Entre el ayer y el mañana

Jerzy Axer

En un momento en el que Polonia empieza a golpear enérgicamente las puertas de la aún no construida casa (¿hotel? ¿venta?) común europea, preocupada por el alojamiento que le corresponderá en ella, la gran mayoría de los ciudadanos desea ayudar en este traslado. Tenemos pues estos músculos deshabituados al trabajo, rescatemos del fondo de los cajones los certificados y las cartas de recomendación que deben facilitar el domiciliarnos. ¿Qué puede ofrecer un filólogo clásico? El documento está seriamente deteriorado, pero es auténtico, ha sido una declaración de fidelidad para con la tradición cultural mediterránea.

El documento consta de varios parágrafos. El primero, y más importante, fue redactado cuando, hace mil años, recibimos el bautismo según el rito católico, y dimos forma a nuestra lengua con signos del alfabeto latino. Separándose del Este eslavo, Polonia puso sus ojos en el mundo que había heredado los valores del Imperio de Occidente. Decidió hacer suyo el pasado de ese mundo, se comprometió a levantar monumentos a sus héroes, a leer sus libros, a respetar sus leyes y a usar el latín.

El profesor Axer y Miguel Angel Gozalo.

La expresión más sobresaliente de este propósito tuvo lugar en el Siglo de Oro. La potencia plurinacional de los Jaguelones, una Commonwealth polaca que se extendía desde el Báltico hasta casi el Mar Negro, desde Kiev hasta Poznan, se sentía copropietaria totalmente legítima de la herencia del mundo clásico. Es más, ese Estado situado, prácticamente al margen del horizonte geográfico del mundo antiguo, se consideraba a sí mismo como la nueva reencarnación de la Res Publica Romanorum. ¿Complejos provinciales? Quizás. Pero asimismo un elemento verdaderamente real del pensamiento de los polacos de aquel entonces. El Estado que crearon, una república parlamentaria con un monarca elegido no hereditario, garantizaba la libertad de los individuos y una tolerancia de un nivel poco frecuente en el mundo de aquella época. El republicanismo polaco exaltaba a Cicerón y se servía de su lengua, porque la sociedad ciudadana Rei Publicae Polonorum era bilingüe: polaco y latinohablante. El latín funcionaba en ella como lengua viva, como lengua común de la élite de un Estado plurinacional. «Polonus sum Latine loquor», declaraba el noble polaco eques Polonus que disponía de una ley electoral que le permitía elegir y ser elegido.

Entre una Prusia protestante, una Rusia ortodoxa y una Turquía musulmana se había formado un Estado carente de fronteras naturales pero con unas fronteras culturales claramente definidas. Este territorio que pertenecía, sin lugar a dudas, a la «Europa familiar» (usando aquí el título de uno de los libros de Czesław Milosz) vivió y transformó de una manera particular y original aquella herencia común.

De una manera totalmente distinta dio su testimonio de fidelidad el siglo pasado, en el que este Estado, repartido entre sus vecinos, dejó de existir y en el que el pueblo buscó refugio en el reino libre del alma. Precisamente entonces aprendimos a creer que «la última fortaleza de una nación es su corazón, una fortaleza inexpugnable» (en palabras del gran historiador de aquel entonces Joachim Lelewel). Esta fortaleza del corazón se vio afianzada por el gran apego a la fe, a la cultura y a las costumbres de Occidente. El mando de este bastión les fue ofrecido a los poetas románticos (Mickiewicz, Slowacki, Krasiński), quienes reciben en nuestra tierra el nombre de profetas y son leídos como si de la Biblia se tratase. Los enemigos eran amenazados desde las murallas con las palabras de Virgilio: Orietur ultor!

Así pues cuando Józef Pilsudski, resucitador de la Polonia independiente tras la Primera Guerra mundial, decía que lo habían hecho caballero de la libertad las lecturas de los clásicos griegos y romanos no se trataba de mera palabrería.

Hoy Polonia intenta, una vez más, su regreso a Europa. En ese camino puede ser de especial ayuda lo que de pasado tiene el presente. La memoria histórica inextinguible, pese a la decadencia de la civilización y a la ruina económica, dirige nuestra atención hacía las raíces comunes y permite sacar ánimo de ese conocimiento sobre el lugar de Polonia en la comunidad mediterránea y cristiana de herencia europea.