Eduardo Nolla: «Alexis de Tocqueville. Un liberal único»

Biografía dirigida al gran público del teórico y político francés, autor de «La democracia en América»

Tocqueville (en primer plano a la izquierda) en la Comisión de revisión de la Constitución en 1851
Tocqueville (en primer plano a la izquierda) en la Comisión de revisión de la Constitución en 1851
Ángel Vivas

Avance

Figura descollante del liberalismo clásico, Alexis de Tocqueville es, a la vez, alguien complejo, difícil de encasillar, al que se han aplicado distintas etiquetas. Un liberal único, como reza el título de esta biografía del experto Eduardo Nolla. Tocqueville alertó de peligros como la obsesión por la igualdad, la desafección política de los ciudadanos, la aparición de una forma de despotismo dentro de la democracia (la opresión de la minoría por la mayoría) y el excesivo poder del Estado.

Su trayectoria vital y teórica estuvo marcada por la obsesión por la libertad. De hecho, sus obras más importantes, La democracia en América y El Antiguo Régimen y la Revolución coinciden en explicar al lector cómo ser libres. El primero de ellos es fruto de un viaje a Estados Unidos, país donde el gobierno se inmiscuye poco en la vida de los ciudadanos. «La mayor tarea de un gobierno debería ser acostumbrar poco a poco los pueblos a prescindir de él», escribe Tocqueville. La sociedad, piensa, no debe procurarle al individuo su felicidad, sino proporcionarle los medios para que él se la consiga. Esa le parece la única fórmula compatible con la libertad de los ciudadanos.

El sistema democrático que se iba estableciendo tras la Revolución francesa le parecía inexorable. Sus reflexiones fueron en el sentido de logar su mejor versión. Le preocupaba la anarquía a que pudiera dar lugar el exceso de libertad, pero más aún el despotismo en que podría desembocar el predominio de la igualdad sobre la libertad. Se opuso, por supuesto, a las nacientes formas de socialismo, aunque era consciente del problema de la pobreza y abogaba por la intervención del Estado en cuestiones como el abandono de los niños. Se definió a sí mismo como «liberal hasta la médula de los huesos», sin otra causa que «la de la libertad y la dignidad humanas».

Si esas fueron sus ideas, como político activo tuvo un papel muy destacado en la lucha contra la esclavitud, además de postular para la joven colonia argelina el predominio del poder civil sobre el militar, cuyos excesos denunció. El golpe de Estado de Luis Bonaparte le apartó de la actividad política, viviendo sus últimos años en una suerte de exilio interior.

ArtÍculo

Perteneciente por tradición familiar al mundo que fue abolido por la revolución, pero convencido de la inevitabilidad de la nueva sociedad, Alexis de Tocqueville se sintió siempre entre ambos. Eso le convirtió —siendo él una de las figuras descollantes del liberalismo clásico— en alguien complejo, paradójico, difícil de encasillar, al que se han aplicado distintas etiquetas. Un liberal único, como reza el título de la biografía más reciente a él dedicada, esta del muy destacado experto Eduardo Nolla, que aparece en una interesante colección de biografías intelectuales (Gota a gota, FAES). Nolla aborda del modo sintético y didáctico que caracteriza la colección, claramente dirigida al gran público, la biografía de un Tocqueville que describió «fenómenos que hoy son contemporáneos» y escribió «páginas donde nos vemos retratados».

Eduardo Nolla. Alexis de Tocqueville. Un liberal único. FAES, 2025. 262 páginas.

Es sabido que la lucha por la igualdad legal de la Revolución francesa abrió las puertas a la reivindicación de una igualdad social. En el núcleo de las ideas políticas del liberal Tocqueville está esa obsesión por la igualdad que él ve como una amenaza. También la desafección política de los ciudadanos, la aparición de una forma de despotismo característica de la democracia (la opresión de la minoría por la mayoría), el excesivo poder del Estado sobre los ciudadanos y la fragilidad de la libertad. Sus ideas, apunta el autor del libro, pudieron estar influidas por su propia biografía, enmarcada entre el comienzo del primer imperio napoleónico y el segundo, encabezado por el sobrino Luis Bonaparte. El caso es que trayectoria estuvo marcada por la obsesión por la libertad y su reverso, la amenaza del despotismo. Y sus dos obras mayores, La democracia en América y El Antiguo Régimen y la Revolución, son dos formas de explicar al lector cómo ser libres.

Eduardo Nolla, experto, como queda dicho en la figura de Tocqueville, al que ha dedicado varios trabajos y ediciones de sus obras, presenta una biografía en la que aparecen muy equilibrados los aspectos personales y teóricos. Caracteriza a su biografiado como alguien cerebral y racional, al que importunaba la menor pérdida de tiempo, más de opiniones que de pasiones, o con una única pasión que él explicó así: «No tengo tradiciones, no tengo partido, no tengo una causa que no sea la de la libertad y la dignidad humanas».

Entender la democracia americana

Incómodo con la monarquía de julio, que tampoco le veía a él con muy buenos ojos, marchó a los jóvenes Estados Unidos con la complacencia del gobierno. La excusa —la tapadera, diríamos— era estudiar su sistema penitenciario, algo que también hizo, y ver el modo de aplicarlo a una Francia que carecía de algo parecido. El verdadero motivo, de él y de su gran amigo Gustave de Beaumont, que le acompañó, era entender la democracia americana y ver las posibilidades de que arraigara en la convulsa Francia que no había dejado de ensayar regímenes desde la revolución y, por extensión, en Europa.

En Estados Unidos se encuentra un pueblo «devorado por el ansia de riquezas», con escasa presencia o acción del Estado sobre los ciudadanos, un pueblo de comerciantes pleno de actividad comercial. «Toda la sociedad es una fábrica», escribe en una de sus notas. Porque Tocqueville toma notas incansablemente de las muchas entrevistas que mantiene. Hace, junto con Beaumont, un trabajo de sociólogo avant la lettre. «La máquina de entender América no para nunca», escribe Eduardo Nolla.

Allí aprende o comprueba algo que ya piensa: la escasa intervención del gobierno y el Estado en la vida pública. Como le dice un interlocutor, el Estado debe ayudar y no hacer completamente. Tocqueville aprueba por completo la escasa presencia del gobierno en aras de facilitar el individualismo. Constata que el gobierno americano no se inmiscuye en todo ni tiene la pretensión de preverlo y ejecutarlo todo, aunque tampoco abandona a los particulares su gestión de los grandes trabajos de utilidad pública. Y escribe que «la mayor tarea de un gobierno debería ser acostumbrar poco a poco los pueblos a prescindir de él». La sociedad no está obligada a procurarle al individuo su felicidad, sino a proporcionarle los medios para que él se la consiga. Esa le parece la única fórmula compatible con la libertad y la formación de ciudadanos, incluso hombres.

Otra enseñanza de la joven América es la institución del jurado, que ve como una útil escuela de derechos. En general, la idea de que la democracia y la libertad van de la mano de la experiencia y la práctica política. Su oposición a la descentralización política y su defensa de la descentralización administrativa encuentra también allí un aval, en un país en que el municipio se fundó antes que el Estado.

El peligro de la igualdad

En su periplo americano, Tocqueville se muestra como un representante de un —valga la expresión— liberalismo científico por su buena información y manejo de datos y estadísticas sobre salarios, aranceles y demás cuestiones económicas. Cuando en 1835 publique el libro, La democracia en América, el objetivo será «hacer entender a todos que un estado social democrático es una necesidad insuperable de nuestra época» y, concretamente a los enemigos de la democracia, que para hacer tolerable un estado así hay que dar cultura y libertad al pueblo que ya tiene ese estado social. En definitiva, escribe —mostrando su idea del liberalismo—, «unir todos los espíritus honestos y generosos en un pequeño número de ideas comunes». En su correspondencia con su amigo Beaumont, lo dirá de otro modo: «permanecer uno mismo en medio de los partidos que dividen el propio país»

Su pensamiento, plasmado a menudo en su correspondencia, muestra una preocupación por el despotismo democrático que podría aparecer en Europa; y el temor de que «esa igualdad, que, con razón, nos es tan querida, pudiera transformarse en la lepra del género humano». En la dialéctica entre igualdad y libertad, le parecía esencial el equilibrio. Si el predominio excesivo de la segunda podría dar en la anarquía, lo contrario daría en el despotismo, en la peor versión del sistema democrático. Sistema democrático que él veía inexorable. Desaparecida para siempre la vieja sociedad aristocrática, la única tarea para los hombres de su tiempo era «organizar progresiva y prudentemente sobre sus ruinas la sociedad democrática nueva». Como él mismo dirá, «lejos de querer detener el desarrollo de la nueva sociedad, intento producirlo». La segunda parte de La democracia en América, publicada en 1840, de tipo más general y menos centrada en Estados Unidos, contiene esa «profunda reflexión sobre el futuro y los problemas del nuevo sistema democrático».

En la preocupación de Tocqueville pesaba mucho el turbulento periodo vivido por Francia, con la revolución y sus distintas fases de terror y reacción, el Directorio, el Imperio, la Restauración, la nueva monarquía de julio. Su actividad política se desarrolló dentro de esa monarquía burguesa, encarnada por Luis Felipe de Orleans, los dieciocho años que van de los veinticinco a los cuarenta y tres de su edad. Entre las empresas que llevó a cabo, destaca la lucha contra la esclavitud; fue portavoz del proyecto de ley sobre su abolición en las colonias, y su informe refleja el odio que sentía hacia quienes la justificaban. Propuso la emancipación simultánea y total de todos los esclavos en territorio francés. También visitó Argelia, incipiente colonia francesa a la sazón, donde comprobó la violencia ejercida por los militares, que le llevó a la convicción de que la colonización debía estar en manos del poder civil.

Un liberal distinto

Se opuso, por supuesto, a las primeras manifestaciones de socialismo, ese que Engels llamaría utópico (Fourier, Saint-Simon), llegando a decir que el socialismo en su conjunto era una nueva forma de esclavitud. Aunque también afirmó compartir el sentimiento por las miserias de los pobres y, sin querer llegar a los extremos de igualdad de los socialistas ni aprobar sus medios, aprobaba el objetivo, consciente de que quedaba mucho por hacer en ese terreno. Mostró, por ejemplo, un instinto social y a favor de la intervención del Estado a la hora de proteger a los niños abandonados, escolarizarlos y ayudar a las madres.

Tocqueville fue, en definitiva, un liberal distinto, que, frente al liberalismo que lo fiaba todo a sistemas constitucionales, equilibrios y estructuras legales, pensaba que la ley es inútil si los ciudadanos no creen en ella o no la apoyan. Se definía, en todo caso, como «liberal hasta la médula de los huesos». Alguien que ve en el derecho de propiedad un «elemento fundamental de la existencia de la libertad». Que abraza la causa y las ideas de una revolución, la de 1789, que veía como un instante único en el que coincidieron «las pasiones del compromiso con la patria, la libertad, la independencia, la confraternidad humana, esas grandes, esas nobles pasiones», pero cuyo desarrollo devoró sus propios principios.

Igual que aceptó como un hecho consumado el fin del Antiguo Régimen, aceptó del mismo modo la República que se instauró en 1848, distinguiendo entre un pueblo de buenos instintos y unos líderes «de ideas equivocadas», un pueblo con «un gran sentido en las cosas que puede juzgar por sí mismo y en las materias donde no le han engañado los soñadores ambiciosos a los que se le había entregado». El 18 brumario de Luis Bonaparte le lleva a una suerte de exilio interior. Vive como un extranjero en su propio país, sintiendo repugnancia por la época y no soportando coincidir en París con los aduladores del emperador. «No tengo nada mejor que hacer en este momento que mantenerme al margen y escribir», dirá. Y «llevo una vida muy retirada, muy ocupada y, resumiendo, muy de acuerdo con mis gustos».