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Hace 25 años, cuando desaparecía prematuramente Lucien Goldmann, se estaba cerrando un período de la crítica académica francesa y universal que El tercer viaje del capitán Cook, por Diego Mora-Figueroa se autodenominaba nouvelle critique como oposición a la crítica tradicional. En aquel clima de diversas sugerencias y múltiples batallas, una de las pugnas más encendidas es la que sostenían el estructuralismo y el marxismo, pero se daban también posturas, en cierto sentido integradoras, como las de este profesor rumano afincado en París que hablaba de estructuralismo genético, entendiendo «estructuralismo» en sentido blando y «genético» en sentido duro-, es decir, apostaba por el origen socioeconómico de todo fenómeno cultural, a tenor de la hipótesis marxista.

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El pensamiento de Goldmann, discípulo de Lukács y marxista heterodoxo, se difundió abundantemente por los países latinos, sobre todo a través de dos de sus obras, El Dios oculto, su tesis doctoral, y Para una sociología de la novela, conjunto de artículos teóricos y análisis prácticos.

En este entorno se inscribe la tesis doctoral (1971) sobre Goldmann del joven Garrido, que no llegó a defenderla a tiempo de que el crítico estuviera en su tribunal (Goldmann murió a los 57 años). Ahora vuelve sobre lo mismo, situado ya en la perspectiva de la historia: la pregunta (qué queda de erróneo), dice, «conserva una cierta intrepidez. Ya no tendrá ese aire de reto que la acompañó en su nacimiento, cuando la mentalidad dominante en los departamentos de humanidades de medio mundo era el marxismo, pero tendrá que sufrir el desdén o la desconfianza de cuantos de mi generación quedaron cristalizados en aquellos témpora y en aquellas mores«.

Como muchos recordarán, El Dios oculto postula que el «pensamiento trágico» explica la estructura en todos los estratos de las tragedias de Racine, influidas por el jansenismo como fenómeno espiritual que, a su vez, hallaría explicación por la crisis de un grupo social , la noblesse de de robe, que se había quedado sin sitio la nueva situación de aquél momento histórico. Garrido repasa y pondera los argumentos favorables a esta hipótesis, a la vez que va enumerando todos los escollos que tiene que salvar a duras penas Goldmann para confirmar con los datos de la práctica su teoría. La misma labor se lleva a cabo con las páginas dedicadas a los Pensamientos de Pascal.

Los estudios goldmannianos sobre la novela, basados en el establecimiento de un cierto paralelismo entre la evolución del género, desde la novela clásica, y la evolución de la estructura de la economía liberal, son sometidos por Garrido a parecido tratamiento.

Miguel Ángel Garrido insiste en destacar en sus análisis la heterodoxia de Goldmann dentro de la crítica marxista, valorando el instrumento analítico de la homología estructural y el carácter de «apuesta» de su opción por la inmanencia.

En su conclusión afirma que, efectivamente, la estructura social condiciona un estrato de la obra literaria, precisamente el que pertenece a su nacimiento como comunión entre autor y lectores.

Antes de llegar a este punto, Garrido dedica medio libro a contextualizar la aportación de Goldman, repasando las cuestiones que la crítica literaria se planteaba en aquellos momentos y, muy especialmente, las fronteras entre crítica como actividad evaluadora del valor estético y ciencia de la literatura como disciplina académica que estudia las razones del ser del fenómeno literario. Miguel Ángel Garrido tiene razón al ubicar la aportación goldmanniana en el primer apartado, así como en sus dudas sobre la posibilidad de construir al respecto demarcaciones cerradas.

Como se observa, el autor ha convertido en «clásico» una figura polémica de los sesenta, un tipo de labor que será preciso multiplicar para contar con un conocimiento racional del siglo XX.

Director del Instituto de Lengua, Literatura y Antropología (CCHS/CSIC)