Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos1 de febrero de 1990 - 18min.
En pleno invierno nórdico, hará una docena de años, entretuve mis ocios diplomáticos fisgando los archivos viejos de nuestra Embajada en Copenhague. En un legajo poco anterior a 1914 aprendí algo muy útil. El entonces Ministro de España en Dinamarca mandaba un largo y razonado despacho a Madrid declarándose convencido de la inminencia de una guerra europea. Confío en que nadie lo leyese, como suele ocurrir con los despachos, y digo confío pues a renglón seguido el buen hombre explicaba con todo lujo de detalles cómo las llanuras del sur de Jutlandia serían el principal campo de batalla de la Gran Guerra.
Ahora bien, en la Primera Guerra Mundial, que en efecto estalló poco después de anunciarla nuestro diplomático, Dinamarca permaneció neutral y el principal escenario bélico fueron una vez más «de Flandes las campañas» y no los apacibles campos jutlandeses. Y es que en las artes proféticas es más fácil vaticinar el cambio que el cómo, dónde y cuándo de tal mudanza. Como esto último, el detalle práctico, es lo que de verdad importa, el oficio de adivino resulta duro, y frecuentes los traspiés.
Pero a todos nos gusta jugar con la bola de cristal de la pitonisa, y eso explica la moda intelectual del momento: Fukuyama y su teoría sobre el fin de la Historia. La polémica empezó este verano, cuando la revista americana conservadora The National Interest publicó un artículo titulado «The End of History?» (ojo al signo de interrogación, que suelen olvidarlo los exégetas). Su autor era Francis Fukuyama, subdirector del gabinete de estudios y planificación del Departamento de Estado. Su tesis, en resumen, la siguiente:
Hegel tenía razón. Acertó en 1806, cuando tras la batalla de Jena vio en la victoria de Napoleón Bonaparte sobre la monarquía prusiana «el triunfo de los ideales de la Revolución Francesa, y la inminente universalización del estado que incorpora los principios de libertad e igualdad», en palabras de Fukuyama. Aunque la extensión geográfica de los principios liberales democráticos y de su aplicación ha sido lenta y trabajosa, aunque ha habido guerras mundiales y otros cataclismos políticos, tales principios básicos «no podían ser mejorados». La culminación hegeliana de la Historia en «un momento absoluto, un momento en el que se alzaba con la victoria una forma final, racional de la sociedad y del estado», esa culminación se había en verdad producido en Jena hace ciento ochenta y tres años. Desde entonces estamos asistiendo a la confirmación de la victoria, que ahora -a fines del siglo XX- resulta evidente al haberse impuesto como único modelo atractivo de estado homogéneo universal el capitalismo democrático, es decir «democracia liberal en la esfera política combinada con fácil acceso a vídeos y estéreos en lo económico». La dialéctica histórica (tesis, antítesis y síntesis) tenía que acabarse al alcanzar la humanidad un estadio de desarrollo en el que las contradicciones quedasen superadas. Ese estadio ha sido alcanzado, luego la Historia ha terminado.
Los dos competidores importantes que pugnaban frente al liberalismo, es decir el fascismo y el comunismo, han sido vencidos, el uno por la fuerza de las armas y el otro por su congénita ineptitud moral y material.
Naturalmene Fukuyama completa y adorna su escatología con toda suerte de advertencias y aclaraciones, o al menos con todas las que le caben en las quince páginas de su ensayo. No sólo no pretende ser original, sino que reconoce que la idea de Hegel -muy aprovechada por Marx- le ha llegado a él a través de Kojève, el pensador francés de origen ruso que en los años treinta y cuarenta manejó hábilmente estos conceptos hegelianos hasta que se los creyó él mismo y se sintió moralmente obligado a dejar de lucubrar y a colocarse como burócrata en la Comisión de la CEE para ayudar modestamente a la plasmación real del estado homogéneo universal en forma de Mercado Común.
Fukuyama puntualiza que durante algún tiempo seguirán produciéndose acontecimientos aparentemente «históricos», y seguirá habiendo conflictos, pero la suerte está echada. Los dos competidores importantes que pugnaban frente al liberalismo, es decir el fascismo y el comunismo, han sido vencidos, el uno por la fuerza de las armas y el otro por su congénita ineptitud moral y material. No pierde mucho tiempo refiriéndose directamente a la liquidación por derribo del marxismo-leninismo, pese a que en el fondo su ensayo es un conjunto de variaciones sobre el tema «la Guerra Fría ha terminado y la hemos ganado». Sólo que aquí habría que entender por Guerra Fría la pugna entre Luces y Tinieblas desde 1700 hasta 1989.
Admite nuestro autor que en el mundo post-soviético pueden surgir nacionalismos exacerbados de corte fascista que retrasen la epifanía liberal. Y el fanatismo religioso o racista también puede traer sorpresas, sobre todo en el Tercer Mundo. Pero ninguno de esos movimientos tendría crédito universal; aunque alcanzasen la primera plana de los periódicos seguirían siendo dignos de la crónica de sucesos municipales y espesos.
Cuando el comunismo desaparezca del todo «primero de China y luego de la Unión Soviética» (el artículo, ya se ve, está escrito antes de la matanza de la Plaza de la Paz Celestial) «el mundo quedaría dividido entre una parte histórica y otra parte posthistórica. Todavía podría haber conflictos entre los estados aún en la Historia, y entre dichos estados y aquellos que han llegado al final de la Historia […] El terrorismo y las guerras de liberación nacional continuarán siendo un punto importante en el orden del día internacional. Pero un conflicto a gran escala habría de envolver a grandes estados aún en las garras de la Historia, y tales estados parecen estar desapareciendo de la escena».
Al llegar aquí, al final de su historia del Fin de la Historia, en pleno arrebato de optimismo ireneico, comete Fukuyama un memorable coitus interruptus. Traduzco íntegro el último párrafo, y que juzgue el lector:
<<<El final de la Historia será una época muy triste. La lucha por ser reconocido, el estar dispuesto a arriesgar la vida por una meta puramente abstracta, la pugna ideológica mundial que exigía intrepidez, valor, imaginación e idealismo, serán substituidos por el cálculo económico, la interminable solución de problemas técnicos, preocupaciones sobre el medio ambiente, y la satisfacción de alambicadas demandas de los consumidores. En el período post-histórico no habrá arte ni filosofía, tan sólo la perpetua conservaduría del museo de la Historia humana. Puedo sentir en mí mismo, y notar en otros que me rodean, una poderosa nostalgia por los tiempos en que la Historia existía. Tal nostalgia continuará, por cierto, alimentando la rivalidad y el conflicto durante algún tiempo incluso en el mundo post-histórico. Aun reconociendo su inevitabilidad, albergo los más ambivalentes sentimientos hacia la civilización creada en Europa desde 1945, con sus vástagos noratlánticos y asiáticos. Acaso esa misma perspectiva de siglos de aburrimiento al final de la Historia sirva para que ésta se ponga de nuevo en marcha».
Lo que prometía ser un viaje al cielo termina en el limbo.
En fin, Augusto tenía sus arúspices, Breznev tenía su ideólogo Suslov, Franco el brazo de Santa Teresa y Mrs. Reagan una astróloga, así es que, ¿por qué Bush no iba a tener un mago áulico? Además, el augur del Departamento de Estado parece inofensivo: un señor que predice «siglos de aburrimiento» no puede ser un Dr. Strangelove suicida, por muy nostálgico que se sienta. Asimismo hay que reconocer a Fukuyama considerable amenidad y oportunidad al dar hechura filosófica a las preguntas que todos nos hacemos en estos meses de cambios frenéticos en Europa Oriental. Pero con ser ameno su análisis no lo es tanto como el espectáculo que ofrecen sus incontables glosadores, epígonos y detractores. La polémica en torno al llamado endism (¿«finismo»? ¿«finalismo»? ¿el acabóse?), al alcanzar proporciones descomunales, resulta reveladora del estado de ánimo francamente milenarista de la crema de la intelectualidad occidental.
No es que la súbita moda de un libro entre los intelectuales americanos sea algo insólito; en los últimos años hemos visto la boga meteórica de The closing of the American Mind (de Allan Bloom, uno de los mentores precisamente de Fukuyama), La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe, y El auge y la caída de las grandes potencias, de Paul Kennedy. Pero ¿El fin de la Historia? es otra cosa. Ni siquiera es un libro, sino un artículo de una revista trimestral seria y de mediana circulación. Dudo que mucha gente haya podido leerlo. Claro es que tampoco muchos habrán leído el mamotreto de Bloom, pero al menos lo han podido comprar y pasear bajo el brazo. Además la moda de Fukuyama se extendió en el acto a Europa, donde es aún más difícil hacerse con el texto completo. En España, por ejemplo, no creo que ningún comentarista lo conozca; todos parecen guiarse por la versión publicada en El País (24-9-89). Esta última es un resumen cuatro veces más corto que el original. Tal mutilación no es en sí un sacrilegio: el mensaje de Fukuyama es tan sencillo que puede extraerse más aún. Víctor Hugo ya había dicho lo mismo más lacónicamente aunque con su habitual grandilocuencia: «El siglo XIX es grande, pero el siglo XX será feliz». O sea, tras el tumulto la paz (que puede ser aburrida y hasta melancólica).
Pero el caso es que, en todo el mundo, centenares de comentaristas de diversa laya se han tomado en serio una idea de por sí bastante simple y en general recogida de segunda mano; un pensamiento como esos que entreguerras Eugenio d’Ors, Paul Valéry u Ortega y Gasset ponían en circulación por docenas cada año, con tanto desenfado como Fukuyama y mucha más cultura. Lo más curioso del fenómeno Fukuyama no está en Fukuyama sino en el revuelo que ha provocado: más parece un fenómeno social que un fenómeno intelectual.
Mas antes de intentar comprender el porqué del guirigay, oigamos algunas de la voces que se elevan con ira, admiración o escarnio. En unas semanas y sin poner especial empeño me he tropezado con veintiocho artículos sobre The End of History? Los he leído y anotado con creciente perplejidad. Casi nadie aclara el motivo de su interés por el ensayo. Diríase que si se les preguntase darían la contestación clásica del alpinista: «¿Que por qué quiero subir al Everest? Pues porque está ahí». Pero Fukuyama no parece una cumbre de la cultura moderna. Es igual, todo el mundo escribe sobre él y yo también. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.
Unos dicen que tiene el mérito de haber abordado filosóficamente, aunque con mayor o menor rigor, un asunto de máxima trascendencia. Otros admiran su desparpajo. Los más parecen convencidos de que el fin -real o aparente- de la Guerra Fría es portento de algo hasta ahora nunca visto en la Historia, y aprecian en Fukuyama su esfuerzo por escudriñar tan extraño futuro. Todos, sin embargo, ponen peros a nuestro autor, y algunos reproches llegan al borde del vituperio. Sistematizando las críticas, aparece el siguiente manifiesto de averías:
El variado pliego de cargos que antecede es curiosamente irrelevante. Nuestro autor había previsto de antemano casi todos esos reparos y los había apartado con suave firmeza, reconociendo que durante mucho tiempo seguirá sin faltar materia para titulares periodísticos, que habrá conflictos y que subsistirán o nacerán extraños credos, pero insistiendo en que todo ese tumulto no pasaría de ser suma de alborotos periféricos al meollo de la Historia, el cual no es sino su propia consunción por consumación.
Claro es que los críticos están en su derecho cuando reprochan a Fukuyama su displicencia al rechazar como cuestiones de detalle lo que a ellos parece gravísimos problemas, pero a fin de cuentas es difícil salir de las redes de Fukuyama si se aceptan, como casi todos hacen, sus dos premisas básicas: que el tiempo histórico es lineal y no cíclico y que el American way of life es universalmente atractivo. Y ocurre que ambas creencias están enquistadas en el fondo del pensamiento occidental: la primera (que el hombre tiene un destino sobre la tierra) priva desde hace cien generaciones y la segunda (que tan sólo el dinero da dignidad) desde hace cinco. El mesianismo judío, recogido por el cristianismo, convertido por la Ilustración en fe en el progreso y transformado por Marx en mesianismo revolucionario y materialista, sigue siendo dogma -vago y multiforme pero sólido- generalmente admitido en el pensamiento moderno.
Lo normal es creer que el hombre y la Historia siguen un curso que va de Alfa a Omega, y que ese curso tiene un sentido. Ese sentido puede ser sobrenatural o profano, según las doctrinas, pero de alguna manera existe y reconforta al hombre en su pequeñez y en su inmensa capacidad de sufrimiento. Si a eso añadimos que, en otro plano, el vital y cotidiano, el hombre ha ido concentrando sus ansias y afanes en alcanzar un nivel de vida material decoroso, hasta el punto de perder interés por todo lo demás, ¿qué tiene de extraño el nacimiento de una soteriología tan patéticamente trivial como la de Fukuyama? Y ¿cómo refutarla sin antes rechazar una de las dos premisas antes citadas?
Un griego clásico o un estoico romano, empapados de sentido cíclico del tiempo histórico, se hubiesen carcajeado de Fukuyama pero ¿con qué derecho se reirían de este acabóse escatológico el progre de facultad, el «yuppie» bancario o el teólogo de la liberación? Si se admite que todos viajamos en el mismo tren y que éste sigue una línea férrea teleológica, habrá que admitir que cada cual piense que esta o aquella parada es la última o la óptima. Sólo tienen derecho a discrepar quienes piensan que esto es una noria movida por un mulo cada vez más viejo, ciego y doliente.
También, por qué no, podrían protestar contra el mensaje de The end of History? quienes ven en el agonizante mundo del socialismo real el producto de una prolongada opiomanía (el opio del pueblo habría resultado ser no la religión sino las certidumbres marxistas y la general irresponsabilidad del colectivismo), mientras que notan en la agitación febril de la sociedad occidental los efectos del permanente estímulo del lucro. ¿No habrá una tercera vía entre el torpor del heroinómano y la histeria del cocainómano? ¿A la fuerza hay que escoger entre el Gulag y Wall Street? Mas seamos realistas. No parece por ahora quedar mucho sitio en el planeta para la búsqueda de la serenidad, de la belleza o del honor, fuera de la Cartuja, la torre de marfil o la mente de don Quijote.
En la práctica tan sólo hay una refutación posible de la tesis de Fukuyama. De puro evidente ha pasado inadvertida. Más de un comentarista ha señalado que hacer extensivo a la eternidad y al orbe entero lo que ocurre hic et nunc es desvarío. Pero nadie ha sacado la consecuencia lógica. Yo propongo el siguiente silogismo: para creer que una situación local y temporal es global y perenne hay que ser un prodigioso ignorante y un aldeano catetísimo. Es así que Fukuyama no es ni lo uno ni lo otro, ergo no se cree lo que nos cuenta. Es así también que no gana nada engañándonos, más que el placer de tomarnos el pelo, luego toda su teoría es una broma.
Veamos esta exégesis lúdica con más detalle. Un pastor tibetano puede pensar que el té con manteca de yak le gusta a todo el mundo y gustará siempre. Woodrow Wilson pudo estar convencido de que sus Catorce Puntos eran la panacea universal para la paz perpetua. Stalin preguntó sarcásticamente cuántas divisiones tenía el Papa, persuadido de la perdurabilidad de la tiranía comunista. Pero todos ellos eran gente muy local y con nulo sentido de la Historia, la cual -como descubriera Lévi-Strauss- asusta a los primitivos pues les causa inseguridad y ellos prefieren creer en la estabilidad prehistórica.
Fukuyama, por el contrario, es un cosmopolita de lo más viajado y leído. Se crió en Nueva York, hijo de un clérigo protestante de origen japonés que luego fue profesor de Religión. Se educó en Yale, la Sorbona y Harvard, estudiando Literatura Comparada y Ciencias Políticas con maestros como Allan Bloom, Paul de Man, Roland Barthes y Jacques Derrida. Trabajó en la Rand Corporation haciendo informes sobre asuntos muy concretos y prácticos de política internacional. Este hombre no es ningún analfabeto. Que se sepa, tampoco está loco. Puede ser un tonto instruido, como Wilson, pero no provinciano como él, así es que ha tenido que enterarse de que los Balcanes son distintos de las Rocosas. Todo parece indicar que es un hombre culto e irónico, no crédulo (consta que los estructuralistas parisinos le aburrieron).
¡Qué delicia para alguien así gastar una broma erudita y refinada a sus pares! Un canulard intelectual a la francesa, una parodia exquisita como las de Sir Max Beerbohm, una chanza mandarinesca… Y luego toda una vida por delante tiene treinta y seis años para reírse del resultado mundial de la cuchufleta con un par de amigos, a los que se prohíbe desvelar el secreto, para mayor ludibrio. Dos glosistas se han planteado la posibilidad de que Fukuyama sea un guasón, pero la han rechazado precipitadamente. Uno James Atlas porque «su prosa es racional y erudita» (como si un pastiche pudiese ser de otra manera) y otro -Huntington- por «el tiempo y el esfuerzo intelectual dedicados a desarrollar estos argumentos» (pero es que una broma cruel y sabrosa requiere mucho trabajo, como el de aquellos jóvenes que convencieron a Juan Ramón Jiménez, con sus cartas falsas, de que tenía una novia epistolar de lo más apasionada).
Un último dato confirma mis sospechas. Fukuyama cuenta con aprobación cómo su admirado Kojève, siempre consecuente, abandonó el filosofar cuando comprendió que Hegel tenía la razón absoluta, y se convirtió en covachuelista europeo. Pues bien, nuestro hombre no ha hecho otro tanto. Sigue especulando con las ideas, no en bolsa. Por algo será. No, no debe de haber llegado el acabose histórico. Clio, musa de la Historia, nos mandará un día de estos un mensaje como el telegrama de Mark Twain a la Associated Press: «La noticia de mi muerte era una exageración.»