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Ver productosNarradores, cuentistas, novelistas, poetas… algunos tan ilustres como Paul Auster y Vargas Llosa, han puesto su talento al servicio de otros. Abordamos los casos más fascinantes de «negritud literaria» y su relación con la IA

8 de enero de 2026 - 17min.
Avance
El Diccionario de la Real Academia Española incluye dentro de la palabra «negro/gra» esta acepción número 17: «Persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios». El «negro literario» es una figura legendaria que ha puesto, y pone, su pluma al servicio de la escritura de otra persona. Los escritores de alquiler habitan en el olvido, pero han contribuido a construir obras maestras.
Alejandro Dumas presumía de tener «colaboradores» como «Napoleón generales». Auguste Maquet, su «cuarto mosquetero» literario, trabajaba mas de catorce horas al día, como el resto de los más de 70 colaboradores del escritor universal francés, que preparaban un primer lienzo información, argumentos y situaciones de personajes para que el mago Dumas le diera el «color» final.
En el París de finales de los años 50, mientras tallaba una de sus obras maestras, La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa puso negro sobre blanco las memorias de África de una señora peruana de alto copete, Cata Podestá, que titularía Pieles negras y blancas.
En ese mismo París, a principios de los setenta, el escritor norteamericano Paul Auster también fue «negro literario» para «comer y sobrevivir», trabajando también como traductor y como cuidador de una finca. Casos tan fascinantes como el de María de la O Lejárraga, quien escribía las obras de su marido, el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra. O el de H. P. Lovecraft, mago del terror literario, que sirvió su talento al ilusionista y escapista Houdini. El poeta peruano José Eufemio Lora y Lora y el periodista y escritor español Alejandro Sawa fueron «escritores fantasmas» de Rubén Darío.
«El gran negro literario de nuestros días es la IA —señala el escritor Fernando Iwasaki a Nueva Revista—, diseminada por una serie de programas que ya están triturando el trabajo de los traductores y degradando los trabajos académicos en universidades y otros centros de estudios. Es terrible que estemos asistiendo a la graduación de un número indeterminado de «profesionales» que tienen un «negro digital».
ArtÍculo
Antaño, en los claustros universitarios se hablaba de ellos como «seres caídos en las almas de la irredención», sostenía Federico Carlos Sáinz de Robles. La genealogía del «negro literario», fijaba el historiador en 1964, excedía los cinco mil años de antigüedad: «Muchas de las noticias inmortalizadas por Estrabón y Tolomeo corresponden a marinos y mercaderes a quienes aquellos sabios sedentarios, buscándoles en los puertos apenas desembarcados, las arrancaban a cambio de algunos dragmas o denarios».
Muchísimos años después, Alejandro Dumas (1802-1870), paladín de una producción literaria desbordante, amasaba una mesnada de más de 70 «negros literarios». Dumas presumía de haber entregado a la imprenta más de 1.200 obras; sin embargo, según los expertos, el emblema de la literatura francesa se habría subido a carros de fuego literarios: esa cifra habría que rebajarla en un 25 %: unas 300 obras, que ocuparían más de 100.000 páginas en todos los géneros.
En febrero de 1845, el «panfletista» Eugène de Mirecourt (seudónimo de Jean-Baptiste Jacquot) se metía en la boca del infierno de Dumas. Publica un folleto titulado Fábrica de novelas: Casa y compañía de Alexandre Dumas, provocando un tsunami literario en Francia. «Un ataque frontal contra Dumas, un ataque cuyo origen es el resentimiento», sostiene Claude Schoop, historiador francés y sumo especialista en la obra de Dumas, en su trabajo Alejandro Dumas y Auguste Maquet: por cuatro manos y dos abogados; descubridor en 1988, en los fondos de la Biblioteca Nacional de Francia, de El caballero Héctor de Sainte-Hermine, una obra de Dumas inconclusa de más de 900 páginas nunca publicada y que vio la luz hace 20 años, con una nueva sección añadida por Schoop para concluirla, tras revisarla y estudiarla. De este modo, Schoop también ingresa en el arca de los «negros literarios» de Dumas.

Cuenta Schopp que Mirecourt, rechazado por Dumas como «colaborador», se dirigió primero a la Société des Gens de Lettres para «protestar contra las prácticas que ya no permitían a otros autores ganarse la vida». Al no recibir respuesta, escribió entonces a Émile de Girardin, director de La Prensa, pidiéndole que «cerrara la puerta al vergonzoso mercantilismo de Alexandre Dumas» y «la abriera a los jóvenes talentosos». Girardin respondió que sus suscriptores amaban y exigían a Dumas, quien sabía cómo satisfacerlos. Acto seguido, Mirecourt lanzó su «panfleto», según Schoop, Fábrica de novelas, en el que afirmaba que «Dumas, al frente de una empresa culpable, hacía que autores ineptos escribieran los libros que firmaba, quedándose solo con el beneficio y el honor».
Examinando y enfilando a Dumas y su obra página a página, Mirecourt nombraba a los que él llamaba los «verdaderos autores»: Adolphe de Leuven, Anicet-Bourgeois, Frédéric Gaillardet, Gérard de Nerval, Théophile Gautier, Félicien Mallefille, Paul Meurice y, sobre todo, Auguste Maquet, profesor de Historia. Claude Schoop detalla que «en su diatriba, el panfletista [Mirecourt] no escatimaba insultos racistas: “Rascad la superficie de la obra del señor Dumas y encontraréis al salvaje” […]. “Come su almuerzo sacando patatas quemadas de las cenizas del hogar, que devora sin pelarlas”. La diatriba era tan escandalosa y grosera que incluso los enemigos de Dumas se sintieron disgustados por ella», apunta Schoop.
Dumas se jactaba de tener «colaboradores» como «Napoléon tenía generales». Maquet, que trabajaba como «galeote literario» en la factoría Dumas catorce horas al día como el resto de colaboradores, arropa a su «patrón» enviándole una carta en la que renuncia a todos los derechos de propiedad y reimpresión «de las siguientes obras que hemos escrito juntos, a saber: El Caballero de Harmental, Sylvandire, Los tres mosqueteros, Veinte años después, El conde de Montecristo, La guerra de las mujeres, Reina Margot y El Caballero de la Casa Roja, quedando usted, de una vez por todas, plenamente indemnizado según nuestros acuerdos verbales».
«Si no tengo un contrato contigo —concluye Maquet en la carta a Dumas—, tú no tienes recibos míos; ahora supongamos que muero, mi querido amigo, ¿acaso no podría un heredero implacable, con tu declaración en mano, reclamarte lo que ya me has dado? Guarde esta carta, querido amigo, para mostrársela al feroz heredero, y asegúrese de decirle que, en vida, me consideré muy feliz y honrado de ser colaborador y amigo del más brillante de los novelistas franceses». Dumas sentó al «panfletista» Mirecourt ante los tribunales y consiguió que se incautara su panfleto: el 15 de marzo de 1845, Mirecourt fue condenado a quince días de prisión y a la inserción de la sentencia en los periódicos.
Sin embargo, 13 años después, en 1858, como una continuación de las aventuras de los dos mosqueteros Dumas-Maquet, Auguste interpone una demanda para que se le reconozca como coautor, junto a las obras mencionadas anteriormente de Dumas, de las siguientes: Una hija del Regente, La dama de Monsoreau, El bastardo de Mauléon, Josef Balsamo: memorias de un médico, Los cuarenta y cinco, El vizconde de Bragelonne, El collar de la reina, El tulipán negro, Ángel Pitou, Olimpia de Clèves e Ingenua. Y decide llevar a juicio a su patrón literario. Maquet solicita, además de la coautoría, la asignación de la mitad de los derechos de autor [ochenta centavos la línea, 5.626 líneas por volumen, 20 tomos, 52.000 francos de oro, como detallaba el escritor y crítico literario mexicano Christopher Domínguez Michael en la revista Letras Libres] y la unión de su nombre al de Dumas; el Tribunal denegó esta última petición, pero impuso a Dumas la obligación de indemnizar a Maquet con una generosa cantidad de francos; este continuó trabajando para Dumas durante cuatro años más hasta 1862, cuando Maquet emprendió un camino en solitario hacia el olvido.
¿Cómo arrancaba día a día la fábrica de novelas de Dumas? Sus «colaboradores» investigaban y preparaban el argumento, las tramas, los personajes; un primer borrador que Dumas limpiaba. fijaba y daba esplendor, otorgándole un «color» magistral a sus obras: una sólida narración, unos diálogos deslumbrantes, una acción desbordante, unos protagonistas esculpidos hasta la inmensidad, como el David de Miguel Ángel. La obra de Dumas es inmortal, invencible, inigualable, universal. Él ha sido y seguirá siendo uno de los autores más leídos en la historia literaria; frente al inicial desdén de la crítica, se impone el universo Dumas en toda su abrumadora humanidad.
«Hoy, la IA se ha convertido en el gran negro literario», sostiene para Nueva Revista el escritor limeño Fernando Iwasaki, que vive en Sevilla desde hace más de 30 años y es un profundo conocedor de lo que esconden los entresijos de la república de las letras. Aunque han aparecido varios libros de ensayos, crónicas e investigaciones históricas y se ha reeditado su novela Libro de mal amor (El Paseo), en España Iwasaki no publica ficción desde que en 2009 Páginas de Espuma publicó España, aparta de mí estos premios. Espera disponer del tiempo suficiente para terminar un libro de relatos a lo largo del primer semestre de 2026.
«El gran negro literario de nuestros días es la IA —prosigue Iwasaki—, diseminada por una serie de programas que ya están triturando el trabajo de los traductores y degradando los trabajos académicos en universidades y otros centros de estudios. Que un político o un advenedizo literario recurra a negros me es inverosímil —como decía Julio Cortázar—, pero es terrible que estemos asistiendo a la graduación de un número indeterminado de “profesionales“ que tienen un “negro digital”. De esos ordenadores en modo oscuro es de lo que deberíamos hablar».
—¿Escribir en España hoy sigue siendo llorar?
—Desde que existen las redes sociales ya se llora menos (Iwasaki dixit).
Mario Vargas Llosa escribió un libro, Pieles negras y blancas, para una mujer rica y peruana que le pidió en el París de 1959 pasar a papel lo que ella apenas podía balbucir en unos cuadernos de un viaje a África. «Tengo un ejemplar de Pieles negras y blancas de Cata Podestá, —añade Fernando Iwasaki—, pero lo esencial es releer La señorita de Tacna conociendo aquella historia».

Mientras escribía una de sus obras inalcanzables, La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa aceptó ese encargo de una señora de la alta burguesía peruana con ínfulas literarias de poner negro sobre blanco sus memorias de África. Vargas Llosa se había trasladado con Julia Urquidi, la tía Julia, su primera esposa, a una buhardilla del modesto Hotel Wetter, en el número 9 de la rue de Sommerard, en París. Este «hallazgo literario» es obra de la estudiosa francesa Marie-Madeleine Gladieu, experta en la obra del escritor hispano-peruano, al leer las memorias de Julia Urquidi, Lo que Varguitas no dijo (Bolivia, 1983). Urquidi recuerda aquel episodio así:
«Por esos días llegó al hotel una dama peruana. Acababa de hacer un viaje por el Oriente [en realidad, fue por África], y quería escribir un libro sobre sus experiencias. Habló con Varguitas. Quedaron en que ella le iría contando sus viajes y él escribiría el libro por una suma de dinero que consideramos suficiente para los gastos extras de la semana. Le pagaría los días viernes, de acuerdo a las páginas escritas. Todas las mañanas iba mi marido a la habitación de la viajera para hacer el trabajo. Frecuentemente entraba yo a escuchar sus relatos, estos eran bastante infantiles. Mario se divirtió con ese “trabajito”. Como no quería que nadie viera a Mario escribiendo, la puerta estaba siempre cerrada. Debe haber sido el libro más difícil para Varguitas. Sobre todo, al tener que escuchar a una señora en bata, desgreñada y en ilusorias aventuras. Esta obra de arte fue publicada en Lima, nunca la leí. Además, la autora no tuvo la gentileza de enviar un ejemplar al autor».
En 1983, Vargas Llosa estrenó Kathie y el hipopótamo, una obra de teatro inspirada en su relación con la señora Podestá. Resucita el escritor hispano-peruano al periodista Zavalita, su memorable personaje de Conversación en La Catedral, contratado para escribir un libro de viajes.
Hace veinte años, en Oviedo, Paul Auster me confesó que había sido «negro literario» porque lo necesitaba para poder vivir. Fue durante una conversación, en el Hotel Reconquista, poco antes de recibir en el Teatro Campoamor el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Amarrado al «smoke», humo negro, de un finísimo puro y a una copa de agua, inventor de soledades, militante del azar, Paul Auster, el amigo americano que mejor experimentó con la máquina de escribir, hablaba de sus fantasmas, y A salto de mata, revelaba que había sido un escritor «fantasma»:
—Es cierto. Un «negro» literario. Lo necesitaba para comer y sobrevivir. Fue en París. También trabajé como traductor y como cuidador de una finca.
Ocurrió en los comienzos de los años 70 parisinos, que él definió como una «aventura norvietnamita en París». Comenzó con una llamada a su entorno preguntando si conocían a algún traductor de poesía del francés al inglés. La guerra del Vietnam seguía alargándose y le propusieron traducir la Constitución vietnamita: «Tenía ocho o diez páginas, y aparte de algunas sentencias corrientes del marxismo leninismo (“perros guardianes del imperialismo”, “lacayos burgueses”), —recordaba Auster en A salto de mata— era un texto bastante árido. Hice la traducción al día siguiente, y cuando llamé a mi amiga bióloga para comunicarle que el trabajo estaba hecho, manifestó una alegría y un agradecimiento exagerados. Solo entonces hizo alusión a mis honorarios: una invitación a cenar en el restaurante vietnamita más sencillo y barato de París, pero también el mejor. El único adorno del establecimiento era una fotografía en blanco y negro de Ho Chi Minh colgada en la pared».
Entre los casos más fascinantes de «negritud literaria», detalla Fernando Iwasaki, se encuentra el de María de la O Lejárraga, quien escribía las obras que firmaba su marido, el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra. Riojana, de San Millán de la Cogolla, se hizo maestra en Madrid, en el barrio de Argüelles, donde conoció al comediógrafo. «Sin ser propiamente novios —relataba María de la O Lejárraga en ABC—, sino “muchachos que tontean”, escribimos y publicamos con nuestros escasos ahorros dos libros, El poema del trabajo y Cuentos breves. Él firmó el primero, y yo el segundo. Su familia celebró su libro. La mía, “intelectualizada”, ni un elogio al mío». María de la O Lejárraga se plantó y zanjó: «Sufrí tanto con esta indiferencia, que juré por todos mis dioses mayores: “No volveréis jamás a ver mi nombre impreso en la portada de un libro”. Esta es una de las poderosas razones por las cuales decidí que los hijos de nuestra unión intelectual no llevaran más que el nombre del padre. Anciana y viuda, he tenido que proclamar mi maternidad para poder cobrar mis derechos de autor, ya que de ellos vivo».
Tan fascinante como el de H. P. Lovecraft como negro literario del ilusionista y escapista Houdini en la revista Weird Tales. Lovecraft (1890-1937), el gran maestro de la literatura de terror, fue contratado por esa publicación para escribir un relato titulado Bajo las pirámides (Prisionero entre los faraones), publicado en Weird Tales entre mayo y junio de 1924, en el que simulaba experiencias autobiográficas del propio Houdini. «El escapista quedaría tan satisfecho con el resultado que más tarde contrataría como “negro” a Lovecraft, para que escribiese un libro que iba a titularse The Cancer of Superstition. Pero la muerte inopinada de Houdini, en 1926, malogró el proyecto, cuando Lovecraft ya llevaba redactados tres capítulos», recoge Juan Manuel de Prada en «Los casos más sorprendentes de negros literarios», de la publicación XL Semanal.
Hubo un poeta peruano —José Eufemio Lora y Lora— que también fue «negro literario» de los artículos de Rubén Darío, rememora Iwasaki: «Las cartas de aquel poeta pidiéndole a Darío sus honorarios son desgarradoras. José Eufemio Lora y Lora murió en el metro de París, en la más absoluta pobreza».
Alejandro Sawa, apóstol del simbolismo, incardinado al nacimiento de la literatura moderna en París, amigo de Paul Verlaine y de Rubén Darío, e inspirador del personaje de Max Estrella de Valle-Inclán, fue también «negro literario» de Rubén Darío, como ha descubierto la profesora Amelina Correa, catedrática de Literatura Española en la Universidad de Granada, en la que ha dirigido su Cátedra Federico García Lorca: «Desde siempre —declara a Nueva Revista— he sentido una especie de atracción hacia los escritores marginados. Me parece un gesto de “justicia poética” sacarlos de su olvido. Y el caso de Alejandro Sawa me parece que responde perfectamente a las palabras que dejó escritas Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray: “Un gran poeta, un poeta realmente grande, es la más prosaica de todas las criaturas. Pero los poetas menores son absolutamente fascinantes”».
Alejandro Sawa incorporó a Rubén Darío a las tertulias literarias del París finisecular en la primavera de 1893, presentándole a los escritores del momento, como Maurice Duplessis, Jean Moréas, Charles Morice y, por supuesto, su admiradísimo Paul Verlaine: «Darío mismo lo iba a relatar en su Autobiografía, reconociendo por tanto explícitamente su deuda. Sawa y Darío mantendrían durante años una muy buena amistad, truncada en los tiempos finales del desgraciado y lúcido bohemio», aclara Correa.
La situación de la familia Sawa en los últimos años de vida del escritor sevillano le obligó a «vender» su pluma para poder obtener algún ingreso, lo que se manifestó en una serie de ocho colaboraciones firmadas por Rubén Darío para el diario La Nación, de Buenos Aires, que vieron la luz entre la primavera y el otoño de 1905. La última ilusión literaria de Sawa, según le confiesa a Darío, es publicar Iluminaciones en la sombra. Le pide ayuda económica a Darío, que la dilata; entonces Sawa le recuerda a Darío su «deslealtad» sobre aquellos artículos escritos tiempo atrás y no firmados, y por los que ¿nunca llegó a cobrar?
¿Cómo fue esa última etapa Sawa-Darío? Responde la profesora Amelina Correa: «Creo que lo que nos da una idea más aproximada de esa última etapa son las cartas de Sawa a Darío que se conservan en el Archivo Histórico de la Universidad Complutense, leídas cronológicamente. En ellas se ve cómo Alejandro pasa del tono francamente cariñoso y admirativo; cómo, poniéndole al día de su lamentable estado de salud, le pide en reiteradas ocasiones tan solo que lo visite; cómo le cuenta su íntima ilusión final de ver publicada su mejor obra, la póstuma Iluminaciones en la sombra; y cómo, ante las reiteradas excusas o directamente silencio del nicaragüense, Sawa pasa en su última carta a un tono agresivamente distante, en que le echa en cara la deuda que mantiene con él por los artículos escritos para La Nación, y que nunca ha saldado. La verdad es que la lectura de esas impresionantes cartas pone el vello de punta».
—¿Cree que en la obra literaria de Darío puedo anidar también el espíritu literario de Sawa?
—Quizás —responde Correa— lo que se puede apreciar es ese común carácter bohemio, así como una similar devoción hacia la Belleza.
No cree Amelina Correa que Sawa trabajara como «negro literario» para otros autores: «Resulta muy improbable, pues Sawa siempre fue conocido por lo insobornable de su pluma —concluye la investigadora—, por no venderse ni siquiera en las condiciones más difíciles. El caso de Rubén Darío es verdaderamente excepcional, y solo lo hizo probablemente movido por la necesidad de sacar adelante a su mujer y a su hija, que ya pasaban toda una serie de necesidades. De hecho, lo definitorio de Sawa lo encontramos en sus palabras que recoge Rafael Cansinos Assens en La novela de un literato: «Lo importante es la obra, y la obra no debe prostituirse ni venderse… Pasemos miseria, seamos incomprendidos…, vejados, zaheridos, pero tengamos siempre la ambición de hacer una obra grande, pura, sincera…, sin transigir con el vulgo, […] viviendo para los mejores, los artistas, y manteniendo en alto esta antorcha encendida en los fuegos de la vieja Hélade…».
Existe una figura desconocida que es «el negro del negro» literario. Se reveló en el entierro de un «escriba» de Alejandro Dumas. En ese momento, apesadumbrado Dumas, se le acerca un tipo y le dice que no se preocupe, que la novela que está escribiendo va por buen camino. Y Dumas le pregunta: «¿Y usted cómo lo sabe?». El desconocido responde: «Porque yo soy el negro de ese negro».
¿Qué opina Fernando Iwasaki de esa figura literaria, «el negro del negro»? «En realidad —responde el periodista y escritor peruano—, el ínfimo nivel de la política ha convertido al “negro del negro” en el “asesor del asesor”, porque el nivel de los asesores también se ha resentido mucho. Los artículos de prensa, los discursos parlamentarios y las biografías de los líderes dependen hoy del “asesor del asesor”, acaso el único que no ha pasado por las juventudes de los partidos, precisamente porque estaba estudiando y después trabajando».
¿Tan mal escriben y hablan nuestros políticos que ni siquiera sus «negros» los salvan de la indignidad literaria en la oratoria y en la escritura? «Con la honrosa excepción de Cayetana Álvarez de Toledo, los demás parlamentarios —de todos los partidos— me recuerdan a Demóstenes antes de las piedras», zanja Fernando Iwasaki.
Denuncia Fernando Iwasaki que el «uso y abuso» de la IA se encuentra tan desatado en las universidades que su impacto en la redacción de Trabajos de Fin de Grado (TFG) y Trabajos de Fin de Master (TFM) es por ahora «incalculable»: «Así, el viejo “negro literario” se transformó primero en “negro académico” y su nueva versión es ahora el “negro digital”, ya se trate de chatGPT, Writesonic u otro programa de escritura con IA. Por eso creo que pronto volverán los exámenes y disertaciones orales delante de un tribunal, porque las relaciones, comparaciones y argumentaciones orales son mucho más fiables que las exposiciones preparadas con antelación, donde la presencia de la IA es abrumadora. Si los grupos de clase fueran más pequeños —25 alumnos como máximo— sería posible trabajar con la IA en clase, pero cuando tienes grupos de 60 o 70 estudiantes es imposible».
—Iwasaki, ¿ha sido usted, en algún momento de su vida, «negro literario»?
—Con la mano en el corazón y no en el bolsillo, nunca he sido «negro literario». Un par de veces me lo insinuaron y decliné quijotescamente.
En la fotografía que encabeza este artículo, Ewan McGregor en un imagen de la película El escritor (The Ghost Writer), dirigida por Roman Polanski en 2010.