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Daniel Gascón es traductor, escritor, guionista y editor. Columnista de El País y director de la edición española de la revista Letras Libres. Autor de las novelas satíricas Un hipster en la España vacía y La muerte del hipster.


Avance

«El humor satírico es una herramienta para desnudar al poder y al poderoso»; sirve, además, para desmontar los mecanismos o trucos de la propaganda; tiene el valor de la abstracción y posee un elemento balsámico, afirma Daniel Gascón. El inconveniente es que puede derivar en el cinismo. Constata Gascón que la «fascinante relación de política y lenguaje» se caracteriza por dos rasgos que proporcionan abundante material para la sátira: «el cuajo, por el que ya los gobernantes no se molestan en reconocer la mentira, porque esperan que los demás se olviden»; y «la farfolla, ese ornamento de palabras que no están sujetas a ninguna relación con la realidad, y que se usa para enmascararla». Esto último abona el terreno a los sofismas.

Las paradojas y contradicciones del discurso político dan pie no solo al análisis periodístico sino también a la ficción literaria, mediante el uso de la fábula o pequeñas narraciones, como las que el propio autor introduce en sus columnas para ridiculizar o poner en evidencia a los gobernantes. 

Entre los referentes de la literatura y el periodismo satíricos, Gascón menciona a Jonathan Swift y George Orwell, así como a los autores de las llamadas leyes epónimas como Robert Conquest o Christopher Hitchens. Y en lengua española a Arcadi Espada, Fernando Savater,  Enrique Krauze y Sánchez Ferlosio, entre otros. Finalmente, afirma que en textos clásicos hay destacadas sátiras, como el pasaje de Sancho Panza en la ínsula Barataria, del Quijote, que es «un ejemplo de crítica política genial».


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«El humor es una herramienta para desnudar al poder y al poderoso» afirmó el escritor y traductor Daniel Gascón en la sesión titulada Cómo escribir de política sin llorar

Se trata de la segunda de un ciclo de doce conferencias de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) en colaboración con la revista Letras Libres sobre temas culturales y de actualidad.

La catedrática Yanelis Aparicio, vicedecana de Humanidades de UNIR, y el crítico literario Christopher Domínguez, antiguo colaborador de Letras Libres, presentaron al ponente que contó su experiencia como autor satírico y las ventajas y retos a los que se enfrenta el humor político en la actualidad.

Inspirándose en las llamadas leyes epónimas de Robert Conquest, Upton Sinclair, o Christopher Hitchens, Daniel Gascón ha formulado la suya propia sobre el humor político: «Toda sátira es profecía y toda parodia es eufemismo». Afirmó que la realidad política ofrece situaciones «que ya en sí parecen una sátira»; y «parodias más exageradas incluso que las elaboradas por los escritores satíricos». Añadió que la labor de estos entraña complicación porque «cada vez es más difícil distinguir la broma de la realidad».

Según Gascón, la conversación política tiene dos rasgos que proporcionan abundante material para la sátira: «el cuajo, por el que ya los gobernantes «no se molestan en reconocer la mentira, porque esperan que los demás se olviden»; y «la farfolla, ese ornamento de palabras que no están sujetas a ninguna relación con la realidad, y que se usa para enmascararla». Y puso el ejemplo de la amnistía a los independentistas a cambio de la investidura de Pedro Sánchez: lo importante, alega el Gobierno, es que en el preámbulo de la ley se expongan bien las razones, «a pesar de que todos sabemos que son falsas porque el motivo es utilitario: el trato es anulación del delito a cambio de los votos», sostuvo Gascón. Lo importante no es la verdad sino «que la explicación esté bien redactada, aunque sea pura sofística».

Paradojas y contradicciones de la política

«La relación de política y lenguaje es fascinante», —subrayó— por las contradicciones a que da lugar. En muchas ocasiones, las palabras significan lo contrario de lo que dice el político  incluso desde el nombre: «Unidas Podemos, por ejemplo, es un partido en el que están bastante desunidos y es un partido que significa cierta impotencia; y el Partido Popular no era eso exactamente sino una coalición, en sus votantes, de funcionarios y de pensionistas» apostilló.

Algo análogo ocurre con las apelaciones al diálogo, justo con «quienes no se quiere tener nunca un diálogo»; se habla de «literalmente, cuando se quiere decir en sentido figurado» o de consenso «para acallar al que muestra disenso».

Gascón explicó que ha recurrido a la fábula, en lugar del ensayo, en alguna de sus columnas para poner en evidencia esas paradojas y contradicciones. Por ejemplo, llevó a la reducción al absurdo el uso de las lenguas cooficiales en el Congreso al imaginar también el uso de dialectos, como el aragonés, y sus variedades en los distintos valles, con lo que al final cada parlamentario tendría su propio traductor.

Elemento balsámico

En este contexto, y al enumerar las virtudes del humor el escritor destacó que «es una herramienta para desnudar al poder y al poderoso, pero que deja al autor cubierto, porque le permite ser brutal pero a la vez delicado, puesto que no se está hablando en serio». 

Además el humor «desmonta los mecanismos o trucos de la propaganda; tiene el valor de la abstracción, al alejarse de los casos particulares y del tiempo presente», de forma que seguirán teniendo vigencia en el futuro; «permite el juego literario de impostar voces»; y posee «un elemento balsámico».

Pero también tiene inconvenientes, y destacó el peligro de «acabar siendo un cínico»; o de «caer en el automatismo al repetirse, para lo cual es preciso desconfiar de lo que surge con facilidad».  

Los grandes referentes

Entre sus referentes de la literatura y el periodismo satíricos, Gascón señaló a Jonathan Swift y George Orwell. Y en el ámbito español e hispanoamericano, a Arcadi Espada, Felix Romeo, Manuel Arias Maldonado, Fernando Savater,  Enrique Krauze y Sánchez Ferlosio, -este último como estudioso del lenguaje-. Mencionó también a autores del mundo audiovisual, como Armando Ianucci o Woody Allen. 

Por otro lado, recordó que en la lectura de textos clásicos hay destacadas sátiras, como las de Voltaire, Diderot, Quevedo, Góngora y Cervantes, cuyo pasaje de Sancho Panza en la ínsula Barataria es un ejemplo de «crítica política genial».

Daniel Gascón se refirió, finalmente, al peligro que para los autores satíricos representa la cultura de la cancelación, sobre todo porque «se concreta en multas que son sanciones administrativas con lo que el autor tiene menos capacidad de defensa que en procedimientos penales». Con esa cultura, añadió, cada vez hay «menos paciencia para entender los matices y los juegos, pero a la vez la mente literal proporciona mucho material al escritor satírico». Y aunque se trate de un problema, peor era lo que les ocurría a escritores políticos en otras épocas —y sigue pasando actualmente en otros lugares— que «no eran simplemente cancelados, sino que acababan en prisión». 


Foto: © Andrea Aguilar.


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