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Empezaré con una reflexión personal para poder contextualizar los retos a los que se enfrenta el empleo juvenil en España y sobre todo entender el necesario cambio cultural, y especialmente desde el ámbito de la educación, que debemos todos asumir, y que va más allá de las propias políticas activas de inserción.

La edad media de incorporación al mercado laboral en España es de 23 años. Estamos hablando de cuatro años más que la media europea y de España como uno de los países en la UE en los que los jóvenes postergan más su acceso al mundo del trabajo.

Este hecho nos lleva a dos consideraciones:

La primera es la inexistencia de cultura del trabajo en los jóvenes menores de 25 años y la dependencia económica de este colectivo hacia sus familias como algo aceptado y arraigado en nuestra sociedad.

La segunda es que este hecho tiene una incidencia clara en las estadísticas pues la distancia entre la edad activa y la edad real de incorporación al mercado laboral de los menores de 25 años es de ni más ni menos que de siete años.

Esta diferencia es en gran parte explicativa de nuestra elevada tasa de desempleo juvenil que lejos de reflejar exclusivamente una falta de oportunidades para este colectivo, nos muestra la desafección del mismo a considerarse en edad de trabajar.

El fenómeno «Peter Pan» está intrínsecamente relacionado con la estructura familiar y el sistema educativo en nuestro país. Generalmente en ambas esferas se entiende que el joven debe dedicarse en exclusiva a estudiar y alargar al máximo su incorporación al mundo del trabajo mientras su familia pueda sostenerle. Es el «mientras yo pueda mi hijo estudiará», y cierta vergüenza a que se entienda que si los hijos en esas edades trabajan es porque la familia está en dificultades.

El miedo al desprestigio social, al fracaso y esa sobreprotección, de los cuales los menores de 25 años son más víctimas que verdugos, derivan en subestimar sus capacidades y considerar que carecen de la suficiente madurez para enfrentarse a las responsabilidades y obligaciones de un empleo y aún menos de asumir el riesgo de emprender.

La posible consecuencia de todo ello, es que pese a la mejoría de la economía, el desempleo juvenil siga siendo la bestia negra del mercado laboral español y continúe lastrando nuestra imagen en el exterior.

Si no actuamos sobre la concienciación de estos hechos y el necesario cambio de «chip» en todas las esferas de la sociedad, todas las políticas de empleo se revelarán ineficaces para solventar uno de los grandes problemas de nuestra economía, el desempleo juvenil.

El rechazo cultural al empleo joven y al riesgo que supone emprender seguirá generando «ninis», y obstaculizando oportunidades, que aún hoy se conciben en España como castigos pero que son naturales en el resto de los países. La movilidad geográfica dentro y fuera de nuestras fronteras, la adquisición de experiencia laboral en las edades más tempranas o el emprendimiento, no pueden seguir siendo un drama familiar.

No nos puede dar pena que un joven de 17 años estudie y trabaje en un bar los fines de semana, pues eso le dará el conocimiento de entender cómo funciona un negocio, de asumir responsabilidades, de trabajar en equipo, de tratar con los clientes, de detectar oportunidades de negocio o que se decida a montar un pequeño negocio con sus amigos. Es experiencia laboral, algo que hoy en día se valora incluso más que la formación y que en un mundo globalizado es una ventaja competitiva que no podemos negar a nuestros jóvenes.

Hay que aprender a trabajar y a emprender, cuanto antes mejor. El sistema educativo es una pieza clave para ello. Debemos abandonar una educación que no esté enfocada hacia esos nuevos retos. No digo con ello que el sistema educativo ejerza funciones de inserción laboral o fomente su abandono, pero sí puede ser que de forma no traumática transmita a los alumnos valores y conocimientos que les serán esenciales en su desarrollo laboral y personal.

Me refiero a la inclusión de materias relacionadas con la economía, como la contabilidad, finanzas, derecho laboral, fiscalidad, etc. Que nuestros jóvenes sepan lo que es un contrato, lo que es el activo y el pasivo, lo que es un impuesto o cómo funciona la Seguridad Social. Que vivan la experiencia del mundo laboral desde el colegio. Por ejemplo, con trabajos de equipo para crear una empresa ficticia y luego desmontarla, tutorizados por los profesores en los contactos con la Administración, o tengan que trabajar tres días en una empresa o junto a un autónomo para entender lo que es el día a día de un negocio.

Es decir, no se trata exclusivamente en formar en el empleo y el emprendimiento, se trata de educar para el empleo y sobre todo para emplear.

Todos debemos asumir ese cambio y compromiso por el bien de las generaciones futuras y de España como país. Esta crisis está cambiando muchas cosas, es un cambio de paradigma y estructural del funcionamiento de nuestras sociedades, en las que España compite con países en los que llevan muchos años ya interiorizando este cambio. La capacidad de adaptación de la educación es clave en un mundo en el que ya no se acepta lo estático.


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