«¿Dios existe?», de Robert Sarah

El autor puntualiza a Nietzsche e indica que el que realmente «ha muerto en Occidente» es el hombre y no Dios

El cardenal Robert Sarah. Foto: CC Wikimedia Commons
Javier María Ijalba

Robert Sarah. (Ouros, Guinea, 1945). Teólogo y cardenal. Arzobispo emérito de Conakri, ocupó los cargos de secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, presidente del Pontificio Consejo Cor Unum y prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos. Autor, entre otros libros, de Dios o nada, Se hace tarde y anochece, Catecismo de la vida espiritual y El amor en el matrimonio.

Avance

Este nuevo libro del cardenal Robert Sarah nació por requerimiento del editor y periodista David Cantagalli, que le planteó cómo dar respuesta a la crisis de fe del mundo contemporáneo. La tesis central del ensayo es que no es Dios el que ha muerto, como decía Nietzsche, sino más bien el hombre, al menos en Occidente, ya que en nuestra sociedad secularizada «el hombre, en su verdad y belleza, parece que ya no es consciente de su dignidad y su vocación a la felicidad, al cumplimento del propio ser personal».

Al sustituir el agustiniano amo ergo sum (amo, por lo tanto soy) por el cartesiano cogito ergo sum (pienso, por lo tanto existo) queda todo reducido a la autoconciencia subjetiva, «privando al hombre de esa sana relación con lo real sobre la que se funda el conocimiento del ser». Por esa vía, queda vedado el acceso a la verdad objetiva y, en consecuencia, a la distinción entre el bien y el mal. Pero ese es un mundo sin sentido, afirma Sarah siguiendo a Benedicto XVI, en el que termina imponiéndose la ley de los más fuertes: «El poder se convierte en el único principio».

A Dios se le puede recuperar a través del silencio. «La Iglesia puede afirmar que la humanidad es hija de un Dios silencioso», el problema es que este siglo XXI «ya no comprende a Dios porque no para de hablar, a un ritmo y una velocidad impresionantes, para al final no decir nada», advierte el cardenal guineano. Y el papel de la Iglesia es asumir su responsabilidad ante el mundo contemporáneo, no edulcorando la doctrina del Evangelio sino exigiéndose a sí misma.

El ensayo se nutre de la propia experiencia pastoral de Sarah, como obispo en África y como cardenal en el Vaticano, así como del Magisterio de la Iglesia; de los papas de los últimos sesenta años (Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco); y del estudio de grandes pensadores de la tradición cristiana, como san Agustín, santo Tomás de Aquino, Henri de Lubac; y de maestros de espiritualidad, como Teresa de Lisieux y san Juan de la Cruz. Con ese bagaje, Sarah trata de ofrecer respuestas no solo al lector creyente, sino también al agnóstico que busca un fundamento ético de la existencia. Su objetivo último es despertar en el hombre «el deseo de salvación y la apertura a lo sagrado».

ArtÍculo

Qué tiene que decir la Iglesia ante un mundo marcado por la duda, la incertidumbre y la violencia?, ¿tiene relación el eclipse de Dios con los ataques a la dignidad humana? Estas y otras preguntas sobre la crisis de Occidente son el motivo y el hilo conductor de ¿Dios existe?, subtitulado El grito del hombre que pide salvación. Todas ellas las planteó el editor y periodista David Cantagalli a Robert Sarah, dando origen a este nuevo ensayo del purpurado guineano.

La tesis central del libro es que, al dar la espalda a Dios, «Occidente vive una profunda crisis identitaria y antropológica» que ha provocado, a su vez, una verdadera desconexión con la naturaleza humana. Sarah puntualiza a Nietzsche e indica que el que realmente «ha muerto en Occidente» es el hombre y no Dios, ya que en nuestra sociedad secularizada «el hombre, en su verdad y belleza, parece que ya no es consciente de su dignidad y su vocación a la felicidad, al cumplimento del propio ser personal».

Robert Sarah. «¿Dios existe?». Palabra, 2025

El epicentro del seísmo no es de ahora, sino del siglo XVII, con Descartes. «Es obvio —escribe — que todo esto tiene raíces remotas, a partir de la sustitución del agustiniano amo ergo sum (amo, por lo tanto soy) por el cartesiano cogito ergo sum (pienso, por lo tanto existo), reduciendo de este modo la ontología relacional a la autoconciencia subjetiva, privando al hombre de esa sana relación con lo real sobre la que se funda la ontología, el conocimiento del ser».

Lo real no se agota en el plano material ni el estrecho límite de lo subjetivo. Pero durante las últimas centurias, Occidente ha ido arrinconando paulatinamente lo espiritual y marginando a Dios. En el siglo XX, por ejemplo, indica Sarah, algunos buscaron eliminarlo a través de la supresión de los judíos, como observó Benedicto XVI refiriéndose a los nazis, dado que el pueblo hebreo es signo vivo de que el Creador había hablado al hombre y cuidado de él y, a la vez, verdadero germen de la fe cristiana.

Medio siglo más tarde, otros quisieron desterrar a Dios del proyecto de Constitución Europea y apostaron por reducirlo a un mero «asunto privado de una minoría», afirma el cardenal. Actualmente no solo no se tiene en cuenta a Dios, sino que se le atribuye la responsabilidad del dolor y de los males que afligen al mundo. Sarah subraya la paradoja de que se le pidan cuentas de los desastres naturales o los cometidos por la mano del hombre, pero nadie repare en el bien que ha hecho posible, comenzando por la vida y por la Creación.  «Los mismos que no atribuyen a Dios la causa de las alegrías, lo responsabilizan a menudo del dolor humano», señalaba al respecto san Juan Pablo II.

El silencio y el misterio

Mas Dios es silencio, quiere dejar claro el autor, y solo a través de ese silencio se puede atisbar el misterio del Creador. «La Iglesia puede afirmar que la humanidad es hija de un Dios silencioso. Si tratamos de estar con Dios en el silencio, probablemente podamos comprender algo de su presencia y de su amor». El problema es que este siglo XXI «ya no comprende a Dios porque no para de hablar, a un ritmo y una velocidad impresionantes, para al final no decir nada». Esa locuacidad asoma también, en cierta medida, en la propia Iglesia… «que habla sin interrupción» y que, según Sarah, «es una Iglesia que se ha alejado de Dios, una Iglesia descristianizada, mundanizada e inmersa en una sociedad charlatana».

Pero que Dios sea silencio no supone, recuerda el autor, la imposible certificación de que haya muerto, sino de que, más bien, es la persona humana la que ha perdido su relación con la trascendencia. Y sin esta, se ha visto privado también de una dimensión esencial de la realidad. Una sociedad que niega la posibilidad de acceder a una verdad objetiva queda encerrada en el callejón sin salida del relativismo, engañada por la errónea convicción de que «cada persona es libre de creer en su partícula de verdad».

Y «un mundo sin Dios no puede ser más que un mundo sin sentido», como decía Benedicto XVI, en la medida en que ya no existen «los criterios del bien y el mal», sino solo la ley de los más fuertes: «El poder se convierte en el único principio».

La responsabilidad de los pastores

La onda expansiva del subjetivismo y del relativismo ha alcanzado a la propia Iglesia, que también ha sufrido severas crisis durante la segunda mitad del siglo XX. No elude Sarah el problema, ni deja de apuntar la responsabilidad de los pastores.

«El punto más discutido —señala— es la fidelidad, a lo largo del tiempo, a la tarea que Dios ha asignado. En un contexto cultural cada vez más hostil, con la fragmentación de las relaciones, que no hace percibir el apoyo y el calor de una comunidad creyente, es cada vez más complejo vivir la radicalidad del Evangelio. Creo que este es el punto crucial para todos los laicos y consagrados, para todos los bautizados».

En cuanto a los que abandonan la Iglesia católica, el cardenal guineano observa que «quien se va, siempre se equivoca. Se equivoca porque abandona a la Madre; se equivoca porque lleva a cabo un peligrosísimo acto de soberbia, erigiéndose en juez de la Iglesia».

Eso no exime de culpa a quienes han provocado, por sus errores, las deserciones de las últimas décadas. «A veces no todo es inmediatamente comprensible —reconoce Robert Sarah—, y algunas cosas pueden parecer del todo inoportunas, que no han sido adecuadamente ponderadas, incluso pastoralmente infundadas o perjudiciales; a pesar de todo esto, ello no autoriza a irse».

Ante ese panorama, es la propia Iglesia la que debe reaccionar asumiendo su responsabilidad, como «heredera de un Dios Creador y Salvador». No se trata de edulcorar «las exigencias del Evangelio o de cambiar la doctrina de Jesús y de los apóstoles para adaptarse a modas evanescentes, sino de poner radicalmente en tela de juicio el modo en que nosotros mismos vivimos el Evangelio y presentamos el dogma».

El acervo del que parte Robert Sarah no es otro que el Magisterio de la Iglesia y de los papas de los últimos sesenta años (Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco) así como de su labor pastoral, primero como sacerdote y obispo en África y luego como cardenal en el Vaticano; del estudio de grandes pensadores de la tradición cristiana, como san Agustín, santo Tomás de Aquino, Henri de Lubac; de maestros de espiritualidad, como Teresa de Lisieux y san Juan de la Cruz y, finalmente, del «fecundo diálogo con amigos, sacerdotes y laicos, que viven una auténtica pasión por Cristo y por la Iglesia».

El volumen recoge al final, en un apéndice, el documento La Iglesia y el escándalo de los abusos sexuales, escrito por Benedicto XVI en 2019, en el que el papa emérito abordaba las circunstancias sociales que rodearon el escandaloso fenómeno entre los años 1960 y 1980, y ofrecía sus propios criterios sobre lo que debiera ser una respuesta eclesial adecuada a un problema tan doloroso.

Fundamento ético de la existencia

Se trata de un libro muy profundo y, a la vez, muy cercano, como si estuviese hablando al corazón de cada lector, que guarda una línea de continuidad teológica con los anteriores ensayos del autor, y en especial con Se hace tarde y anochece y Catecismo de la vida espiritual.

Sobre todo, por su empeño por ofrecer respuestas no solo al lector creyente acerca de la compleja situación de la Iglesia en la presente encrucijada cultural, sino también al agnóstico que busca un fundamento ético de la existencia. Como el propio Sarah explicita, lo que en el fondo persigue es «hacer despertar en el hombre el deseo de salvación y, a la vez, la apertura a lo sagrado».


Imagen de cabecera: el cardenal Robert Sarah, fotografiado en 2015 por François-Régis Salefran. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.