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¿OPTIMISMO O PESIMISMO?

«Se da por supuesto que cualquier tiempo pasado fue peor, porque seguimos creyendo en el dogma del progreso continuo e irreversible con una firmeza que nos envidiaría el más radical ilustrado de finales del XVIII o comienzos del XIX»

Nada hay más políticamente incorrecto que el pesimismo. Pocas actitudes están peor vistas. Los agoreros, profetas de desgracias, son siempre mal recibidos. Es más, la primitiva costumbre de matar al mensajero sigue estando plenamente al día. Según ha demostrado René Girard, nuestra sociedad practica el sacrificio del chivo expiatorio con mayor frecuencia de lo que era usual en otras épocas, sólo que lo hace por procedimientos más sofisticados y menos visibles.

Se da por supuesto que cualquier tiempo pasado fue peor, porque seguimos creyendo en el dogma del progreso continuo e irreversible con una firmeza que nos envidiaría el más radical ilustrado de finales del XVIII o comienzos del XIX. Se supone que, por mal que parezcan ir las cosas, siempre acontece una especie de soterrado avance mecánico hacia logros nunca antes alcanzados. Por eso mismo, lo que menos se perdona a los pesimistas es que el paso del tiempo acabe por darles la razón. Y esto es, precisamente, lo que está sucediendo en la España actual. Hemos tenido malos gobernantes, pero nunca hemos tocado el fondo con tanto estruendo como lo han hecho José Luis Rodríguez Zapatero y sus sucesivos gobiernos, cada vez peores. No estaba previsto y, por ello, no sólo resulta difícilmente aceptable, sino que nos pilla sin balas en la recámara, sin un plan B, sin proyectos de recambio.

Como algunos pesimistas son los únicos que previeron la actual crisis, a ellos parece corresponder la responsabilidad de proponer nuevos caminos. Si tan clarividentes fueron para anticipar un futuro que ya comienza a ser pasado, también lo serán -se arguye- para proyectar un futuro que pronto se hará presente. Si, tal es el caso, sus augurios se han quedado cortos, porque la realidad supera a sus más oscuros pronósticos, se les comienza por acusar de que algo falla en su visión de las cosas. Se les reprocha entonces la ausencia de soluciones positivas en sus apreciaciones de la realidad social. «Haces buenos diagnósticos, pero no tienes proyectos: ¡cambia de discurso!». Tienen así una doble carga: al diagnóstico certero se añade la tarea de la articulación de salidas viables para una situación improseguible.

Tanto el ademán de hurtar la mirada hacia lo que anda mal como la incapacidad de ofrecer soluciones para la crisis proceden de una miopía común. No se puede -ni se quiere- ver más allá de lo que está a pocos palmos de la propia cara. Miopía a la que se une no pocas veces el astigmatismo, que desdibuja los contornos de las cosas: perfilarlos demasiado es señal de dogmatismo. Lo que se aprecia por doquier es la falta de radicalidad, la tibieza en el pensamiento y en la acción. Se nos ha prevenido tanto contra los extremismos que, al cabo, nos parece que buscar el consenso -aunque sea en el error- es el bien supremo. Pero el acuerdo no es garantía de verdad ni de eficacia. En tiempos de grandes tensiones, quizá sea conveniente buscar ante todo la conciliación. Pero lo que está bien para un momento excepcional, no es el temple que de ordinario se requiere. No pocas veces el acuerdo no es un consenso racional, basado en buenos argumentos, sino un consenso fáctico, forzado por imposición y aceptado por conformismo.

RIGOR Y CORAJE

«Si la España actual está ayuna de proyectos se debe sobre todo al generalizado modo de pensar superficial y conformista»

Si la España actual está ayuna de proyectos se debe sobre todo al generalizado modo de pensar superficial y conformista. Es raro que los ciudadanos se pregunten cuál es la condición de posibilidad para que se produzcan discursos sobre un futuro viable y fecundo. Ese prerrequisito consiste, a mi juicio, en pensar con rigor y coraje cívico. Pero, además, hay que cuestionarse cuáles son los ámbitos en los que el ciudadano puede prepararse para acometer esta urgente tarea.Las carencias de nuestra clase política son indudables. Las mínimas condiciones de formación intelectual, entereza de carácter y nivel ético no son fáciles de encontrar en quienes nos gobiernan. Pero ésta no es la única causa de la incapacidad de innovación.

La universidad es una de esas instituciones que, a mediados del siglo pasado, se presentaban como más prometedoras, pero han sufrido una implosión, es decir, una explosión hacia adentro, por falta de contenido, por vaciamiento de las propias convicciones y exigencias.

La enseñanza superior se ha visto drásticamente pragmatizada; está sobrecargada porque se instrumentaliza para finalidades que no le competen; pero, sobre todo, carece del dinamismo interno que necesitaría para recuperar una capacidad investigadora y formativa que no sea puramente utilitaria. El entusiasmo sin criterio con el que el plan Bolonia se está implantado en España -a diferencia de la frialdad con que ha sido acogido, e incluso ignorado, en el resto de Europa- habla claramente de la falta de personalidad institucional que caracteriza a buena parte de nuestras universidades.

EN BUSCA DE LA FUERZA INNOVADORA

«El empuje ha de provenir de la sociedad civil y, especialmente, de generaciones que no se hayan desgastado en los roces de la política de consenso a toda costa vivida en las últimas décadas, y en las hipotecas que ha implicado la consolidación de la democracia».

El empuje ha de provenir de la sociedad civil y, especialmente, de generaciones que no se hayan desgastado en los roces de la política de consenso a toda costa vivida en las últimas décadas, y en las hipotecas que ha implicado la consolidación de la democracia. Ha sido una fase lograda, brillante incluso, de la política española. Pero ahora se trata de salir con ganancias de un atolladero económico, ético y cultural, para lo cual se precisa coraje y capacidad innovadora. Antes de que una demografía tan decadente como la española nos acabe pasando una factura impagable a medio plazo, las generaciones que se han incorporado recientemente a las tareas directivas de la vida social han de irrumpir con propuestas inconformistas, sin esperar la aprobación que los ya instalados en posiciones de ventaja política y económica no les van a conceder.La energía renovadora que necesitamos ha de proceder actualmente de comunidades culturales que no se identifiquen sin más con la universidad, cuya capacidad de burocratizar lo que toca parece ilimitada. Hay que pensar más bien en instancias extrauniversitarias o postuniversitarias. Si tuviéramos que aguardar a que los niveles institucionales de educación lograran recuperar la capacidad de orientación y la fuerza innovadora perdida en las últimas décadas, lo fiaríamos demasiado largo. En cualquier caso, las soluciones no pueden provenir de las agencias estatales. Como recomendaba Ortega y Gasset, hemos de acostumbrarnos a no esperar del Estado nada bueno, viendo cómo está más bien en el origen de una parte considerable de nuestros males.

La burocracia y la tecnocracia tienen muy poco que ofrecer. Parten de los supuestos que ya están dados y, si acaso, intentan mejorar lo existente. Pero ésta no es la lógica de la innovación. La inteligencia innovadora y libre es la capacidad de salirse fuera de los supuestos. Lo cual no quiere decir que los proyectos puedan improvisarse. La capacidad de proyecto es el fruto de una previa formación teórica y práctica muy exigente, puede detectar esta preparación en grupos minoritarios de españoles que se encuentran en los inicios de su andadura profesional o pública. Les está vedada su deseable incorporación a los partidos políticos, que velan para que nadie perturbe su confortable mediocridad. Su impulso ha de ser el propio de una fuerza emergente que no pida permiso para comparecer en el espacio social. No necesitan patronazgo, sino capacidad de acogida, comprensión y generosidad.

UN DINAMISMO DE REGENERACIÓN

«No se trata de promover una revolución -procedimiento que hoy puede considerarse como romántico en el peor sentido de la palabra- sino de acometer una vitalización profundamente renovadora de la sociedad».

En sus imbricaciones mutuas, los tres elementos de la tecnoestructura -mercado, Estado y medios de comunicación- carecen de frescura de pensamiento y de capacidad de acción innovadora. Es preciso recurrir al mundo vital, es decir, a las fuentes de sentido que aún no están completamente colonizadas por un sistema en trance de anquilosamiento. El mundo vital es el ámbito de las relaciones interpersonales, en las que puede darse la mutualidad y la reciprocidad; es el territorio de la solidaridad, de la gratuidad, y de la amistad que no busca nada a cambio. Su gran riqueza es aquello que Edmund Burke denominaba «la no comprada gracia de la vida».Demos un paso más en la línea de aproximación a la acción concreta. El proceso de deterioro al que el Gobierno de Zapatero está conduciendo a España parece imparable y progresivo. La oposición continúa fuera de juego, los medios de opinión pública no entran a los problemas y -por lo general- los ciudadanos intentan disfrutar del bienestar que todavía no han perdido. Se impone pensar en un dinamismo de regeneración cuyo nivel de radicalidad no sea inferior al de la debilidad social que tal decadencia revela.

Es en este nivel donde cabe desarrollar la estrategia de los pequeños grupos, que algunos consideran equivocadamente un planteamiento romántico, pero de los que la historia demuestra que poseen una extraordinaria capacidad transformadora. Baste pensar en los promotores intelectuales y políticos de la revolución francesa (les philosophes); los consejos de base que impulsaron la revolución americana; y los soviets, que están en la base del comunismo ruso. Más recientemente, Alasdair Mac Intyre ha puesto las comunidades locales como las única configuraciones en las que puede florecer el pensamiento innovador y riguroso (sin necesidad de declararse, ni de ser, comunitarista).

Es este último enfoque el que tengo ahora a la vista. Porque, en nuestro caso, no se trata de promover una revolución -procedimiento que hoy puede considerarse como romántico, en el peor sentido de la palabra- sino de acometer una vitalización profundamente renovadora de la sociedad. La actitud es la de una conspiración leal a la república. Por cierto, el republicanismo, que hoy se está volviendo a proponer, y del cual se encuentran cerca estas propuestas, no es necesariamente antimonárquico. Y, desde luego, poco tiene que ver con las ideas que utilizó en su momento Zapatero, cuando hasta el propio Pettit alababa sus tropelías, y de las cuales parece haberse olvidado el presidente. Aquí se trata de un auténtico republicanismo cívico, que apela a la responsabilidad social de los ciudadanos, a las energías de la sociedad civil.

GRUPOS DE ACCIÓN Y PENSAMIENTO

«El campo de acción de estos grupos no es directamente político ni económico. Es genuinamente cultural, entendiendo por cultura el conjunto de los modos de vida bien pensados y pacíficamente compartidos».

Por su propia naturaleza, no requieren ninguna formalización estereotipada. Son, por definición, pequeños grupos, pero su tamaño no está preestablecido: sólo se requiere que permitan el diálogo personal, y que no precisen de estructuras jerárquicas, aparatos de control, ni ningún tipo de burocracia. Si acaso, se sirven de las nuevas tecnologías para la comunicación no presencial y el contacto con grupos afines: suponen un primer paso para la adaptación de la dinámica política a la era de Internet.Los grupos de acción y pensamiento se mueven en un plano prepolítico, pero no apelan en modo alguno a instituciones naturales o a unidades que se propongan impulsar una determinada ideología. Proceden más bien de lo que Goethe llamaba «afinidades electivas» y son, por lo tanto, asociaciones libres, no predeterminadas. Se centran en el diagnóstico de la situación, en el análisis de las causas que nos han llevado a la desvertebración social, y en los procedimientos que es preciso poner en marcha para generar una nueva ciudadanía capaz tanto de resistencia como de innovación.

Han de surgir en las comunidades locales, en las urbanizaciones, en los barrios, en los ambientes profesionales, en los medios intelectuales y universitarios. Siempre habrá alguno o algunos que den el primer paso y convoquen a mujeres y hombres en su entorno. (En estas líneas se contiene una especie de llamamiento genérico). Pero se trata de movimientos emergentes que tengan la espontaneidad de lo inmediato y rechacen cualquier tipo de protección interesada, por no hablar de manipulación.

El campo de acción de estos grupos no es directamente político ni económico. Es genuinamente cultural, entendiendo por cultura el conjunto de los modos de vida bien pensados y pacíficamente compartidos. Como su foco de atención es lo común, no son incompatibles con el hecho de que en su seno haya divergencias ideológicas o religiosas. No es que se trate de trivializar tales desacuerdos, sino de reafirmar que pertenecen a otros ámbitos distintos de las preocupaciones cívicas. Constituyen así un fermento de tolerancia imprescindible en una España acechada actualmente por modos sectarios de pensar. Porque todo enfoque unitario, monolítico, de la sociedad es tendencialmente totalitario.

EL DIÁLOGO COMO MÉTODO

«Las comunidades espontáneas precisan, si acaso, de un moderador, nunca de un jefe. De manera que la politización de los grupos emergentes no sólo es prematura: es contraproducente de punta a cabo».

Resulta inquietante el actual recurso abusivo a algo tan ambiguo como es el liderazgo. En todo caso, un auténtico líder es alguien capaz de galvanizar libertades en torno a proyectos. Pero la pretensión de dirigir a quienes de algún modo ha concitado, hace odiosa la figura del presunto líder y arruina el propósito compartido. Las comunidades espontáneas precisan, si acaso, de un moderador, nunca de un jefe. De manera que la politización de los grupos emergentes no sólo es prematura: es contraproducente de punta a cabo.Padecemos un déficit de pensamiento social, lo cual hace de nuestra ciudadanía una presa fácil para los virus del conformismo y la docilidad. No hay desarrollo del pensamiento si no encuentra su vehículo en el lenguaje, que es inseparablemente instrumento de comunicación. De ahí que los grupos ciudadanos tengan como método fundamental el diálogo. Partiendo de sus miembros activos, la prolongada conversación en torno a finalidades comunes -más allá de los intereses individuales- es el procedimiento para que vayan cuajando oportunidades de acción solidaria, en las que colectivos más amplios pueden sentirse libremente implicados. Estos grupos realizan, por tanto, un papel de catalizadores sociales.

Con estas ideas no pretendo conseguir ningún propósito determinado.Quedaría satisfecho con que tan sólo un puñado de personas se sintiera convocado a trabajar por el bien común en un contexto que sea cultural y cívico, no propiamente político. Ofrezco un mensaje de evidencias, por si a alguno pudieran interesarle.


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Alejandro Llano (Madrid, 1943) estudió en las Universidades de Madrid, Valencia y Bonn. Se doctoró en la Universidad de Valencia, donde fue profesor adjunto hasta obtener la Cátedra de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid. Entre 1981 a 1989 fue decano de la Facultad de Filosofía y letras de la Universidad de Navarra y en 1991 fue nombrado Rector. En el 2000 fue nombrado Presidente del Instituto de Antropología y Ética de esta Universidad, además, de ser uno de los impulsores del Instituto Empresa y Humanismo. Es Académico de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino.