio no será inmediato. El capítulo V del libro («Not for Turning») muestra cómo Lady Thatcher supo esperar. Las dificultades económicas del período 1980-81 no hicieron flaquear a la «dama de hierro». Las tentaciones de abandonar el programa de contención del gasto público y de control de la inflación eran tanto más atractivas cuanto que estaban apoyadas por miembros influyentes del propio Partido Conservador. Sin embargo, la constancia tuvo su fruto: «los años ochenta constituyeron una década de gran prosperidad económica, en la que Gran Bretaña no sólo creció, sino que lo hizo a un ritmo mayor que el de los demás países de la Europa rica».
  3. Caudal inagotable de nuevas ideas. Uno de los riesgos de todo partido que gobierne durante varios años es el tedio. Los proyectos se acaban, las personas se «queman», y la rutina, en una palabra, termina dictando la marcha del país. Se practica la política del bombero (apagar fuegos). El corto plazo y el escepticismo hacen que el hombre de Estado se transforme en el hombre del «estadillo». No ocurrió esto con la señora Thatcher. Y no es que fuera ella misma un torrente de iniciativas: la dama de hierro ponía a pensar a las personas que le rodeaban. Nunca uno de sus ministros tenía la seguridad de que ella aceptaría lo que se le presentaba. La contestación podía muy bien ser: «Traiga otras propuestas distintas». Además, la Primer Ministro «ponía a pensar» a la gente apropiada. En una ocasión buscó un grupo de personas que reflexionaran sobre la Unión Soviética en términos muy generales (corría 1983). En vez de una lista de las cabezas mejor preparadas en relación a la Unión Soviética, le presentaron una lista de las cabezas mejor preparadas del Ministerio de Asuntos Exteriores, que era una cosa bien diferente. Su respuesta no se hizo esperar:

«Esto NO es lo que yo quería. No me interesa recolectar a todos los que han tenido contacto con la Unión Soviética en el Ministerio de Asuntos Exteriores (hayan sido directores generales o no). El Ministerio tiene que ayudar a preparar las cosas. Lo que yo quiero es algunas personas que hayan estudiado en profundidad a Rusia -el espíritu ruso- y que hayan tenido cierta experiencia personal viviendo allí. Más de la mitad de las personas de la lista que me han presentado saben menos que yo del tema» (p. 451).

Las memorias de Margaret Thatcher tienen una dimensión de la que carecen, en ocasiones, otros libros de su género. Se trata de una obra en que se relatan hechos de no pequeña importancia para la Historia de nuestro fin de siglo. Su visión de la guerra de las Malvinas, por ejemplo, ayuda a familiarizarse con un episodio olvidado quizás demasiado pronto por la opinión pública. Cualquiera que sea su valor para los estudiosos de la ciencia histórica, es apasionante conocer cómo el Reino Unido supo con dos días de antelación que Argentina iba a invadir las islas el viernes 2 de abril de 1982, e inmediatamente -sin esperar siquiera a la invasión-, el Jefe del Estado Mayor de la Armada recibió órdenes de organizar una flota para reconquistarlas.

Por encima de datos de interés histórico y de lecciones políticas de mucha utilidad, The Downing Street Years es un retrato vivo de una mujer con una rica personalidad. Aunque quedan al margen de las memorias muchas cuestiones de su «vida privada» (las menciones de sus hijos son escasísimas), no dejan de traslucir detalles significativos que proyectan su influencia sobre su vida pública, como su compenetración con Mr. Denis Thatcher o su cristianismo -llega incluso a afirmar que toda su filosofía política está fundada en los valores de la tradición judeo-cristiana, y no oculta que acudió a la iglesia el último domingo antes de su dimisión-. A través de las páginas de sus memorias, Lady Thatcher expone con naturalidad sus principales convicciones: fe en la responsabilidad del individuo, en la sociedad y en la empresa privada, preferencia del libre mercado y del libre comercio frente a la economía centralizada, creencia en el papel preponderante de los estados nacionales dentro de la Comunidad Europea, importancia de la lealtad a la alianza del Reino Unido con los Estados Unidos, firmeza inquebrantable ante el terrorismo, necesidad de una dotación suficiente a las Fuerzas Armadas que conjure amenazas contra la paz…

Se discrepe o no de los principios de Lady Thatcher, el vigor con que son defendidos y las razones teóricas y prácticas que se proporcionan como justificación consiguen cautivar al lector de sus memorias.