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Tom Burns Marañón (1948) es un español nacido en Londres y un inglés que vive en Madrid. Nieto de una de las indiscutibles eminencias españolas, Gregorio Marañón (y descendiente también de Miguel Moya, el fundador de El Liberal y de la Asociación de la Prensa; esto se llama pedigrí), Tom es un brillante periodista que se formó en Oxford, ha sido corresponsal en España de Reuters, The Washington Post, Newsweek y Financial Times, y, en la actualidad, además de escribir en los periódicos y publicar libros (acaba de terminar uno, De la fruta madura a la manzana podrida, que aparecerá en breve), trabaja como consultor financiero. Tom ha sido un atento observador de la Transición española y en torno a ella ha completado una trilogía muy reveladora: Conversaciones sobre el Rey, Conversaciones sobre el socialismo y Conversaciones sobre la derecha.

Hablo con Burns Marañón en su oficina de la calle Orellana, en uno de esos barrios céntricos y confortables de Madrid, en una sala llena de grandes cuadros que envuelven la charla en un aire sereno y monacal. Tom lleva las gafas de leer sobre el extremo de la nariz y te mira a los ojos como su egregio abuelo debía mirar a los enfermos. No me queda más remedio que citar a su antepasado, que era también médico de periodistas. César González Ruano, tenaz hipondríaco, le llamaba cada dos por tres, en cuanto tenía una leve tos. Quizá por eso el cronista pudo acuñar la maravillosa definición de que la medicina es una rama de la amistad.

Le traigo una cita de su abuelo, por si podemos aplicársela a la política que estamos viviendo, con jóvenes que quieren defenestrar, literalmente, a los veteranos: «Nada da idea de la vejez prematura de un hombre hecho y derecho, escribió Marañón en su ensayo Rebelde y conservador, como su sumisión incondicional a la juventud de otros».

Marañón mismo decía que el deber de la juventud era rebelarse, era la rebelión. Yo creo que todos debemos ser rebeldes de jóvenes y en la madurez la conducta es más bien de adaptación, es más bien conservadora.

Usted ha llegado a la madurez siendo inglés y español. ¿Se puede ser las dos cosas?

Supongo que sí, las dos cosas. Siempre me lo preguntan y siempre contesto lo mismo. Depende de con quien esté hablando o qué trabajo esté haciendo en un momento dado, o qué es lo último que he leído. Pero yo creo que se pueden compaginar las dos cosas.

Yo creo que, ahora, poder ser las dos cosas es un privilegio.

Bueno, pero todos somos muchas cosas. Hay muchas patrias chicas, donde has nacido, donde te has criado, tu colegio, tu universidad, tus trabajos, las cosas que has hecho en la vida, los sitios donde has estado.

La patria es la infancia, ¿no?

No sé… No necesariamente. Y eso que mi infancia fue muy feliz.

De Churchill, ¿qué recuerdo tiene? A los cincuenta años de su muerte, esta figura nos sigue fascinando. ¿Por qué?

Cuando él murió yo era un colegial, y vivía en el Reino Unido, con mis padres y mis hermanos. Le cuento una cosa curiosa: cuando iba a celebrarse el entierro de Churchill, nosotros estábamos en el internado, pero en casa estaba nuestra hermana y estaba también Javier Solana. Mi madre, que tenía mucha devoción por los momentos históricos, la víspera del entierro de Churchill, que iba a partir muy cerca de donde vivíamos, echó de casa a media noche a mi hermana y a Solana, para que ocupasen un sitio y así poder ver pasar el cortejo.

Y estuvieron toda la noche reservando el lugar, porque había un gentío enorme.

Fue un entierro que conmovió a medio mundo. Un famoso periodista francés, Leon Zitrone, que lo retransmitió por televisión, dice en sus memorias que no vivió nada comparable a la despedida de aquel «compañero de la liberación» de los franceses…

Churchill representa para los ingleses, y te hablo como inglés, la totalidad de la Historia y la totalidad de lo que los ingleses creen de ellos mismos. Churchill abarca dos siglos. Churchill de joven está en la India, en Sudán, en Cuba… Primero es militar, luego es periodista y escritor y, muy pronto y muy joven, es diputado, que es lo que quería ser. Y alcanza la fama de una manera muy rápida. Pero él vive el final del Imperio Británico. Él está en un regimiento de caballería y es el último ataque o carga con los lanceros, esto fue en el Sudán. Y esto es la Inglaterra de Kipling, es lo que crece en la juventud inglesa, por lo menos la de mi época, la Inglaterra imperial. Eso por un lado. Y luego tenemos el Churchill de la segunda guerra mundial, que es otra cosa.

¿Qué es lo que más le atrae de aquel personaje tan poliédrico, que escribía, pintaba acuarelas y hasta trabajaba de albañil, poniendo ladrillos?

Le encantaba construir muros y poner ladrillos en su casa de campo de Chartwell, que se compró recién casado. Es algo muy curioso, una manera de desengancharse, de desintoxicarse. Yo no conozco a otra persona que sea tantas cosas. Hay aspectos de Churchill que a mí me interesan mucho, porque son los menos conocidos. Su primer escaño parlamentario fue por el distrito electoral de Manchester, donde había una comunidad judía bastante importante y Churchill trata a esta comunidad, que son sus votantes. Churchill conoce muy bien a los fundadores de Israel, gente como Weizmann, y toma una postura muy clara con la Declaración de Balfour, en el 17, para la creación de un espacio para los judíos, el hogar judío en Palestina. Hay un momento en la guerra mundial, cuando sabe que desde Italia están embarcando judíos hacia Auschwitz por tren, en el que ordena el bombardeo de esos ferrocarriles. El jefe del arma aérea le dice que tiene muy pocos aviones, que lo importante es seguir machacando la maquinaria de guerra alemana y que no disponía de aparatos para atacar los trenes que iban a Polonia. Y Churchill le dice: «Me da igual. Los bombardeas ya, esta noche».

Y, sin embargo, es una figura controvertida. Siempre fue un hombre muy polémico, pero ahora hay un cierto revisionismo que lo acusa de predominar en él, sobre todo, el espíritu militar. Hablando de bombardeos, no se olvida lo duro que fue con Desdre.

¡Es tan difícil juzgar a la gente que tiene esa responsabilidad! Los ingleses se hacen muy pronto, en la segunda guerra mundial, con el aparato que se llama Enigma, que les permite leer todas las claves y todas las órdenes que dan los mandos alemanes y saben con 48 horas de antelación, quizás más, que se va a bombardear la ciudad de Coventry, que es una ciudad muy industrial y muy antigua, en el centro neurálgico de la industria británica. Churchill tiene que tomar una decisión, que es que ni saca a los niños, ni saca a las mujeres ni refuerza hospitales. No hace nada; no podían descubrir que lo sabían; y Coventry es arrasado, como luego lo fue Desdre. Una vez tomada esa decisión hay que poner en un contexto el bombardeo de Desdre.

Políticamente hay quien piensa que era un conservador muy lúcido y otros que era un pragmático que no tenía inconveniente en cambiar de partido.

Churchill era un poeta. Yo no creo que fuera especialmente pragmático, era un hombre de enormes talentos que dominaba el idioma inglés y escribía divinamente, ganó el Nobel…

De literatura, nada menos.

No le iban a dar el de la Paz…

Era un amante tremendo de la Historia, que realmente conocía, y sabía la importancia de los héroes en la historia. Sus primeros trabajos históricos son sobre su antecesor, el duque de Marlborough, el Mambrú «que se fue a la guerra» para los españoles, porque él nació en el palacio de Blenheim, que es el gran palacio que el Reino Unido le da al victorioso Marlborough, situado al lado de Oxford. Esa pasión por la historia, pasión por los grandes momentos de la historia, pasión por las heroicidades de la historia y por los personajes heroicos, le forman también muchísimo. Eso era lo que pensaba de sí mismo…

Qué gran lema el de los Marlborough, «Fiel, pero desdichado». Lo copiaron de un cañón español.

Un nieto suyo, que es amigo mío, pues fuimos juntos a la universidad, me contó que cuando era muy pequeño estaba en la casa de campo de Chartwell, y después de la comida, cuando Churchill se estaba echando la siesta, este niño se mete donde estaba durmiendo su abuelo y le dice: « ¿Grandfather, de verdad eres el inglés más importante que ha existido nunca?». Churchill se despierta y pregunta a su vez: « ¿Qué me dices?». El nieto lo repite. Y Churchill le dice «Sí, y lárgate ya».

En el aspecto humano debía ser arrebatador.

Es un señor que se está tomando champagne y brandy desde las ocho de la mañana en la bañera, porque se baña constantemente. Le encanta la bañera y está tomando lo que toque y fumándose el puro.

Su secretaria escribió después que los puros eran largos, aromáticos y carísimos. Se aficionó en Cuba, como se sabe, cuando fue a pelear al lado de los españoles. Ahí empezó a fabricar anécdotas.

Es el Churchill escritor, historiador, lector. Y luego están sus acuarelas, para las que tenía una enorme facilidad y que le gustaban muchísimo. Era un hombre incansable.

Decía que en los últimos años de su vida —como cuenta Navarro-Valls— se sentía «como un aeroplano al final de su vuelo, en el crepúsculo y sin gasolina, en busca de un lugar seguro donde aterrizar». Hay muchas anécdotas memorables, como la de Bernard Shaw, que le mandó dos entradas para que fuera a un estreno con un amigo, «si aún le quedaba alguno», y Churchill replicó diciéndole que no podía ir al estreno, pero iría al día siguiente, «si aún seguía la representación»…

O cuando una diputada laborista le acusó de estar borracho y él le dijo: «Yo estaré borracho pero por la mañana se me ha pasado y usted seguirá siendo fea y desagradable». O la de lady Astor, que le dijo que si fuera su esposa le echaría veneno en el café y él replicó que se lo bebería.

Me gusta mucho una que cuenta Ignacio Peyró en su formidable «Pompa y circunstancia, Diccionario sentimental de la cultura inglesa». Su respuesta a un político puritano que describía el alcohol como la patada de un antílope y el mordisco de una víbora: «Señor, toda mi vida he estado buscando una bebida como esa». Es lógico que a un personaje así se le siga venerando, ¿no?

En mi generación, sí. Pero hay una cosa muy importante en Churchill, que es su idea de libertad. La idea de no aguantar al tirano que te ordena: eso está metido en los genes del inglés. Napoleón, por ejemplo. Si tú solamente recibes la educación británica y no sales de las Islas Británicas, tienes una idea de Napoleón. En el continente europeo tienen otra. No aprendes del código Napoleón. Lo único, que Napoleón es un tirano.

A usted, como observador, ¿qué le ha parecido esa irrupción de la señora de Nick Clegg, de soltera González Durántez e hija de un caballero de Olmedo, en la última campaña electoral, abroncando al Gobierno de España por decir que las encuestas podían fallar aquí, como en Inglaterra?

Lo que está diciendo es una cosa muy clara: que hay una enorme diferencia entre el sistema político electoral británico y el español. Nosotros sabemos, porque lo vivimos, cómo se hizo la ley electoral en España, y por qué se hizo de esa manera. Se quería construir el bipartidismo, y se potenciaron dos partidos frente a la sopa de letras. Después ya sabemos lo que pasó. En el 78, Constitución; en el 79, las segundas elecciones que gana Adolfo Suárez. Pero a los dos meses hubo elecciones municipales, y ahí es donde empieza a pegar fuerte la izquierda, que pacta con el Partido Comunista y conquista Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, Sevilla, en unas elecciones locales que catapultan a los socialistas. Entremedias has tenido la dimisión de Suárez, el golpe de Estado fallido, doscientos cincuenta muertos de eta y la descomposición de ucd, y tienes una crisis política de caballo en el 81, que se resuelve en el 82 en unas elecciones absolutamente atípicas porque ahí solamente juega un partido, que llega a esa mayoría de 202 escaños en el Congreso. Ya no se vuelve a tener algo así, pero lo que sí se tiene son catorce años de gobierno socialista. Esa cultura política, en la segunda restauración de la Corona, ya no es el turnismo ni la alternancia entre liberales y conservadores, sino que es un solo partido que está cuatro legislaturas en el poder y que ni siquiera es un partido, es el felipismo. Ahí ya entran elementos de liderazgo, de férreo control del aparato, de la superioridad moral, de una serie de elementos que van a hacer muy difícil una política abierta, una política en la que puedan ir sucediéndose los mejores, una política liberal. Y no se produce porque en el fondo esas conductas y esos comportamientos se suceden gobierne quien gobierne. La ley electoral sigue en pie y eso es lo que lleva al artículo de la señorita de Olmedo.

Usted le dijo a Ignacio Amestoy en un autorretrato que la Constitución vale, pero que habrá que reformarla.

Sí, claro.

Lo dice con flema inglesa, sin alterarse, como si no viviese en un país con escraches y fobias, en el que —lo ha contado Rita Barberá, alcaldesa de Valencia que luchaba por su puesto en las últimas elecciones— un fotógrafo pedía a los reventadores de sus mítines «más odio, más odio». Pero, español también, Tom Burns Marañón enseguida se pone a hablar de encuestas y posibles pactos. Me dan ganas de decir que quizá nos esperan días de sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas. Pero a lo mejor estoy exagerando. Ya está bien de Churchill por hoy.

Tom me regala uno de sus últimos libros, Hispanomanía con un Prólogo para franceses (que trata de quienes han configurado la visión de España en el extranjero), cuya dedicatoria ilustra sobre cómo son estos nietos del doctor Marañón: «A mis hermanos María Belén, David y Jimmy, tan españoles como ingleses en España y en Inglaterra». ¢


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Ha sido, a lo largo de su larga trayectoria periodística, director del diario “Madrid” y presidente de la agencia EFE, entre otros muchos cargos.