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Ver productosEn la Unión Europea, la vecindad sur ha ido perdiendo consistencia y se ha ido convirtiendo «de facto» en una mera dimensión de la política exterior

4 de febrero de 2026 - 11min.
Pablo Rupérez Pascualena. Director para asuntos europeos en LLYC. Profesor asociado en la Universidad San Pablo-CEU. Economista. Diplomático con más de 20 años de experiencia en el ámbito de las relaciones internacionales.
Avance
Vecino es quien «habita con otros en un mismo pueblo, barrio o casa», según la Real Academia Española. También el que se considera «cercano, próximo o inmediato en cualquier línea». Durante las últimas dos décadas, la Unión Europea ha tenido una política de vecindad clara, derivada de los cambios de 2004, cuando la entrada de diez nuevos estados miembros reconfiguró sus fronteras. La idea central era que existía una única vecindad, con una dimensión oriental y otra meridional.
En la actualidad, la UE atraviesa una profunda transformación y la política de vecindad no ha quedado al margen. Si anteriormente la vecindad significaba proximidad, vínculo y cooperación, desde la guerra en Ucrania este modelo se ha resquebrajado. Por un lado, la vecindad este se ha transformado en un proceso de mera ampliación, tras la concesión del estatus de país candidato a Ucrania, Moldavia y Georgia. Paralelamente, la vecindad sur se ha ido diluyendo. Casi nadie en Bruselas utiliza ya ese término, absorbido por categorías como «región MENA» (Oriente Medio y Norte de África) o «vecindad sur ampliada», que incluye los países del Golfo.
Esta separación se refleja incluso en el organigrama institucional: ya no existe una Dirección General de Vecindad, sino una comisaria responsable de la vecindad este, y otra del Mediterráneo. Es posible que la división llegue a los próximos presupuestos.
Los cambios no son solo en Europa. Los gobiernos de los países del sur del Mediterráneo han reforzado relaciones con China y ganado peso en plataformas del Sur Global como los BRICS. La reacción de la UE se ha materializado con el Pacto por el Mediterráneo. En él parece haber desaparecido completamente la dimensión de cooperación al desarrollo, democracia y derechos humanos, mientras que la de migración ocupa un lugar predominante. Sin embargo, asumiendo que los tiempos han cambiado, será necesario que la UE siga prestando atención a la vecindad sur, sin ceñir la visión al enfoque migratorio y de seguridad, e incluya otras dimensiones y proyectos compartidos con quienes siguen siendo sus vecinos.
ArtÍculo
Esta Unión Europea que ha celebrado en 2025 el 75º aniversario de su momento fundacional, la Declaración Schuman, está viviendo un proceso de profunda mutación como respuesta al triple impacto que ha sufrido en los últimos años: el retorno de la guerra a Europa con el conflicto de Ucrania, la erosión del vínculo transatlántico con la Era Trump 2.0 y la evidencia de su declive tecnológico y económico frente a EE. UU. y China.
Esa mutación se puede percibir en múltiples ámbitos: en seguridad y defensa, en el futuro presupuesto europeo, o en la política comercial, y también en una de las políticas más relevantes de las últimas décadas, la política europea de vecindad.
De acuerdo con la Real Academia Española, vecino es el que «habita con otros en un mismo pueblo, barrio o casa», aunque también es el que se considera «cercano, próximo o inmediato en cualquier línea». Dos ideas por tanto permean en esa definición: la de compartir y habitar un espacio común, y la de tener una cercanía y proximidad cierta.
Durante los últimos 20 años, la Unión Europea tuvo una política de vecindad clara, provocada en gran medida por la nueva realidad creada en 2004 por la ampliación al este y al sur, en la que la entrada de diez nuevos estados miembros reconfiguró las fronteras de la Unión. El paradigma central era que existía una vecindad, una única vecindad, que tenía una dimensión oriental y una dimensión meridional. Un amplio arco de países1 que eran nuestros vecinos, y con los que por tanto compartíamos un espacio común, y por ende también intereses y desafíos. Así, la UE de forma consensuada fue desarrollando con sus vecinos una política centrada en temas como el desarrollo económico y el empleo, la conectividad del transporte y la energía, la migración, la movilidad o la seguridad. Pero sin olvidar otras dimensiones, como la promoción de la democracia, el Estado de Derecho y los derechos humanos.
Los países de la vecindad, de gran importancia para la Unión, se ubicaban así a medio camino entre los países de la ampliación (inmersos en una lógica diferencial, ya que estaban en el camino de ser «uno de nosotros», de entrar en la UE, y por tanto debían realizar una transformación profunda para poder cumplir con el acervo comunitario), y por otro lado los países «resto del mundo», de los que se ocupaba la política exterior y de seguridad común, por ser más lejanos y ajenos a la Unión.
La vecindad se articulaba como un espacio intermedio, pero que constituía un ámbito de confianza: no eran hermanos, pero tampoco eran extraños. Eran vecinos. Y, sobre la base de ese concepto, vinculado a la proximidad y el espacio común, se desarrollaban una serie de herramientas, fondos, y mecanismos de cooperación, en un enfoque integral que gozaba de un tratamiento diferenciado en los organigramas y las reuniones de las instituciones europeas.
Con el paradigma de la vecindad única, de alguna forma se equilibraban también las realidades e intereses de los estados miembros, más centrados en la «asociación oriental» en el caso de los estados miembros del este, y más orientados a la ribera sur del mediterráneo en el caso de los estados miembros del sur. Aunque siempre hubo tensiones respecto a la cantidad de atención y de fondos que ambas dimensiones recibían, la idea de lograr un deseable equilibrio en la vecindad estaba presente de manera permanente.
Sin embargo, desde la invasión de Ucrania por Rusia se ha venido provocando una mutación radical de la política europea de vecindad. Ambas dimensiones, vecindad sur y este, se han ido alterando y distanciando. Con la incorporación de Ucrania, Moldavia y Georgia al grupo de países candidatos, la vecindad este se ha vaciado de facto y convertido progresivamente en ampliación, recibiendo una mayor atención política y presupuestaria, pero al tiempo entrando en una lógica radicalmente diferente: la de la adhesión. Aunque, dada la complejidad política y procedimental de la ampliación y las resistencias que provoca en el seno de muchos estados miembros (y también de los candidatos), está por ver que ese esfuerzo por transformar la vecindad este en ampliación sea exitoso y no provoque una progresiva frustración ante la falta de avances.
Frente a ello, la vecindad sur ha ido perdiendo consistencia y relevancia, y se ha ido convirtiendo de facto en mera dimensión de la política exterior, y no precisamente una de las más prioritarias para la UE. De hecho, se está produciendo un curioso fenómeno: ya nadie habla de ella como tal. Ya no les llamamos vecinos (perdiendo así la idea de vínculo que esa palabra implica). Apenas se cita a la vecindad sur como tal en los discursos y documentos de la UE. Ahora hablamos de los «socios del Mediterráneo», la «región MENA» (Oriente Medio, Norte de África y Golfo), o incluso, ampliando el radio de atención, de la «vecindad sur ampliada» (wider southern neighbourhood, en inglés), en donde incluimos a países relevantes para la UE, pero que difícilmente podrían considerarse vecindad, como los del Golfo. Si la vecindad oriental va transformándose en ampliación, y la vecindad sur va quedando subsumida en un esquema mental MENA de política exterior, ¿dónde está la vecindad?
Por ejemplificar con un par de imágenes claras ese proceso de divorcio entre las vecindades y de cambios en su relevancia: en Bruselas ya no hay en la Comisión Europea un único comisario o una dirección general que se ocupen de la vecindad. Ahora hay una comisaria de ampliación (Marta Kos), que tiene a su cargo una dirección general de «ampliación y vecindad este», y por otro lado una comisaria para el Mediterráneo (Dubravka Šuica), que tiene a su cargo una dirección general de «Oriente Medio, África del Norte y Golfo», sin mención alguna a la vecindad sur en su nombre. Un ejemplo claro de cómo a veces los organigramas en Bruselas revelan los mapas mentales y las prioridades políticas.
Esta mutación en la política europea de vecindad también empieza a vislumbrarse en el futuro presupuesto de la UE. Aunque aún es pronto para tener certidumbre al respecto, dado que los debates sobre el futuro marco financiero plurianual están apenas comenzando, ya se aprecia que en las propuestas de la Comisión la vecindad este estará unida con la ampliación, dentro de un capítulo diferenciado dedicado a Europa en el futuro gran instrumento «Global Europe», mientras que los países de la vecindad sur (sin que se use ese nombre) estarán en un capítulo separado de dicho instrumento, que englobará Oriente Medio, África del Norte y el Golfo. El concepto de vecindad parece por tanto diluirse no solo en las palabras, sino también en las cifras.
En cualquier caso, debemos recordar que no solo hemos cambiado nosotros con el paso del tiempo. Los países de la vecindad sur también han cambiado mucho respecto a 1995, cuando la UE lanzó el Proceso de Barcelona. La política en la región se centra ahora mucho más en intereses de poder no occidentales, dinámicas intrarregionales, y rivalidades internas entre sus países.
En la última década los gobiernos árabes han estrechado relaciones con China a través de múltiples acuerdos, reuniones y cumbres. Egipto se ha unido al grupo de los BRICS, convirtiéndose en una referencia del llamado Sur Global. Los gobiernos del sur del Mediterráneo han diversificado sus relaciones exteriores y se sienten mucho menos necesitados del apoyo de la UE que antes. El equilibrio de poder ha cambiado, ya que la UE, por el contrario, se ha vuelto más dependiente de la «estabilocracia» en la región para la cooperación en migración, antiterrorismo y suministro de energía.
Ante la evidencia de los cambios que se están produciendo en la vecindad sur, y la necesidad de dar un nuevo impulso a las relaciones con los países de la zona, la Unión Europea está intentando reaccionar a través de las medidas incluidas en el Pacto por el Mediterráneo2.
Dicha comunicación de la Comisión y la Alta Representante, que ha sido respaldada por el Consejo de la UE mediante unas Conclusiones aprobadas el 20 de noviembre de 2025, se articula en torno a tres ejes: dimensión humana (con propuestas en educación, formación, empleo, juventud o cultura); economía (cubriendo cuestiones como comercio, inversiones, energía, economía azul, agricultura, o conectividad); y, por último, seguridad, resiliencia y gestión migratoria (con especial atención a cuestiones como las catástrofes en el Mediterráneo y un enfoque común de la migración). De forma notable, en este Pacto por el Mediterráneo parece haber desaparecido completamente la dimensión de cooperación al desarrollo, democracia y derechos humanos, mientras que la de migración sigue ocupando un lugar predominante.
Desde una perspectiva de conjunto, este Pacto por el Mediterráneo estaría estrechamente relacionado con los actuales debates en la Unión Europea respecto a la necesidad de avanzar en cuestiones como la autonomía estratégica, la seguridad económica, la «Europa geopolítica» y sobre todo en la necesaria adaptación a un nuevo orden mundial cada vez más transaccional y menos multilateral. Una reacción justificada e imparable. Sin embargo, será preciso un fuerte y sostenido compromiso político de la UE y sus estados miembros, que se traduzca también en una suficiente financiación, para poder pasar con este Pacto «de las musas al teatro».
Volviendo al lenguaje, tal vez con la política europea de vecindad sería conveniente recordar la conocida frase de Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Si limitamos nuestro lenguaje, y dejamos de llamar vecinos a los vecinos del sur, corremos el riesgo de limitar esa relación y el matiz de espacio compartido y de proximidad que implica. En las relaciones exteriores, el nombre que demos a las cosas importa. Llamemos vecinos a los vecinos.
Asumiendo que los tiempos han cambiado, como lo han hecho los vecinos de ambas riberas del Mediterráneo, más que nunca será necesario que la UE siga prestando atención a la vecindad sur, con compromiso político y con hechos tangibles, pero no ciñendo nuestra visión solo a un enfoque migratorio y de seguridad, sino incluyendo otras dimensiones donde podamos compartir proyectos con nuestros vecinos, como plantea acertadamente el Pacto por el Mediterráneo: sociedad civil, educación, empresas, o inversiones, sin olvidar cuestiones como los derechos humanos, la democracia o el estado de derecho, como ha recordado el Consejo de la UE en sus mencionadas Conclusiones.
En esta nueva era que ahora se vislumbra tendremos que seguir cuidando nuestra relación con los vecinos del sur. Sin olvidarnos de la ampliación y la vecindad este, pero buscando un necesario equilibrio entre ampliación y vecindad, y entre las dos dimensiones de la política europea de vecindad, oriental y meridional.
Desde una óptica española convendría tener siempre presente el proverbio bíblico según el cual en la vida puede ser más importante «un vecino cercano que un hermano lejano». Para España, la relación con sus vecinos del sur es esencial, y mucho más intensa en ocasiones que la relación con algunos de los estados miembros futuros o incluso actuales de la UE. No hay nada malo en recordarlo, subrayarlo y defenderlo de manera permanente en Bruselas.
Notas
Foto: La vicepresidenta de la Comisión Europea, Kaja Kallas (izq.) y Dubravka Šuica, comisaria europea para el Mediterráneo, en la rueda de prensa sobre el Pacto por el Mediterráneo, en octubre de 2025. Autor: Lukasz Kobus / © UE, 2025