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En sus inicios, el programa (Human Flourishing Program) estaba formado por su director, Tyler VanderWeele, profesor de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard, el filósofo Jeff Hanson y un estudiante de posdoctorado. Hoy, cinco años después, cuenta con más de doce investigadores a tiempo completo de distintos ámbitos, y tiene una misión con un carácter doble que no ha cambiado desde sus inicios: el primero es estudiar y promover la prosperidad humana. Y el segundo objetivo es la interdisciplinaridad intencionada.

Los investigadores del programa son de disciplinas diferentes. Flynn Cratty, su director asociado, por ejemplo, es historiador, pero otros provienen de las ciencias sociales, psicología, salud pública, etc. Esa índole interdisciplinar es una parte muy importante de la investigación y sus objetivos.

IMPORTANCIA DE LA INTERDISCIPLINARIDAD

En los años 50 el científico británico C.P. Snow se percató de que hay dos culturas que se desarrollan en la vida intelectual británica, que no se solapan ni se entienden entre sí: la cultura científica y la de las humanidades. Él era muy crítico con las humanidades, y observó que cuando a muchos académicos de la literatura se les preguntaba cuál era la segunda ley de la teoría de la termodinámica nadie le podía contestar. En la experiencia del programa, en el ámbito de las ciencias sociales en muchas ocasiones se tienen dificultades a la hora de lidiar con la condición humana en toda su complejidad, mientras que en las humanidades se tienen problemas a la hora de hablar de tendencias contemporáneas y aplicarlas al mundo.

Por eso, es muy importante combinar las perspectivas de ambas disciplinas. Estas dos culturas no deberían competir entre sí, ya que unidas serían capaces de ayudarse, la una a la otra, para no cometer errores. En Harvard intentan crear puentes entre las dos ramas. Animan a los profesores y a los estudiantes a aprender los unos de los otros.

En términos generales el florecimiento es «fundamentalmente un estado en el cual todo en la vida de una persona, o al menos las cosas más importantes en la vida de un ser humano, funcionan bien»

Pero volviendo al primer objetivo: promover la prosperidad, el florecimiento. ¿Qué queremos decir con florecer? En su esencia, es lo que las civilizaciones humanas han buscado desde el principio de los tiempos. Se pueden utilizar diferentes palabras. En la tradición hebrea es shalom; en la griega, eudaimonia. En términos generales el florecimiento es «fundamentalmente un estado en el cual todo en la vida de una persona, o al menos las cosas más importantes en la vida de un ser humano, funcionan bien».

El director del programa, VanderWeele, propuso una serie de dimensiones a partir de esta definición: «Florecer, independientemente de cómo lo pensemos, requiere por lo menos que nos vaya bien en cinco aspectos de nuestra vida: felicidad y satisfacción vital; salud mental y física; tener un propósito en la vida; carácter y virtud; y relaciones sociales cercanas».

Nadie se opone a la salud física o a la felicidad como una dimensión del florecimiento. No es algo controvertido. Pero hay un elemento que en esa lista causa la mayor objeción en determinados ámbitos: es la virtud y el carácter. Y sin embargo si preguntáramos ¿se puede considerar floreciente una vida construida sobre la injusticia?… ¿es una vida que queremos imitar? Probablemente diríamos que no, que nos hace falta esta dimensión de virtud si queremos hablar de florecer y prosperar en su sentido más pleno. Si leemos las tradiciones clásicas sobre la sabiduría, la virtud se percibe como la más importante, quizás como el único elemento que merece la pena de esta lista que acabamos de mencionar.

Lo expresa el salmo 1, del Antiguo Testamento: «Dichoso el hombre que no anduvo en consejo de impíos (…) Será como un árbol plantado al borde de la acequia que da fruto a su tiempo, y cuanto emprende tiene buen fin». Ese hombre del Salmo 1 llega a florecer a través de la meditación de la Torá, de la consideración de la tradición que imparte sabiduría. Esa reflexión le permite encontrar una vida duradera y compartirla. Es ese amor a la sabiduría que tantas veces se elogia en la Biblia hebrea y en otras tradiciones culturales, y es en este amor en donde hallamos la virtud.

El objetivo del Human Flourishing Program es, precisamente, «ayudar a los miembros de la comunidad de Harvard a comprometerse con la mejor tradición humana y aprender a vivir vidas llenas de virtud, significado y verdad». Y se hace dentro de las ciencias sociales, pero no es un departamento académico, es decir, no ofrece asignaturas troncales ni contribuye a la organización de la universidad, sino que tiene asignaturas en diferentes departamentos académicos.

Lo que está diciendo Séneca es que las artes liberales, el estudio de los grandes textos, nos está dando el vocabulario moral que nos permite razonar de forma ética

Recurre al legado de tradiciones filosóficas, literarias y científicas. Esto incluye algunas de la Antigüedad, pero también otras más modernas, como pueden ser las investigaciones más recientes de las ciencias sociales, que son algunos de los puntos del programa.

En uno de sus textos, Séneca da una clave del florecimiento: «Hay pensadores que juzgan que deberíamos preguntar a las artes liberales qué hace un hombre bueno […] ¿Nos ofrecen las artes liberales alguna ventaja? Muchas para otros propósitos, pero ninguna para la virtud. Entonces, ¿por qué debemos educar a nuestros hijos en las artes liberales? Porque estas artes no dan virtud, pero sí preparan a la mente para aceptar la virtud».

Lo que está diciendo Séneca es que las artes liberales, el estudio de los grandes textos, nos está dando el vocabulario moral que nos permite razonar de forma ética, reflexionar sobre nuestras vidas, sobre nuestra historia. Es un tipo de estudio que es necesario, pero no es suficiente para el crecimiento en la virtud. Séneca tiene buenas razones para pensar sobre el fracaso de la formación liberal, porque él fue el profesor de Nerón, que hizo quemar la ciudad de Roma, mató a su madre y ordenó a Séneca que se suicidase.

¿Dónde nos lleva esto? Si volvemos al Salmo 1, recordamos que no solo necesitamos instrucción en la virtud, sino que también es necesario aprender a amar la sabiduría. Esto no es exclusivamente una misión de las universidades, ni siquiera es la principal. Todas las instituciones humanas que nos dan forma, nuestras familias, vecinos, colegas de trabajo o incluso equipos deportivos tienen un papel importante. Por esa razón, el programa de Harvard quiere interactuar con los alumnos; y ha pensado cuidadosamente las actividades y cómo encajan en esta misión. Ese trabajo lo lleva a cabo a través de una serie de actuaciones: investigación publicada, eventos públicos, clases con créditos, grupos pequeños, grupos de lectura y tutorización individual.

Están organizadas de una forma especial; las primeras tienen un mayor alcance, ya que una publicación exitosa gracias a herramientas como internet puede llegar mucho más lejos que antes. La investigación gracias a estos instrumentos ha sido publicada en The New York Times, que tiene un alcance potencial de millones de personas. Pero siendo realistas, muy pocas personas experimentan un cambio profundo por la lectura de un artículo. Las últimas actividades de la lista (grupos pequeños, grupos de lectura y la tutorización individual) tienen un alcance menor pero potencialmente un impacto mucho más profundo a nivel individual. Si pensamos en los acontecimientos que nos han influido, pensamos en personas concretas que han sido importantes en nuestra vida.

RETOS Y PROBLEMAS

Todo esto suena muy bien pero también hay retos y problemas. Aunque Harvard tiene grandes recursos intelectuales y reconocimiento mundial, la cultura universitaria no siempre promueve la búsqueda de la sabiduría. Las universidades americanas –y Harvard no es una excepción– se han convertido recientemente en monoculturas intelectuales en donde se castiga al disidente. Un artículo publicado recientemente señalaba que las universidades en Norteamérica hacen que los estudiantes sean menos tolerantes hacia opiniones que no sean como la suya. Este trimestre Flynn Cratty leyó con sus alumnos textos que hablan sobre la libertad de expresión y el desacuerdo. Recientemente preguntó a un grupo de ellos si tenían creencias religiosas o políticas que les diese miedo exponer en público. Todos y cada uno de ellos dijeron que sí y que no era la censura de sus profesores la que les preocupaba, sino la de sus compañeros.

Cuando los alumnos terminan la carrera quieren encontrar un trabajo, pero ¿cuál es el riesgo de que los estudiantes estén tan centrados en ese objetivo que no dediquen tiempo a pensar en cuestiones como para qué sirve la educación?

Igual de preocupante es el arribismo o ambición de muchos de los estudiantes y profesores. «Lo que realmente me apasiona es la historia, pero voy a hacer economía» ha llegado a decir algún alumno. Obviamente, cuando los alumnos terminan la carrera quieren encontrar un trabajo, pero ¿cuál es el riesgo de que los estudiantes estén tan centrados en ese objetivo que no dediquen tiempo a pensar en cuestiones como para qué sirve la educación?

Estudiar en Harvard requiere una gran inversión económica por parte de sus familias, muchos años de preparación, y cuando por fin consiguen entrar les preocupa mucho no llegar a donde se habían propuesto. Hay grandes razones para trabajar duro en las clases, ser competitivo y exigente con uno mismo, pero si todo esto se produce a expensas de la sabiduría hay algo que no funciona.

LA IMPORTANCIA DE BUSCAR LA SABIDURÍA

En relación con esto hay otra crisis todavía peor y es el grave problema de la salud mental en los estudiantes universitarios. «Nuestra investigación confirma que nuestros estudiantes tienen cada vez niveles más altos de depresión, ansiedad, soledad y presión», señala un informe publicado el año pasado sobre la salud mental de los alumnos de Harvard.

Además de todo el trabajo que realizan, las actividades extracurriculares no suponen un respiro de sus actividades académicas, sino que son más bien otra fuente de estrés y competitividad. Este mismo problema se reproduce en todas las universidades de élite en EE.UU. Los servicios psicológicos en estas universidades están siempre desbordados.

Lo cual se debe a muchas razones, una de ellas es porque no se les ha enseñado a pensar para qué nos estamos educando. ¿Por qué hay que desarrollarse? ¿Cómo hay que desarrollarse como seres humanos? En definitiva, no se les ha introducido en la importancia de buscar la sabiduría.

(Este artículo resume libremente la ponencia de Flynn Cratty en las jornadas sobre la educación del carácter en la universidad, organizadas por UNIR y por UNAV)

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Conocer qué es lo que conviene saber

Mejorar el carácter en la universidad está relacionado con regular el apetito de saber, es decir, con conocer aquello que conviene saber y realizar el esfuerzo que eso lleva consigo.

Lo contrario de la curiositas es la studiositas que frena el deseo descontrolado de todo conocimiento, y empuja al hombre a conocer lo que le conviene saber

No parece controvertido afirmar que la curiosidad, el conocimiento separado del amor, es uno de los vicios de nuestra época y que uno de sus grandes templos de culto es la Universidad de Harvard. La palabra latina curiositas estaba asociada al vicio. Lo contrario de la curiositas es la studiositas que frena el deseo descontrolado de todo conocimiento, y empuja al hombre a conocer lo que le conviene saber.

Harvard destaca por la investigación y descubrimientos en casi todos los ámbitos del conocimiento y es la universidad que ha producido más Premios Nobel; sin embargo, hay un gran descontento, sobre todo entre el alumnado, que se pregunta constantemente para qué sirven sus talentos y sus esfuerzos.

A pesar de la mejora de la calidad de vida gracias a las revoluciones industrial y científica, la evidencia sugiere que, especialmente en todo el primer mundo, hay una menor satisfacción por la vida, menos sentido del propósito y relaciones menos profundas y duraderas. Todas estas tendencias han ido empeorando progresivamente y se diría que las disrupciones de los últimos años no nos van a ayudar a cambiarlas.

¿A qué se debe? ¿A que el conocimiento por sí solo no sirve? El conocimiento hincha, decía San Pablo, y el amor se va desarrollando progresivamente. Pero se imparte conocimiento a las nuevas generaciones sin tener en cuenta que es necesario ayudarles también a desarrollar aquello que San Agustín identificaba con las virtudes. Desde hace dos siglos hay un experimento educativo, que arraigó en Inglaterra mucho antes que en otros países y lo hizo bajo la influencia de la filosofía utilitarista de Jeremy Bentham, cuyas políticas consistían, por encima de todo, en una educación más amplia, y asignaturas más técnicas y científicas.

En su conjunto, el utilitarismo aspiraba a conquistar no solo al que más sabe o al más letrado, sino a los más curiosos. Los utilitaristas consiguieron llamar la atención de escritores de sátiras brillantes como Charles Dickens en su novela Tiempos difíciles. También encontraron los reproches de los escritores más perspicaces, entre los que destaca John Henry Newman, que fue muy crítico con los problemas de la reforma educativa en Inglaterra. En una de sus primeras intervenciones sobre este tema, se quejaba de que mientras el siglo XVIII se enorgullecía de ser un tiempo de evidencias, realmente era una época en donde había mucha frialdad en el amor.

Una de las primeras críticas de Newman a la idea de  transformación social, a través de la acumulación y divulgación de información, quedó plasmada en su ensayo The Tamworth Reading Room. Este texto es una respuesta a una ponencia del parlamentario Sir Robert Peel, en la inauguración de una biblioteca. Peel sostenía que el conocimiento útil es el gran instrumento de la educación, el padre de la virtud, el que lleva al hombre a su máxima perfección. Y Newman, que no estaba de acuerdo, replicó que «el arte de la vida consiste en el cultivo de la sabiduría» […]. Y añadía: «Si la virtud domina la mente, si es la perfección, el orden interior de armonía y paz debemos buscarlo en lugares más solemnes y sagrados que las bibliotecas y salas de lectura». Según Newman, un tipo de educación que actúa principalmente en la cabeza, pero no da forma al corazón, será inefectivo a la hora de cambiar el razonamiento de una persona, no digamos su vida.

El objetivo de la educación liberal es simplemente la excelencia intelectual, que «es un objeto tan intangible como el cultivo de la virtud, pero al mismo tiempo es completamente diferente»

Newman pronunció nueve conferencias sobre la naturaleza de la educación en la universidad que más tarde fueron publicadas en un libro titulado La idea de la Universidad (1852). En la quinta ponencia, titulada «El conocimiento tiene su propio fin», se plantea […] si la educación es algo útil para los estudiantes. La respuesta de Newman es «no». El objetivo de la educación liberal es simplemente la excelencia intelectual, que «es un objeto tan intangible como el cultivo de la virtud, pero al mismo tiempo es completamente diferente». ¢

(Artículo de Nueva Revista que resume libremente la ponencia de Brendan Case, director asociado del Human Flourishing  Program (Harvard) en las jornadas sobre la educación del carácter en la universidad (UNIR-UNAV)

Educar el carácter en una universidad online

«Internet es ideal para escalar (llegar a mucha gente), y para cuantificar y medir. Ahí reside su genialidad», afirma Edward Brooks. Considera que desarrollar la personalidad es más apropiado dentro de la formación intensiva y a largo plazo, algo que se puede obtener con un mentor. Pero no estima «imposible conseguirlo en la Red». Y añade: «Todos sabemos que las intervenciones online pueden cambiar nuestros hábitos diarios de forma muy notable. A estas alturas está muy claro: hay una serie de plataformas sociales que realmente pueden llegar a alterar nuestra química cerebral. La pregunta es si esas plataformas pueden ser usadas con otra finalidad que la original. Ese es el reto real que hay que considerar».

«Soy optimista sobre las nuevas plataformas. Se les pueden dar usos insospechados y novedosos», continúa Brooks. Afirma que debemos ser «diligentes para buscar todas las posibles nuevas opciones para utilizarlas de una forma sana y significativa». Y pone el ejemplo de Facebook, que «puede cambiar nuestra personalidad, en muchos casos a peor». De forma que «una intervención que pueda cambiar la personalidad de millones de personas a mejor, aunque sea modesta, puede tener grandes efectos. Esta dirección es la que me parece más prometedora».

Hay una parte aún sin explorar de la educación del carácter que «son las intervenciones transmitidas a partir de plataformas online y conectadas ininterrumpidamente con los usuarios…»

Brendan Case, por su parte, señala que «las  universidades online nos ofrecen otros estilos porque una gran parte de nuestra vida ya está en internet», comenzando por «el smartphone». Hay una parte aún sin explorar de la educación del carácter que «son las intervenciones transmitidas a partir de plataformas online y conectadas ininterrumpidamente con los usuarios…» Afirma que «hay muchas posibilidades creadas por estos dispositivos aún por explorar. Estoy muy interesado en saber qué lograrán».

«He tenido tres experiencias hasta ahora sobre internet y la educación del carácter», cuenta Flynn Cratty. La primera en la Universidad de Hong Kong, en la que cien estudiantes se dividieron en dos grupos, uno presencial y otro online. En el primero hubo «buena sensación de dinámica de grupo y de relaciones personales con los mentores»; que «se perdió con los que trabajaron online».

La segunda experiencia fue con el  programa online Leadership and Flourishing. Estaba mejor diseñado y fue «más exitoso en lo que a la relación con los alumnos se refiere. Conseguimos ponentes externos muy atractivos para los alumnos, y nuevos contenidos; y llegamos a un gran número de estudiantes: alrededor de mil quinientos». En la tercera experiencia, durante la cuarentena por el COVID-19, Flynn Cratty dirigió un grupo de sesenta estudiantes online, que es «nuestro número habitual» en la modalidad presencial. Y «conseguimos crear un ambiente similar al presencial» concluye. 

(Texto de Nueva Revista a partir de las reflexiones de los ponentes de las jornadas organizadas por UNIR y por UNAV, sobre el papel de internet en la educación del carácter)

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Editor de Nueva Revista. Es columnista del diario La Nueva España, de Asturias, y del Grupo Prensa Ibérica. Colabora regularmente con la página literaria Zenda Libros y con el diario digital El Español. Fue fundador del diario El Mundo, en el que ocupó el cargo de director adjunto durante 25 años. Anteriormente, fue redactor jefe del desaparecido Diario 16. Ha dirigido obras históricas colectivas como “La guerra civil española mes a mes”, “El franquismo año a año”. Es autor del ensayo "Los chicos de la prensa" (Nickel Odeón) y participa habitualmente en libros monográficos sobre asuntos de cine de la editorial Notorious.