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Desde aquel día, la historia de Israel, cuyo pasado arranca con la Biblia, se ha convertido en noticia permanente. Un minúsculo Estado de poco más de 20.000 kilómetros cuadrados ha celebrado su 50 aniversario empujado por la fe nacida del fondo de la historia, pero envuelto en un ambiente crispado: sigue sin alcazar definitivamente la paz con sus vecinos árabes.

David Ben Gurion, el hombre que proclamó la independencia del Estado hebreo aquel día de mayo de 1948, decía que, en Israel, para ser realista, había que creer en los milagros. Si la supervivencia del pueblo judío a lo largo de dos mil años, en medio de grandes adversidades, es un milagro de la Historia, ¿cómo no calificar de milagro estos 50 años que el Estado de Israel acaba de conmemorar?

Este milagro, esa cifra redonda de los 50 años, puede resumirse con otros datos espectaculares: un idioma, el hebreo, rescatado de las sinagogas, como la lengua oficial de casi 6 millones de habitantes, a partir de los 600.000 que lucharon en la guerra de la Independencia; una renta per cápita de 17.000 dólares; un I+D del 3,2%; cinco guerras frente a sus vecinos árabes favorablemente resueltas; una democracia sin vacilaciones. Pero sigue habiendo sombras en medio de las luces.

Porque si la historia de los judíos es compleja, estos 50 años del actual Estado de Israel, levantado sobre tres pilares – e l sionismo de Herzl, la declaración del ministro inglés Balfour y el Holocausto de Hitler- resumen y concentran todas las abruptas dificultades que han jalonado el discurrir, entre risas y lágrimas, del llamado pueblo elegido.

El primero de estos problemas es la dificultad para hacer la paz con su entorno. El fracaso de la reunión de Londres, en la que Netanyahu y Arafat han hablado, con la mediación de Tony Blair, con la Ministra de Asuntos Exteriores de Estados Unidos, Madeleine Albright, ha confirmado el temor que se extiende entre los observadores de este conflicto árabe-israelí que nunca acaba: la dureza de Netanyahu es más fuerte que la voluntad de su gran aliado norteamericano. Según los acuerdos de Oslo, por los que Israel y los palestinos habían fijado unos plazos para la paz, Israel debe ceder a los palestinos gran parte de los territorios ocupados en la Guerra de los Seis Días en 1967. No es que no haya habido avances desde entonces: Israel ha hecho la paz con Egipto y Jordania, se retiró del Sinaí y ha entregado Gaza y algunas importantes zonas de Cisjordania a la Autoridad Nacional Palestina, que preside Yaser Arafat. Pero el proceso, tras el asesinato de Isaac Rabin en noviembre de 1995, se ha detenido. La conquista del poder por el “Likud”, aliado con los partidos religiosos, ha paralizado prácticamente la entrega de los territorios, que debe culminar el 1999. Arafat pide un 30% de Cisjordania. Estados Unidos le ha convencido de que se conforme con el 13%, pero no ha sido capaz de conseguir que Netanyahu -que necesita el apoyo de los religiosos para gobernar- acepte esta cifra. ¿Se puede medir la paz en kilómetros cuadrados?

El tratado final de paz debe firmarse antes del 4 de mayo de 1999. Netanyahu insiste en que solo habrá acuerdos con los palestinos “cuando no esté en peligro la seguridad de Israel”. Madeleine Albright, ella misma de origen judío, no logra ganarse la confianza del pueblo árabe ni tampoco convencer a Netanyahu. Se ha reunido en cuatro ocasiones (en París, Londres, Washington y, de nuevo, en Londres) con el Primer Ministro israelí y con el Presidente palestino y sus representantes, y los progresos han sido mínimos. Estados Unidos es el aliado más firme de Israel, el único en quien los israelíes confían. Pero Netanyahu parece inflexible también con él.

El humor judío, que ha producido figuras tan emblemáticas como Chariot, Groucho Marx o Woody Allen, envuelve en melancolía alguno de los problemas que han perseguido a su pueblo a lo largo de los tiempos. Un chiste judío dice: “¿En qué se diferencia una madre judía de un terrorista?”. Respuesta: “En que con el terrorista se puede negociar”. Quizá esto dé la clave de la actitud de Netanyahu en sus negociaciones, tan intransigente con los palestinos: ha adoptado el papel de madre judía, con la que no hay manera de llegar a acuerdos.

El problema para Israel es que de la misma manera en que en 1917 el Ministro de Asuntos Exteriores británico, Lord Balfour, hizo una declaración recomendando la creación de un Hogar Nacional Judío en Palestina, y en que, en 1948, la Naciones Unidas aprobaron la partición del territorio en dos Estados, uno árabe y otro judío, lo que hizo posible el nacimiento de Israel, la ONU reconoció, en 1974, el derecho de los palestinos a su “soberanía e independencia”. Hoy todo el mundo -incluso gran parte de la opinión pública israelí- cree que es inevitable que exista un Estado palestino.

Pero no es este conflicto con los árabes el único problema de los israelíes. Según una encuesta reciente, a la población israelí no es ése el asunto que más le preocupa: solo un 30% cree que ése es el principal problema de la nación, frente a un 60% que cree que lo son las diferencias entre derecha e izquierda, entre laicos y religiosos, entre sefardíes y askenazis y, lo que es más grave, el 80% de los encuestados no cree imposible que tarde o temprano se llegue a un enfrentamiento violento en Israel entre los propios judíos.

Cualquier visitante de Israel queda sorprendido por sus contrastes, su belleza y su vitalidad. Es un Estado moderno y próspero, una gran potencia agrícola, científica y cultural, pero, al tiempo, es una sociedad con un conflicto latente, y creciente, sobre el que sus habitantes no dejan de interrogarse todos los días. Una sociedad que no será plena hasta que conquiste la paz: algo que, como dijo Bertrand Russell, no solo es mejor que la guerra, sino infinitamente más difícil.


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