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Pensar la universidad es un empeño propio de los universitarios, dado que la tarea académica mantiene siempre una actitud reflexiva. Pero hoy la universidad se debate en una doble tensión: la especialización de los campos de conocimiento (pagando el precio de la pérdida de unidad, de la incomunicación entre ámbitos pequeños y particulares) y el utilitarismo de los saberes (el conocimiento que vale es el que genera empleo). El profesor Murillo reflexiona sobre estos temas, e invita a una síntesis en la que la filosofía tiene un papel determinante. Hemos recogido una parte de su texto que se puede encontrar completo en José Ignacio Murillo, “La idea de la Universidad y la Teología”, en Scripta Theologica, Diciembre 2017, Volumen 49, nº 3, pp. 649–664.

La universidad es una de las instituciones que más ha dado que pensar a lo largo de la historia. Este hecho puede que tenga una explicación sencilla. Ninguna institución contiene tantas personas dispuestas a pensar y tan conscientes de la importancia de comprender la realidad. Es lógico, por otra parte, que esta actitud se dirija de un modo particular hacia aquello que resulta más cercano. Las crisis y los cambios afectan a todas las instituciones, pero en la universidad se viven de un modo más intenso porque es más reflexivo. Como la historia no se puede detener, es lógico que esta situación resulta casi permanente. La universidad es una cuestión abierta casi desde sus orígenes, desde el momento en que adquirió conciencia de sí misma como una realidad distinta y bien diferenciada.

La idea de la universidad en las diversas circunstancias

La universidad es una institución orientada al incremento integral del saber y a su difusión. De este modo lo característico de la universidad es convocar a una comunidad de investigadores –personas que estudian y que buscan incrementar el saber–, pero que no lo cultivan en comunidades aisladas, como en algunas escuelas de la Antigüedad, simplemente destinadas a los iniciados, sino que consideran que el saber debe ser puesto a disposición de todos. Ya los griegos habían propuesto que la búsqueda del saber elevaba la vida humana sobre el resto de los animales y nos asemejaba a la Divinidad, y que, por esta razón, era la instancia que merecía ser cultivada con más ahínco y desde la que había que organizar la propia vida. La novedad que introduce la idea de universidad es que ahora el crecimiento del saber se considera también decisivo para la sociedad en su conjunto, un vector esencial de su mejora y crecimiento. Por eso el empeño investigador de la universidad se continúa naturalmente en la difusión del saber, de tal modo que la búsqueda del saber se convierte en servicio al bien común.

Es evidente que la comunicación del saber es una condición necesaria para que este crezca: es preciso aprender lo que se sabe y compartir los propios logros con otros investigadores. Pero la comunicación a la que aspira la universidad no se detiene en una comunidad de investigadores: el saber también debe ser comunicado a la sociedad en su conjunto. Y la primera forma de hacerlo no es aquella que tiene por soporte la piedra o el papel, sino a aquellos que se acercan a esta institución para participar de su vida. La forma más propia de comunicar el saber es escribirlo en las almas[1]. Por eso la comunidad universitaria está esencialmente constituida por profesores y alumnos. Pero además, se encuentra abierta a la totalidad del saber puesto que no cabe resignarse a compartimentar totalmente el saber sin que, al hacerlo, se pierda la tensión que conduce a buscarlo por sí mismo.

Si nos tomamos en serio esta idea de universidad, tal vez concluyamos que su existencia es lo más parecido a un milagro. Como el milagro, la universidad es un acontecimiento inesperado si tenemos en cuenta las leyes de la naturaleza. Y es que lo habitual es que el saber –un rasgo inseparable de la vida humana– se busque y se ponga al servicio de los intereses prácticos. El hombre necesita saber mucho acerca de sí mismo y de lo que lo rodea tan solo para cumplir el sencillo objetivo de sobrevivir, y mucho más todavía para poder vivir bien, para alcanzar una vida digna y propiamente humana. Sin embargo, la universidad se inspira en la tensión del ser humano hacia el saber en sí mismo y lo intenta desarrollar aun al margen de cualquier utilidad práctica inmediata. Parte de la convicción de que conocer, saber, merecen la pena por sí mismos, y de que cultivar el saber es una manera de mejorar al ser humano, algo a lo que el ser humano, si aspira a la excelencia, no puede en modo alguno renunciar.

Esa tensión hacia el saber por sí mismo parece sacar a la universidad del entramado de los intereses inmediatos, y precisamente por eso la realización de la universidad en medio de un mundo configurado en gran medida por esos intereses  experimenta el desafío de realizarse y dar cumplimiento a aquella misión que le da sentido en diversas circunstancias y contextos históricos.

Lo que hoy conocemos como universidad surge a finales del Medioevo, cuando el poder se concentraba en los nobles, los reyes y la Iglesia. Que el milagro se produzca en esta época no es seguramente una casualidad, pero ya desde este primer momento la novedad aparece condicionada por las circunstancias de su tiempo. Por poner un ejemplo, la relación entre profesores y alumnos parece reflejar la distinción entre el clero y los simples fieles. De hecho, el clero se identifica con aquellos que saben, algo que en las lenguas modernas todavía permanece cuando en francés se denomina irónicamente a los intelectuales les clercs o en inglés, cuando una persona que no es especialista en alguna materia, se califica a sí mismo como un laico: a layman.

En cualquier caso, la universidad, para realizar sus fines, necesita un espacio de libertad. Ese ámbito le era concedido por la Iglesia o por el rey, pero, en cualquier caso, esa libertad le resultaba imprescindible para poder organizarse en función de sus fines. En palabras del Fundador de la Universidad de Navarra, “La Universidad, como corporación, ha de tener la independencia de un órgano en un cuerpo vivo: libertad, dentro de su tarea específica en favor del bien común”. Y se detenía a detallar algunos aspectos de esa libertad: “Algunas manifestaciones, para la efectiva realización de esta autonomía, pueden ser: libertad de elección del profesorado y de los administradores; libertad para establecer los planes de estudio; posibilidad de formar su patrimonio y de administrarlo. En una palabra, todas las condiciones necesarias para que la Universidad goce de vida propia. Teniendo esta vida propia, sabrá darla, en bien de la sociedad entera”[2]. Puesto que la libertad no es algo que uno pueda limitarse tan solo a esperar, conquistar ese ámbito de libertad es una de las tareas primaria del gobierno de la Universidad. Por el contrario, la debilidad de esa lucha por la libertad, el conformismo, sería un síntoma claro de que la vida de la universidad languidece.

Desde entonces, la universidad se ha debido realizar en circunstancias distintas. La aparición del Estado Moderno ha influido decisivamente en ella y esta ha tenido que definirse respecto de esta nueva forma de concentrar y gestionar el poder. Así, por ejemplo, la idea del Estado y su organización ha contribuido a configurar una nueva idea del profesor. El profesor aparece ahora como un funcionario, un servidor público cuya función consiste en proporcionar el saber a los estudiantes y que cumple en la sociedad la misión de prepararlos para ejercer una profesión. Mientras que en el Antiguo Régimen se confiaba a la universidad como misión principal formar clérigos o funcionarios reales, la misión que la legitima ahora socialmente es formar profesionales que mantengan en funcionamiento una sociedad supervisada por el Estado, que se presenta como el garante del bien público.

En este contexto, no pocas veces la libertad universitaria se ha visto amenazada. La idea de que el prototipo de la universidad es la universidad pública o, al menos, la que se encuentra respaldada y acreditada por el Estado con frecuencia ha condicionado y entorpecido en muchos países los fines de la universidad. Además la idea moderna de universidad, cuando ha tendido a configurarse como institución pública, ha provocado otros efectos, como el hecho de que el Estado se haya arrogado el derecho de legitimar el saber que se imparte en ella. Con frecuencia, el Estado aspira a convertirse en garante de la universidad, hasta el punto de que ya no es la confianza en la institución universitaria –el lugar donde se encuentran en principio los que saben–, la que refrenda lo que en ella se ofrece, sino el Estado, que respalda, por ejemplo, los títulos que en ella se imparten.

A pesar de todas las dificultades, esta situación es compatible con la realización de la idea de universidad, y de hecho en ella la universidad ha sido también capaz de dar buenos frutos. Pero la condición para que la realización de la idea de universidad en un contexto problemático no sea un mero azar o quede a merced del heroísmo o la idiosincrasia de sus protagonistas es que tanto quienes trabajan en ella –y no me refiero solo a los profesores, pues son necesarias muchas personas para hacerla posible– como, especialmente, quienes la gobiernan no pierdan de vista los peligros que la situación en que desarrollan su actividad comporta. Por lo demás, la universidad se ha realizado siempre en instituciones que siguen modelos diversos: públicas y privadas, de investigación o más centradas en la docencia, colegios universitarios, etc. Pienso que la existencia de muchos tipos de universidad es beneficiosa, aunque solo sea porque la diversidad facilita la selección natural de los modelos que son mejores o más viables, mientras que, si optáramos por un modelo único, su inviabilidad y fracaso comportaría necesariamente el fin de la institución universitaria.

En la actualidad, la situación ha cambiado respecto de la de hace algunos decenios. El papel del Estado, aunque sigue estando bien presente, ya no es tan determinante como antes. Y es que el Estado ha perdido su lugar como la más alta e indiscutida instancia de poder para pasar a convertirse en uno más de los agentes que lo ejercen en un contexto plural, profundamente determinado por las fuerzas de un mercado globalizado y las del capitalismo de última generación. Ahora la existencia de la universidad ya no se legitima solo por unos títulos que dan fe de la formación que han recibido quienes pasan por sus aulas, sino que se le exige que ofrezca al mercado laboral aquello que este le demanda.

En estas circunstancias, la libertad de la universidad para organizarse ya no depende solo del espacio de autonomía que le proporciona el Estado, sino ante todo de su viabilidad económica, y esto la asemeja cada vez más a una empresa que tiene que velar por su productividad, si no para alcanzar el lucro, al menos para garantizar su supervivencia y la posibilidad de realizar nuevos proyectos. Esta dinámica empresarial resulta cada vez más presente en la universidad actual, en la que nos encontramos ante una situación configurada por el entrecruzamiento de las instancias burocráticas estatales –o paraestatales–, de un lado, y, de otro, por los intereses económicos y las fuerzas del mercado.

Como en la Edad Media y en todos los periodos posteriores, el destino de la universidad depende nuevamente, de un modo especial –y ahora más acuciante– de que quienes la gobiernan tengan bien presente la idea de la universidad y, al mismo tiempo, conozcan la situación en que esta debe ser llevada a cabo. Esto implica una invitación a los gestores que intervienen en el funcionamiento de la universidad para que comprendan bien la naturaleza de lo que tienen entre manos, y no intenten aplicar a ella modelos extraídos de otros ámbitos empresariales. Ciertamente si se pierde de vista la idea, la institución corre el peligro de convertirse en algo distinto de aquello que estaba llamada a ser. Pero también es cierto que, si se pierde de vista el contexto en que hay que llevarla a cabo, las decisiones que se toman, por bien intencionadas que sean, corren el riesgo de no lograr sus objetivos: pueden, incluso, generar efectos perversos y crear una dependencia cada vez mayor del ambiente externo, que acaba por hacer imposibles los ideales que se dicen profesar.

El lugar de la filosofía en la universidad

Me he referido a las dificultades y desafíos que plantea cada una de las situaciones en que la idea de Universidad debe llevarse a cabo. Pero también resulta decisivo tener en cuenta el contexto que deriva del modo en que se ejerce en cada momento de la historia la propia tarea universitaria. Si, como hemos sostenido, la universidad aspira al incremento del saber, el modo en que este se configura y se cultiva en cada momento influye de modo decisivo en la forma en que la actividad universitaria se lleva a cabo.

En los últimos siglos la empresa del saber se ha multiplicado en una variedad de disciplinas científicas, que son cultivadas por comunidades o grupos distintos entre los que resulta difícil la comunicación. Esta situación, con todas sus ventajas en cuanto a la extensión y rigor del saber adquirido, pone en serio riesgo la unidad del saber, sin la cual este pierde vitalidad y vigencia en aras nuevamente de la mera aplicación práctica.

No pocos han visto este problema. Una de las soluciones que se aventura es la de unir las ciencias naturales con las humanas y sociales desde la perspectiva, supuestamente más consolidada y científica, de las primeras. Desde luego, cada vez encontramos más problemas humanos abordados, y aparentemente resueltos, con métodos científicos, y es una realidad que con mucha frecuencia la unidad del saber se busca desde los logros de las ciencias y se presenta en ensayos divulgativos más que en trabajos propiamente académicos.

La dificultad de que en este contexto se ofrezca una idea unificada del saber y también, por qué no decirlo, la exigencia de resolver problemas prácticos que exigen la colaboración de disciplinas distintas han llevado a proponer el lema de la interdisciplinariedad. Si reconducimos el problema a la idea de universidad, como el saber no existe por sí mismo, sino que es cultivado por seres humanos y solo está vivo en ellos, la única realización adecuada de una interdisciplinariedad orientada al crecimiento del saber consiste en el diálogo entre quienes cultivan las distintas porciones del saber. Es en ese diálogo donde, en mi opinión, cobra una importancia decisiva lo que yo entiendo por filosofía.

La filosofía no es otra cosa que el empeño incondicionado del hombre por saber. El objeto de su búsqueda no se circunscribe a ninguna región del conocimiento ni a un conjunto de preguntas bien delimitadas. Tampoco sus logros se encuentran constreñidos por las condiciones de validez que establece una determinada comunidad científica[3]. Por eso le corresponde también –es más, de modo especial– tratar las cuestiones últimas, las más decisivas y trascendentes, aun a pesar de su dificultad. En la Antigüedad esto resultaba claro porque por filosofía se comprendía la entera empresa del conocimiento, pero la Edad Moderna, con el desarrollo de las ciencias particulares, comenzando por la mecánica, lo ha ido troceando en disciplinas con objetivos bien delimitados, cuyo método parece ajeno a la simple búsqueda de la intelección que caracteriza a la empresa filosófica y resulta más apto para obtener un rendimiento de su aplicación práctica[4].

Pero, al dar por hecho que los diversos ámbitos del saber eran convertidos progresivamente en disciplinas pretendidamente autónomas, la filosofía ha acabado reduciendo su objeto o bien a las cuestiones epistemológicas o a determinados ámbitos que serían puros sobre los que el método científico (¿cuál de ellos?, cabe preguntar) nada tendría que decir. Probablemente nadie es más responsable de esta retirada de la filosofía que Kant, un pensador que arroja sobre la filosofía académica una sombra alargada, hasta el punto de que podríamos reconocer su influjo en muchas corrientes de pensamiento que han asumido una actitud semejante, como la filosofía analítica, el neotomismo o la fenomenología. En cualquier caso, el resultado es la dificultad de encontrar una forma de cultivar el saber que pueda dar cumplida cuenta de la tarea de integrar los diversos fragmentos del conocimiento humano. “Lo que es válido para la historia y la física en las universidades americanas –señala MacIntyre– lo es también para la teología y la filosofía. Han llegado a ser también disciplinas casi exclusivamente especializadas y profesionalizadas. ¿En quiénes recae, entonces, en dichas universidades la tarea de integrar las diversas disciplinas, de considerar la relación de unas con otras y de preguntarse cómo contribuye cada una a la comprensión global de la naturaleza y del orden de las cosas? La respuesta es: “En nadie””[5].

¿Existe una solución a este problema? Algunos autores, como el mismo MacIntyre, proponen una reforma de la universidad católica que tenga de nuevo como quicio el pensamiento filosófico y teológico. Pero, en mi opinión, esto solo se puede lograr, y aun extender más allá de los muros de las instituciones universitarias cristianas, si se consigue involucrar en ella a investigadores de todos los campos del saber. La filosofía del futuro será fruto de un diálogo entre filósofos y científicos o será irrelevante. Esto presupone, en mi opinión, que los científicos reconozcan que su búsqueda de conocimiento, cualquiera que sea la disciplina que cultivan, es ya filosofía. Este descubrimiento conduce a reconocer los límites de la propia disciplina, pero no debe quedarse ahí. Los especialistas en la filosofía no pueden estar solos en la empresa de buscar y unificar el saber: requieren la colaboración de investigadores de todas las áreas. Por eso la filosofía del futuro, la que puede articular una nueva forma de entender la universidad, debería ser el fruto de un diálogo entre científicos y filósofos. Si a esto le llamamos un diálogo interdisciplinar (no me importa mucho el nombre), la universidad del futuro será interdisciplinar o, sencillamente, no será.

Nada puede legitimar la existencia de la universidad salvo la búsqueda de la verdad; y, si su motor último es la búsqueda del saber, no puede renunciar a ninguno de ellos: el saber es el saber allá donde se encuentre. Es esta una consecuencia de la idea de la universidad para nuestro tiempo. Por otra parte, si esta tarea es importante y la universidad se incapacita para cumplirla, será preciso encontrar otro lugar –¿habrá alguno mejor?– dónde se pueda llevar a cabo. Romano Guardini expresa la situación con su singular clarividencia: “Cuando en el ámbito universitario, que está esencialmente determinado por el ethos de la verdad, decae la capacidad de percibir la verdad y de atenerse a la verdad conocida, ¿en qué otro lugar habrá de encontrarse entonces la verdad?” Y concluye que, en tal caso, habrá que mantener que “el centro de las decisiones determinantes para la historia se traslade a otro sitio, y que las universidades se transformen en meros centro de formación profesional”[6].

Esta tensión esforzada y rigurosa hacia el saber sin limitaciones es lo que convierte a la universidad en un ámbito formativo especial e insustituible. Pero para que los investigadores y estudiantes, y, por ende, la sociedad en su conjunto, reciban ese influjo, es preciso que filósofos y científicos trabajen codo con codo en elaborar y contrastar una visión coherente de la realidad.

 


 

[1] Este es el sugerente título, plenamente inspirado en la tradición socrática, del libro homenaje dedicado a un gran profesor universitario: Herrero, M., Escribir en las almas: estudios en honor del prof. Rafael Alvira, Eunsa, Pamplona 2014.

[2] Escrivá de Balaguer, J., Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 2001, n. 79.

[3] Cf. Murillo, J. I., “¿Puede ser la filosofía científica y académica? El lugar de la filosofía en la república del saber y en la sociedad”, en C. Ortiz de Landázuri, M., González-Ayesta, C., La filosofía hoy: en la academia y en la vida, Eunsa, Pamplona 2016, 87-104.

[4] Cf. “Son realmente autónomas las ciencias?”, en Aranguren, J., Borobia, J., Lluch, M., Fe y Razón. I Simposio Internacional Fe cristiana y cultura contemporánea, Eunsa, Pamplona 1999, 473-480.

[5] MacIntyre, A., Dios, filosofía, universidades: una historia selectiva de la tradición filosófica católica, Editorial Nuevo Inicio, Granada 2012, 35.

[6] Guardini, R., “La responsabilidad del estudiante con la cultura”, en Tres escritos sobre la universidad (Edición y traducción de Sergio Sánchez-Migallón), Eunsa, Pamplona 2012, 51-52.


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Director del grupo mente-cerebro (biología y subjetividad en la filosofía). Subdirector del consejo editorial de las obras completas de Leonardo Polo. Universidad de Navarra.