Lecciones de «El gatopardo» para una Unión Europea en la encrucijada

Los europeos no quieren que el continente se convierta en una periferia gobernada por otros, como la Sicilia descrita por Lampedusa

Fotograma de «El gatopardo», de Luchino Visconti. © 20th Century Fox
Fotograma de «El gatopardo», de Luchino Visconti. © 20th Century Fox
Nueva Revista

Joseph de Weck. Historiador y politólogo. Director del departamento de Europa en Greenmantle, consultora de riesgos geopolíticos y macroeconómicos. Miembro del Instituto de Investigación de Política Exterior.

Avance

Europa cada vez recuerda más al decadente príncipe Salina, de la novela El gatopardo (1958). Su participación en el PIB mundial cae, su influencia geopolítica disminuye y se muestra frágil y acobardada frente a Rusia, China y EE. UU. (equivalentes a los chacales de la novela). Moscú busca reafirmar su hegemonía en el Este; Pekín quiere la industria europea; Washington exige obediencia y Groenlandia; en tanto que Bruselas desmantela la legislación climática que aprobó hace apenas unos años, mientras se esfuerza por apaciguar a Trump. Poco queda de la dignidad europea, concluye Joseph de Weck, el autor de la comparación literaria, en un artículo publicado en The Guardian.

¿Resistencia o rendición pragmática?

Coincide esta sensación de declive con la reciente adaptación de Netflix de la novela escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). Que, a su vez, ya fue versionada para la pantalla grande por Luchino Visconti, en 1963, con Burt Lancaster, en el papel del príncipe Salina, y Alain Delon, como su arribista sobrino Tancredi. La obra, resume Joseph de Weck, narra el declive de una familia aristocrática siciliana en 1860, cuando Garibaldi llega con su ejército a la isla, para unificar Italia y acabar con el viejo régimen feudal. La novela refleja «la mentalidad de las élites que presienten que su mundo se acaba, pero están dispuestas a ceder y harán casi cualquier cosa para prolongar su poder». El príncipe Salina comprende que su estilo de vida fenece. «Todo tiene que cambiar para que todo siga igual», declara su sobrino, Tancredi, instando a su tío a alinearse con el nuevo orden económico y político. Y el orgulloso príncipe se siente atraído por la dignidad de la resistencia, pero no puede escapar de la lógica de la rendición pragmática con la esperanza de retrasar la decadencia de su familia.

Competencia de nostalgias

«Los europeos también sienten que la historia se mueve en su contra», observa el autor. La política se ha convertido en «una competencia de nostalgias»: la derecha populista en ascenso sueña con un pasado nacionalista imaginario, mientras que «la corriente política dominante europea se comporta como el propio Salina, intentando prolongar el presente mediante la adaptación táctica: más deuda por aquí, recortes sociales por allá, desregulación y, sobre todo, cediendo ante el rey Trump, quien trolea a los líderes de la UE en redes sociales y los insulta abiertamente llamándolos “débiles”».

Este «declive controlado supera la arrogancia seguida del colapso. Pero existe una alternativa tanto a la negación como a la acomodación». Contamos, para empezar, con principios como la democracia, el Estado de derecho, un aparato estatal al que no debemos temer y el principio de soberanía territorial. Y acabamos de ver que «plantar cara a Trump por los aranceles que amenazó con imponer sobre Groenlandia dio sus frutos. Unida, Europa es todo menos débil».

Además, «los europeos no quieren que el continente se convierta en lo que Sicilia es para Italia en El gatopardo: una periferia gobernada por otros». Al menos eso reflejan las encuestas: el 76 % de los ciudadanos europeos rechazaron el humillante acuerdo comercial del verano pasado con Trump, y el 81 % quieren que la UE construya una política común de defensa y seguridad. Con un 74 %, la aprobación de la UE nunca ha sido tan alta. Y mientras la guerra de Rusia entra en su quinto año, la opinión pública europea mantiene su compromiso con Ucrania.

Preservar la capacidad de Europa para elegir su propio futuro requiere una UE más fuerte y democrática. Y en eso estamos, porque no es fácil. Ursula von der Leyen ha instado en Davos a abandonar la nostalgia en nombre de la construcción de una Europa recién independizada. Al menos, «cada humillación a manos de Trump, Xi Jinping y Putin hace que los europeos sean más receptivos a este caso».

«Europa no está necesariamente perdida si sus dirigentes aprenden las lecciones correctas de El gatopardo». Pero antes convendrá hacerse un par de preguntas, detalla el autor: «¿Están preparados nuestros líderes para impulsar el cambio en lugar de simplemente soportarlo pasivamente? O como el príncipe Salina, «¿se apartan de la lucha, a la espera de la muerte, bajo ese lema tan aristocrático como irresponsable: après moi, le déluge?».

El artículo de Joseph de Weck se publicó en The Guardian el 26 de enero. Se puede consultar aquí.

Imagen de cabecera: Los actores Claudia Cardinale (Angélica) y Alain Delon (Tancredi) en El gatopardo (1963), adaptación cinematográfica de la novela de Lampedusa.