El capitalismo de la atención

Los autores de un ensayo publicado por «The New York Times» alientan a luchar contra las empresas que pelean por atrapar nuestra atención aplicando principios científicos descubiertos en el siglo XIX

Imagen creada por ChatGPT para ilustrar el negocio multimillonario de robar nuestra atención
Imagen creada con ayuda de ChatGPT
Nueva Revista

Graham Burnett, Asyssa Loh y Peter Schmidt son miembros de la coalición Amigos de la Atención y autores del libro Attensity!, de inminente publicación en Estados Unidos.

Avance

La llamada «crisis de la atención» es uno de los grandes males de nuestro tiempo, que afecta a personas de todas las edades, no todas conscientes del fenómeno. Se habla de crisis de concentración, cerebros arruinados por las pantallas, niños incapaces de leer y adultos permanentemente distraídos. Según alguna encuesta reciente, es algo que preocupa al 75 % de la población, por no hablar del 11 % de niños estadounidenses diagnosticados con TDAH. Sin embargo, Graham Burnett, Alyssa Loh

sostiene que el verdadero problema no es solo que nuestra atención esté siendo robada, sino que hemos aceptado una idea falsa y empobrecida de lo que es nuestra atención, nos hemos deshumanizado para permitir que otros se hagan ricos mediante la explicación de ese bien escaso. 

«Avance» científico del siglo XIX

Un dato inquietante es que todo esto no nació con la expansión de internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales, sino que su origen es mucho más antiguo, se encuentra en el entorno científico de finales del siglo XIX. James McKeen Cattell, uno de los pioneros, trató de medir el «intervalo de atención» mediante estímulos breves y cuantificables. A partir de ahí, la atención pasó a ser una variable que podía compararse, clasificarse y jerarquizarse, algo que podía ser muy útil en contextos militares e industriales, y que además permitía identificar supuestas «deficiencias» cognitivas, especialmente en niños. 

El siglo XX consolidó esta visión en contextos más dramáticos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el psicólogo británico Norman Mackworth estudió en Cambridge cómo mantener la vigilancia de operadores humanos frente a pantallas de radar. De esos experimentos surgió el concepto de «decremento de vigilancia», al comprobar que después de unos treinta minutos, los sujetos empezaban a fallar. Si los controladores «no veían ese pequeño destello luminoso en la pantalla», la posible llegada de un submarino alemán, el sistema entero se venía abajo. La atención humana se convirtió así en un eslabón técnico dentro de complejos sistemas hombre-máquina.

De ese esfuerzo bélico nació un amplio programa de investigación destinado a «mantener a los humanos atentos a tareas de pantalla aburridas y remotas». La atención dejó de entenderse como una relación viva con el mundo y pasó a concebirse como un problema de rendimiento ante estímulos mínimos. Donald Broadbent llevaría esta lógica aún más lejos al describir la atención como un sistema de «filtrado» de información, representable mediante diagramas de válvulas y conductos. En sus modelos, la mente humana funciona como «una contracción mecánica» que decide qué datos pasan y cuáles se descartan. Este enfoque fue útil para la guerra, la industria y la seguridad, pero consolidó una imagen del ser humano como una máquina que presta atención a otras máquinas.

Nacimiento del capitalismo de la atención

Según los autores del ensayo publicado por The New York Times, esta herencia intelectual es la base del actual capitalismo de la atención. Las plataformas digitales lo aplican de la manera menos inocente, para maximizar el engagement o la conexión con sus marcas. «La comprensión mecánica de la atención ha transformado nuestro mundo», al sostener una gigantesca operación de vigilancia de datos que «monetiza los movimientos más pequeños de nuestros ojos y nuestras mentes». Las seis mayores empresas tecnológicas del mundo concentran decenas de miles de millones de dólares de capitalización gracias a este modelo.

La irrupción de la inteligencia artificial marca, para los autores, la escalada decisiva. Los sistemas de IA utilizan nuestros datos para «aguijonear y seducir, incitar y subordinar, con el fin de maximizar el engagement humano». James Williams llama a este proceso la aplicación estrella o asesina (killer app) de la nueva generación de la inteligencia artificial. Estos sistemas, «en gran medida no regulados», actúan sobre adultos y niños y constituyen «un bio-hackeo a escala planetaria».

Se produce una explotación masiva de nuestros hábitos mentales y perceptivos, que empobrece la experiencia humana y reduce la atención a simples métricas comerciales. Incluso los discursos críticos al modelo, centrados en mejorar la concentración y evitar distracciones, reproducen esa lógica, convirtiéndonos en contables ansiosos de nuestro propio tiempo mental. La verdadera atención humana, sostienen, no se mide solo con relojes y aplicaciones, porque es «algo mucho más complejo y profundo que la habilidad de completar determinadas tareas».

Los clásicos como salvación

Frente a este fenómeno imparable, el artículo reivindica una concepción más rica y antigua de la atención, presente en tradiciones filosóficas, religiosas y morales: desde san Agustín y san Ignacio de Loyola —para quien la «contemplación atenta» era a la vez una práctica diaria y un imperativo moral—, hasta William James y Simone Weil. Como escribió la filósofa francesa, «los valores auténticos y puros del ser humano, como la verdad, la belleza y la bondad, son el resultado de un mismo acto, una determinada aplicación de toda la atención al objeto». Es una teoría de la atención basada en el amor, el cuidado y el compromiso, «una ética de la atención que no se puede vender ni robar».

La conclusión es inequívoca. Recuperar la atención humana exige algo más que disciplina personal. Requiere «activismo parental, nueva legislación y regulación, formas novedosas de toma de conciencia y resistencia colectiva». Está en juego la libertad misma. Porque, como insisten los autores, «la verdadera atención no puede ser medida por una máquina», y en ella reside «el poder con el que hacemos el mundo: es algo por lo que vale la pena luchar».

Entrada redactada por Federico Marín Bellón a partir del ensayo «La batalla multimillonaria por captar tu atención se basa en una mentira», publicado por The New York Times el 10 de enero de 2026. Imagen generada con ayuda de ChatGPT.