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Ver productosEl filósofo ha querido hacer con su ensayo «Moderaditos» «una apología de la duda, pero no de la incertidumbre, la tibieza o el relativismo»

3 de febrero de 2026 - 6min.
Diego S. Garrocho. Profesor titular de Ética y Filosofía Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de los ensayos Sobre la nostalgia, damnatio memoriae; Aristóteles, una ética de las pasiones y Moderaditos, una defensa de la valentía política. Exjefe de opinión de ABC, actualmente es columnista de El País y comentarista en la cadena COPE.
Avance
Nunca ha sido más necesaria la moderación en el debate público y la escena política, y sin embargo nunca ha estado tan denostada. Se suele identificar moderado con «traidor», «hipócrita timorato» o «tibio». Pero hace falta ser muy honesto intelectualmente y muy valiente para «exponer de forma educada las opiniones», «escuchar las razones del antagonista, barajando la posibilidad de llegar a cambiar de parecer» y «saber disentir de los tuyos».
En eso consiste la moderación, vieja virtud que se remonta a Platón y Aristóteles, y que reivindica Diego S. Garrocho en su libro Moderaditos. Una defensa de la valentía política. (Debate).
A partir del ensayo, reseñado en Nueva Revista, el filósofo respondió a numerosas preguntas de los asistentes al Foro Nueva Revista, celebrado el pasado 28 de enero en la Universidad Villanueva.
ArtÍculo
Ser moderado, moderadito, está mal visto en la presente coyuntura marcada por la polarización. Se suele identificar con «traidor», «hipócrita timorato» o «tibio». Nada que ver con la realidad. Lo detalla el filósofo y periodista Diego S. Garrocho: Ser moderado es «exponer de forma educada las opiniones», «escuchar las razones del antagonista, barajando la posibilidad de llegar a cambiar de parecer» y «saber disentir de los tuyos».
En torno a la moderación, vieja virtud que se remonta a Platón y Aristóteles, giró la sesión del Foro Nueva Revista, celebrado el pasado 28 de enero en la Universidad Villanueva, en la que Garrocho respondió a numerosas preguntas de los asistentes (presenciales y online) sobre su ensayo Moderaditos, una defensa de la valentía política.
Explicó el filósofo que lo escribió desde «el hartazgo que orbita en torno al término moderado o moderación». Era preciso dejar sentado que moderación no es sinónimo de «equidistancia, ni de relativismo». Y que se pueden «defender las ideas, incluso con muchísima vehemencia, pero desde unas coordenadas muy concretas, desde el respeto».

Pero nos encontramos actualmente en «un contexto de polarización tan extrema, que la moderación tiene un coste y lejos de agradar a todo el mundo parece que los moderados son unos traidores a la causa propia». Así que la hipótesis fundamental del ensayo es que, dada la coyuntura, «la moderación tiene un valor casi revolucionario, que exige mucha valentía». Lo valiente hoy es ser moderado. De ahí el subtítulo: Una defensa de la valentía política.
Y de forma humilde y educada, el libro no es otra cosa que «una botella arrojada al mar o una bengala en medio del oceáno para reivindicar una vieja virtud, que ha pertenecido a la gran tradición intelectual y que encontramos en Platón o en Aristóteles, referida como una de las virtudes principales».
El autor ha querido hacer con Moderaditos «una apología de la duda, pero no de la incertidumbre, la tibieza o el relativismo». Lo cual tiene un precio. Esa actitud supone «dudar de nosotros mismos, y nos obliga a llevar una vida más esforzada, más incierta, más incómoda. Y dudar también de los propios, ser capaz de cuestionarlos o desafiarlos, algo que normalmente no se premia. Ya que quienes abrazan una bandera, un partido político, un grupo pueden encontrar un calor y una protección que es muy tentadora».
La trayectoria periodística de Garrocho es un ejemplo de superación de maquiavelismos y polarización: quien fue jefe de Opinión de ABC es ahora columnista de El País, y además comentarista de la cadena Cope. «No es tan extraño», aclaró, «porque, en el fondo, las cosas que escribo se parecen mucho y responden a lo que yo creo que debe ser un periódico de una democracia liberal: un artefacto de estímulo intelectual, en el que debe concurrir ideas distintas y competir entre ellas».
El autor planteó en el coloquio la responsabilidad que han tenido políticos, medios de comunicación en general y redes sociales en particular en encender la mecha. «El problema —detalló— es que, hoy en día, no siempre podemos distinguir quién es un comunicador y quien un operador político», dos campos que deberían estar perfectamente deslindados en una democracia. Y sin embargo, en «las tertulias de muchas cadenas de televisión o radio, hay tertulianos que están fijando posición con argumentarios que les llegan al móvil. Lo he visto yo personalmente: he discutido con personas que estaban mirando el móvil y recibiendo instrucciones».
El clima de polarización se exacerba con dos novedades. Una es la tecnología: «La conversación pública hoy está atravesada por medios tecnológicos que incentivan el espectáculo de ver a gente pegándose en Twitter, por ejemplo». Y la otra es el dinero: «La polarización es un enorme negocio. Como señalaba Martin Baron, el antiguo director del Washington Post, nadie estaría polarizando si no fuera rentable, electoral o económicamente». En ese sentido, «el poder nos quiere polarizados».
No es fácil cambiar ese estado de cosas. Habría que exigir responsabilidad a los políticos y también a los editores y empresarios de la comunicación, sostiene el filósofo. Y recordar que «una democracia funciona no solo cuando la derecha vigila a la izquierda, sino cuando la mejor derecha vigila a la peor derecha y la mejor izquierda vigila a la peor izquierda».
«Las sociedades se construyen sobre consensos», pero la propuesta de Garrocho pasa «por construir otra manera de disentir». Algo a lo que no estamos muy acostumbrados.

Es perfectamente legítimo que «haya personas que tienen órdenes de valores que impugnan el mío y me parece bien que podamos discutir, y tener derecho a ejercer esa diferencia». Esa diferencia enriquece el debate. Pero para ello debemos aprender a «no considerar que quien piensa de manera distinta de la mía es malo. Y ese es un riesgo de la polarización: satanizar la alternativa política».
«No quiero anular ese disenso, sino celebrarlo, y aprovecharlo para perfeccionar mis ideas o para tumbarlas», añadió Garrocho. Porque, además, al demonizar al otro, «nos olvidamos de exigir a los propios, que creo que es uno de los mecanismos de perfección que tiene la democracia».
También ha contribuido a la polarización la politización de la justicia. Garrocho considera que, al margen de tribunales de extracción política como el Constitucional, «no ha habido hasta ahora jueces de partido. Un juez progresista podía votar en contra de los intereses de un gobierno progresista y un juez conservador podía votar en contra de los intereses de un partido conservador.
En cualquier caso, la solución para mejorar la judicatura «no es politizarla más, no es que la controlen los políticos, sino que la controlen menos. Necesitamos que la justicia esté cuanto menos politizada, mejor; y cuanto más lejos estén el poder legislativo del judicial, mejor».
Garrocho afirma que la clave para los políticos y los jueces es seguir el imperio de la ley y señala que, de los tres poderes, el que le merece más confianza, en principio, es el judicial. Porque, «para empezar, sus integrantes han pasado por una oposición o han respondido a un proceso de decantación por mérito y capacidad».
Respecto al exceso de judicialización de la política, el filósofo sostiene que se deben juzgar y perseguir los delitos con la misma vehemencia, «los cometa un labriego o un presidente del Gobierno». Y refuta la opinión de quienes alegan que los delitos inspirados por causas políticas deberían formar parte de un juego ajeno al imperio de la ley. «Que un delito tenga inspiración política no atenúa esa responsabilidad, sino que la agrava», afirma. De hecho, «los peores desastres del siglo XX eran de inspiración política y a nadie se le ocurre pensar que tenían que resolverse fuera del ámbito del derecho».
