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El escenario de El hombre en busca de sentido se dibuja sobre el hediondo paisaje de la vida en los campos de concentración nazis. Enfocar esa tragedia en su conjunto amortigua el impacto de la turbación y es capaz de mitigar la sensación de crueldad del Holocausto. Al contemplar el honroso cementerio de Auschwitz, con sus hileras de tumbas en perfecta simetría, solo parecen albergar oleadas de personas recordadas con una dignidad póstuma, tras una muerte (aparentemente) sin sentido. Sin embargo, el panorama cambia radicalmente si, ante cada tumba, el espectador juega con la imaginación y percibe un sinfín de vidas malogradas: en ese hueco podría yacer una persona que, en plenitud de energías, emprendía un prestigioso proyecto profesional…; aquí una madre muerta con la angustia por la suerte de unos hijos arrancados de su regazo…; allá —cercanos— un matrimonio, que tras sortear los avatares de una larga existencia, esperaban con sosiego el envejecer juntos…; más allá, a una joven le abortaron los sueños de un feliz matrimonio…; más allá todavía, el cuerpo inerme de un niño o una niña que aún conserva la sonrisa, helada, de una vitalidad en expansión… Si se suma el conjunto de ese dolor oculto y escondido, más la ignominia, se obtiene el genuino sufrimiento y la barbarie de los campos de concentración.


 

Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido. Herder, Barcelona, 2015, 168 páginas.


Una de aquella multitud de vidas rotas fue la de Viktor Emil Frankl (1905-1997).

Situémonos en los años cuarenta del siglo pasado en la ciudad de Viena. En esos tiempos, Viena aún ejercía un señero influjo y romántico embrujo en los ambientes intelectuales de la época por su abrigo y mecenazgo en las artes y las letras, en la cultura. Aquella «Viena —nadie lo puede negar o menospreciar— era un foco excepcional de la cultura, las artes y el civismo europeos. Se ha dicho bien que Viena es el último esplendor del pasado» (L. Brajnovic). Y para un psiquiatra, además, Viena era el lugar de Sigmund Freud y de Alfred Adler.

Viktor Frankl, por esas fechas, comenzaba a despuntar como profesional prestigioso. Bien posicionado en los mentideros médicos y con una incipiente, pero prometedora, consulta privada. Acababa de ser nombrado director de la sección de Neurología del Hospital de Rothschild (1940), que atendía únicamente a pacientes judíos; aceptar ese nombramiento significaba un desafío y una temeraria audacia, pues ya arreciaba la persecución nazi. Todavía resonaban en los cenáculos psiquiátricos, en medio de censuras y alabanzas, los ecos de las apasionadas disputas y controversias de aquel joven médico con las autoridades del momento: Freud y Adler. Esos desacuerdos, que conducían a una crítica-superación del psicoanálisis, y sus aportaciones personales para ofrecer una psicoterapia rehumanizada, los recogió en un manuscrito recién finalizado y ya en fase de encontrar editor. Esa obra reunía el estudio y la experiencia clínica de casi dos décadas. Personalmente vivía el afectuoso y sereno ambiente familiar de siempre; de una familia de origen judío que empezaba a superar las penurias económicas gracias a los nuevos ingresos de Viktor. A ese remanso hogareño se unió la feliz boda con la joven Tilly Grossner (diciembre de 1941), también de origen judío.

La paz y sosiego personal y familiar chocaba frontalmente con la situación de encrucijada social que se vivía en la calle. La invasión nazi provocó una aguda agitación social y política, y en lo cotidiano creó un clima de miedo e inquietud; los judíos se desenvolvían bajo el terror de la angustia y el futuro cercano se presagiaba aterrador. Ya había comenzado abiertamente la destrucción de sinagogas y el encarcelamiento, confinamiento y deportación de la población judía. Los Frankl, al comprender lo desesperado de la situación, intentaron encontrar alguna salida. La única alternativa sensata parecía la huida. Stella, la hermana de Viktor, escapó a Australia. Su hermano intentó fugarse a Italia como refugiado político; pero sus movimientos fueron descubiertos por los servicios de seguridad y lo confinaron, con su mujer e hijos, en el campo de Auschwitz, y allí murieron.

Viktor Frankl consiguió un visado para emigrar a los Estados Unidos. Ese visado, además de sortear la persecución nazi, le brindaba la oportunidad de desarrollar y defender sus teorías psiquiátricas en un círculo de mayor resonancia científica y cultural. Pero sus padres únicamente disponían de una documentación sin ninguna garantía, corrían el seguro riesgo de ser encarcelados o deportados. Además, ancianos ya, y sin la ayuda de ningún hijo, se quedarían ciertamente desvalidos…

La situación de sus padres planteaba a Viktor una difícil disyuntiva, una grave duda de conciencia: ¿debería atender a sus padres o proseguir su esperanzadora carrera? La visa ofrecía un caminar exitoso en lo profesional y en lo personal, pero en Viena quedaba el inminente riesgo de la deportación de sus padres a un campo de concentración…

En la catedral de San Esteban (Viena)

Desconcertado e indeciso salió a caminar un rato con la intención de solucionar el dilema. El vagar errante le condujo hasta la catedral de San Esteban, mientras en el interior se escuchaba música de órgano. Le pareció un lugar propicio para reflexionar. Permaneció aproximadamente una hora, sosegado por la paz del ambiente pero con un íntimo desasosiego. No encontraba una salida cabal: ¿Cuál era mi responsabilidad? ¿Ocuparme de mi obra o cuidar de mis padres? ¡En un momento así, uno siempre espera una señal del cielo!

Apesadumbrado, regresó a casa. Al entrar observó un pequeño pedazo de mármol sobre el aparador. Se dirigió a su padre:

—¿Qué es esto?
—¿Esto? Oh, lo he levantado hoy de un montón de escombros, allí donde antes se encontraba la sinagoga que han quemado. El pedazo de mármol es una parte de las tablas de los mandamientos. Si te interesa puedo decirte también de cuál de los mandamientos es el signo en hebreo que se encuentra allí grabado. Porque solo existe un mandamiento que lo lleva como inicial.
—¿Cuál es? —insistí a mi padre.
Entonces me dio la respuesta: Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas por mucho tiempo en la tierra…
Así es que me quedé en la tierra…, junto a mis padres, y dejé vencer la visa.

Viktor Frankl en 1965. © Wikimedia Commons (Franz Vesely)

Dejó caducar el visado para los EE.UU. y sucedió lo previsible: unas semanas después la familia Frankl fue deportada al completo. En Auschwitz se separó de su mujer, Tilly, de la que nada supo a lo largo del cautiverio. De su madre se despidió en el campo de Theresienstadt al presagiar una indefinida separación. Como un adiós reverente le pidió la bendición: Nunca olvidaré cómo ella, con un grito que le brotaba de lo más profundo de su ser, y que solo puedo calificar de fervoroso, dijo: «Sí, sí, yo te bendigo», y luego me dio la bendición.

Unos días antes presenció la agonía y muerte de su padre en el mismo campo de Theresienstadt. Con ochenta y un años de edad, totalmente desnutrido, los síntomas del edema pulmonar se acentuaron. Viktor Frankl, como médico, le notó la dificultad respiratoria extrema anterior a la muerte; en ese momento, para aliviarle el angustioso dolor, a modo de cuidado paliativo, le inyectó una ampolla de morfina que consiguió esconder de contrabando dentro del campo. Fue casi al amanecer, antes de partir para los trabajos forzados, cuando se entabló el último y escueto diálogo:

—¿Todavía tienes dolores?
—No.
—¿Tienes algún deseo?
—No.
—¿Me quieres decir alguna cosa?
—No.
Entonces lo besé y me fui. Sabía que no lo iba a volver a ver con vida. Pero tenía la sensación más maravillosa que uno puede imaginarse: había hecho lo mío, permaneciendo en Viena por mis padres, acompañando hasta la muerte y evitando un sufrimiento mortal innecesario a mi padre.

Se quedó solo, y nada más ingresar en Auschwitz perdió el libro que recogía su largo quehacer profesional. Los prisioneros debían desprenderse de todas sus pertenencias. Sin embargo, Frankl fue incapaz de renunciar al manuscrito que contenía su obra científica, y que consiguió ocultar en el primer registro. Tanteó esconderlo en un repliegue de su chaqueta. Pero también le pidieron la chaqueta. Así lo cuenta:

Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo, absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianza de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi chaqueta y dije: «Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya sé lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida, que eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedo evitarlo, tengo que conservar este manuscrito a toda costa: contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?» Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró divertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en respuesta a mi pregunta, una palabra que siempre estaba presente en el vocabulario de los internados en el campo: ¡Mierda! Con una sorna macabra, y los correspondientes improperios, mirándolo a los ojos, los guardias rompieron el manuscrito. En dos o tres minutos destrozaron su trabajo y sus investigaciones de años: ¡aquel libro en el que había depositado tantas esperanzas!

Harapos en vez de ropas

Unos minutos después le obligaron a deshacerse de sus ropas y, a cambio, recibió los harapos de un prisionero que habían enviado a la cámara de gas nada más poner los pies en la estación de Auschwitz. En vez de las muchas páginas de mi manuscrito encontré en un bolsillo de la chaqueta que acababan de entregarme una sola página arrancada de un libro de oraciones en hebreo, que contenía la más importante oración judía, el Shema Yisrael. ¿Cómo interpretar esa «coincidencia» sino como el desafío para vivir mis pensamientos en vez de limitarme a ponerlos en el papel? En otras palabras, experimentó en su interior que todavía más importante que la publicación de la obra era realmente vivir, sufrir o morir según el espíritu que alentaba aquel libro. De ese modo, con ánimo de prueba, como patente de la autenticidad de su psicología, encaró la dura experiencia de soportar el tormento de un campo de concentración, que él mismo denomina experimentum crucis.

Alcanzado este punto bien conviene interrumpir la narración de los hechos para formular un comentario pertinente. Uno de sus biógrafos, Alfried Längle, hace un especial hincapié en el posible peligro de desvirtuar la figura de Frankl si enfatizamos en demasía los hechos heroicos que jalonan su vida: «Más allá de toda la veneración que merezca como hombre, y de todo el respeto que pueda sentirse por su contribución humana y científica, Frankl no debe ser eximido de la discusión crítica. Debe ser inteligible para nosotros, comprensible, tangible, y también debe poder llegar a ser piedra de escándalo y de contradicción. De este modo, su vida y su obra seguirán vivas entre nosotros y no estarán en las alturas de un pedestal, ajenos a la vida cotidiana, inalcanzables, expuestas solo al polvo de la historia». Es cierto, algunos entusiastas de Frankl presentan un hombre admirable, deslumbrante, pero difícilmente imitable; su vida heroica y excepcional se aleja tantísimo de las existencias comunes y normales que ni trasmite ni contagia ganas de vivir. Por supuesto que para hacerse imitable no es necesario que un hombre presente un lado oscuro y degradado en su existencia, pero sí resulta obligado percibir el ángulo frágil de su entereza… Rastreemos en ese ángulo frágil para hacer de Frankl un hombre admirable e imitable…

No precisamos curiosear en su vida: Frankl reconoció a Haddon Klingberg, otro de sus biógrafos, que en la juventud sufrió una larga crisis de nihilismo existencial y que no en todas las temporadas de su vida vivió de acuerdo a sus principios.

Lanzarse contra las alambradas

Nada más ingresar en Auschwitz, tras la ruptura del manuscrito, le invade la amarga sensación de que nada suyo le sobrevivirá: ni un hijo físico ni un hijo espiritual. Con esa turbadora sensación, más el presentimiento de las atrocidades por venir, le asaltó la idea del suicidio como liberación. Sin embargo, a pesar de ese desplome del ánimo, durante la primera noche en el campo me conjuré conmigo mismo para no «lanzarme contra las alambradas» (suicidarse). No resultaba tan difícil, en Auschwitz, tomar la decisión de no «lanzarme contra las alambradas». En el fondo, tampoco tenía mucho sentido suicidarse, pues considerando con objetividad las circunstancias, y aplicando un simple cálculo de probabilidades, al prisionero medio le quedaban muy pocas expectativas de vida. Los internos, como fruto del shock del internamiento, miraban a la muerte con un cierto desdén, con un horror atenuado y soportable: la muerte les libraría de las brutalidades que les esperaban…

Primera edición de “Die Psychotherapie in der Praxis” (La psicoterapia en la praxis), Viena, 1947. © Wikimedia Commons (H.-P.Haack)

Esa barbarie los convirtió en deshechos de hombres cuyo único afán y horizonte se concentraba en «salvar el pellejo». Extenuados, consumidos, harapientos, atestados de piojos, con edemas, ateridos de frío, enfermos, con hambruna… Esas circunstancias explican y disculpas ciertos comportamientos que Frankl narra con una sinceridad desgarradora: con un hambre atroz, yo mismo una vez, saqué, escarbando en la tierra congelada, un pequeñísimo pedazo de zanahoria con las uñas. En Kaufering, no me desnudé. En invierno, también dormíamos sobre el frío suelo con los zapatos puestos, sobre el piso de los barracones. Recuerdo cuánto disfrutaba de cada pequeña ración de calor. No tenía tiempo para ir a las letrinas, así que solía orinarme encima de la ropa y aprovechaba el calor que aquello me proporcionaba después de haber trabajado en el exterior, donde hacía un frío terrible. Incluso en la cola del rancho me orinaba encima como si escupiera en el té caliente…

También cuenta que en el campo de Kaufering III le canjeó un cigarrillo por una sopa aguada —pero con aroma a caldo— a su amigo Benscher, futuro actor de televisión. Mientras la tomaba a sorbos, me hablaba insistentemente, tratando de convencerme de que superara el estado de pesimismo que padecía en esa época. Este era un sentimiento básico que pude observar en otros prisioneros, y que llevaba irremisiblemente al autoabandono y en mayor o menor tiempo, a la muerte. De nuevo la desesperanza, con la muerte como escape, inundó el psiquismo de Frankl… y, tiempo después, reconoce que Benscher, en aquella ocasión, le salvó la vida.

Redactar en la mente

Y otra vez se sobrepuso. Es más, todavía —aletargados en su interior— le quedaron arrestos suficientes para reconstruir el manuscrito perdido el primer día de internamiento. Lo recoge en Raisons de vivre: Durante el invierno y la primavera de 1945 se produjo un brote de tifus que afectó a casi todos los prisioneros […] Algunos de los síntomas de la enfermedad eran muy desagradables: una aversión irreprimible a cualquier migaja de comida (lo que constituía un peligro más para la vida) y terribles ataques de delirio […] Para evitar esos ataque, yo y muchos otros intentábamos permanecer despiertos la mayor parte de la noche. Durante horas redactaba discursos mentales. En un momento dado, empecé a reconstruir el manuscrito que había perdido en la cámara de desinfección de Auschwitz y, en taquigrafía, garabateé las palabras clave en trozos de papel diminutos. Fueron dieciséis noches de fiebre, en vela. Esperaba que aquellas notas le sirvieran de guión para rehacer el libro si alguna vez era liberado. Esto ocurrió en el campo de Türkheim.

 

«El campo de concentración fue mi real prueba de madurez… hubiese podido escapar, pero no lo hice. Y así llegué a Auschwitz».

Y la liberación llegó el veintisiete de abril de 1945. Pero con la ansiada liberación no finalizaron los sufrimientos. Se encontraba físicamente exhausto, psicológicamente quebradizo; necesitaba un cierto tiempo para encarar el tránsito hacia una vida normal tras los años de intensa tensión reprimida. El último día que permaneció en Múnich, antes de iniciar el regreso a Viena, se enteró con detalle de la muerte de su madre: no pasó la primera selección al ingresar en el campo de Birkenau y la condujeron directamente a las cámaras de gas cuatro días después de su entrañable despedida en el campo de Theresienstadt.

Pocos días después confirma su descorazonada sospecha: su mujer, de apenas veinticinco años, dejó la vida en el campo de Bergen-Belsen unos meses atrás. La amarga añoranza de su mujer despertó en Viktor Frankl otro inhumano recuerdo: al ingresar en el campo su esposa se encontraba embarazada; los nazis no permitían dar a luz a las mujeres judías. Fue forzada a abortar. Antes de consumarse el aborto, su mujer y él, decidieron dar nombre a la criatura: Harry o Marion, según hubiese nacido hombre o mujer. De ahí la aparentemente enigmática dedicatoria de su libro Psicoterapia y Humanismo: «Para Harry o Marion que no han nacido todavía».

La delicada salud y el agotamiento psíquico malamente soportaron la cruda realidad y los sombríos recuerdos. Frankl sintió tocar fondo afectivo y sufrió otro profundo decaimiento del ánimo.

Sin familia, sin hogar, sin dinero

Hasta agosto no llegó a Viena. Con un sencillo balance la situación se presentaba desoladora: sin familia, sin hogar ni cobijo, sin dinero, sin trabajo, casi sin amigos… La mayoría de sus conocidos no volvieron de los campos y los pocos que regresaron se hallaban en las mismas condiciones de precariedad y, aquellos que permanecieron en Viena, y podían tenderle una mano, comenzaban a ser mal vistos por su pasado pronazi. La soledad, con su sombría pesadumbre. Le atacó, de nuevo, la insidiosa desesperanza…

«Como suelo decir: no todas las víctimas fueron judíos, pero todos los judíos fueron víctimas».

Fue a desahogarse con su amigo y vecino Paul Polak. Con él, al contar la muerte de sus padres y de su esposa, la pena contenida se desbordó y lloró y lloró, durante interminables horas. Al atardecer se les ocurrió visitar al doctor Tuchmann por si aún le quedaba algún margen de maniobra para recomendarle en algún trabajo. Tuchmann, con realismo, les advirtió que las posibilidades eran escasas; no obstante, prometió tomarse el asunto con todo interés. Frankl se derrumba de tal forma que otra vez, como mosca pegajosa, se aferra al sueño nostálgico de una cercana muerte espontánea. A pesar de todo, decide posponer cualquier decisión personal hasta terminar el libro que intentó reescribir en Auschwitz.

La tarea resultó más sencilla de lo previsible porque Paul Polak guardaba una vieja copia del manuscrito que Frankl le entregó en custodia, junto a otros útiles y recuerdos familiares, la noche anterior a su deportación. Frankl lo había olvidado. Con los apuntes del campo y el viejo manuscrito pronto acabó la redacción definitiva de Psicoanálisis y Existencialismo. Tuchmann le ofreció un puesto de neurólogo, inicialmente provisional, que le procuró los recursos mínimos para alquilar una habitación y sobrevivir decorosamente. También conoció a Eleonore Katharina Schawindt, una enfermera de ojos vivarachos y de una dulzura engatusante. En definitiva, Frankl recobraba, pausadamente, vigor físico y psíquico, e ilusión.

El éxito de Psicoanálisis y Existencialismo —tres ediciones en el mismo año— y una casi irrefrenable necesidad de catarsis emotiva y vivencial, animan y empujan a Frankl a liberar las recientes experiencias vividas en los campos de concentración recogiéndolas en un escrito. Conviene retratar la escena. Debemos retroceder a una Viena sumida en la pobreza y afanada en la tarea de la reconstrucción (diciembre de 1945). Frankl vive en una habitación con unos pocos muebles cochambrosillos, luz escasa, y con las ventanas cerradas con tablones, a falta de cristales. Con la salud aún por recomponer por el deterioro del cautiverio y la afectividad a flor de piel, en un estado de intensa emoción por lo cercano de la traumática experiencia y la fuerte conmoción por la pérdida de sus seres más queridos. Recorre con pasos rápidos la habitación de extremo a extremo, y trabaja a un ritmo frenético, formulando y reformulando las frases con minuciosidad monacal hasta dar con la palabra correcta y adecuada. Por turnos, tres mujeres transcriben taquigráficamente aquella torrentera de pensamientos dictados por Viktor Frankl. De tanto en tanto, rendido y conmovido, se sienta en una silla y llora…; las secretarias respetan discretamente aquella irrefrenable erupción de emociones y sufrimientos. En nueve días la obra estaba concluida. En esos días limpió de su intimidad la menor gota de rencor o resentimiento.

Tumba de Frankl en el Cementerio Central de Viena. © Wikimedia Commons (HannaH30)

La historia de un libro

La historia de ese libro es sorprendente y apasionante. Apareció por primera vez en 1946 con el título Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager (Un psicólogo en un campo de concentración). La primera edición, de pocos ejemplares, se vendió con soltura. A tenor de las ventas enseguida se publicó una segunda edición; pero esta vez no obtuvo el eco esperado y la mayoría de los ejemplares acabaron en saldos o en la guillotina. Frankl habló con su editor, Deuticke, sobre ese sonoro fracaso. Deuticke, para animarle y también para mostrarle los itinerarios caprichosos de ciertos libros, le contó el azaroso camino del hito del psicoanálisis, La interpretación de los sueños, que también pertenecía a su fondo editorial. En 1900 se publicó una primera edición de mil ejemplares; cien se destinaron a reseñas y, por tanto, solo salieron a la venta novecientos ejemplares. Las novecientas copias tardaron en venderse… ¡diez años! En un primer momento no tuvo éxito comercial, pero se ve que a los lectores les gustó el libro y ellos mismos lo promocionaron boca a boca.

A pesar de la decepción de la publicación en alemán, se traduce al inglés con escasísimo éxito (1955 y 1959) bajo el título From Death-Camp to Existencialism (Desde el campo de la muerte al existencialismo). Solo se vendieron unos cientos de copias, hasta el punto que la Beacon Press lo catalogó como un «libro enfermo», lo cual significa en el lenguaje editorial que se trataba de un libro sin posibles lectores. Con esos antecedentes, el profesor Gordon Allport, en 1961, pidió a Gobin Stair, director de la Beacon Press, se hiciera cargo nuevamente de la publicación del libro. A regañadientes acepta, pues la Beacon Press consideró prudente no enfadar a su autor estrella por aquellos tiempos; se compromete a editarlo con la condición de que Frankl añada a su relato autobiográfico una breve exposición de las nociones básicas de la Logoterapia. De esta forma el libro sale al mercado editorial con el nuevo título Man’s Search for Meaning (El hombre en busca de sentido). El comportamiento del libro cambió de signo y encontró lectores de forma paulatinamente arrolladora. El éxito de esta edición fue deslumbrante: hizo olvidar el título original en alemán, se convirtió en modelo para las nuevas ediciones y en el texto para las próximas traducciones a otros idiomas. Aunque el estallido definitivo tardó un par de años más. Lo recuerda Frankl: En el año 1963 se encargó la Washington Square Press de la edición tipo libro de bolsillo con el nuevo título «Man’s Search for Meaning» y, a pesar de seguir ignorado por los grandes periódicos y revistas, los lectores comenzaron a recomendar el libro, uno al otro.

«No es el sufrimiento en sí mismo el que madura al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento».

A partir de ese momento se consumó como un rutilante éxito editorial, en cerca de treinta idiomas. La historia de este libro es paradójica y ejemplarizante sobre la relatividad del éxito: de «libro enfermo»… a ser declarado por la Library of Congress en Washington como uno de los diez libros de mayor influencia en América. De ser tratado con un cierto desaliño y silencio en las asociaciones y revistas científicas, hasta ser catalogado por Karl Jaspers como «uno de los pocos grandes libros de la humanidad». Una opinión similar ya había sido aventurada por el profesor Allport en el prólogo de aquella primera exitosa edición: «Recomiendo calurosamente esta pequeña obrita, por ser una joya de la narrativa dramática centrada en torno al más profundo de los problemas humanos. Su mérito es tanto literario como filosófico y ofrece una preciosa introducción al movimiento psicológico más importante de nuestro tiempo». Aunque quizás las últimas palabras supongan más una lisonja merecida que un juicio científico, no obstante, justo es reconocerlo, El hombre en busca de sentido merece ser incluido en el catálogo de las obras clásicas que componen el patrimonio intelectual de la humanidad, tanto por la belleza de su literatura como por la profundidad de sus análisis psicológicos, pero especialmente por la sutileza de su acendrado humanismo al describir con precisión y ternura la capacidad de bondad o maldad que cabe en el corazón del hombre, en la libertad humana; la narración de una vivencia salvajemente dramática adquiere, por la mesura del juicio y la liviandad de la pluma, un insólito e inusual tono de comprensión y ternura. Narra los acontecimientos con la imparcialidad de un simple testigo, jamás en tono de juez. «Vale la pena leerlo todavía, porque no destila ni una gota del resentimiento o del espíritu de venganza, y ni siquiera del sadomasoquismo habituales en este tipo de literatura» (Joan Baptista Torelló). En realidad, para un intelectual, El hombre en busca de sentido es un libro capaz de colmar la obra de una vida y labrarle una hornacina en la galería de la historia.

La apasionante trayectoria del libro me distrajo de la no menos apasionante vida de su autor. Retomo el hilo. Lo abandonamos en aquella maltrecha habitación en la que dictaba El hombre en busca de sentido en diciembre de 1945. Por mediación del doctor Tuchmann recomienza su actividad profesional en la sección de neurología del Policlínico. Este trabajo, precario, le permite la raquítica holgura económica como para pasar, poco a poco, del alquiler de la habitación a todo el inmueble, hasta quedarse como único inquilino. La nueva situación le anima a soñar en la boda con Eleonore Katharina, que se celebrará a mediados de 1947. Al año siguiente obtiene la Cátedra de Neurología y Psiquiatría en el Ateneo Vienés y, a continuación, se doctora en Filosofía.

La fama

A partir de la década de los cincuenta, la actividad y el prestigio profesional de Viktor Frankl en Austria, y en Centroeuropa, crece de manera gradual y paulatina. Contribuyó a la expansión de ese prestigio, tanto profesional como personal, el rápido éxito de su libro Psicoanálisis y Existencialismo, su fama de conferenciante ameno y ocurrente, y su gallarda y justa postura al no admitir la teoría de la «culpa colectiva». El no aceptar la «culpa colectiva» le costó enfrentamientos con grupos influyentes, y algún desencuentro con la sinagoga de Viena. Ese clima de figura controvertida apoyó la notoriedad que adquirió su docencia en Psiquiatría y Neurología en la Universidad de Viena.

En la década de los sesenta el nombre de Viktor Frankl adquiere resonancia mundial, tanto a nivel científico como de aceptación por parte del gran público. Esa explosión de su figura se debe, entre otros factores, al seminario que impartió en la Universidad de Harvard (1961), aceptando la invitación del profesor Gordon W. Allport, sobre los fundamentos antropológicos y la técnica clínica de la Logoterapia. El proceso de la invitación a ese seminario esconde una historia de amistad sincera. Frankl tenía por costumbre, en deferencia a su antigua amistad y magisterio, enviar un ejemplar de todas sus publicaciones a Rudolf Allers, exiliado en Estados Unidos. Allers jamás contestó a estos envíos. Sin embargo, remitía esas publicaciones al profesor Allport, que en aquellos momentos gozaba de un inestimable prestigio nacional e internacional. Por la lectura de esas publicaciones Allport conoció el talante científico de Frankl y lo invitó a su famosa cátedra.

Orador profundo y ameno

Aquel seminario significó un punto de inflexión en la difusión del pensamiento y las obras de Viktor Frankl. Por sus aportaciones psicológicas y su bien ganada fama de orador profundo y ameno, se convierte en un conferenciante reclamado en todos los continentes y en diversidad de foros. A partir de esa época los datos documentados de su currículo resultan abrumadores: treinta libros publicados, casi todos traducidos, al menos, a cuatro o cinco idiomas; ciento setenta y cinco visitas a distintas universidades de treinta y cuatro países; alienta, atiende y preside los nacientes institutos y fundaciones sobre Logoterapia que se erigen en países de los cinco continentes; fue nombrado director del Instituto de Logoterapia de la Universidad de San Diego (California) y profesor visitante de Harvard, Stanford, Pittsburgh, Filadelfia, Dallas; recibe la distinción del doctorado honoris causa por veintinueve universidades…

Y como la vida da muchas vueltas, con el tiempo Frankl logró un encumbrado reconocimiento profesional, a pesar de perder, por piedad filial, aquella ventajosa ocasión para emigrar a Estados Unidos. Él mismo reconoce el valor de aquella encrucijada asentida: Evidentemente el campo de concentración fue mi real prueba de madurez. No estuve obligado a presentarme —hubiese podido escapar de ello y emigrar a tiempo a Norteamérica—. Hubiese podido desarrollar la Logoterapia en América, pudiendo cumplir con la misión de mi vida, pero no lo hice. Y así llegué a Auschwitz. También su vida pudo quedar desbaratada en cualquier rincón de cualquier campo, pero aun así supondría un buen salario existencial como recompensa del cumplimiento de los deberes de hijo. Frankl suele contar la historia de Janusz Korczak, el doctor polaco que dirigía un orfanato en Varsovia. Korczak no es un tipo muy conocido, aunque está representado en una conmovedora estatua en Yad Vashem, en Jerusalén. En 1942 deportaron a sus huérfanos [judíos] al campo de Treblinka, y a Korczak le ofrecieron la opción de quedarse. Desestimó la oferta y subió al tren que los deportaba, con dos pequeños huérfanos en sus brazos mientras les contaba historias alegres. Lo mataron por solidaridad con los huérfanos. En este caso, ese gran hombre no sobrevivió a causa de su sentido de la vida, murió por él. Otros héroes reales fueron asesinados por defender a un compañero, o por ocupar el lugar de otro recluso en la fila, o por negarse a cumplir una orden de las SS para agredir a otra persona, o por dar un trozo de pan a un niño hambriento. En cualquier caso, los prisioneros lo sabían muy bien: los mejores de entre nosotros no regresaron de los campos.

«No es el horror del holocausto en su conjunto, es la suma incontable de millones de ilusiones truncadas… lo que conmueve a los hombres curtidos en el sufrimiento»

Auschwitz todavía reforzó en Frankl otra convicción, en forma de lección existencial: el valor madurativo del sufrimiento aceptado. El meollo de esa enseñanza se refleja bellamente en la película La lista de Schindler. Schindler y el oficial alemán del gueto parten desde la misma ambición desmedida y sin escrúpulos, con los mismos deseos de enriquecerse sin reparar en ningún medio, lícito o ilícito, humano o cruel. Los dos entran en contacto con la misma cruda realidad del sufrimiento de los judíos, comercian con las mismas personas y cometen idénticas barbaries. La cercanía de ese sufrimiento, a uno, al oficial, le endurece el corazón a niveles inhumanos, mientras al otro, a Schindler, se le ablanda y enternece. No es el sufrimiento en sí mismo el que madura al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento. Al final de la película, entre dramático y teatral, Schindler grita arrepentido por no haber salvado otra vida, una vida más; daría cualquier cosa por salvar una sola vida… Las entrañas cuajadas en el sufrimiento se conmueven y compadecen ante el dolor de una persona, de cualquier persona. No es el horror del holocausto en su conjunto, es la suma incontable de millones de ilusiones truncadas, de amores vacíos, de dignidades abatidas, de tormentos sin sentido… lo que conmueve a los hombres curtidos en el sufrimiento.

Y no fue un hombre, fueron… ¡millones! Aunque las cifras bailan según las distintas fuentes, los autores coinciden en señalar que el número de no judíos muertos es superior al de los judíos; no obstante, se puede afirmar con rotundidad, y justicia, que el holocausto fue una persecución contra los judíos. Pero también perecieron católicos, cristianos, musulmanes… Frankl lo explicaba de una manera clara y concisa: Como suelo decir: no todas las víctimas fueron judíos, pero todos los judíos fueron víctimas. No es lo mismo, por supuesto, ser católico que judío, sin embargo, en homenaje a todas las víctimas nos resultará fácil descubrir un punto de encuentro: ambos le rezamos al Dios de Abraham. Pues al Dios de Abraham, rico en misericordia, que devuelve bien por mal, humildemente le suplico que fecunde el bien que alimenta la lectura de este libro y se digne conceder una nueva primavera de paz a esta atribulada humanidad.

(La casi totalidad de las referencias a la biografía de Frankl corresponden a uno de estos tres libros, o a los tres: Viktor E. Frankl, Lo que no está escrito en mis libros, San Pablo, Buenos Aires, 1997; Alfried Längle, Viktor Frankl. Una biografía, Herder, Barcelona, 2000; Haddon Klingberg Jr., La llamada de la vida (la vida y la obra de Viktor Frankl), RBA, Barcelona, 2002.


© Crédito de la imagen principal: shutterstock_333292880


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Profesor de la Facultad de Educación y Psicología. Universidad de Navarra.