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EL SENTIDO DE LA UTILIDAD

Hace unos años, con ocasión de un congreso de directivos celebrado en Bilbao, coincidí con un filólogo finlandés de aspecto valleinclanesco que hablaba perfectamente el idioma español. Eran tiempos, como ahora, en que hablar de educación era hablar de Finlandia y le pregunté por el secreto de su país. La respuesta fue muy simple: «En los albores del siglo veinte los pastores protestantes finlandeses decidieron que para casarse había que saber leer y escribir». Contestación que me impresionó por sencilla y rotunda. Y me hizo reflexionar sobre las bases y formas sobre los que se articula la sociedad civil. O sea, mientras en España se predicaba desde el púlpito la receta de la conformidad con la situación que a cada uno le hubiera tocado, obviando o pasando de puntillas, en el mejor de los casos, sobre la «parábola de los talentos», es decir, el sempiterno fatalismo sazonado con la recompensa de la «otra vida», en Finlandia se estructuraba la convivencia conyugal sobre las bases de una disposición de las personas hacia el conocimiento.

Cualquier persona de ese país del norte, ya sabía a principios del siglo xx, de las ventajas de una educación básica, de su utilidad a la hora de concebir el futuro personal y el de su familia, bajo principios y reglas basados en el pensamiento religioso. No digo que este sea el único factor determinante en la articulación de una sociedad; si pongo de relieve que, en el caso que nos ocupa, la visión del hecho religioso desde su autoridad jerárquica puede haber coadyuvado a conformar un país donde la educación está socialmente muy considerada, ya sea desde el punto de vista profesional de los que a ella se dedican, como del esfuerzo y aprovechamiento de los que de ella se aprovechan para su progreso como personas.

Cobra relevancia, en el caso de Finlandia, la consideración de lo útil como aquello que produce provecho, comodidad, fruto o interés… y, a buen seguro, que su propia existencia como nación, su cultura, su capacidad de innovación y otras características que le adornan a modo de virtudes tienen su origen en la importancia que se le da al proceso educativo. De manera que a pocos finlandeses se les escapa lo útil que es una buena educación.

En España, por las razones que sean, y se me ocurren algunas, no hemos sido capaces de trasladar a nuestros jóvenes la utilidad de una formación adecuada a la hora de plantearse la incorporación al mundo del trabajo. Una de las causas fundamentales reside en que les hemos apartado de la necesidad de trabajar para vivir. Es la materialización de una protección mal entendida que, en un sentido pendular, nos ha llevado desde una incorporación temprana a la tarea productiva, hasta hace muy pocas generaciones, a postergarla, independientemente de que se aproveche o no el tiempo en tareas formativas.

Los «ninis» son una muestra clara de la desidia y la falta de horizontes en que hemos situado a nuestros jóvenes y el hecho de que se haya hecho popular la expresión nos indica hasta qué punto es preocupante el asunto. Socialmente está aceptado y no conlleva reproche especialmente resaltable porque, además, la situación económica favorece esta tendencia que, dicho sea de paso, nació en los mejores años de desarrollo económico, pero las consecuencias devastadoras de la crisis económica y financiera, en los últimos tiempos, viste con tintes dramáticos, en muchos casos, la convivencia en aquellos hogares especialmente azotados por el panorama económico.

Otra frase que se ha hecho célebre es la de «condenado a ser mileurista». Nació en aquellos años de «bonanza económica» basada fundamentalmente en la especulación y no en la creación de riqueza, cuando todo se nos hacía poco y perdimos la conciencia del valor de las cosas. Ha sido pronunciada más veces por los padres que por los hijos, como consecuencia del desplazamiento de un protagonismo que nunca tuvo que haberse dado. Es un alarde de estulticia que no pondera el dinero ni adivina el esfuerzo que cuesta ganarlo.

Se da el contrasentido de que, por el mencionado movimiento pendular, se les ha otorgado a los jóvenes una serie de prerrogativas bajo la aureola de un progresismo mal entendido. Así, está aceptado socialmente el consumo de alcohol a edades tempranas y las relaciones sexuales al margen de la afectividad y el amor, lastrando el devenir de un equilibrio emocional y conculcando la autonomía personal a la hora de establecer la necesaria relación entre derechos y obligaciones en el ejercicio de un desarrollo armónico. Como consecuencia de este pespunte social le es permitido emborracharse habitualmente, acostarse con cualquiera de manera frecuente; pero lo de trabajar queda para cuando sean mayores.

Resulta muy complicado hablar de utilidad cuando no se ha establecido la necesidad. Gran parte del progreso humano a lo largo de la historia se sustenta sobre la base de haber ido cubriendo necesidades. Es así como se han ido gestando los avances más importantes de la humanidad. La necesidad de trabajar debe ser interiorizada de manera positiva como un gesto de dignidad personal que nos hará mejores individual y colectivamente.

Hay rémoras que tienen su origen en nuestra propia cultura. Al tiempo que Voltaire sentenciaba que al sur de los Pirineos se extendía «el país de la pereza», en España, para no desairar al ilustrado francés, manteníamos la «deshonra legal del trabajo», como extensión de la maldición bíblica al ámbito social, político y económico y coadyuvando negativamente al necesario progreso social al que tienen derecho los pueblos. La circunstancia de que el hecho de trabajar fuera considerado bajo el halo del reproche social es un ejemplo de hasta qué punto el pensamiento religioso aplicado de manera inadecuada puede condicionar el futuro de las naciones.

Al proteger en exceso a nuestros jóvenes les estamos privando de la autonomía a la que tienen derecho como personas, al tiempo que les dejamos indemnes ante cualquier coyuntura desfavorable que pueda darse. La protección, en este caso, tiene un efecto perverso en la construcción armónica de su personalidad que no les permite atisbar que una concepción utilitarista de la educación, perfectamente recomendable, es la de que sirve para trabajar.

EDUCACIÓN Y MERCADO DE TRABAJO

No se dan, pues, las condiciones necesarias que predisponga en nuestro país el ambiente de colaboración necesario para que vayan de la mano la educación que se imparte y lo que precisa la actividad económica. Existe una excesiva rigidez en la forma de concebir la Formación Profesional reglada en España que no le permite enseñar lo que está demandando el mercado de trabajo. Se están dando pasos en un sentido convergente a través, por ejemplo, de la Formación Dual, que ha rescatado la vieja relación entre teoría y práctica, auspiciados por recetas que han resultado exitosas en países como Alemania. Por ahí debe ir el futuro. Hay que establecer nexos que aproximen el aprendizaje y el empleo y del conocimiento de la realidad productiva vendrá la innovación y el emprendimiento.

Es necesario seguir luchando contra nosotros mismos, tener otra predisposición en los agentes sociales que responda a un sentido ético de la economía y la empresa. Una de las características que define a nuestra sociedad es la valoración peyorativa de algunos oficios, como si fueran indignos. Es como si nuestra sociedad estuviera articulada en un sistema de castas, donde dependiendo de la adscripción de las personas por razón de nacimiento o cualquier otra circunstancia llevara aparejada el desarrollo posterior de una profesión, sin que medie la formación y la voluntad de la persona.

Si reflexionamos en torno al oficio de camarero, por ejemplo, observaremos que genera un cierto rechazo social. Cuántas veces hemos oído: «¡Mi hijo, de camarero, nunca!». Pues bien, hagamos una prueba: De cada diez bares que visitemos, ¿cuántos camareros responden a la idea del profesional que tenemos interiorizada como adecuada? ¿Un diez, un veinte o, acaso, un treinta por ciento? ¿Somos conscientes del valor añadido que puede generar, para su empresa, una persona detrás de la barra de un bar? ¿No le exigimos, acaso, que sea psicólogo, analista político, políglota, comentarista deportivo o taurino, etc.? ¿Estamos convencidos de que cualquiera vale para camarero? Entonces, ¿por qué el desprecio hacia esa profesión?

Es evidente que estamos en una sociedad manifiestamente mejorable, que arrojando un 55% de paro juvenil, lidera la cuota de abandono escolar en Europa (23,5%), tras completar la Educación Secundaria, a pesar de haberse reducido en un punto y medio en 2013, frente a 2012. Que sigue gozando de unos índices de población universitaria muy por encima de la media europea (el 40,7% frente al 36,8%), de donde salen graduados o doctores camino de otros países en número cada vez más considerable, bajo el eufemismo de movilidad exterior. Además, todo parece indicar que la tenue disminución experimentada en el dato de abandono escolar es consecuencia de la crisis económica y que, cuando el empleo aumente, las aulas perderán alumnos, como más de uno vaticina.

¿Por qué estos desajustes? ¿Por qué formamos a personas que nuestro sistema productivo no es capaz de incorporar? ¿A qué se debe tanto derroche de capital humano? Son preguntas que debieran movernos a la reflexión y que, como indicaba al comienzo, tienen repuestas muy simples que están en recetas sencillas para la convivencia y el progreso. ¿Si no eres universitario has de sentirte necesariamente fracasado? ¿De verdad necesitamos tanta oferta universitaria cuando no hay un campus digno de mención en el terreno de la investigación? ¿Tenemos claro cuáles son nuestras capacidades individuales y colectivas? ¿Damos un sentido de utilidad a los estudios que hacemos o perseguimos simplemente un estatus?

Afortunadamente, algo está cambiando en el panorama educativo español, probablemente dado por una reacción lógica de las instituciones que se dedican al asunto y por la necesaria articulación de la sociedad civil. Así están creciendo los estudiantes de Formación Profesional, cerca de 35.000 más que en el curso anterior, hasta alcanzar la cifra de 700.000 alumnos. Cerca de la mitad son mujeres, en consonancia con su lógico anhelo de incorporación al mercado de trabajo. Hay un 11% de personas mayores de 24 años que se siguen formando. Hay cerca de 500.000 personas adultas que estudian enseñanzas regladas no universitarias.

MIRANDO AL FUTURO

Si algo ha caracterizado al sistema educativo español, es haber estado tradicionalmente de espaldas al mundo laboral. Por su parte, el mundo de la empresa no se ha visto implicado en el proceso educativo, más bien se ha limitado a solicitar estudios y cursos a los aspirantes a un puesto, sin verlos más allá de un listado enunciativo. Asumimos sin muchos problemas que las personas que acaban su formación no están preparadas para incorporarse al mercado de trabajo sin pasar por prácticas y becas, pero este modelo viene a romper más la brecha existente entre los centros educativos y los de trabajo.

La fp dual rompe con ese modelo, ya que la formación se realiza casi a partes iguales, en el centro de estudio y en un puesto de trabajo, pero no es fácil, requiere el esfuerzo por parte de quienes nos dedicamos a la docencia de implicar a unas empresas que no están acostumbradas a invertir, ni tiempo ni dinero, en educación, y requiere que estas compañías, grandes o pequeñas, dediquen sus escasos recursos a un compromiso que nos afecta a todos, y lleguen a comprender que este comportamiento puede redundar de forma positiva en sus beneficios a medio plazo.

No podemos desistir, por muy ardua que sea la tarea, necesitamos la implicación del mundo laboral para ayudar a formar a sus propios profesionales. Debemos hacer ver a los empresarios que están fuera del proceso educativo, que no pueden estarlo si quieren tener profesionales adecuados a sus procesos, y que la pelota, ahora, también está en su tejado.

Estamos en el camino, un camino difícil, que aunque requiere apoyo de las instancias políticas, tiene que estar en manos necesariamente de la sociedad civil, solo las empresas tienen la capacidad de adquirir ese compromiso de formar a sus propios trabajadores. Las ventajas para ellas son enormes si saben verlas.

En los centros educativos tenemos también el reto de saber orientar a los alumnos. Existen ciclos formativos con un cien por cien de inserción laboral, y que sorprendentemente, en un país con un alarmante paro juvenil, no tienen alta demanda por parte de los alumnos, mientras que otros, con menos salidas profesionales, tienen una demanda excesiva.

Me pregunto, volviendo un paso más atrás, si muchos de esos alumnos que abandonan sus estudios, han tenido la orientación que les dé la posibilidad de cursar unos estudios más prácticos, más cercanos a sus intereses profesionales, y más orientados a un fin concreto. Es posible que estos alumnos continuarán sus estudios, pero tenemos que hacer el esfuerzo de dirigirles a este fin.

Empezamos a escuchar con demasiada asiduidad que estudiar no vale para nada, y esta es una idea preocupante, además de falsa. Lo que sí sería más adecuado, es que nuestros jóvenes estudiaran pensando, además de en su vocación, en un concepto de utilidad. Sería bueno que les hiciéramos ver que van a pasar unos cuantos años estudiando y el resto de su vida trabajando, y que merece realmente la pena poder tener un empleo de calidad.

Pero toda la sociedad debe enfocarse a esta tarea, para que estudiar no sea un trámite para obtener un título, ni la educación sea un divertimento intelectual, sino el método para convertirse en ciudadanos libres y productivos, que aporten a la sociedad, y para esto tenemos que tener una concepción útil de la educación.

Hemos vivido años de bonanza, si se me permite, basada en burbujas y en irrealidades, que nos han llevado a pensar que la formación no tenía valor. Cuando un chico sin conocimientos profesionales tiene un sueldo trabajando en la construcción superior al de un médico, algo va mal, pero no hemos sabido verlo como sociedad. La crisis, en lo que tiene de oportunidad, debe servirnos para recapacitar.

Cuando se diseñen los itinerarios formativos, las familias profesionales, no podemos tener en cuenta únicamente la demanda, sino más bien la oferta, porque muchas de esas personas que no tienen trabajo tendrán que cambiar de profesión, y estoy seguro de que estarían muy agradecidas a quien supiera orientarles en carreras con alta demanda de trabajadores.

Este concepto de utilidad de la educación requiere de un cambio de paradigma, del que es buena muestra la fp dual, pero que debería aplicarse también en la universidad. Debemos acostumbrarnos a que los jóvenes trabajen; no alentarles a ello, incluso no permitirlo, se debe a un falso sentimiento de protección, que deberíamos preguntarnos si no esconde la desconfianza de que no serán capaces de hacerlo.

Estudiar y trabajar no es malo, el trabajo permite a las personas realizarse. Es más, para los jóvenes, la responsabilidad que requiere un empleo, supone un paso crítico hacia la madurez, mucho más importante que salir solos hasta altas horas de la madrugada. Trabajar significa ser adulto, y a veces no queremos que nuestros hijos se conviertan en adultos.

En otros países es frecuente que los niños, incluso los más pequeños, se inicien en el mundo del empleo, o de los negocios, vendiendo limonada, cortando el césped de los vecinos o lavando sus coches. Y en la universidad, la mayoría de los estudiantes tienen un empleo para pagar sus estudios. En España esto no nos parece bien, pensamos que los chicos y las chicas que trabajan dejarán de estudiar, cuando es precisamente lo contrario. Tener un empleo hace ver a las personas la necesidad de formarse para progresar, les inculca la responsabilidad de tener que aprovechar el dinero que con tanto esfuerzo ganan para pagar sus estudios.

Estoy seguro, aunque no tengo datos para contrastarlo, que las personas que estudian y trabajan aprovechan mejor sus enseñanzas, es más, cuando terminan su formación se encuentran una casilla por delante de sus compañeros, porque ya tienen experiencia profesional en lugar de un currículo vacío. Esta experiencia es buena, sea en lo que sea, porque trabajar te forma como persona, los conocimientos técnicos vienen después. La experiencia de ser camarero en la universidad, como decía antes, sirve para ser médico más adelante.

Que el futuro de la educación pase por el empleo no es un contrasentido, existen experiencias de emprendimiento, incluso en etapas de educación primaria, que prueban a los alumnos en el emprendimiento y la responsabilidad, como las cooperativas escolares que se ponen en marcha en los centros con este modelo de gestión, y que sirven para que los alumnos valoren el esfuerzo que cuesta ganar cada euro.

El «apóstol del cooperativismo», José María Arizmendiarrieta, ya comenzó con este modelo creando una escuela de Formación Profesional para los jóvenes de Mondragón, y creando cooperativas para que estos jóvenes trabajaran. Para él, las unas no tenían sentido sin las otras, ya que, como decía, «si trabajas tienes la obligación de estudiar, y si estudias tienes la obligación de trabajar». Esto es lo que queremos también nosotros para todos los alumnos.

Es un esfuerzo titánico, porque requiere cambiar la mentalidad de toda una sociedad, arraigada a lo largo de los siglos, debemos quitarnos de la cabeza que tener que ganarse la vida es una maldición, debemos ser prácticos y utópicos al mismo tiempo. Debemos buscar que cada persona tenga la formación más adecuada para ella, pero al mismo tiempo la mejor que pueda tener. La educación tiene que sacar lo mejor de cada uno, convertirnos en las mejores versiones de nosotros mismos que podamos ser, y esto pasa por el mundo laboral.

Nada de esto es fácil, es un largo camino, como decía Miguel de Cervantes: «Un solo deseo nos gobierna y una misma esperanza nos sustenta; el camino en que nos hemos puesto es largo; pero no hay ninguno que no se acabe, como no se le oponga la pereza y la ociosidad».


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