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Ver productosEl denominador común que señalan los más de veinte analistas de un artículo publicado en «Brookings» es que los ataques pueden haber abierto una fase particularmente peligrosa en Oriente Medio

4 de marzo de 2026 - 11min.
Avance
En los últimos días, el mundo ha asistido a una ofensiva aérea conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán. En los primeros ataques, murió el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, junto con decenas de altos mandos militares y de inteligencia. La prensa internacional ha informado con amplitud sobre esta guerra, pero uno de los mejores análisis es el artículo After the strike: The danger of war in Iran, publicado por Brookings.
En el texto, extenso y completo, más de veinte expertos explican las consecuencias estratégicas que tienen los recientes ataques contra instalaciones iraníes y el riesgo de una escalada bélica en Oriente Medio. Aunque los analistas se enfocan en distintos aspectos del conflicto (militares, nucleares, regionales y globales), todos coinciden en que la situación abre una fase de gran incertidumbre y peligro.
En este artículo, recogemos lo que dicen una docena de ellos, como la especialista en política iraní Suzanne Maloney, que afirma que aunque algunas instalaciones puedan haber sido dañadas, el conocimiento técnico y los materiales acumulados hacen improbable que su programa haya sido eliminado. Además, los daños en instalaciones subterráneas son difíciles de medir, lo que aumenta la incertidumbre.
La experta en estrategia militar Mara Karlin subraya por su parte que el éxito de una operación de este tipo no puede evaluarse inmediatamente. Las infraestructuras nucleares suelen estar dispersas, protegidas o duplicadas, lo que dificulta determinar cuánto se ha retrasado realmente el programa iraní. Karlin advierte que, sin inspecciones o información precisa, es imposible saber si este país ha logrado preservar material nuclear suficiente para continuar avanzando.
La analista de seguridad Vanda Felbab-Brown advierte del riesgo de una escalada regional. Irán cuenta con una extensa red de aliados y milicias en la región, como Hezbollah en Líbano y diversos grupos armados en Irak y Siria, que podrían atacar intereses estadounidenses o israelíes. Este tipo de respuesta indirecta permitiría vengar los ataques sin provocar necesariamente una guerra convencional inmediata, aunque podría desencadenar una dinámica de represalias difícil de controlar.
Desde la perspectiva israelí, el historiador y ex diplomático Itamar Rabinovich explica que Israel considera el programa nuclear iraní una amenaza existencial, lo que justifica acciones preventivas para impedir que obtenga armas nucleares. Sin embargo, Rabinovich advierte que incluso un éxito militar podría conducir a una situación estratégica más peligrosa, especialmente si Hezbollah y otros aliados se implican en el conflicto.
La diplomática Stephanie T. Williams pone el acento en el deterioro de los mecanismos diplomáticos. Durante años, las negociaciones internacionales, sobre todo el acuerdo nuclear de 2015, ofrecieron un marco para limitar el programa nuclear iraní. La escalada militar, sin embargo, puede destruir la confianza necesaria para reanudar las negociaciones.
El experto en control de armas Robert Einhorn advierte de las consecuencias para la no proliferación. Si Irán concluye que solo las armas nucleares pueden garantizar su seguridad, podría acelerar su programa, lo que a su vez podría desencadenar una carrera nuclear en Oriente Medio.
Ryan Hass y Pavel K. Baev analizan por su parte las implicaciones globales. El primero señala que el conflicto podría afectar al equilibrio geopolítico si Estados Unidos se ve atrapado en otra lucha prolongada en la región. Baev, por su parte, sostiene que Rusia probablemente limitará su apoyo a la retórica diplomática.
En conjunto, los analistas coinciden en que, aunque los ataques puedan haber producido resultados militares, también han aumentado el riesgo de una escalada regional y han abierto un periodo de gran incertidumbre estratégica.
ArtÍculo
El artículo publicado en Brookings reúne las reflexiones de una veintena de especialistas, que alertan del riesgo de una escalada militar tras los ataques contra instalaciones iraníes. Los expertos analizan las posibles respuestas, las implicaciones para el programa nuclear, el papel de los aliados regionales y las consecuencias globales del conflicto. El denominador común es que los ataques pueden haber abierto una fase particularmente peligrosa en Oriente Medio, en la que errores de cálculo o represalias podrían desencadenar una guerra regional.
La analista Suzanne Maloney, especialista en política iraní, subraya que el ataque estadounidense introduce un periodo de enorme incertidumbre estratégica. Aunque los ataques pudieron infligir daños significativos al programa nuclear, todavía es difícil evaluar su impacto real.
Maloney señala que la destrucción de instalaciones nucleares no implica necesariamente la eliminación del programa nuclear. Irán ha acumulado conocimientos técnicos, reservas de uranio enriquecido y capacidad industrial suficiente para reconstruir partes importantes del programa incluso después de ataques militares.
Además, el conflicto complica la tarea de verificar qué capacidades conserva Irán, ya que los ataques y la escalada reducen las posibilidades de inspecciones internacionales. «Nadie, ni siquiera el OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica), está en condiciones de evaluar completamente los daños subterráneos en instalaciones como Fordow».
Para la analista, esto significa que el resultado del ataque podría ser más ambiguo de lo que sugieren las declaraciones políticas iniciales. El conflicto puede haber retrasado el programa nuclear, pero es improbable que lo haya eliminado.
La especialista en estrategia Mara Karlin, ex alta funcionaria del Pentágono, enfatiza la dificultad de evaluar si la operación militar realmente logró sus objetivos. Karlin explica que las operaciones contra instalaciones nucleares son extremadamente complejas porque muchas infraestructuras están enterradas, dispersas o duplicadas. Incluso cuando una instalación es destruida, puede ser reemplazada por otras instalaciones secretas o reconstruidas con relativa rapidez.
Por ello, Karlin advierte contra la tentación de declarar el éxito de la operación demasiado pronto. «Sin buenas imágenes o inspecciones sobre el terreno, no sabemos si Irán ha logrado ocultar suficiente material nuclear para limitar el retroceso de su programa», asegura. En su opinión, la campaña militar podría haber producido resultados tácticos visibles, como la destrucción de instalaciones o equipos, pero no necesariamente resultados estratégicos duraderos.

La especialista en conflictos y seguridad Vanda Felbab-Brown advierte que el mayor peligro no es el ataque inicial, sino la posible cadena de represalias que podría seguir. En Oriente Medio abundan otros actores armados que pueden verse arrastrados al conflicto. Irán cuenta con una red de aliados y milicias —en Líbano, Irak, Siria y Yemen— que podrían actuar contra intereses estadounidenses o israelíes.
Este tipo de respuesta indirecta les permitiría mantener la presión sobre sus adversarios sin asumir directamente la responsabilidad de los ataques. Felbab-Brown sostiene que el enfrentamiento podría transformarse así muy rápido en un problema regional. En su opinión, la zona ya se encuentra en una situación en la que múltiples conflictos «están conectados entre sí y pueden amplificarse mutuamente».
El historiador y exdiplomático israelí Itamar Rabinovich analiza la crisis desde el punto de vista de su país, para el cual el programa nuclear iraní representa una amenaza existencial. Para él, los ataques pueden interpretarse como una acción preventiva destinada a impedir que Irán adquiera armas nucleares, aunque Rabinovich señala que el éxito militar inicial no elimina los riesgos estratégicos; Israel podría verse envuelto en un conflicto prolongado si se produce una respuesta con misiles o a través de Hezbollah y otros aliados.
Rabinovich advierte que la situación puede convertirse en una guerra de múltiples frentes: «El desafío para Israel no es solo el programa nuclear iraní, sino también la posibilidad de una confrontación regional más amplia».
La diplomática Stephanie T. Williams, con amplia experiencia en conflictos de Oriente Medio, subraya que la crisis demuestra la fragilidad de los mecanismos diplomáticos existentes. Durante años, las negociaciones sobre el programa nuclear iraní, sobre todo el acuerdo de 2015, ofrecieron un marco para limitar su desarrollo y mantener canales de comunicación abiertos. Sin embargo, la escalada militar debilita esas estructuras diplomáticas y reduce la confianza entre las partes.
Williams señala que la diplomacia sigue siendo esencial para evitar una escalada mayor. Como explica en su análisis, el problema es que la percepción de engaño o traición en las negociaciones puede «socavar la poca confianza que quedaba entre las partes».
El experto en control de armas Robert Einhorn se centra en las implicaciones de los ataques para el régimen global de no proliferación nuclear. En su opinión, el impacto de la operación militar puede interpretarse de dos maneras opuestas. Por un lado, los ataques podrían disuadir a otros países de desarrollar armas nucleares al demostrar que las potencias están dispuestas a usar la fuerza para impedirlo.
Por otro, también existe el riesgo de que produzcan el efecto contrario. Si Irán concluye que solo las armas nucleares pueden garantizar su seguridad, podría acelerar su programa. Einhorn advierte: «Si el programa nuclear iraní sobrevive a los ataques y continúa avanzando, las implicaciones para la no proliferación serán muy dañinas». Esto podría desencadenar una carrera nuclear regional, con países como Arabia Saudí en busca de desarrollar su propia capacidad nuclear.
El analista de política internacional Ryan Hass examina el impacto del conflicto más allá de Oriente Medio y señala que la reacción de otras potencias, como China, dependerá en gran medida de cómo evolucione el conflicto. Si Estados Unidos se ve atrapado en una guerra prolongada en Oriente Medio, su capacidad para concentrarse en otras regiones podría verse reducida. Esto podría influir en los cálculos estratégicos de potencias como China.
Hass explica que «las acciones de Estados Unidos no tendrán gran impacto en el cálculo de China sobre Taiwán a menos que Washington quede atrapado en otro atolladero militar en Oriente Medio»
El experto en política rusa Pavel K. Baev analiza por su parte el papel de Rusia en la crisis. Aunque Moscú ha criticado los ataques, Baev señala que Putin tiene poco interés en involucrarse directamente en el conflicto.
Una explicación a esto es que la relación entre Rusia e Irán es compleja: ambos países cooperan en ciertos ámbitos, pero también mantienen intereses divergentes. Baev observa que Rusia no parece dispuesta a proporcionar apoyo militar directo. Moscú «no tiene intención de proporcionar apoyo material a Teherán», sostiene, a pesar de su retórica diplomática.
El politólogo Sharan Grewal cree que los ataques pueden influir en la política interna de Irán. Su argumento central es que la presión militar externa tiende a fortalecer a los sectores más duros del régimen y a debilitar a los reformistas o pragmáticos que abogan por negociaciones con Occidente.
Según Grewal, en momentos de crisis nacional el régimen suele movilizar el nacionalismo para consolidar su poder y justificar una mayor represión interna. Esto puede reducir las posibilidades de cambio político o de apertura diplomática. Desde su punto de vista, una confrontación militar prolongada podría cerrar aún más el espacio político dentro del país. «La presión externa tiende a reforzar a los sectores más duros del régimen y a reducir el margen de los moderados», dice Grewal.
El exdiplomático estadounidense Philip H. Gordon se centra en el dilema estratégico al que se enfrenta ahora Washington. Los ataques pueden haber retrasado el programa nuclear iraní, pero también han aumentado el riesgo de una escalada que obligue a Estados Unidos a implicarse en un conflicto mayor.
El problema, señala, es que una vez que comienza una dinámica de represalias, es difícil controlar su evolución. Cada ataque puede provocar una respuesta mayor, creando una espiral de escalada. Gordon considera que el mayor peligro es verse atrapado en un conflicto prolongado sin un objetivo político claro. En su opinión, «el desafío no es ganar una operación militar concreta, sino evitar quedar atrapado en otra guerra abierta en Oriente Medio».
El especialista en defensa Colin Kahl, exsubsecretario de Defensa de Estados Unidos, examina por su parte los límites de las soluciones militares frente al problema nuclear iraní. Kahl argumenta que los ataques contra instalaciones nucleares pueden retrasar el programa, pero raramente lo eliminarán por completo. Además, las operaciones militares pueden fortalecer la determinación del país atacado de desarrollar armas nucleares como garantía de seguridad.
Para Kahl, la historia demuestra que los programas nucleares son extremadamente difíciles de destruir mediante ataques militares: «La fuerza puede retrasar un programa nuclear, pero rara vez puede borrar el conocimiento o la capacidad tecnológica que lo sustenta».
El analista Shibley Telhami, experto en opinión pública y política de Oriente Medio, valora la influencia del conflicto en la política estadounidense y en las percepciones del público americano. Telhami destaca que el apoyo a intervenciones militares prolongadas en Oriente Medio ha disminuido considerablemente en Estados Unidos, después de lo vivido durante décadas en Irak y Afganistán.
Esto significa que una escalada prolongada podría encontrar resistencia política dentro del país. Su conclusión es que «la opinión pública estadounidense es profundamente escéptica ante nuevas guerras en Oriente Medio».
Vistos en conjunto, los análisis planteados en el artículo de Brookings ofrecen una imagen compleja y preocupante de la situación tras los ataques. Los expertos coinciden en que los ataques pueden haber producido resultados militares importantes, a la vez que creaban nuevos riesgos estratégicos, como la posibilidad de represalias iraníes directas o indirectas, la amenaza de una guerra regional, la opción de que Irán acelere su programa nuclear y el impacto global del conflicto en el equilibrio geopolítico.
En última instancia, el análisis sugiere que los ataques han abierto una fase de gran incertidumbre. Incluso si no deriva a corto plazo en un problema a gran escala, la región podría entrar en un periodo prolongado de tensión y confrontación. Por ello, muchos de los analistas subrayan la importancia de evitar una escalada incontrolada y de mantener abiertos los canales diplomáticos. La historia reciente de Oriente Medio demuestra que los conflictos militares rara vez producen soluciones rápidas y que sus consecuencias suelen ser mucho más amplias y duraderas de lo que inicialmente se anticipa.
En la imagen de arriba, Donald J. Trump supervisa la operación Furia Épica en Mar-a-Lago (Florida), el 28 de febrero de 2026. Foto de Daniel Torok cedida por la Casa Blanca. La imagen se puede encontrar aquí.