Catherine L’Ecuyer: «La novedad por la novedad no tiene sentido. Es un concepto comercial, no educativo»

La directora de la Fundación CLE defiende una formación universitaria «clasicorrealista» que «transforme al que aprende»

Catherine L'Ecuyer, durante su ponencia en las jornadas «Universidad, quo vadis», una iniciativa de la Fundación CLE en el marco del Posgrado en Educación Clasicorrealista y Humanidades. Foto: cortesía de Ignacio Saavedra/CEU
José Manuel Grau Navarro

Catherine L’Ecuyer. Doctora en Educación y Psicología y directora de la Fundación CLE. Pronunció la conferencia «¿De dónde vienen las ideas lunáticas que encontramos hoy en la universidad?» el pasado 7 de febrero, en las jornadas Universidad, quo vadis?, una iniciativa de su fundación en el marco del Posgrado en Educación Clasicorrealista y Humanidades

Avance

A Catherine L’Ecuyer le preocupan el olvido y la defensa de la verdad en la universidad. Le sucede con frecuencia que llama a catedráticos para preguntarles por temas de su ámbito científico y «prefieren no opinar», por el temor a represalias de carácter más o menos político. Pero «si hay una verdad, hay que decirla, ¿no? », se interpela. En la mayoría de los congresos en los que participa, observa que «se construye la verdad a medida que se negocia una postura consensuada, con preguntas formuladas por personas que no saben». No se descubre la verdad, «se construye».

Ante la censura woke y la falta de valentía para difundir los puntos de vista propios, L’Ecuyer suscribe lo que propone Sian Leah Beilock, presidenta de Dartmouth College (EE. UU.): «Las universidades deben volver a centrar la educación superior en el aprendizaje, en lugar del postureo político».

En sus intervenciones a lo largo de las jornadas Universidad, quo vadis?, y en su propia ponencia, L’Ecuyer señaló que los progresistas suelen plantear el debate educativo como una pugna entre la educación vieja (el profesor aburrido, la clase magistral teórica, el alumno pasivo y no aprender) y la nueva, en la que el estudiante es el centro y el maestro desaparece dejando espacio a la inteligencia artificial y a otros métodos innovadores. Pero «la novedad por la novedad no tiene sentido. La novedad es un concepto comercial, no educativo». Según L’Ecuyer, esa pugna «es un falso dilema».

Para explicarlo, divide la educación en tres corrientes: mecanicista, romántica y clasicorrealista.

L’Ecuyer habla de educación mecanicista por analogía con una máquina programada. La artefacto es el alumno y el programador es el educador. El alumno resulta completamente programable. El ambiente y el profesor determinan todo lo que el estudiante aprende. Para esta corriente, la principal función de la escuela sería moldearlo y prepararlo para el mundo laboral.

John B. Watson, en Behaviorism (1924), afirma: «Dadme una docena de niños sanos, bien formados, y mi propio mundo específico para criarlos, y garantizo que tomaré a cualquiera de ellos al azar y lo formaré para que llegue a ser cualquier tipo de especialista que yo elija: médico, abogado, artista, gran comerciante». El conductismo (behaviorism) es adiestramiento y entra dentro de la corriente mecanicista, defiende L’Ecuyer. «A veces lo consideramos pasado de moda, erradicado de nuestras aulas». Pero hay «versiones modernas del conductismo, como los algoritmos».

Para el mecanicismo, «educar consiste en inculcar y estimular». La escuela y la universidad se reducen a lugares «de adiestramiento en competencias técnicas» y como mucho en agencias «de colocación para el mundo laboral».

En el lado opuesto está la corriente romántico-idealista. Aquí manda el constructivismo. «Postula que la realidad no existe de forma objetiva, sino que se construye». Solo «conocemos la representación que nos hacemos de ella». Marca el ritmo también el naturalismo: el niño lleva en sí y de forma innata la semilla del conocimiento, que se despliega sola, sin la ayuda de un educador o de una guía de trabajo. Hay en el naturalismo «desprecio al conocimiento, a la instrucción y a todo lo transmitido por la cultura», es decir, «a la herencia familiar, a la tradición y al conocimiento». No hay nada que conservar. Se entiende «lo transmitido como opresión». «Pensar y sentir es lo mismo y la abstracción es algo muy poco natural» para el padre de este naturalismo, Jean Jacques Rousseau.

Para la corriente clasicorrealista, «la realidad existe», y se puede conocer «no solo objetiva o subjetivamente, sino también de forma personal». Aprendemos cuando se enciende la chispa, como decía Platón, y es innato el deseo de conocer, como apuntó Aristóteles. Para la educación clasicorrealista, formar no es acumular datos, sino aprender a situar cada hecho en el conjunto de la realidad. En términos de John Henry Newman, se trata de adquirir la capacidad de ver «muchas cosas a la vez como un todo» y de referir cada una a «su verdadero lugar en el sistema universal». En la corriente clasicorrealista, «la cultura, la belleza y el conocimiento transforman al que conoce». «Cuanto más conocemos, más somos. Educar es buscar la perfección de la que es capaz nuestra naturaleza».

¿Cómo impactan cada una de estas tres corrientes en la universidad?

Como la relación del mecanicismo con el saber es instrumental, en esa corriente «la universidad tiene más sed de dinero que de verdad». Los que ostentan el poder económico suelen marcar las líneas de investigación «sobre la base de criterios de utilidad y de productividad». Sus investigadores no se mueven «ni por la curiosidad, ni por el asombro ni por la búsqueda de verdad». La universidad adopta «una actitud servil frente al poder económico». Se convierte en el mejor de los casos en «una enorme agencia de colocación con sueldos a la altura del coste de la matrícula».

La corriente romántico-idealista entiende la universidad como «lugar de militancia para preparar al futuro ciudadano». No se educa para transformar a la persona en el presente, sino para prepararla para el futuro de la sociedad. John Dewy «defendía que la principal función de la escuela no era adquirir conocimientos, sino socializar para absorber por ósmosis los valores que quiere transmitir el Estado», afirma L’Ecuyer. En los tiempos de Dewy «era la democracia». Dewy publica Democracia y educación porque en la corriente romántico-idealista «la educación, tanto pública como privada, está al servicio del régimen político del momento».

Para los clasicorrealistas, «una abstracción que no tenga fundamento en la realidad no sería una teoría, sería una ideología». No les interesa «el proyecto social ni la mera colocación del alumno en el mundo laboral, sino el cambio interno que ocurre en cada persona». La misión de la universidad clasicorrealista «es ayudar a sus alumnos y a sus profesores a desear la verdad ardientemente». Para ella, el fin de la educación no es «cambiar el mundo, sino transformar al que aprende, al que busca y anhela descubrir la verdad». Como daño colateral, «si el aprendiz mejora, aprende, mejorará indudablemente el mundo».

Más información, además de los enlaces a lo largo del avance:

L’Ecuyer, Catherine. (2021). Conversaciones con mi maestra. Dudas y certezas sobre la educación. Espasa. https://www.planetadelibros.com/libro-conversaciones-con-mi-maestra/333775