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Así como en muchas cosas somos castigados por nuestra negligencia, ello sucede especialmente al elegir y cultivar a los amigos.
MARCO TULIO CICERÓN

Averigua cómo te llamarías si fueras un hobbit. Puntúa tus cinco películas preferidas de Sylvester Stallone. Declárate un entusiasta de las especialidades de un famoso restaurante. Estos son solamente unos pocos ejemplos de la diversidad de propuestas que uno se encuentra en Facebook. Lo que tienen en común todas ellas es aquello que caracteriza verdaderamente a Facebook, en cierto sentido: la amistad. Basta con mirar la barra de herramientas principal de este sitio web. La palabra «amigos» aparece en la página de inicio del usuario, en su perfil personal y en su bandeja de entrada, lo cual sugiere la importancia de los amigos en el universo de Facebook. La influencia de este sitio web en la amistad se pone de manifiesto en el hecho de que ya se ha acuñado una nueva palabra en inglés: «friending» (aceptar como amigo).

La aparición y el uso generalizado de la palabra «friending» sugiere dos cosas: en primer lugar, que los usuarios de Facebook proliferan cada vez más; en segundo lugar, que debe de estar produciéndose algo nuevo y diferente en esta plataforma, ya que de lo contrario no habría sido necesario crear un nuevo término. Este «friending», a pesar de lo que pueda sugerir su nombre, no es sinónimo del proceso por el cual se forman las amistades. Mientras el primero es un proceso casi instantáneo que suele presuponer una amistad existente, el segundo representa un proceso indudablemente más largo que culmina en la amistad. «Friending», en consecuencia, se convierte en nuestra primera pista para elucidar las diferencias que distinguen las amistades virtuales de las amistades propias de lo que podríamos llamar el mundo «real»; pero, ¿cuáles son estas diferencias y qué importancia revisten? ¿No son auténticas las amistades virtuales, o acaso las diferencias entre las dos son superficiales, si acaso existen? ¿Por qué no podemos ser amigos virtuales? ¿Cuál es el impedimento, si hay alguno, para alcanzar la amistad en un entorno virtual?

Sea cual sea la conclusión, no resultará posible contestar de manera satisfactoria tales preguntas sin antes considerar en qué consiste verdaderamente la amistad.

¿Es posible abusar de algo bueno?

A pesar del hecho de que philia —amistad o amor— forma parte de la auténtica esencia de la palabra «filosofía», la amistad no siempre ha sido una cuestión crucial para los filósofos de la tradición occidental. Sin embargo, el antiguo filósofo griego Aristóteles sí se explayó sobre la amistad; con mucha frecuencia, su perspectiva permanece de telón de fondo cuando otros, como Cicerón, Montaigne o C. S. Lewis, abordan la materia. Admitiendo el papel crucial que los amigos desempeñan en nuestra vida, Aristóteles ofrece una descripción detallada de lo que distingue unas amistades de otras, con la mira de determinar qué amistades son las mejores. Según lo concibe Aristóteles, cada amistad se clasifica en una de estas tres categorías:

•             Amistades de placer.

•             Amistades de utilidad.

•             Las amistades más elevadas, unidas por elementos como la virtud o un sentido compartido del bien.

Mientras que las amistades de placer se forman mediante el disfrute mutuo de alguna actividad, las amistades de utilidad se materializan cuando dos personas se benefician mutuamente. Los amigos que disfrutan jugando al baloncesto juntos, viendo películas de terror e intercambiando tebeos se inscribirían en una amistad de clase placentera. Los colegas que se llevan bien en la oficina y mantienen una relación empresarial productiva, pero que rara vez se encuentran en otros entornos, serían amigos en sentido utilitario. Para Aristóteles, las amistades de placer y utilidad son pasajeras, es decir, que se forman fácilmente pero también se disuelven con bastante facilidad; y de este modo, la mayoría de nuestras amistades equivalen a un largo desfile con constantes entradas y salidas. Las exigencias de la vida adulta hacen que los amigos de placer sean más frecuentes entre los jóvenes y las amistades de utilidad vayan aumentando a medida que cumplimos años.

Si bien las amistades de placer y utilidad tienen su lugar, Aristóteles insiste en que la verdadera amistad debe implicar algo más que el mero disfrute o el beneficio mutuo. Las amistades auténticas y duraderas solamente pueden existir entre personas cuyas buenas intenciones hacia el otro hayan resistido al paso del tiempo. Refiriéndose a la amistad en su forma más genuina, Aristóteles dice:

Ni es de maravillar que tales amistades como estas sean raras, porque hay pocos hombres tales cuales ellas los quieren. A más de esto, tienen necesidad de tiempo y de comunicación, porque, como dice el vulgar proverbio, no se pueden conocer los unos a los otros sin que primero hayan comido juntos las hanegas de sal que se dicen, ni aceptarse el uno al otro, ni darse por amigos, hasta que el uno al otro le parezca ser digno de amor y se fíe de él. Pero los que de presto traban amistad entre sí, quieren, cierto, ser amigos, pero no lo son si no son dignos de amor, y el uno del otro entiende que lo es. La voluntad, pues, de amistad fácilmente se concibe, pero la amistad misma no (Ética a Nicómaco, pp. 229-230).

Aristóteles nos recuerda aquí que la amistad, o philia, es un tipo de amor. Como tal, no debe tratarse a la ligera ni se obtiene fácilmente. Los verdaderos amigos se consideran entrañables mutuamente, un requisito totalmente ausente en las amistades más superficiales y efímeras de utilidad y placer. Para recalcar este punto, Aristóteles sitúa philia en un pedestal tan elevado como el que normalmente se reserva a eros, aduciendo lo siguiente: «tampoco parece que es posible que uno de muchos sea entrañablemente amigo», ya que en la amistad completa sucede como el amor erótico: «porque el amar muy tiernamente y de corazón parece ser el extremo de amistad, y esto ha de ser para con uno». Del mismo modo que cada uno de nosotros solamente puede estar enamorado de una persona en un momento determinado, la verdadera amistad es necesariamente exclusiva. Cada uno de nosotros, con un poco de suerte, podemos participar en unas pocas amistades profundas y duraderas a lo largo de nuestra vida, siendo el tiempo el único impedimento significativo; pero, ¿hasta qué punto coinciden estas declaraciones iniciales de Aristóteles con las actividades que se llevan a cabo en Facebook?

Según un estudio, los usuarios de Facebook tienen 281 amigos (1) como media. Algunos quizá consideren este número excepcionalmente elevado, pero a otros quizá se les antoje sorprendentemente reducido, lo cual depende en parte de su grado de familiaridad con el universo de Facebook. Mientras hablaba de su actividad en Facebook, una alumna mía aseguró con orgullo que ya tenía más de 1.500 amigos, una cantidad que me sorprendió (yo tengo aproximadamente setenta), con la cual superaba con creces a sus compañeros de clase. Lo cierto es que parece que la acumulación de amigos se ha convertido en una especie de objetivo para muchos usuarios de Facebook, ya que la misma encuesta que se mencionaba anteriormente reveló que la cantidad media de amigos que los usuarios querrían tener es de 317. Si bien Aristóteles no concreta exactamente cuántos amigos podemos tener, estos números ciertamente sobrepasan con creces el límite superior, al menos en lo que respecta a las amistades de orden superior. ¿Cómo podríamos resolver esta diferencia entre la sabiduría antigua y las costumbres contemporáneas? ¿Desdeñamos lo que escribió y le tachamos de personaje arcaico que no sabe de lo que habla? O, procurando conceder a Aristóteles el lugar que merece, ¿podríamos decir que la amistad de la que habla Aristóteles es totalmente diferente de las amistades virtuales que se forman en sitios web como Facebook?

Aunque es cierto que cualquiera de estas propuestas podría zanjar nuestro problema, ninguna de las dos me parece adecuada. A pesar de que Aristóteles vivió en una época muy diferente y en un lugar sumamente distinto, gran parte de lo que dice acerca de la amistad sigue sonando auténtico hoy, especialmente en lo que respecta al papel crucial que las amistades desempeñan en nuestra vida. Por otro lado, aquello a lo que nos referimos al utilizar la palabra «amigo» se ha visto sometido a la clara influencia de las redes sociales, ya que la cantidad de personas que identificamos como amigos nuestros ha crecido a pasos agigantados durante los más de dos milenios que han transcurrido desde que Aristóteles aplicó el punzón a la tablilla. Sin embargo, considero que la amistad reviste mucho que trasciende tanto el tiempo como los medios tecnológicos y que los elementos esenciales de la amistad son tan relevantes ahora como en cualquier momento pasado o futuro.

El animal dotado de habla

El que Aristóteles siga siendo el filósofo más influyente en materia de amistad se debe tanto al contexto en el que aborda el tema como a lo que dice en concreto. Entre las obras de Aristóteles, la Ética a Nicómaco es discutiblemente la que ha conservado un valor más duradero, ya que trata cuestiones de carácter y de la experiencia de lo que hemos vivido. Resulta curioso que, de los diez libros de la Ética, hay dos enteros (el VIII y el IX) que están dedicados exclusivamente al asunto de la amistad. Dado que tales exposiciones rara vez se hallan en textos dedicados a la ética o a la moral, la reflexión profunda de Aristóteles en cuanto a la amistad se antoja un poco extraña hasta que recordamos que la Ética a Nicómaco, por encima de todo, se centra en la cuestión de lo que constituye la vida buena o feliz.

Tras haber determinado que un carácter virtuoso es la garantía más segura de la felicidad, Aristóteles pasa a des-cribir la amistad como el «mayor bien de todos los externos» (2), a lo que agrega: «porque ninguno hay que sin amigos holgase de vivir, aunque todos los demás bienes tuviese en abundancia». Desde el punto de vista de Aristóteles, deseamos los amigos por nuestra propia naturaleza y no podemos ser felices sin ellos. ¿Acaso sorprende, entonces, la gran acogida que ha tenido Facebook como red social? En la medida en que nos permite mantener, cultivar y quizá incluso forjar amistades, Facebook responde a un deseo humano básico cuya posible insaciabilidad no pasa desapercibida a Aristóteles. Sobrevolando los siglos, el filósofo declara que «alabamos a los que son aficionados a tener amigos, y la copia de amigos parece ser una de las cosas ilustres» (p. 225), una perspectiva que se confirma en todos sus aspectos por la ingente cantidad de personas que se están aceptando como amigos en este mismo momento.

El hecho de desear muchos amigos no equivale a decir que podamos tenerlos en realidad. Nos sigue quedando el interrogante de si las amistades virtuales cumplen verdaderamente lo que debe satisfacer una amistad. Una vez más, Aristóteles demuestra ser una voz posiblemente simpática. Como suelen hacer los filósofos, se apoya ampliamente en el discurso racional y define a los seres humanos como animales dotados de habla. En consecuencia, sitúa obviamente la conversación en pleno centro de la amistad, ya que sin ella no podemos familiarizarnos unos con otros y, por lo tanto, carecemos de medios para decidir si somos amigos de verdad o no. En consecuencia, Aristóteles describe la elección de amigos de la siguiente manera:

El ser, pues, decíamos que era cosa de escoger, porque lo sentíamos, siendo bueno, y semejante sentimiento de suyo es aplacible. Conviene, pues, también del amigo sentir que es, lo cual consiste en el vivir en compañía, y comunicarse en conversaciones y en los pareceres, porque esto parece que es lo que en los hombres llamamos vivir en compañía, y no como en los ganados el pacer juntos en un pasto (pp. 278-279).

Indudablemente, Facebook nos permite comunicarnos en «conversaciones y pareceres». De hecho, con frecuencia nos revela cosas acerca de nuestros amigos que ignorábamos previamente, ya sea su novela preferida, su postura en cuanto a la investigación con células madre o su recuerdo más entrañable de la infancia; y aunque Aristóteles habla de la necesidad de vivir juntos, la capacidad de Facebook para superar las restricciones de espacio y tiempo parecerían contrarrestar lo que en otras condiciones pone fin a muchas amistades. Como lo destaca el pensador, «la distancia de los lugares no deshacen absolutamente y del todo la amistad, sino el uso de ella. Pero si la ausencia se prolonga en exceso, parece que hace poner en olvido la amistad, por lo cual se dice, comúnmente, que el silencio ha deshecho muchas amistades» (p. 233). Considerando la naturaleza nómada de la sociedad moderna, posibilitada —me atrevo a decir de manera inevitable— por la invención de los trenes, aviones y automóviles, observamos que las tecnologías de comunicación como el telégrafo, el teléfono, el teléfono móvil y ahora las redes sociales, como Facebook, han establecido una proximidad virtual que no está lejos de imitar las interacciones cara a cara mediante las cuales han prosperado las amistades tradicionalmente.

Facebook ha superado a los teléfonos, los móviles y el correo electrónico como medio de comunicación más natural. Cuando llamo, escribo o envío un mensaje de texto a un amigo, me veo obligado a referirme a algo en particular, ya sea ir al cine esa tarde, organizar una fiesta de cumpleaños sorpresa o lamentarme del partido de béisbol de anoche. Si llamara o escribiera a un amigo sin tener en mente algo específico me arriesgaría a producirle irritación y extrañeza, ya que mi amigo quizá no tenga la libertad de conversar informalmente en este mismo instante, teniendo en cuenta el resto de afanes que presenta la vida. Facebook resuelve este problema en gran medida, ya que me permite abrir una ventana hacia mi propio mundo, ya se trate de lo que esté haciendo en ese momento, cómo me sienta o lo que esté pensando, de una manera que no invade el tiempo ni el espacio de los demás, sino que les permite descubrir estas cosas por sí mismos y cuando les resulte conveniente. Dado que las conversaciones más importantes que tenemos con nuestros amigos no conciernen a los aspectos particulares y mundanos de la vida diaria, las conversaciones en Facebook se aproximan a las conversaciones del mundo real que se producen entre amigos, con una eficacia comparable y a veces incluso superior a la de cualquier medio tecnológico inventado hasta la fecha.

Buena voluntad mutua

¿Sería Aristóteles, en consecuencia, un entusiasta de Facebook? A pesar de sus méritos, la cantidad de «amigos» que se conectan mediante Facebook parece seguir siendo el principal problema, y quizá nos conduzca a la esencia de la cuestión: ¿Quiénes son todas estas personas y de qué estamos hablando todos exactamente?

Fiel a su realismo, Aristóteles distingue entre las amistades de utilidad y de placer, las cuales son inferiores, y las amistades más profundas que se forjan con el paso de muchos años y que son, en consecuencia, relativamente raras. De las primeras afirma: «accidentariamente son estas tales amistades, porque el que es amado no es amado en cuanto es tal que merezca ser amado, sino en cuanto sacan de él algún provecho los unos y algún deleite los otros». En cambio, los amigos de la categoría superior se desean mutuamente lo mejor porque se interesan el uno por el otro, lo cual requiere, como afirma Cicerón, «un sumo consentimiento en las cosas divinas y humanas con amor y benevolencia» (3) . Teniendo en cuenta esta distinción, ya podríamos decir que aunque los muchos «amigos» con los que entramos en contacto mediante Facebook —ya sean compañeros de clase del bachillerato, alumnos con los que compartimos habitación en la universidad, profesores de primaria, directores de tesis, antiguos colegas de trabajo o vecinos— pueden ser amigos en cierto grado, no se ajustan a la definición de la amistad en su forma más elevada. Así como sucede con eros, philia requiere tiempo, dedicación, comprensión y sacrificio. Aunque estas características de la auténtica amistad pueden deslizarse hasta la página de Facebook, considero que deben estar arraigadas en el mundo real, más bien que en el virtual. Por sí solo, Facebook no es capaz de crear ni cultivar plenamente la verdadera amistad sino que, como máximo, marca el tiempo y mantiene la conversación entre los amigos hasta que puedan reunirse de nuevo.

Uno de mis episodios preferidos de Seinfeld aborda de manera admirable las vicisitudes y afanes que a menudo afrontamos en el proceso de buscar la amistad. En el episodio, Jerry entabla una posible amistad con el ex jugador de béisbol Keith Hernández, un héroe personal con el que se encuentra por casualidad un día en el gimnasio. Lamentablemente, la amistad nunca llega a desarrollarse, debido en parte a que Keith le pide demasiado pronto que le ayude a mudarse. Dado que Jerry considera que ayudar a alguien a mudarse equivale a «llegar hasta el final» en lo que respecta a la amistad, opta por rechazar la petición de Keith y con ello pone fin a una relación que nunca llegó a cuajar. Hasta la fecha, no hay nadie que haya ayudado a un amigo a mudarse por Facebook. Tampoco se ha visto que dos amigos compartan una cerveza mediante una red social; y aunque un hombro virtual sobre el que llorar quizá sea mejor que ningún hombro, nunca podrá suplantar al auténtico. Al referirnos tan fácilmente a ciertas personas como a «amigos», contándolos por centenas, nos exponemos a banalizar la palabra por abuso de ella. Para remediar esto, basta con recordar que la amistad, en su forma más genuina, es una relación de amor en la que cada persona logra superarse a sí misma gracias al otro. La virtud y la amistad son indisociables.

Auxiliadora de la virtud

Cicerón afirma con confianza que «no puede haber amistad sino entre hombres de bien», y añade: «creamos que los que viven y se portan de suerte que se experimenta su fidelidad, su integridad, su bondad y liberalidad, que en ellos no se descubren deseos, ni liviandades, ni atrevimientos, y que son […] de gran constancia […], así se les debe llamar» (pp. 274-275). Tras leer esto, creo adivinar lo que probablemente esté pensando el lector. ¿Soy yo acaso una persona tan buena? De lo contrario, ¿será la amistad algo inalcanzable para mí siempre? Quizá advirtiendo que había puesto el listón demasiado alto, Cicerón se refiere más tarde a la amistad como a la «auxiliadora de la virtud», sugiriendo que un carácter moralmente recto no es tanto un requisito previo de la amistad como su meta final (p. 306).

Esta perspectiva de Cicerón arroja luz sobre el largo debate de Aristóteles de la amistad en su Ética a Nicómaco, el cual puede leerse como algo similar a un «manual de instrucciones» para lograr una vida feliz. Aristóteles se siente inclinado a tratar la amistad, ya que considera que «el bien afortunado tiene necesidad de amigos virtuosos». Los amigos por sí mismos no garantizan una vida feliz, ya que incluso aquí observamos que Aristóteles recalca la importancia de tener amigos «virtuosos». La mejor de las amistades, tanto para Aristóteles como para Cicerón, debe estar consolidada por la virtud; es esta virtud, mucho más que el dinero, el poder o la fama, lo que otorga la felicidad de una manera más certera. Cultivar un carácter virtuoso es tarea nada fácil, ya que lleva muchos años adquirirlo y una vida entera mantenerlo. Aquí llegamos a una de las principales recompensas de la amistad en su forma más genuina: los amigos se ayudan mutuamente a convertirse en mejores personas.

Parafraseando a Aristóteles, cuando van dos juntos, ambos tienen una mayor capacidad para comprender y actuar en consecuencia. Si no estoy seguro de lo que debo hacer en una situación en concreto, puedo pedir consejo a mi amigo. Si una amiga mía se encuentra en un callejón sin salida, puede recurrir a mí sin dudarlo. De hecho, los verdaderos amigos normalmente no necesitan recurrir unos a otros, ya que la persona que está necesitada siempre se encuentra con su amigo antes de llamarle. Como sucedió cuando Virgilio guió a Dante a través del mundo de ultratumba, los amigos nos ayudan a navegar por la vida y a celebrar la oportunidad de hacerlo a medida que van convirtiéndose en mejores personas. Un amigo, para Aristóteles, es otro yo; ¿quién no querría contar con otro yo cuando los tiempos se ponen difíciles, cuando arrecia el desaliento o cuando uno necesita que alguien venga a recogerle al aeropuerto? Sea cual sea la situación, nuestros amigos nos sustentan así como nosotros les sustentamos a ellos, tendiéndonos mutuamente una mano servicial y quedándonos sonrientes los unos y los otros.

Nuestra pregunta final, por tanto, es si Facebook nos convierte en mejores personas. Quizá nadie se sorprenda si contesto esta pregunta con un «sí» y con un «no». Por otro lado, para que los amigos sigan siendo amigos, necesitan comunicarse entre sí, con frecuencia a enormes distancias. Dado que Facebook permite esta comunicación y, como aduje anteriormente, promueve el tipo de conversación informal que es característica de la amistad, parece que satisface algunos de los requisitos básicos de la amistad. No obstante, la verdadera amistad implica la acción tanto como implica la conversación, y considero que Facebook marcha a contrapié en este aspecto. Independientemente de la cantidad y la frecuencia de nuestra comunicación mutua, los amigos también deben estar físicamente presentes los unos para los otros. Si bien quizá sea posible estar presente para alguien en un sentido «virtual», no estoy convencido de que la mera presencia virtual sea suficiente para forjar o siquiera para mantener una amistad a lo largo de un periodo prolongado. Tampoco tengo la certeza de que una amistad exclusivamente virtual sea capaz de hacer de mí o de otra persona alguien mejor. La mejor de las amistades, en el análisis final, debe estar firmemente arraigada en el mundo real, especialmente si esperamos de ella que aporte algo significativo a nuestra felicidad propia y personal.

¿Tiempo desperdiciado o aprovechado?

Unos instantes después de abrir mi cuenta de Facebook, un amigo mío me dio una bienvenida sarcástica a este mundo con el siguiente comentario: «Más cháchara y menos acción, es lo que yo digo».

Reflexionando en este comentario, me pareció distinguir una diferencia obvia y definitiva entre la amistad virtual y la real. Si bien el tiempo que se pasa con un amigo nunca es un tiempo verdaderamente desperdiciado, la pérdida de tiempo parece ser una parte inherente de la actividad en Facebook. Con esto no digo que todo el tiempo que se dedica a Facebook sea tiempo perdido. En la medida en que Facebook me facilita una herramienta muy singular para conversar, intercambiar fotografías o reírme con un amigo, podría considerar una hora o dos dedicadas a Facebook como un tiempo bien utilizado. Aun así, la mayoría de los usuarios de Facebook más apasionados admitirían sin reparos y quizá entre risas que «pierden» bastante tiempo en esta red social. ¿Por qué sucede esto? Si Facebook fomenta la amistad y si la amistad es algo bueno, ¿por qué nos sentimos tan a menudo como si estuviéramos malgastando el tiempo al utilizar Facebook? Esto, una vez más, nos lleva a la distinción de Aristóteles entre los diferentes tipos de amistad e ilustra por qué, en al menos un aspecto, Facebook puede convertirse en una amenaza para la verdadera amistad más bien que una bendición.

Mientras que la mejor de las amistades, para Aristóteles, soporta el paso del tiempo, llega un momento en que las amistades inferiores de utilidad y placer siguen su camino. Al reflexionar en nuestras amistades presentes, solemos mostrarnos reacios a admitir que muchas de ellas son solamente temporales, ya que tal reconocimiento parecería denigrar ciertas relaciones que quizá nos resulten preciosas. Como sucede con muchas cosas, sin embargo, todo es cuestión de perspectiva, porque al echar la vista atrás comprobamos que muchas de nuestras amistades pasadas fueron pasajeras en definitiva. Ya sea en la escuela primaria, el bachillerato, la universidad, la vida adulta, el matrimonio o la paternidad, nuestro círculo de amigos suele variar tan rápidamente como los años que van pasando. Aunque, si lo pensamos bien, quizá ahora nos sintamos inclinados a negar que nuestras relaciones pasadas fueran amistades de verdad, Aristóteles no exige ni mucho menos esta negación, sino que diría que habíamos forjado amistades de cierto tipo, amistades que se suscitaron de manera natural y que con el tiempo se desvanecieron.

En esto radica el peligro principal del universo de Facebook: las amistades que de otro modo se habrían extinguido hace mucho tiempo, pueden verse reanimadas artificial-mente por las redes sociales. Así que, aunque Facebook permite retomar el contacto con personas a las que lamentablemente perdimos la pista, también nos coloca en la tesitura a veces incómoda de aceptar como amigo a alguien con quien no hemos hablado, y que quizá incluso no se nos haya pasado por la mente, desde hace veinte años. Siempre podríamos desatender la solicitud de este conocido o, con ánimo de no ofenderle, aceptarla, posiblemente intercambiar unas bromas y después bloquear los comentarios que publique para no verlos. Aquí no ha pasado nada y todos contentos, ¿verdad? Puede ser, pero teniendo en cuenta la cantidad de personas con que todos nos hemos encontrado en la vida y que seguiremos encontrándonos en Facebook, incluso estos breves intercambios pueden suponer mucho tiempo al adicionarlos. En este aspecto, temo que la cantidad comience a ir en contra de la calidad. Si un gran porcentaje de nuestras amistades pasadas resucitan y se mantienen por Facebook, ¿tendremos tiempo de verdad para desarrollar el tipo de amistad más profunda que aporta sentido a nuestra vida y es capaz de otorgar la verdadera felicidad? A pesar de todas sus ventajas, Facebook parece entrañar este peligro implícito, un peligro que Aristóteles nos aconsejaría no desestimar.

Al describir la mejor de las amistades, Cicerón dice: «Mas cuánta es la fuerza de la amistad se puede colegir de que una infinita sociedad que compone la naturaleza, la estrecha la amistad, y la contrae de suerte que une todo el amor en dos o pocos más sujetos» (p. 279). Como sucede con todas las innovaciones tecnológicas, Facebook nos presenta algo semejante a una espada de doble filo. Si bien nos permite mantener amistades que de otro modo se habrían marchitado lamentablemente en la vid, su propensión a crear y mantener amistades tan abundantes amenaza con atorar las amistades profundas que más importan.

La verdadera amistad no puede florecer completamente en la esfera virtual, ni tampoco cuando nos desperdigamos en el empleo de nuestro tiempo. Aunque Facebook tiene capacidad para fomentar nuestras amistades, no debemos dejar que las dicte, ¡especialmente cuando haga falta llevar un armario a un quinto piso sin ascensor!.

NOTAS
(1) Véase el artículo de Neil Swidey «Friends in a Facebook World», en el ejemplar del 30 de noviembre de 2008 de The Boston Globe Magazine.
(2) Página 110 de Ética a Nicómaco. Todas las citas de Aristóteles hacen referencia a la versión española de Ética a Nicómaco del Proyecto Espartaco.
(3) Cicerón (1924), «Obras completas de Marco Tulio Cicerón», Madrid, Librería y Casa Editorial Hernando, S.A., p. 276.

Traducido por Jaime Bonet

Reproducido con permiso de Open Court Publishing Company, división de Carus Publishing Company, Chicago, del título original Facebook and Philosophy: What’s on Your Mind? (Redactor: D. E. Wittkower), copyright©2012 Open Publishing Company.


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