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En el sexto aniversario de la muerte de Carlos Pujol, les ofrecemos la última entrevista que dio en vida. Su conversación con Ignacio Peyró apareció publicada en la Navidad de 2011 en La Gaceta de los Negocios. Junto a la entrevista, también publicamos el perfil con que el entrevistador la acompañó

PERFIL

Han pasado ya años desde que Carlos Pujol nos enseñara a leer a Saint-Simon y ahora va publicando novelas, libros de artículos y libros de poemas como el goteo más feliz, en el plinto de los mejores, siempre avalado por la serena autoridad de la buena literatura. En realidad, seguramente casi todo el mundo ha leído a Carlos Pujol: por sus manos de traductor han pasado lo mismo Andrew Marvell que la Dickinson, Samain y Joubert. Si traducir es leer más hondo, he ahí a uno que ha buceado más que nadie por los clásicos, aunque para la gloria mundanal queden ante todo sus muchos años de factótum en la mayor editora del país.

En una época de crítica en declive, sus reseñas y sus recopilaciones –de Itinerario francés a El espejo romántico– cumplen con la vieja aspiración de la crítica, a saber: configurar por sí misma un género literario, lo que incluye estar informado, ser leído, tener voluntad ecuánime y –ante todo– escribir bien. Es así como la literatura se hace fiesta. Mientras van y vienen los novelones de templarios y los ídolos del día, su labor narrativa –El lugar del aire, Jardín inglés, Dos historias romanas- tendrá siempre sutileza y ligereza, el ritmo necesario y el humor más cercano. Este humor viene a desmitificar las solemnidades del mundo, y también estará en esas delicias de género mixto que son libros como La casa de los santos o 1900. Todo tiene calidad para durar, porque la buena prosa nunca muere.

“Para nombrar el mundo, / que es claro y misterioso como el agua”, Pujol lleva más de dos décadas publicando poemas: poeta tardío, ha tenido la suerte de que su poesía calara poco a poco entre gentes jóvenes. Así ha encontrado su reivindicación al margen de los codazos en pos del Parnaso y el numerus clausus de las antologías. Con cierta actitud moral de discreción en tiempos exhibicionistas, quizá a alguno le pueda parecer que en ciertos poemarios de Pujol –donde habla con la voz de Job o la Sevigné–, el poeta parece jugar al escondite. Pero todo queda sublimado en la calidad de su lírica, “como si se cumpliese una promesa / que al fin nos hace ser tal como somos”.

ENTREVISTA: “El humor en la novela es el gran aporte de los españoles”

Carlos Pujol, nacido en Barcelona en 1936, es una de nuestras personalidades literarias de mayor relieve. Autor de una obra amplia y sólida que abarca cuarenta títulos de todos géneros, también ha traducido un centenar de las  obras indispensables de la literatura universal: Balzac, Baudelaire, Hemingway, Austen o Shakespeare. Catedrático emérito de literatura románica y profesor durante cuatro décadas en la Universidad de Barcelona, Pujol es también miembro de los jurados del Premio Planeta y del Ramon Llull, entre otros, y como editor ha ayudado a incontables jóvenes escritores. Crítico literario tan inagotable como sabio, es quizá el más reputado experto y difusor de la literatura francesa entre nosotros, aunque su conocimiento de las letras anglosajonas no le va a la zaga.

¿Cómo ha logrado escribir su propia poesía habiendo traducido a tantos poetas insignes?

Con cierto sentimiento de vergüenza. Se necesita valor para escribir poesía habiendo traducido a Baudelaire, por ejemplo. Era algo que tenía en mente ya desde la adolescencia, pero luego lo dejé correr porque descubrí que estaba imitando lo que me gustaba entonces.

Explíqueme esta tardanza en sus primeras publicaciones de poesía

Tenía 45 años cuando publiqué la primera novela. Y al cabo de pocos años pensé: -Hombre, por qué no probar de nuevo con la poesía. Tenía más experiencia y las traducciones en verso me dieron muñeca. Cuando era estudiante comprendí que lo que hacía no llevaba a ninguna parte. Eran imitaciones y parodias de lo que yo admiraba. Mi poesía viene traída por la novela. Utilizo normalmente el recurso poético del  monólogo dramático, que me llevó a pagar la deuda que tenía con Robert Browning, que fue si no el inventor, sí el que se dedicó más a este género. Un personaje histórico conocido que cuenta sus cosas como si estuviera en un escenario. Y esto es una secuela de una actitud novelesca. Mi poesía es más de contar que de cantar.

¿Sintió aprensión al poner versos en boca  de Bernini o de Madame de Sevigné?

Sí, desde luego, un gran respeto. Pero al entrar en ellos también descubres que hasta el sol tiene manchas.

¿Qué papel ha jugado el humor en su obra?

Un amigo mío considera que combinar el humor con la poesía es sacrilegio. Pero una novela requiere humor, que no es reírse de los demás, sino de uno mismo. El humor en la novela es el gran aporte de los españoles. El descubrimiento de la novela como humor. Los españoles inventamos, pero no sabemos sacar las patentes. Las patentes del Quijote las sacaron los ingleses. El humor es lo que da trasfondo y relativización de las cosas, más que los alarde técnicos. Sin embargo, cometimos el disparate de poner lecturas como Tiempo de silencio entre las obligatorias en el bachillerato. Como para desanimar a generaciones enteras de futuros lectores.

¿Cómo enmarca su poesía en la lírica española contemporánea?

He tenido una gran ventaja: nadie me ha hecho caso. Al principio me produjo ciertas contrariedades, pero me ha dado libertad. Nadie se ha molestado en incluirme en estos grupos de los que todo el mundo disfruta: generaciones, escuelas… No sabría qué decirte. No me identifico con ninguna clasificación, me parecen bastante ramplonas. El peor enemigo de la literatura es la historia de la literatura. Al preguntar a mis alumnos -¿Qué sabe de Cernuda, o de García-Lorca? La respuesta siempre era la misma, prefabricada: -Es un miembro de la generación del 27. Punto final. Y creían que con esto la cosa estaba explicada.

¿Se ha desleído con el tiempo la influencia de la literatura francesa, en otro tiempo tan grande?

Del todo. La cultura francesa y Francia en general se ha venido abajo completamente. Una literatura impresionante en riqueza e influencia que en el siglo XX se ha desplomado. Sobre todo en Barcelona se vivía culturalmente pensando en París. La novela francesa, el premio Goncourt, la última película francesa, las últimas modas de la pintura… Cualquier cosa que pasaba en París era un acontecimiento. La gente leía las revista literarias francesas. Estaba la Librería Francesa, con tres tiendas en Barcelona; se vendían muchos libros en francés. Todo esto ha pasado a la historia completamente. Las películas francesas no le interesan a nadie. Las novelas no valen nada. Uno coge una revista francesa y ve cómo han llegado a este grado tremendo de la decadencia que es el ‘ombligismo’, hablan sólo de lo suyo.

¿Le ha compensado traducir tanto en prosa como en verso? Porque usted lo ha dejado…

Empiezo a tener una edad venerable y me canso. He traducido un centenar de libros. Era un complemento muy mal pagado, pero yo era más joven y tenía más brío. Me lo tomaba como aprendizaje e ilusión y como un modesto complemento económico. Luego me dediqué de lleno a escribir. Traducir a Balzac o Jane Austen requiere sentarse durante tres o cuatro horas todos los días durante mucho tiempo. La poesía es más fragmentada, que se puede ir haciendo mientras se pasea.

Ha dejado dicho que la realidad, en literatura, está para ser saboteada. Pero ha defendido con énfasis la literatura realista del XIX frente al experimentalismo del siglo XX

Las aventuras y cabriolas del siglo XX nunca me han convencido mucho, ni los autores que ahora se veneran con un buen grado de esnobismo, como Joyce. Ulises es una obra de ingeniería admirablemente bien hecha. De eso a compararlo con las novelas clásicas del XIX como Balzac, o Dostoyevski, incluso Henry James… El XIX es el gran siglo de la novela, y no se si es realista, pero mantiene el respeto aparente por la realidad. Y creo que esto se ha perdido. El cine ha influido mucho y el lector de hoy ya no puede leer la Regenta, que empieza con aquel tour de force en lo alto del campanario de la catedral: páginas y páginas explicando qué es lo que se ve desde el campanario. Esto hoy no lo soporta nadie. El cine lo resuelve en un plano general que dura segundos. ¿Está bien o está mal? Las cosas cambian, cambia el lector.

Se dice que la literatura es menos importante e influyente que antes

No tiene influencia. Este mundo que está cambiando tan rápido se refleja en la literatura con el adocenamiento literario de los best-seller.

¿Nos han faltado en España tradiciones críticas como las de Francia o Inglaterra?

Lo que podríamos llamar la sociedad literaria, en Francia o Inglaterra es mucho más sólida. Viene de raíz: de la educación y la escuela, mucho mejor que la nuestra. Los lectores son lectores mejores y más críticos. Fíjese que a Gracián y Calderón nos lo descubrieron los alemanes. Pero también me ha repugnado siempre la falta de espíritu crítico con lo propio. En la universidad no se podía discutir que el Arcipreste de Hita había sido un genio, que Lope de Vega era el no va más. Una especie de nacionalismo cultural. Dos palabras difíciles de casar. Cuando descubrí La Divina Comedia me quedé viendo visiones. Aprendí italiano leyéndola. Pero en España siempre hemos vivido muy cerrados en nuestra tradición. Por eso escandalizaba Eugenio D’Ors, porque ha ido rompiendo fronteras. Parece que hay que ponerse de rodillas y rezar ante una cosa que se llama generación del 27. Pero con el tiempo no sé que quedará, como discretos escritores, supongo. El todo por la patria no es un lema de cultura.

Usted nunca ha escrito en catalán aun teniendo amigos como Joan Sales o Joan Perucho

Desde que tuve uso de razón el castellano era la lengua de expresión única: el cine, los tebeos, las novelas de quiosco, la escuela, la universidad. Todo me vino completamente dado. Muchos años sin una sola clase en catalán. Además, me encontré con que mi devoción por la literatura catalana quedaba bastante mitigada porque la lengua en la que se había expresado la literatura catalana en el siglo XX me resultaba completamente ajena. La lengua de Carner, Riba, etc. era artificial, no tenía nada que ver con el catalán hablado. Josep Pla decía aquello tan divertido de que “el poeta Joan V. Foix es un gran poeta catalán que escribe en checoslovaco”. La sensación que uno tiene con Foix es de que está leyendo una cosa rarísima, nadie ha hablado de esta manera. La evolución del catalán tan controlado por unas opiniones políticas me parece que ha sido negativa porque no se ha atenido a la lengua viva, sino a una imposición. También es sintomático que Pompeu Fabra, el arquitecto de este asunto, fuese un ingeniero de profesión. Acabé encontrándome con que no puedo escribir en catalán, ni siquiera domino la ortografía. Para mí el catalán ha sido una magnífica lengua de comunicación.

Aunque no haya hecho alarde, su condición de católico es muy visible en su obra.

Pues sí. Nunca me ha gustado hacer un literatura confesional porque la novela y la poesía es para todo el mundo. Pero no descartar a nadie empieza por no descartarse a uno mismo. No se puede dar la espalda a lo que uno es. El mundo literario se ha secularizado de forma brutal.


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Habitual como firma de periodismo literario, opinión política y dos áreas de su especial interés, la literatura y la cocina, ha publicado sus trabajos en los grandes medios españoles. Ha sido director de la edición digital de Nueva Revista, jefe del proyecto de opinión online de The Objective y articulista en diversos medios. En julio de 2017 fue nombrado director del Instituto Cervantes de Londres. Ha publicado Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (2014) y de La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig (2017). Traductor y prologuista de obras de Evelyn Waugh, Louis Auchincloss, J. K. Huysmans, Rudyard Kipling, Valle-Inclán o Augusto Assía, entre otros.