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España es una gran nación. Esta es la idea central de un libro necesario. Un libro donde Jaime Mayor Oreja y César Alonso de los Ríos repasan, y lo hacen con lucidez, la reciente historia de la política española en muchos de sus asuntos cruciales. Libro, por tanto, que interesará a cualquier lector que sienta España como realidad de espléndido pasado, dubitativo presente y futuro inquietante. Libro cuyas páginas destripan la podredumbre intelectual del nacionalismo que hoy gobierna alguna de las comunidades autónomas españolas. Libro, en fin, que descubre sin tapujos el programa político último de los nacionalismos: el fin de la nación española. Por que sólo mediante ese final de lo español podría realizarse el sueño irracional de los seguidores del fanatismo araniano.

ecp1.jpgLas conversaciones (quizá el género real del libro sea la entrevista larga) de Mayor Oreja y Alonso de los Ríos son, antes que nada, un acierto; un acierto político y un acierto editorial. Así, político y periodista dan una lección de cordura política y una explicación didáctica de los objetivos -no nos engañemos, siempre máximos- de la ideología nacionalista. Por eso, ambos autores ponen el énfasis en señalar las contradicciones del nacionalismo vasco y en no ocultar que la autodeterminación es el propósito último de los terroristas de ETA pero también de los partidos vascos nacionalistas, en suma, de todo el entramado al que Mayor ha denominado el Movimiento de Liberación Nacionalista Vasco (MLNV).

El hilo del diálogo parte de la memoria del político vasco, quien repasa capítulo a capítulo sus primeras vivencias humanas y políticas hasta llegar al análisis del incierto presente y atisbar un futuro mejor sólo bajo la fuerza de saberse miembros de una de las grandes naciones europeas. Narra pues Mayor en el libro su feliz infancia en el País Vasco, tierra idílica que en los años cincuenta era el destino más solicitado de los guardias civiles y que a él le parece que rezumaba entonces más xenofobia que separatismo. Pero esa tranquilidad se iba a echar a perder en pocos años, los que median entre los vítores masivos al anterior jefe del Estado en sus vacaciones en San Sebastián y el odio y las persecuciones brutales que ya a finales de los sesenta sufrirán las fuerzas de seguridad. Es lo que el dirigente político popular llama «el 68 vasco» al rememorar su etapa escolar en el colegio de los marianistas, donde por cierto estudió también Pertur, dirigente etarra al que asesinaron los propios etarras por apostar por vías distintas al terrorismo.

Mayor Oreja, católico de convicciones profundas, no rehuye hablar del elemento religioso que junto con la lengua vascuence sazona la ideología nacionalista. Y lo hace hasta el punto de criticar que «la Iglesia vasca, en parte, forma ese gran Movimiento de Liberación Nacional en el que también están ETA y el PNV». Este es, por tanto, un libro valiente, donde los diálogos huyen de rodear las ideas, enmascararlas o disimularlas. Al contrario. Tanto César Alonso como Jaime Mayor apuestan por lo concreto, ideas desnudas pero bien construidas, por señalar sin tapujos al nacionalismo como el enemigo político de la nación española tanto ahora como en la Transición.

Y es que aquella etapa de la Transición fue una etapa cruenta. Años marcados por el plomo en la nuca y la barbarie asesina de ETA. Bien lo sabe el político vasco al recordar a muchos de sus compañeros de la UCD del País Vasco caídos por la libertad. O por su propia experiencia: «Cuando salía de casa de mis padres, donde vivía, pensaba que no iba a volver». Aquéllos fueron tiempos duros. La democracia española se construyó sobre la sangre heroica de los españoles, vascos muchos de ellos. Y sin embargo, hoy como entonces, todavía, Mayor Oreja es objetivo prioritario de ETA. Y lo es porque ni entonces ni ahora se ha avenido al diálogo o al pacto con aquellos que quieren acabar con la convivencia pacífica de los españoles: «Iniciar un proceso de negociación con los terroristas significa una torpeza infinita». Su ejemplo cívico debe bastar para rendirle todos el homenaje y el reconocimiento que merece.

Porque, desgraciadamente para España, otros políticos menores sí que se han avenido a negociar con los asesinos, a conceder ventajas a los que matan, a creer en una paz injusta e imposible, porque «ETA no ha cambiado nunca, no puede cambiar, porque es una organización, además de terrorista, totalitaria. Sólo busca el poder pleno a través de un proceso para la independencia del País Vasco».

Si aquellos políticos de la Transición española, sin distinción de ideologías, supieron pagar con sangre el alto precio político de la libertad, los políticos cortoplacistas que hoy (des)gobiernan España creen sin embargo posible contener a la fiera etarra negociando lo esencial, la propia integridad de la nación, con tal de permanecer en el poder. Por eso ahora es crucial la claridad en los mensajes políticos, y a ello se aplica en esta obra Mayor Oreja.

Uno de ellos, que este libro remarca, es aprender la lección de que ETA negocia cuando se encuentra débil y necesita reorganizarse. Otra idea básica es comprender que ETA abandonará las armas cuando el Estado de derecho la cerque y la derrote (o en el peor de los casos tras lograr sus metas independentistas). Así lo demuestra la experiencia política de los años ochenta, recordada por los autores, tras la amnistía y las excarcelaciones. Entonces ETA redobló sus asesinatos: el problema no era el régimen franquista, el problema era España. De ahí la siguiente conclusión -y ésta es importante no olvidarla- que nos enseña que el nacionalismo «moderado» del PNV los beneficiados políticos de la actividad terrorista, en el poder entonces y ahora, se ha mostrado siempre insatisfecho en su relación con España porque su único horizonte político es también la independencia del País Vasco, en otros términos, la desaparición de la nación española.

Con estas premisas bien aprendidas a sangre y fuego, la política de Mayor Oreja -a quien José María Aznar confió plenamente el Ministerio del Interior- supondrá un cambio radical en el enfoque del terrorismo y del problema nacionalista con respecto a lo que habían planteado los gobiernos socialistas de Felipe González e incluso con respecto a la tibieza con que se habían enfrentado al nacionalismo los gobiernos de la UCD. El terrorismo de Estado, la política «del palo y la zanahoria» y el atajo de la guerra sucia no servían en una democracia. El Estado de derecho y las Fuerzas de Seguridad deberían bastarse para acabar con el terrorismo. Se suspendieron todos los diálogos y tomas de temperatura con el mundo etarra y sus cercanías. Jaime Mayor sabía que la democracia española tenía en sus propias convicciones los resortes necesarios para derrotar a ETA.

También éstos fueron tiempos difíciles en que fueron asesinados muchos concejales socialistas y populares y cuyo punto de inflexión fue el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Sorprendidos por la dimensión de la reacción cívicopública representada en lo que se conoce como el espíritu de Ermua, el nacionalismo (ETA, PNV y EA) suscribió el Pacto de Estella, acuerdo que Mayor inscribe en su teoría de los vasos comunicantes del entramado nacionalista vasco: «A veces ETA es la vanguardia. Otras veces es el PNV, aunque normalmente es la retaguardia». En su opinión, «al final, Otegi o Imaz o Eguibar harán aquello que ellos piensan que deben hacer como miembros conscientes del Movimiento de Liberación Nacionalista Vasco». Todo lo cual no empece para que, en el plano individual, Mayor destaque la buena relación personal que ha mantenido y mantiene con algunos nacionalistas vascos. O para que explique con naturalidad el pacto con los nacionalistas de CIU y del PNV en el primer Gobierno de Aznar por la aceptación nacionalista de un acuerdo programático limitado al desarrollo de los Conciertos Económicos.

Pero volvamos a los inicios de Jaime Mayor en política y a la influencia de su tío, Marcelino Oreja. Sus palabras así lo evidencian: «Ha sido siempre para mí un hombre decisivo y determinante en mi vida, al que quiero y admiro profundamente». Desfila, por tanto, por las páginas de este libro no sólo el político sino también la persona. César Alonso de los Ríos ha sabido plantear una entrevista-diálogo sincera, auténtica, creíble, donde la personalidad y la profesionalidad caminan de la mano, donde el ser humano respira en sus valores inquebrantables -«considero fundamentales principios como la nación, la familia, la libertad»-.

Sin embargo, vano ejercicio sería comparar la dignidad y fortaleza política de aquel Gobierno con el comportamiento errático y la debilidad actual del presidente Zapatero ante el «alto el fuego permanente» declarado por ETA en junio del pasado año y roto de facto por los atentados de la T-4 de Barajas el 30 de diciembre de 2006. La diferencia estriba en los principios, en la defensa de la nación española, en ser conscientes de «que la idea de España es la suprema y que nada puede justificar el más mínimo sacrificio de la nación española y su unidad».

La política antiterrorista del Gobierno de Aznar que Mayor Oreja planificaba desde su cargo de ministro tuvo también otros destacados aciertos como fueron el estrechamiento de relaciones con Francia, la puesta en marcha de la orden de detención europea pero, sobre todo, el reconocimiento de las víctimas: «Si de algo podemos sentirnos orgullosos los miembros del Gobierno de José María Aznar es del esfuerzo que hicimos para poner a las víctimas del terrorismo en el lugar que se merecen».

La normalidad del País Vasco en la nación española no sólo es posible sino lo deseable. Y así se demostró con el Gobierno del Partido Popular. Para cerrar esa vía que muchos vascos desean, el nacionalismo necesita crear un problema de insatisfacción permanente respecto de España. De ahí -en el análisis del político vasco- surge la necesidad nacionalista de acordar el Pacto de Estella, porque «el PNV buscaba el poder político y ETA buscaba la autodeterminación, es decir, el poder futuro». Para Mayor Oreja, «el problema vasco no lo es entre España y el País Vasco, sino que es un problema de confrontación entre los propios vascos».

El libro pasa también revista a los avatares de la tregua-trampa de ETA, donde Aznar se mostró inflexible -«no sólo consideró que era una trampa, sino que fue más terminante que yo en el rechazo»-, al papel de la Iglesia en las conversaciones con los terroristas, a la tensión en el Gobierno ante el acercamiento de presos etarras a la Península «creo que él [Aznar] nunca creyó que yo le estaba presentando mi dimisión» y al final de la tregua-trampa ante el avance electoral de los dos grandes partidos nacionales.

Igualmente es importante destacar el capítulo dedicado al Plan Ibarretxe. Ambos autores consideran que con él se quiere imponer a la sociedad vasca una segunda transición que supone, al igual que en el caso de la reforma del Estatuto catalán, una ruptura de la Constitución y del pacto estatutario. Mayor considera que para mantenerse en el poder el PNV quiere heredar a ETA, por eso se pone nervioso cuando la banda terrorista adquiere mayor relevancia política.

Y llegamos entonces al capítulo referido al mal llamado «proceso de paz», que ambos autores denominan «una larga negociación política entre ETA y el Gobierno». Mayor Oreja lo tiene claro, ETA sólo pretende la autodeterminación y alcanzar el poder, «esto es lo que para la ETA significa la paz». Y con la autodeterminación pretende «la disolución de la nación española, de esta gran nación que ha sido y es España».

Por el contrario, Zapatero insiste en su España débil, irreconocible y avergonzada, en la España que negocia Navarra con el nacionalismo y permite la vuelta de ETA a las instituciones locales, en la España autonómica que pacta siempre contra el PP. Como apunta Mayor Oreja: «Estella y Perpiñán se van a sumar entre las elecciones municipales y las elecciones generales».


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