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Ver productosEl maestro de medievalistas da una imagen completa y compleja del santo de Asís y de su tiempo

13 de abril de 2026 - 10min.
Jacques Le Goff es uno de los medievalistas más prestigiosos, miembro de la Escuela de Annales. Autor de una vasta obra con títulos como El nacimiento del purgatorio, Tiempo, trabajo y cultura en el occidente medieval, El hombre medieval, Mercaderes y banqueros en la Edad Media y Pensar la historia: modernidad, presente, progreso.
Avance
Coincidiendo con el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, se reedita este volumen (una bella edición) que recoge cuatro trabajos del maestro de medievalistas Jacques Le Goff. La intención del conjunto es situar al personaje en el contexto de su época, el primer cuarto de un siglo XIII en el que nace «una Edad Media moderna y dinámica», que dio lugar a una renovación de la sociedad de la que él fue uno de los actores principales. Complejo como la época en que vivió, Francisco mantuvo una constante tensión con una Iglesia que quiso encauzar la marea franciscana. Esa tensión marcó la evolución de su movimiento, que él quiso que fuera una mera fraternidad, pero que acabó convertido en una orden.
La complejidad del franciscanismo se acentúa por su temprana división en dos corrientes: los moderados o conventuales, más pragmáticos y sumisos a la Santa Sede, y los rigoristas o espirituales (fraticelli), más radicales: partidarios de la pobreza total, por ejemplo, y cercanos a un pensamiento milenarista o apocalíptico. A esto último siempre fue ajeno el propio san Francisco, que, pese a los ribetes innovadores o heterodoxos de su pensamiento (desconfianza hacia la curia romana, énfasis en la igualdad absoluta, admisión de la desobediencia…), nunca cayó en la herejía. No solo no lo hizo, sino que contribuyó a salvar a una Iglesia «amenazada de ruina por la herejía y por su decadencia interna». Como dice Le Goff, «fue una de esas coartadas que la Iglesia, hundida en el siglo, encuentra periódicamente».
El san Francisco que presenta Le Goff es uno de los artífices de la reconstrucción espiritual de la Iglesia, un santo de un nuevo género, cuya santidad se manifestó en la línea general de una vida ejemplar, que añadió una dimensión ecológica a la espiritualidad cristiana, partidario de la simplicidad tanto en sus escritos como en su vida y que —enemigo de los intelectualismos— ignoró las sutilidades escolásticas. Coherente con esto último, fue más misionero que escritor; solo completó con algunos escritos el mensaje que había expresado mediante la palabra y el ejemplo. Eso sí, su sensibilidad poética y lírica quedó plasmada en los himnos y oraciones que escribió, cuya obra maestra es el Cántico del hermano Sol, «gracias al cual la poesía italiana debuta con una maravilla literaria».
Entre el medievo y la modernidad, Francisco fue más tradicional de lo que se ha querido ver; siempre llevó consigo, por ejemplo, la cultura y la sensibilidad caballerescas de las que se empapara en su juventud, ideal que puso al servicio de Cristo y de la Iglesia. «Aunque portadores de nuevos modelos, de modernidad, los franciscanos se deslizaron en el lecho de viejas tradiciones y arquetipos conocidos». Pero no dejaron de ser innovadores, devolviendo al humanismo las ambiciones más altas y rompiendo con el monacato del aislamiento del mundo. Francisco, concluye el autor del libro, «no es solo uno de los protagonistas de la historia», sino, todavía, «uno de los guías de la humanidad».
ArtÍculo
«Contemporáneo de las sonrisas góticas», «nos enseñó a no ser como aquellos que dejan que se eche a perder la alegría». Así fue, al decir de Jacques Le Goff y Álvaro Pombo, respectivamente, san Francisco de Asís, de cuya muerte se cumple este año el octavo centenario. Coincidiendo con la efeméride, se reedita este trabajo, obra del gran medievalista citado. El cuidado volumen, que incluye una serie de bellas ilustraciones, es la recopilación de cuatro textos del autor escritos en la segunda mitad del siglo XX. La intención del conjunto es situar al personaje en el contexto de su época, algo como lo que designa la expresión anglosajona the life and times. Seguramente nadie es inteligible al margen de su tiempo; desde luego, San Francisco no lo es. Está claramente inserto en ese siglo XIII en el que nace «una Edad Media moderna y dinámica», que dio lugar a una renovación de la sociedad, de la que él fue uno de los actores principales. Hijo de su tiempo y a la vez profundamente original, el atractivo del poverello ha trascendido los siglos. Del cineasta Zefirelli a nuestro Álvaro Pombo, son muchos los que han sentido su magnetismo. Como dice el autor del libro, la historia le devolvió simpatía y admiración afectuosa y generalizada a este.

Le Goff se acerca a su figura con el rigor del historiador de primera fila que es, mostrando su trayectoria y analizando su mensaje y sus ambigüedades (¿contradicciones?), forzadas a menudo por «los deseos de la Santa Sede por encauzar la marea franciscana». Dichas ambigüedades y contradicciones, unidas a la división de su movimiento, contribuyen a que Francisco sea difícil de encajar en un molde rígido; lo que, desde luego, no le resta atractivo.
El historiador le define «al margen de la Iglesia, pero sin caer en la herejía, revolucionario, pero sin nihilismo», como alguien que no tiene lugar en las elucubraciones pseudomilenaristas. Esta aclaración es importante dado que la fraternidad franciscana se escindió pronto en dos tendencias que acabaron siendo facciones enemigas y —precisa Le Goff— dificultan la labor de los historiadores: los moderados o conventuales, que hicieron gala de pragmatismo y aceptaron la interpretación de la Regla original, revisada y completada (limada) por las bulas papales, y los rigoristas o espirituales (fraticelli), partidarios de la pobreza total. Estos últimos llegaron a estar más cerca de un pensamiento milenarista o apocalíptico, pero su inspiración venía más de Joaquín de Fiore que de Francisco.
La tensión con la Iglesia es una constante en su trayectoria. Entre 1221 y 1223 se produjo una reorganización del movimiento franciscano, motivada en parte por la pugna entre las dos facciones, en la que es difícil distinguir entre lo que deseaba Francisco y lo que le fue impuesto. La fraternidad original tuvo que ser transformada en una orden. Francisco presentó la citada Regla y creó una «orden tercera» que acabó respondiendo al deseo de la Santa Sede de integrar el movimiento y convertirlo en instrumento de la política güelfa. Esa Regla, muy retocada por el cardenal Ugolino, futuro papa Gregorio IX, se convirtió en la Regula bullata, más jurídica y menos lírica que la original. El santo la aceptó con lágrimas en los ojos. Y, si bien tuvo, a finales de 1223, la «gran tentación» de abandonar la ortodoxia, finalmente se resignó y se apaciguó.
¿Pudo haber sido Francisco un hereje en una época en que estos (valdenses, albigenses…) proliferaban? Hubo elementos que podrían haberle llevado a la herejía, señala el autor del libro, como la desconfianza hacia la curia romana, el énfasis en la igualdad absoluta entre los hermanos, la admisión de la desobediencia, incluso el nudismo. No lo fue porque no fue milenarista ni apocalíptico, y sobre todo porque nunca quiso quebrar la unidad y la comunidad a la que tanto quiso, además de por «su necesidad visceral de sacramentos» en un momento en el que hasta católicos ortodoxos cuestionaban su validez si eran administrados por sacerdotes indignos. Al contrario, contribuyó a salvar a una Iglesia «amenazada de ruina por la herejía y por su decadencia interna». «Fue una de esas coartadas que la Iglesia, hundida en el siglo, encuentra periódicamente», escribe Le Goff.
La cuestión de la obediencia es uno de los asuntos en que se percibe una cierta ambigüedad o ambivalencia por parte del de Asís. Si, por una parte, elogió la perfecta obediencia, sobre todo dentro de la orden, también admitió el derecho de no obedecer en el caso de que un prelado ordenase cualquier cosa contra animan. La obediencia ciega puede llevar, pensaba, a una mala obediencia. Otro tanto puede decirse de la familia. Él abandonó la suya (algo de nuevo coherente con un momento en que se trastornaron sus estructuras tradicionales), pero su fraternidad seguía un modelo familiar que para él tenía el valor de un esquema social ideal.
Su originalidad se ve también en la particular práctica del monacato. La tendencia eremítica, como es sabido, venía de siglos atrás. Él rompió con el monacato que implicaba aislamiento del mundo. Buscó «la alternancia entre la actividad urbana y el retiro eremítico». De hecho, la ciudad fue el espacio de su apostolado; y, dentro de ella, la plaza; además de los caminos entre las ciudades y las casas de laicos en las que se alojaban.
El libro de Le Goff, con alguna pequeña pero inevitable repetición, dada su estructura, ofrece un muy completo retrato de la vida y obra de Francisco de Asís. Los textos que lo componen, aunque eruditos y especializados en alguna ocasión, no resultan arduos para un lector medianamente culto e interesado. Francisco aparece en ellos como uno de los artífices de la reconstrucción espiritual de la Iglesia, un santo de un nuevo género, cuya santidad se manifestó en la línea general de una vida ejemplar y que añadió una dimensión ecológica a la espiritualidad cristiana, partidario de la simplicidad tanto en sus escritos como en su vida, que ignoró las sutilidades escolásticas. No solo eso, un cierto antiintelectualismo recorre su pensamiento. Muestra desconfianza, si es que no hostilidad, por lo intelectual. Sentimientos que se basaban en ver la ciencia como un tesoro, los libros como un lujo y el saber, como fuente de orgullo y dominación. En esto iba a contracorriente del siglo y de un cristianismo que necesitaba la ciencia; estamos en los siglos de la escolástica, ese nuevo método fundado en la discusión y la argumentación racional. Con todo, y una vez más, Francisco hará concesiones y la orden reservará un lugar cada vez mayor a la ciencia. San Buenaventura, Roger Bacon y Ramón Llull son ejemplos de esa apertura. Además, ese progreso de los libros en la orden llevó a un enriquecimiento de la palabra; esencialmente, la de la predicación. Hay una teología franciscana de la palabra, sostiene Le Goff.
Francisco no fue un escritor, sino un misionero que completó con algunos escritos el mensaje que había expresado mediante la palabra y el ejemplo. Aparte de sus opúsculos (entre los que el testamento es un texto capital con el que quiso completar la Regla), su gran obra fue la formación espiritual de sus hermanos y la comunicación de un mensaje a la humanidad. Su sensibilidad poética y lírica quedó plasmada en los himnos y oraciones que escribió, cuya obra maestra es el Cántico del hermano Sol, «gracias al cual la poesía italiana debuta con una maravilla literaria».
¿Fue medieval o moderno?, se pregunta el historiador, abundando en las ambivalencias que caracterizan al de Asís. Si fue moderno es porque lo fue su siglo, se responde. Vivió «los tiempos trepidantes del desarrollo urbano, de la inquietud herética», del impulso de cruzada, de la poesía cortés. No surgió fuera de contexto, sino que es producto de «la Italia comunal en su apogeo», lo cual no le resta importancia ni originalidad. En su orientación pesaron decisivamente tres fenómenos del momento: la lucha de clases, el ascenso de los laicos y el progreso de la economía monetaria. Se dirigió a los nobles de cultura caballeresca, a los mercaderes que comenzaban a dominar las ciudades y a «los humildes que mostraban, mediante su trabajo o su rebelión, su papel en la sociedad». Llevó con él la cultura y la sensibilidad caballerescas de las que se había empapado en su juventud. Las reuniones en la Porciúncula, la pequeña capilla que fue su centro irradiante, tenían como modelo las de la Tabla Redonda. Y puso su ideal caballeresco al servicio de Cristo y de la Iglesia.
Fue más tradicional de lo que se ha querido ver, sostiene el autor del libro. «Aunque portadores de nuevos modelos, de modernidad, los franciscanos se deslizaron en el lecho de viejas tradiciones y arquetipos conocidos». Pero no dejaron de ser innovadores, devolviendo al humanismo las ambiciones más altas, rompiendo con el monacato del aislamiento del mundo. Quiso salvar unos valores esenciales frente a la evolución. No quiso hacer una orden, sino «reunir a un pequeño grupo, una élite que mantuviera un contrapeso… en el avance del bienestar»; contrapunto que, dice Le Goff, «aún es una necesidad del mundo moderno». De modo que Francisco «no es solo uno de los protagonistas de la historia», sino, todavía, «uno de los guías de la humanidad».
El franciscanismo, en fin, «fue un importante movimiento religioso que, más que las otras órdenes mendicantes, agitó, marcó e impregnó al conjunto de la sociedad cristiana del siglo XIII». «Pocos movimientos religiosos han estado mejor integrados en la profunda realidad de su tiempo», añade Le Goff. Aspiró a transformar la sociedad, no a despreciarla, en una «tensión entre la aceptación gozosa del mundo y el rechazo de su perversión», aunque la corriente espiritual se mostrara más hostil al mundo, y practicó un apostolado de nuevo cuño. Para ellos, el Evangelio era la base de todo. Su novedad era «el Evangelio, nada más que el Evangelio y todo el Evangelio».
Probablemente, como tantos reformadores y revolucionarios, Francisco vio más claro el mal a eliminar que el bien a instaurar. Durante siglos, su imagen ha estado influida por algunas biografías más o menos edulcoradas, debidas al franciscanismo moderado. Este trabajo de un maestro de medievalistas presenta al santo y su movimiento en toda su complejidad.
La foto que ilustra el artículo muestra el fresco Muerte y ascensión de San Francisco de Asís de Giotto en la Capilla Bardi de la iglesia de la Santa Croce en Florencia. El autor es Miguel Hermoso Cuesta y tiene licencia Creative Commons. Puede consultarse aquí.