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Ver productosLa armonía universitaria se puede y se debe conseguir sobre la base de la madurez ciudadana y del disenso, afirmó Vicente Bellver en el congreso «Universidad, quo vadis?»

11 de febrero de 2026 - 4min.
Vicente Bellver. Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Valencia. Fue uno de los ponentes del congreso Universidad, quo vadis? celebrado los días 6 y 7 de febrero en Madrid.
Avance
Si una empresa invita a alguien a pronunciar una conferencia, normalmente le paga bien y le trata bien, afirmó Vicente Bellver. En la universidad, hay estudiantes que cancelan a determinados ponentes, no con argumentos sino con insultos, y hay sesgos en la propia dirección de la institución para elegir a unos y no a otros. Es lo más contrario a una entidad que pretenda «conservar el saber y aproximarse cooperativamente a la verdad».
Jordan Peterson, exprofesor de Psicología en la Universidad de Toronto, y Charlie Kirk (asesinado) son casos famosos internacionales de lo dicho. En España, siendo muy breves en la enumeración, se puede mencionar a Juan Soto Ivars, objeto de escraches por su libro Esto no existe, en el que denuncia que la ley sobre la violencia de género tiene efectos colaterales sumamente injustos.
ArtÍculo
Vicente Bellver dividió su ponencia en cuatro partes: 1) la importancia de la palabra; 2) el derecho a la libertad de expresión y la trascendencia que tiene la consagración de este derecho; 3) la deconstrucción, una de las causas del cercenamiento a la libertad de expresión; y 4) las falsedades del discurso de la cancelación, «especialmente insidiosas porque son en parte verdaderas».
El ser humano es tecnológico por naturaleza. Pues bien: «El primero de los desarrollos tecnológicos fue precisamente la palabra», y el más importante. La palabra nos permite tomar conciencia de nosotros mismos, aproximarnos a la realidad, relacionarnos con otros y generar un conocimiento que se transmite de generación en generación. La palabra, «sin entrar en cuestiones teológicas», subrayó Bellver, va a la par que la vida, porque deseamos «una vida con sentido, que nos la procura la palabra». Por eso Pedro Salinas decía que «persona que habla a medias, piensa a medias y existe a medias». Así pues, según Bellver, una misión fundamental de la universidad es enseñar a hablar y a pensar. De ahí que haya que garantizar la libertad sobre el ejercicio de esa palabra.
John Stuart Mill, recordó Bellver, sostiene una posición casi irrestricta en defensa de la libertad de expresión. «No hay que tenerle miedo a la libertad de expresión —comentó Bellver repitiendo a Stuart Mill— porque si uno dice tonterías, argumentando en contra se le pone en evidencia, y si dice algo mínimamente lúcido, nuestro punto de vista mejorará con su aportación». El único límite es el principio de daño: libertad para hacer lo que se quiera siempre que no se perjudique la igual libertad de otros para lo mismo.
Franklin D. Roosevelt pronunció en 1941 el Discurso de las cuatro libertades: la libertad frente al miedo, la libertad frente a la necesidad, la libertad de expresión y la libertad para adorar a Dios. «Son tan afortunadas —señaló Bellver—que quedaron recogidas en el preámbulo de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948). En el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966) se recoge el derecho a la libertad de expresión y se hace en los siguientes términos: nadie puede ser molestado a causa de sus opiniones. «Sencillo y qué difícil de conseguir», advirtió Bellver.
Este derecho incluye la libertad para buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole. El ejercicio de este derecho entraña deberes y responsabilidades, como «respetar los derechos y la reputación de los demás», subrayó el ponente. Pero las restricciones no pueden ser arbitrarias.
La Constitución española, en su artículo 20, recoge el derecho a la libertad de expresión e incorpora un apartado donde se reconoce el derecho a la libertad de cátedra.
Esta corriente filosófica la puso Bellver en relación con el lenguaje políticamente correcto y con que las falsedades máximamente eficaces entrañan un núcleo de verdad. «Somos vulnerables», sí. Pero ante la vulnerabilidad, ¿no exponemos a nadie a nada que le pueda incomodar? ¿Que prime el razonamiento emocional? ¿Hemos de ver el mundo en clave dicotómica, los unos y los otros, los buenos y los malos? Si lo aceptamos, se deteriora el clima de la universidad. Así, «la posibilidad de que haya un libre intercambio de ideas con quienes han pensado en el pasado, o quienes lo quieren hacer libremente en el presente, queda prácticamente cancelado».
La aspiración de todo ser humano y de todas las sociedades es la paz. La paz en la universidad y en la sociedad se puede alcanzar de dos maneras, concluyó Bellver. Una, al modo de «los cementerios», a la manera de «las ideologías totalitarias que se imponen a los demás». Es «una tentación que siempre ha estado presente». La otra se edifica con la convivencia del disenso, que no puede ser absoluto «porque si es absoluto no hay un lugar donde encontrarse». Pero debe ser «muy amplio». La convivencia del disenso «exige una gran madurez ciudadana y un gran compromiso universitario. Reclama que se esté dispuesto a escuchar argumentos que de entrada nos pueden repeler», pero no tanto como para que no nos fijemos «en la persona que los dice», y «por consideración hacia ella» los tengamos en cuenta. Exige también «tratar de desmenuzar las razones por las cuales no compartimos» su discurso.
Jordan Peterson hablando en una manifestación por la libertad de expresión en la Universidad de Toronto. Foto: Quist. Archivo en Wikimedia Commons bajo licencia CC-BY-SA-4.0. Se puede consultar aquí.
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