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«Exien lo ver mugieres e varones, burgeses e burgesas por las finistras son», dice el Libro del Mio Cid (I, 3,3). En español actual. «Salían a verlo (al Cid) mujeres y varones, burgaleses y burgalesas están en las ventanas».

¿Tan avanzados eran en el siglo XII que utilizaban la duplicación inclusiva en el lenguaje citando el femenino y el masculino, «burgalesas y burgaleses»? ¿Era la sociedad de entonces feminista para que esa obra capital de nuestra literatura recogiera esas duplicaciones?

Pues no, obviamente no. Es un ejemplo magistral, que Álex Grijelmo –Burgos, 1956– recoge en su libro Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo (Taurus, 2019), que muestra que los dobletes de género han estado en el idioma español desde siempre, y que su uso no está directamente relacionado con la igualdad entre mujeres y hombres en la sociedad.

"Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo". Álex Grijelmo. Taurus, 2019. 304 páginas 17,90 euros (Papel). 7,99 (Digital)
“Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo”. Álex Grijelmo. Taurus, 2019. 304 páginas 17,90 euros (Papel). 7,99 (Digital)

El autor ni acepta todas las propuestas del feminismo ni da por válidos todos los tópicos que se han ido imponiendo

En una España tan crispada como la de 2020, en la que hasta la lengua se utiliza como arma arrojadiza, es especialmente bienvenido este libro de Álex Grijelmo. Un libro en el que analiza de forma serena, sin descalificar, con ánimo conciliador, el debate excesivamente apasionado sobre el lenguaje inclusivo.

UN ANÁLISIS SOSEGADO

El número 56 de Nueva Revista (abril, 1998), se dedicó al «sentido común» (como se apostilla habitualmente, el menos común de los sentidos). Veintidós años después nuestro país necesita más que nunca que se aplique el sentido común a los ámbitos políticos, sociales y hasta lingüísticos. El libro de Grijelmo es una extraordinaria contribución al sentido común y un modelo a seguir para otras áreas. ¿Por qué?

En primer lugar porque realiza un análisis sosegado de las distintas posiciones sobre un tema, en este caso, sobre el lenguaje inclusivo, algo que en sí mismo es extraordinario por hacerlo sin descalificaciones, con serenidad, y buscando siempre lo aprovechable de cada propuesta, por muy disparatada que sea (que a veces lo es) o muy cavernaria que sea la respuesta (que lo es a veces también). El autor ni acepta todas las propuestas del feminismo ni da por válidos todos los tópicos que se han ido imponiendo.

Y en segundo lugar porque analizar todo el mundo puede hacerlo (aunque demasiados análisis dejan mucho que desear), pero además hace propuestas sensatas y razonables sobre el uso del masculino y el femenino en el lenguaje: ¡se atreve a proponer! Estando como estamos escasos de propuestas equilibradas, conciliadoras y ecuánimes en la vida pública, el libro de Grijelmo es todo un ejemplo, y no me refiero solo a lo lingüístico o a lo académico, sino en general, es un ejemplo cívico. El subtítulo del libro es «Una argumentación documentada para acercar posturas muy distantes». Y es lo que hace el autor en el libro, que comienza explicando de una forma extraordinariamente didáctica (todo el libro lo es) el origen de los géneros –todo empezó en el indoeuropeo– y explica y desmonta los mitos que se han construido sobre el origen del masculino y «la supuesta ocultación de la mujer». Después analiza con rigor y detalle la creación del léxico identitario del feminismo y termina haciendo las propuestas concretas, que parten de los «argumentos documentados» que se exponen a lo largo de los diez capítulos del libro.

Se creó el género femenino no como fruto de la dominación masculina «sino como consecuencia de la visibilidad femenina»

En «El origen de los géneros» explica cómo todo empezó con el indoeuropeo. Lo hace siguiendo al maestro Rodríguez Adrados, recientemente fallecido. No había inicialmente distinción entre género masculino y femenino, sino entre animado e inanimado. Y después se creó el género femenino, «como consecuencia de la importancia de la mujer y de la hembra en las antiguas sociedades», no como fruto de la dominación masculina «sino como consecuencia de la visibilidad femenina». In principium fuit femeninum genus.

¡EL MASCULINO NO EXISTE!

Al incorporarse a la lengua palabras expresadas en femenino, el genérico inicial (que distinguía entre lo que se movía y lo que se estaba quieto) se convirtió, por exclusión, en masculino, además de representar al genérico animado cuya función tenía desde el principio. Grijelmo pone un ejemplo clarificador: «de la palabra genérica trabajador –que valdría inicialmente para masculino y femenino– surge trabajadora, pero ello no obliga a crear trabajadoro. El masculino y el genérico se quedaron con ese morfema cero que fue ocupado por una a para el femenino». No se creó una terminación más porque se aplicó algo que es fundamental en la lengua (y en la vida, en todo), la economía del esfuerzo. Es decir, y esto es genial, ¡el masculino no existe!

Señala Grijelmo que si se cumpliera la relación entre el predominio social masculino y el idioma, «las sociedades que hablan lenguas notoriamente inclusivas deberían ser menos machistas». Por ejemplo el magiar (lo hablan nueve millones de personas) no tiene género en los nombres, ni en los adjetivos ni en los pronombres y usa un artículo invariable ante el nombre. ¿Es por eso la sociedad húngara más igualitaria que la española, cuyos idiomas –el español, el catalán, el gallego y el euskera– tienen género en los nombres, pronombres, artículos y en muchos adjetivos? Está claro que no.

Los idiomas con ausencia de masculino genérico se hablan en sociedades «tan patriarcales como las demás»

Algo parecido pasa con la lengua turca y con el persa (que se habla en Irán y en Afganistán): sin duda alguna ni Turquía, ni Irán, ni Afganistán son países más igualitarios que España. Es decir, los idiomas con ausencia de masculino genérico se hablan en sociedades «tan patriarcales como las demás». Y en los casos citados, mucho más patriarcales.

Pone otro ejemplo muy gráfico: si lleváramos al extremo la relación de causa-efecto en el uso de los géneros, serían más igualitarias las sociedades de aquellas zonas donde se incurre en el laísmo, y obviamente no es así. En Valladolid –donde es frecuente el laísmo– no son más igualitarios que en Zaragoza –ciudad en la que no se da este uso impropio–.

TREINTA Y SEIS PROPUESTAS

El último capítulo, «Borrador de propuestas de acuerdo sobre lenguaje inclusivo», incluye treinta y seis propuestas sensatas y razonadas que pretenden, como afirma el autor, acercar posturas, no establecer unas reglas de obligado cumplimiento. Recuerda que el genérico es masculino en el significante pero no en el significado, y que el contexto es fundamental, porque muchos de los ejemplos que figuran en las guías favorables a la duplicación son «de laboratorio», pero cuando se dan en la realidad, se resuelve ese problema inventado (el contexto es un principio básico de la comunicación humana). Además, «lo que no se nombra sí existe, y además se deduce del enunciado». Hay que tener muy en cuenta que no hay que identificar ausencia del género femenino en el significante con invisibilidad de las mujeres en el significado, como señala Grijelmo. Por ejemplo, en «los compradores de esta cocina recibirán gratis una caja de vino de Rioja» está claro que se considera también a las mujeres compradoras, no solamente a los hombres.

Reivindica el autor algo fundamental, que «no se debe censurar ningún uso del pasado a la luz de los criterios de hoy», censura que es uno de los males de nuestro tiempo.

 Sin ser necesarias las duplicaciones, no siquiera las moderadas, hay que reconocer que su uso ha conseguido llamar la atención sobre las desigualdades entre mujeres y varones

Junto a todo lo expuesto, señala también que las duplicaciones no están en contra del sistema de la lengua, de hecho se emplean desde los primeros textos en español (hemos recogido al empezar el ejemplo en el Mio Cid), y una moderada duplicación –sobre todo en el lenguaje público y administrativo– servirá como símbolo de que se comparte esa lucha por la igualdad, «siempre que esto no implique considerar machista a quien prefiera emplear el genérico masculino por creerlo igualmente inclusivo»; y además como básico para la economía del lenguaje (que es otro principio básico fundamental de los y de las hablantes –aquí estoy utilizando una duplicación–). Es decir, comenzar una intervención diciendo señoras y señores o todos y todas es una cuestión de cortesía que no va contra el uso de lengua. Sin ser necesarias las duplicaciones, ni siquiera las moderadas, hay que reconocer que su uso ha conseguido llamar la atención sobre las desigualdades entre mugieres e varones (sigo con el Cid).

Una cosa es el uso moderado y otra muy distinta muchas de las duplicaciones que se proponen en las guías de uso no sexista del lenguaje, que las hacen sencillamente inaplicables en la realidad. Estas duplicaciones obsesivas «pueden desatar un efecto opuesto a lo pretendido por sus impulsores». Y es que utilizarlo todo el rato sería agotador para quienes escuchan y haría que se desconectaran de lo que se dice. De la misma manera desaconseja la utilización del signo de la @ para escribir «ciudadan@s» o de la «x», «ciudadanxs» (entre otras razones porque no se pueden pronunciar), o el morfema –e para el genérico para indicar duplicación. Y es que las lenguas –y este es un principio fundamental– «no se modifican ni construyen desde arriba (ya se trate de los medios de comunicación, la administración pública, la enseñanza o la política), sino por abajo: entre la gente»,

Además, las mujeres tienen la oportunidad de apropiarse del masculino genérico. ¿Qué es esto de apropiarse del masculino genérico? Sí, palabras como homenaje, patrimonio o patria potestad, apadrinar se referían originariamente solo a los hombres, y se aplican también a las mujeres. Y es que «la mujer es tan dueña del genérico como el varón». Si las mujeres se apropiasen del genérico, las duplicaciones carecerían de sentido.

LA EXPRESIÓN «VIOLENCIA MACHISTA»

Son reveladoras las páginas dedicadas a la expresión violencia de género, que en realidad es un eufemismo inglés, siendo preferible la expresión violencia machista. Este es un tema, el de la violencia machista que hay que abordar, según Grijelmo, con mucha atención en los medios para evitar presentar los celos o el alcohol como atenuantes, o la expresión crimen pasional como justificación de la violencia machista.

Dicho lo anterior sobre el masculino genérico, se pueden utilizar recursos para evitar el abuso del mismo, sin cansar al oyente ni forzar el sistema lingüístico, por ejemplo, en lugar de los derechos del hombre es mejor utilizar derechos humanos, aunque el hablante entiende que en derechos del hombre están incluidas mujeres y varones. Se puede también usar, sin obsesionarse, genéricos abstractos como la ciudadanía en lugar de todo el rato los ciudadanos y las ciudadanas; es preferible también quien en lugar de los que; todo el mundo en lugar de todas y todas o alguien en lugar de el que o la que. Igualmente hay que evitar el androcentrismo (en lugar de decir «Antonio Banderas y su mujer llegaron juntos», decir «Antonio Banderas y Melanie Griffith llegaron juntos») o expresiones que tanto se usan en el lenguaje privado y que revelan un tufillo machista (esto lo digo yo, no Grijelmo), como mandona, consolador, lío de faldas, cabeza de familia o ama de casa.

Reivindica el autor algo fundamental, que «no se debe censurar ningún uso del pasado a la luz de los criterios de hoy», censura que es uno de los males de nuestro tiempo

Como señala en su penúltima propuesta, «cuando todos los problemas de la desigualdad entre sexos estén resueltos, el género gramatical perderá toda trascendencia, porque la lengua es una proyección de la sociedad». Y, claro, «cuando ese momento llegue, cuando el objetivo se alcance, quizá a nadie le importe ya la gramática. Los accidentes gramaticales se quedarán en meras herramientas para la comunicación, sin que se otorgue mayor trascendencia a la coincidencia o no entre el género y el sexo».

Álex Grijelmo es uno de los más grandes referentes sobre la lengua española, escritor y periodista, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, es autor de más de una decena de ensayos sobre la lengua española entre los que destacan Defensa apasionada del idioma español (1998), la magistral La gramática descomplicada (2006), coordinador del Libro de Estilo de El País (desde la primera edición que se distribuyó en librerías, en 1990), autor de una magnífica novela policíaca que va sobre el estilo y la lengua –ahí es nada–, El cazador de estilemas (2019) y ha publicado en Nueva Revista en el número 164 (2018) el artículo «Escribir y hablar bien en la era digital».

OPINIONES CON ARGUMENTOS

Grijelmo ha escrito obras reconocidas como maestras sobre el español y no tendría por qué arriesgar. Pero lo ha hecho, es un valiente que se ha atrevido a meterse en el fragor de la batalla del lenguaje inclusivo, y mientras se arrojan con dureza las palabras unos a otros y unas a otras, todos y todas entre sí, ha sido capaz de, en medio del ruido y la furia, plantear a los hispanohablantes esta propuesta de acuerdo para que dejemos de tirarnos a la cabeza el género de las palabras al hablar. En la introducción señala que espera que el libro sirva «para serenar alguna discusión y aunar las voluntades de quienes deseen terciar en este espinoso asunto, origen de tantos conflictos diarios, sin descalificar las posiciones de los demás y escuchando todas las opiniones». Y exactamente eso lo que ha hecho, porque «una opinión no vale de nada si no va seguida de un argumento», citando al filósofo Gustavo Bueno.

A pesar de lo que pueda parecer, cuando a alguien le recomiendan un libro sobre el lenguaje, no hay que ser ni mucho menos un especialista para leer este y disfrutarlo. Está escrito con un estilo fluido y ágil, se nota el oficio de periodista de Grijelmo, y se lee fácilmente, con mucho gusto, se podría decir de este libro lo que García Márquez escribió sobre El estilo del periodista, también de Grijelmo: «es un libro didáctico que se lee con la pasión de una novela». Sí, esta Propuesta se lee también como si fuera una novela.

La Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo marca un antes y un después, es una propuesta conciliadora, sobre el lenguaje inclusivo que deberían tener en cuenta todas las administraciones, universidades, medios de comunicación, empresas, instituciones o asociaciones al redactar cualquier texto. Pero sobre todo, debería ser de lectura obligatoria no sólo para matemáticas, filólogos, ingenieras, maestros, periodistas, abogados, jueces, funcionarios o políticos, sino para todas las personas que estén mínimamente interesadas en cómo hablamos (he escrito «todas las personas interesadas en…» en lugar de «todos aquellos interesados en…», porque hago caso a las recomendaciones de Grijelmo).

NO SE PUEDE IMPONER POR DECRETO COMO HABLAR

No hay nada más democrático que la lengua. La lengua la deciden cada mañana los hablantes, y es que no se puede imponer por decreto cómo hablar, no es el resultado de una decisión tomada en los despachos del poder. Desde el poder siempre se quiere imponer cómo hablar. Bueno, es de primero de parvulario que la primera batalla por el poder es la del lenguaje: establecer el marco mental a partir del lenguaje utilizado es el primer paso para hacerse con el poder y una vez conseguido, para mantenerlo. «Cuando todos seamos iguales, cosa que por el momento está lejos de ocurrir, cuando se hayan resuelto las diferencias salariales, la violencia machista, la discriminación de la mujer, cuando haya desaparecido todo eso y la igualdad sea plena, el lenguaje dejará de ser una batalla», afirma Grijelmo. Esa es la cuestión, hay quienes quieren cambiar el lenguaje pensando que así cambian la realidad, pero la realidad sigue igual. Lo que hay que hacer es cambiar la realidad, una realidad en la que la mujer sale perdiendo con respecto al hombre por el hecho de ser mujer. Y entonces cambiará el lenguaje. «Será la realidad la que acabe cambiando la percepción del lenguaje». Por eso cuando el machismo desaparezca y haya una igualdad real entre mujeres y hombres, no se le echará la culpa a la lengua. De esto va el libro.


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