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Ver productosLa energía se ha convertido en el eje central de la competición geopolítica actual. En todos los escenarios de descarbonización, la electricidad juega un papel primordial.

4 de febrero de 2026 - 15min.
Directora de Infrastructure Investment Office de Enagás. Fellow del Instituto Aspen España y miembro del capítulo español del European Council on Foreign Relations (ECFR).
Avance
El acceso a un suministro de energía abundante y limpio se ha convertido en el eje central de la competición geopolítica actual, singularmente para Europa, que encara la transición energética desde la vulnerabilidad debido a su alta dependencia exterior y a unos costes energéticos muy superiores a los de EE. UU. o China. Desde 2019, cuando el Pacto Verde Europeo apenas consideraba la dimensión geopolítica, el contexto internacional ha cambiado radicalmente: la pandemia reveló dependencias críticas en las cadenas de valor, la invasión rusa de Ucrania evidenció la fragilidad energética y la salida de EE. UU. del Acuerdo de París debilitó el multilateralismo climático. Paralelamente, la rivalidad entre EE. UU. y China y el aumento del gasto en defensa limitan los recursos para la agenda verde.
La industria europea sufre una pérdida de competitividad, como advertía Mario Draghi en su informe, especialmente en automoción, química y metalurgia, debido al aumento del precio del gas y la electricidad. Lo cual alimenta una polarización política que dificulta consensos climáticos. Aunque la UE mantiene objetivos ambiciosos —incluido el de reducción del 90 por ciento de emisiones para 2040—, algunos se consideran poco realistas y requieren ajustes. Europa no tiene otra alternativa que profundizar en la electrificación y el despliegue de energías renovables para reducir su dependencia de combustibles fósiles; si bien la transición implica nuevos riesgos, como la vulnerabilidad de las redes eléctricas y la dependencia de China, la autonomía estratégica que busca Europa pasa, por mantener una industria descarbonizada y competitiva, en segundo lugar, por expandir y modernizar la red eléctrica, punta de lanza para la descarbonización y para alimentar la economía digital del futuro; y por asegurar el suministro nacional o de países afines de minerales críticos. Todo ello sin olvidar que una transición tan compleja requiere una planificación prudente y una coordinación multilateral.
ArtÍculo
La 30.ª Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30), que tuvo lugar en Belém1, diez años después de la firma del Acuerdo de París, y en la que se debían presentar nuevos compromisos nacionales (NDCs por sus siglas en inglés) actualizados para mantener el incremento de la temperatura global «muy por debajo» de 2° C, se celebró en el momento más complicado de la última década para la cooperación internacional en la lucha contra el cambio climático. Sólo ochenta países o el 40 por ciento de los firmantes de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático enviaron sus contribuciones con antelación y, de las cinco economías que representan el 60 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) del mundo, solo China, la Unión Europea —no sin dificultades— y Rusia han presentado nuevos planes de descarbonización para 2035, pero con un menor nivel de ambición. Ya no parece haber voluntad de hacer esfuerzos conjuntos para tratar de limitar el calentamiento global a 1,5° C, como máxima ambición, y la evolución reciente de las emisiones globales nos sitúa actualmente en una trayectoria incompatible con alcanzar la neutralidad climática en 2050.
Y es que el acceso a un suministro de energía asequible, abundante y, a ser posible, limpio se ha convertido en el eje central de la competición geopolítica actual. Como señalan Bordoff y O´Sullivan en un reciente ensayo sobre el retorno de la energía como arma geopolítica2, el suministro de energía se ha utilizado siempre como instrumento de poder, pero hoy en día plantea nuevos retos. Los últimos cincuenta años, tras las crisis del embargo de petróleo por los países de la OPEP que dieron lugar a la creación de la Agencia Internacional de la Energía (IEA por sus siglas en inglés), se han caracterizado por un entorno de diálogo y cooperación en materia de política energética, que en los últimos años se ha extendido mucho más allá de los países de la OCDE para incorporar a las principales economías del planeta. La IEA hizo posible la creación de recursos estratégicos compartidos para garantizar la estabilidad del suministro de energía en los mercados internacionales, facilitando además la transparencia y mayor integración de los mercados.
Así, la confianza en los mercados energéticos internacionales llevó a cierta complacencia sobre los riesgos ligados a la politización del suministro de energía, riesgos que la invasión de Ucrania ha puesto de manifiesto con toda crudeza en 2022 desencadenando una grave crisis de precios energéticos en Europa con repercusiones globales. En un mundo que se había acostumbrado a disponer de un suministro de energía relativamente estable y seguro, en el que parecía que la transición energética y la cooperación en la lucha contra el cambio climático sustituirían a la geopolítica de la energía, la creciente fragmentación y competencia económica entre bloques ha traído de nuevo la seguridad energética a un primer plano.
En este sentido Europa no parte de una posición ventajosa, tanto por coste de su energía como por sus dependencias externas. La situación actual es muy distinta desde que la primera Comisión Von der Leyen presentara, en 2019, su Pacto Verde Europeo3 como eje central de su proyecto político y como motor de crecimiento para Europa. En la comunicación oficial de la Comisión del European Green Deal la palabra «geopolítica» sólo se menciona una vez. El debate sobre la autonomía estratégica empieza a aparecer con la pandemia en 2020, cuando nos damos cuenta de las dependencias de nuestras cadenas de valor, a raíz de las dificultades para el suministro en Europa de productos, desde mascarillas hasta vehículos. En 2022, la invasión rusa de Ucrania ya pone de manifiesto con toda claridad las implicaciones de nuestra dependencia energética exterior y el impacto de nuestros elevados costes de suministro en la competitividad de nuestras economías. En 2024, con la retirada de EE. UU. del Acuerdo de París por segunda vez (efectiva en 2026), se produce una quiebra del marco de gobernanza climática multilateral de las últimas décadas, lo que supone un trauma para Europa que, hija ella misma del multilateralismo, debe adaptarse a un nuevo contexto en el que todo ha cambiado. Como reconoce Laurence Tubiana, una de las arquitectas del Acuerdo de París, mientras en 2017 nadie siguió los pasos de la primera Administración Trump, el escepticismo climático gana ahora terreno en Belém.
En esta fase, marcada por la nueva rivalidad entre EE. UU. y China, que se traduce en disputas comerciales y barreras arancelarias, ante la retirada del paraguas de la defensa americana, Europa se ve obligada a redefinir sus prioridades, con el gasto en defensa en alza y contando con menos recursos financieros para la agenda verde tras el agotamiento del programa de deuda conjunta NextGenerationEU. Los fondos comunitarios NextGen no parecen tampoco haber dado los frutos que se esperaban en el ámbito de la transición energética, por razones que van desde la falta de capacidad por parte de las distintas administraciones públicas para gestionar las ayudas a las limitaciones para aplicar la condicionalidad de las mismas por parte de la Comisión Europa; o incluso la propia capacidad, tanto nacional como comunitaria, para articular una política industrial verdaderamente transformadora más allá de distribuir subsidios de manera más o menos eficiente.
Mientras, como resultado de la crisis de Ucrania, que ha supuesto la interrupción de las importaciones por gasoducto de gas ruso en Europa, tenemos unos costes energéticos muy superiores, del orden de 2-3 veces los de EE. UU. o China. El coste medio del gas natural y de la electricidad se ha duplicado en Europa desde los niveles previos a la pandemia, lo que ha hecho mella en la producción industrial europea de manera estructural. Sectores como la metalurgia, la industria química o la automoción, que —como refleja Mario Draghi en su informe4— dan empleo directa e indirectamente a 14 millones de personas en la UE, actualmente afrontan una situación de crisis existencial.
La pérdida de competitividad asociada al alza de precios de la energía y su impacto en la actividad económica favorecen asimismo un clima político más polarizado en toda Europa, menos proclive a alcanzar pactos y avanzar de manera conjunta para hacer frente al reto que supone la emergencia climática, y que señala a las élites de Bruselas como culpables de la desindustrialización de Europa. Proceso de desindustrialización que no es una mera amenaza, sino que ya está ocurriendo. En Alemania, el estado miembro con mayor peso del sector manufacturero en su PIB dentro de la UE, en el último año se han anunciado casi 100.000 recortes de empleos hasta 2030, ligados a la crisis del sector de automoción, que se vienen a sumar a los aproximadamente 55.000 empleos que el sector habría perdido en los últimos dos años, según la asociación del motor (VDA por sus siglas en alemán), en una industria que emplea directamente a más de 700.000 personas5.
A pesar de ello, la adopción por la segunda Comisión Von der Leyen en los primeros cien días de su mandato del Pacto de Industria Limpia (Clean Industrial Deal), demuestra que la transición verde es una prioridad duradera de la Unión Europea, aunque ahora cobra un matiz importante, siguiendo las recomendaciones de los expertos, poniendo el foco en la industrialización limpia.
Cuando en julio de este año la Comisión presenta su objetivo de reducción de emisiones del 90 por ciento para 2040 respecto de 1990, aprobado in extremis y con numerosas —para algunos, excesivas— flexibilidades, por el Consejo el 5 de noviembre junto con el objetivo intermedio a 2035 como contribución europea al proceso de negociación climática multilateral en la COP30, el mensaje es que «mantenemos el rumbo en la agenda climática».
Así, la situación geopolítica actual, la nueva incertidumbre y la creciente volatilidad, parecen funcionar como un driver o motor adicional para acelerar esta agenda en Europa. Frente a la vuelta de EE. UU. a los combustibles fósiles, descartando las políticas climáticas de la Administración anterior, Europa mantiene unos objetivos climáticos muy ambiciosos, pero que compiten con otras prioridades en el nuevo marco financiero plurianual y cuya credibilidad, en algunos casos, está en entredicho. Algunos de los objetivos para 2030, como los fijados en el documento RePowerEU [Plan para poner fin a la dependencia de la UE con respecto a los combustibles fósiles rusos] para el consumo de hidrógeno verde se han rebajado a meramente «aspiracionales» y otros, como el objetivo del 40 por ciento de procesamiento de minerales críticos en la UE, ya parecen imposibles de cumplir. Mantener la credibilidad del Pacto Verde Europeo es por ello urgente.
Comencemos por lo evidente: electrificar todo lo posible
De ahí las recientes llamadas al realismo o pragmatismo climático6 por parte de voces prominentes en este ámbito que van desde Bill Gates —para quien el bienestar humano ahora importa más que limitar el aumento de la temperatura global— a Tony Blair —que advierte que las políticas actuales no son realistas y pide un «nuevo enfoque» que incluya tecnologías como la captura y almacenamiento de carbono, la energía nuclear y el hidrógeno—, o Michael Liebreich, fundador de New Energy Finance, cuya visión aboga por descarbonizar cuanto antes todo aquello que ya es factible, posponiendo los esfuerzos más costosos para cuando existan tecnologías eficientes, y asegurar así la asequibilidad de la transición.
La transición energética no podrá hacerse sin el apoyo de una mayoría de la población, central en el proceso político, que, a diferencia de posiciones extremas, no es ni escéptica ni ignorante ante los efectos del cambio climático, pero cuyas prioridades deben ser escuchadas. El impacto del alza generalizada del coste de la vida ligado al incremento de la factura energética en amplias capas de las clases medias es real, y el temor a que el enfoque de las políticas climáticas de los últimos años contribuya a ello debe ser disipado. Según estas voces autorizadas, frente al «fundamentalismo medioambiental» de una parte del activismo climático que prioriza objetivos absolutos que dificultan la consecución de avances razonables, es crítico que hogares y empresas puedan seguir prosperando en un mundo descarbonizado.
Si bien muchas tecnologías limpias ya están maduras —y, en algunos casos, como en el de las energías renovables para generación eléctrica, son incluso más competitivas que las convencionales y están, por tanto, experimentando un despliegue exponencial—, las vías de mitigación de emisiones para alcanzar el objetivo del 90 por ciento para 2040 también requieren de tecnologías que o aún no se han probado, o su escalado no es evidente. Es el caso de la captura y almacenamiento de carbono, de la sustitución del acero primario por secundario que, hoy por hoy, es termodinámicamente imposible, del coste del amoniaco renovable o de la disponibilidad de biometano, muy limitada para poder sustituir los usos actuales del gas fósil; incluso el bombeo hidráulico tiene muchas limitaciones geográficas.
Frente a ello, el impulso global a las energías renovables —fundamentalmente la generación eólica y solar—7, al tiempo que apuntala la seguridad energética de los países, pues reduce las importaciones de combustibles fósiles, contribuye a mitigar el alza y la volatilidad de los costes energéticos y las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas al consumo de energía. En todos los escenarios de descarbonización, sin excepción, la electricidad juega un papel absolutamente primordial y hoy ya es factible electrificar de manera coste-eficiente, sin coste o bajo un modesto precio del carbono, la mayoría de los consumos energéticos finales, en edificación, en transporte ligero y también en procesos industriales de baja y media temperatura.
La realidad es que Europa no tiene otra opción que seguir avanzando por esta vía y profundizar en una transición energética que reduzca la factura de las importaciones de combustibles fósiles, de los que simplemente carecemos, a diferencia de los EE. UU., que es el primer productor mundial de petróleo y gas. Dada esta diferencia estructural, la electrificación de la economía, para la que existen tecnologías limpias competitivas y basadas en recursos autóctonos, es la única opción que tiene Europa para contener y limitar la volatilidad de los precios de la energía y fomentar su seguridad energética. Es la estrategia que ha seguido China —primer importador mundial de petróleo— desde hace décadas, donde la preocupación por su dependencia exterior de las importaciones fósiles ha sido siempre el driver principal para el impulso de su industria de tecnologías limpias, en las que ha conseguido un dominio indiscutible.
Ahora bien, la transición energética no está tampoco exenta de riesgos propios, en particular los que surgen con la creciente electrificación de la economía. La electricidad tan sólo representa, hoy por hoy, el 21 por ciento del consumo de energía final a nivel mundial, pero, según las proyecciones de la IEA, las crecientes necesidades de energía de los centros de datos, la extensión del uso de aire acondicionado cada vez en más regiones del mundo, y la creciente penetración del vehículo eléctrico, llevarán a un aumento muy significativo de su peso en los próximos años8. Una economía más electrificada es sólo hasta cierto punto menos vulnerable a la coerción energética en la medida que una gran parte de la generación se produce domésticamente, pero de ser necesarias importaciones de electricidad, en ausencia de la posibilidad de almacenamientos estratégicos, se es más dependiente que respecto de los combustibles fósiles. Por otra parte, electrificar el consumo final e incrementar la penetración de la generación renovable exige el despliegue de redes de transporte y de distribución eléctrica, las cuales son un objetivo primordial de ataques malintencionados a los sistemas informáticos de operación.
Asimismo, el dominio de China en las cadenas de suministro de las tecnologías limpias y de los minerales críticos necesarios para las mismas, es abrumador. Líneas de transmisión eléctrica, paneles solares, aerogeneradores y baterías, dependen del suministro de minerales como el cobre, níquel, litio, grafito y tierras raras de los que China es el principal productor de la inmensa mayoría, representando hasta el 70 por ciento de la capacidad de su procesamiento a nivel mundial. Del mismo modo, China domina el 80 por ciento de la fabricación mundial de paneles solares, casi lo mismo de la de aerogeneradores y más del 85 por ciento de todos los eslabones de la cadena de valor de las baterías9.
Es más, los planes de desarrollo de nuevas interconexiones transfronterizas de electricidad, como medio para la integración de los mercados eléctricos nacionales en áreas más amplias que permitan compartir reservas de generación e integrar eficazmente una gran cantidad de recursos renovables, también amplifican las preocupaciones sobre la seguridad del suministro. La experiencia demuestra que la integración de mercados eléctricos en áreas de operación más grandes permite gestionar mejor incidentes menores o brownouts, reduciendo su probabilidad. Pero en el caso de grandes incidentes o blackouts, cuya probabilidad de ocurrencia es baja pero tienen consecuencias muy costosas, el efecto de la interconexión es el contrario, puede magnificar y extender el problema al conjunto del área interconectada. La propia ampliación de un sistema eléctrico cada vez más complejo no es inocua y puede en sí misma resultar un mayor riesgo para la estabilidad de la red.
Dado que la electricidad es la energía clave de los sectores de mayor valor añadido de la economía, desde la fabricación de componentes avanzados a la inteligencia artificial, y no se puede almacenar fácilmente, una interrupción del suministro eléctrico conlleva un coste desproporcionado respecto al de otros insumos energéticos. En este sentido, el reciente apagón de la península ibérica el 28 de abril, que dejó sin suministro a más de 60 millones de personas en España, Portugal, Andorra y parte del Sur de Francia, ha puesto de manifiesto las vulnerabilidades de un sistema eléctrico en plena transformación. El rápido restablecimiento del suministro, en menos de veinticuatro horas, permitió limitar las consecuencias económicas del incidente; de haberse producido daños en equipos y elementos críticos del sistema eléctrico, estaríamos hoy ante un escenario muy distinto10.
En definitiva, estamos construyendo un nuevo modelo energético descarbonizado, mucho más complejo y sujeto a un nivel de incertidumbre tecnológica sin precedentes, para cuya coordinación y gestión segura aún no tenemos experiencia suficiente ni todo el conocimiento necesario. Las transiciones hay que planificarlas de manera prudente y respetando estrictos criterios técnicos.
En un entorno político global y nacional más fragmentado e incierto, en que la gobernanza climática tradicional está en entredicho, la autonomía estratégica que busca Europa pasa, en primer lugar, por el mantenimiento de una industria descarbonizada y competitiva, en el ámbito de la defensa, la tecnología, la salud o de materiales básicos —acero y cemento—, sectores todos ellos muy intensivos en energía. Asimismo, va a requerir, en segundo lugar, expandir y modernizar la red eléctrica, punta de lanza para la descarbonización y para alimentar la economía digital del futuro. Por último, habrá que asegurar el suministro nacional o de países afines de minerales críticos, facilitador clave de múltiples tecnologías de energía limpia. En este mundo de suma cero, quien controle las cadenas de valor de las tecnologías de energía limpia, controlará la economía digital del futuro.
En consecuencia, la seguridad energética, y en particular del suministro de electricidad, vuelve a lo más alto de la agenda política. Y por ello, más que nunca, es crítico mantener un marco de cooperación multilateral en el ámbito de la política energética y climática, que nos permita seguir avanzando en la transferencia de conocimiento y abordar con éxito las nuevas vulnerabilidades que conlleva el modelo del futuro, asegurando el suministro de energía limpia que requiere la prosperidad de nuestras economías y el bienestar social.
Notas
Foto: © Shutterstock / bombermoon