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La inspiración para la acción y la capacidad de dar cuenta de ella no tienen por qué ir juntas. Quizá sea más frecuente lo contrario: los hombres de acción pueden ser más decididos que reflexivos y, volcados en el hacer, ni tienen tiempo ni interés por dar cuenta de qué hicieron ni de cómo. Sin embargo, los gustos de los lectores y el interés comercial de las editoriales han convertido en un género frecuentado las memorias de políticos y celebridades, quizá con la esperanza de que desvelen lo que permaneció oculto mientras gobernaron, el secreto de sus éxitos u ocultas amarguras… Si echamos un vistazo sobre quienes se han dedicado a la política en España en los últimos cuarenta años, el elenco de memorias publicadas es abundante, tanto que puede tomarse por un género. 
Sin embargo, entre los presidentes de gobierno eran una excepción hasta hace unos meses, cuando aparecieron las de José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Y la excepción tenía un nombre: Leopoldo Calvo-Sotelo. 
Paradoja sobre paradoja, la obra en que este expresidente da cuenta de sus años de gobierno, comienza así: «Esto, aunque otra cosa sugiera la portada, no es un libro de memorias» (p. 13). Las razones para esta solemne y tajante afirmación inicial ofrecen información importante acerca del autor. La primera que aduce es técnica: no es un libro porque le falta sistema y unidad. Y sigue: no son memorias porque no dan cuenta cronológica de una vida o una parte de ella, porque los hechos están demasiado cerca y falta la perspectiva, porque el autor se confiesa pendenciero con doctrinas y personas, y porque afirma que cede a la apologética y no es bastante autocrítico. En resumen, Leopoldo Calvo-Sotelo tiene un alto concepto de los libros y hace un elenco de los peores defectos de los de memorias que provoca una sonrisa irónica y condescendiente en cualquier lector un poco experto. Las páginas que siguen ofrecen lo que prometen las primeras líneas: un discurso inteligente que conviene leer entre líneas, empapado de referencias implícitas nacidas de la amplia cultura de su autor, con un tono entre el suave humor británico, el castizo de Madrid y la socarronería gallega. 
Pues bien, estas «crónicas trufadas por algunas reflexiones» que caen en el «feo vicio, que tantas veces ha reprochado a los periodistas, de mezclar información y opinión» (p. 13), dicen mucho sobre la personalidad y ejecutoria de su autor. 
Leopoldo Calvo-Sotelo era un padre de ocho hijos muy enamorado de su mujer, Pilar Ibáñez-Martín, ingeniero de caminos, excelente en los resultados académicos, que había trabajado en la empresa privada buena parte de su vida, buen conocedor de Europa, de sus tierras, gentes y lenguas, hablante de varias de ellas, gran lector, aficionado a la música y a tocar el piano, amigo de escribir versos y apasionado por la política desde muy joven. Empezó a hacerla como gobernante cuando contaba casi cincuenta años y tenía a la espalda una amplia experiencia profesional, humana, y también política en términos de interés y debate. 
El índice de sus memorias, por más que lo tilde de asistemático, es elocuente. Para empezar, tiene cuatro estrambotes, lo que le delata como autor de sonetos, alguno de los cuales encontró acomodo en estas páginas: el dedicado a Ricardo de la Cierva (p. 196), que puede ser uno de los que motivan su alusión a pendencias y apologías. Otra nota especial, menos estrambótica, es la riqueza de las notas, que forman un río subterráneo que merece la pena bajar a conocer: «Temeroso de hablar, por fin, libremente ha encomendado más de una vez a una nota la travesura que no se atrevía a poner en el texto, confiando en que las notas no se las lee nadie; y así han salido más de un centenar, la mitad académicas y la mitad festivas» (p. 15). 
Me parece que en el índice de la obra cabe descubrir los grandes asuntos de su experiencia política. Podríamos dividirlos en dos: la transición y la obra de su gobierno. 
Dentro de la primera el autor se detiene en las relaciones entre poder político y militar y entre el centro y la derecha (Manuel Fraga), en la vida interna de UCD y en Adolfo Suárez, visto desde la encrucijada de su dimisión. En cuanto a su presidencia, se accede a ella inevitablemente a través del 23-F, la charnela que la une y separa de la transición. El evento está desdoblado en dos capítulos, antes y después del golpe, y le siguen los asuntos a los que se concede mayor relieve: la cuestión militar, la autonómica, la entrada en la OTAN, las negociaciones con las Comunidades Europeas y la vida económica vista a través de la mala relación con la CEOE. El orden, ciertamente, no es cronológico, y esta división en dos partes es nuestra, no del autor del libro. 
De la transición nos ofrece una definición solemne: «Los años 76, 77, 78, 79, 80, 81 y 82 han sido un extrañísimo paréntesis de libertad y de limpieza en la historia de España» (p. 15). El machacón enunciado de cada año y la carga nostálgica de una afirmación escrita a finales de los ochenta por quien tenía una visión aguda y profunda de la historia de su país hacen doblemente densa la sentencia. Parece que para Calvo-Sotelo la emancipación del poder civil respecto al militar y del centro respecto a la derecha posfranquista fueron dos manifestaciones cruciales de libertad. Respecto a lo primero hay un par de sucedidos que tratan del mismo asunto en un libro que se repite poco y en un autor que mide mucho sus palabras. El primero tuvo lugar en 1976, cuando era ministro de Comercio y nombró el primer director general de Pesca no militar. El cesado, que compartía malestar con el ministro de Marina, Pita da Veiga, le comunicó que no asistiría a la toma de posesión de su sucesor. El ministro le advirtió: «Señor Director General, le recuerdo que está usted ante un superior. Supongo que no se le ha olvidado cuál es la actitud reglamentaria de un marino en esta situación. 
»El señor Piniés se cuadró con un sonoro taconazo y me dijo: 
»“A las órdenes de V.E., señor Ministro”» (p. 222). 
El segundo relata una conversación con el general Alfonso Armada el 15 de abril de 1977. Cuando las quejas del general por la legalización del Partido Comunista subieron de tono hasta convertirse en una amenaza al Gobierno, el ministro le espetó: «General: no puedo consentir ni el contenido ni el tono de lo que me dices. Te recuerdo que estás ante un superior […]. 
»El efecto fue inmediato, Armada se cuadró con un taconazo y me respondió: 
»“A tus órdenes, Ministro; perdóname, estoy muy nervioso en estos días; retiro lo que hubiera de agravio en mis palabras anteriores”» (p. 21). 
Si tenemos en cuenta que el 23-F fue un acto de insubordinación militar, y que Leopoldo Calvo-Sotelo tuvo buen cuidado de hacer que la sentencia militar fuera revisada por la justicia civil, quizá quepa convenir en que estamos ante un lugar central en la política de la época. 
El desencuentro con la derecha posfranquista, liderada por Manuel Fraga, está escenificado también desde el primer capítulo. La noticia de la legalización del Partido Comunista alcanzó al ministro de Obras Públicas en Ribadeo. De vuelta hacia Madrid, Manuel Fraga subió al tren y cenó con la familia en el vagón especial del ministro: «Con una desgraciada decisión administrativa —tronaba él— habéis hecho retroceder cuarenta años la historia, habéis arruinado la pacificación de España, habéis provocado al Ejército, habéis abierto a la incertidumbre el futuro de nuestros hijos» (p. 19). La cuestión de la relación con Fraga vuelve de la mano de la «mal llamada mayoría natural»: «Lo primero que hay que decir […] es que la mayoría natural no ha sido nunca natural ni mayoría». El asunto fue un motivo de tribulación política en sus años de presidencia, y no solo desde fuera de UCD, también desde dentro. Me parece que es otra clave interpretativa de la transición en el autor: hicieron que fuera algo muy distinto de lo que Fraga quería que hubiera sido. 
Si se suman los dos elementos es posible que tengamos a la vista dos de los cambios fundamentales introducidos por la política centrista en los años de libertad que evocan estas páginas. Puede que en esos dos puntos quepa resumir en qué consistía para Leopoldo Calvo-Sotelo superar el franquismo, al menos en política interior, y las dificultades que entrañaba. Porque la liquidación del franquismo fue cosa de las derechas tanto, si no más, que de las izquierdas. Pese esto lo que pese a alguna historiografía. 
La transición, según el autor, tuvo un gran protagonista: la UCD, y dentro de ella, otro, Adolfo Suárez. Por eso escribe: «¿Por qué dimitió Adolfo Suárez? Esta es la pregunta más importante entre las que todavía no han hallado respuesta clara en la historia de la transición» (p. 28). Por eso titula ese capítulo «“Entre Calvo-Sotelo y Lavilla, me quedo con Suárez”», así, entrecomillado, citando(se) ¡a sí mismo! El retrato de Suárez y sus políticas está de alguna manera en todo el libro y, significativamente, es su política militar la que merece una crítica explícita (p. 33). 
El tratamiento del líder centrista es siempre respetuoso, afectuoso, aunque al modo galaico, con la distancia que marca el punto de humor irónico con que el autor se mira a sí y mira a los otros, y con el respeto por la misteriosa incógnita que es cada uno. Se advierte incluso en el párrafo en que aparece el reproche más explícito: «En la puerta de la Moncloa Suárez me invitó a pasar, porque aún le quedaba algún tiempo (veinte o veinticinco minutos, me dijo mirando el reloj) antes de salir hacia el aeropuerto. La invitación me encendió la sangre: no había podido hablar con él después del golpe y ahora me brindaba unos minutos, puesto ya el pie en el estribo hacia unas largas vacaciones, para despachar aquello. No le alcé la voz, pero le respondí que quien tenía poco tiempo era yo» (p. 44). El eco de Cervantes en la narración es muy de su autor. 
Alguien podría preguntar si se niega o margina el protagonismo del Rey, tan destacado generalmente por la historiografía. Mi impresión es la contraria, pero el tratamiento es tan extremadamente respetuoso que es como si el Rey no hiciera política. Leopoldo Calvo-Sotelo es tan monárquico que esa figura está por encima del tratamiento habitual que él dispensa a todos los personajes de esta historia. No hay distancias ni ironías cuando se habla del monarca. 
En cuanto al partido, la UCD, lo evoca con un retruécano de literatura medieval: «Aquí termina el libro del mal amor, crónica incompleta de aquel proyecto de partido que hizo la transición mientras se deshacía como tal proyecto» 
(p. 93). La traída a colación de la obra del arcipreste de Hita se basa en otra cita, de Adolfo Suárez, entradilla del capítulo: «¿Por qué no nos querremos más? (Adolfo Suárez, al salir de una reunión de UCD en 1980)». Literatura y recuerdos sentenciosos en narración colorista, son fibras mayores del texto. 
Uno de los aspectos más brillantes de la obra es la sucesión de breves retratos de personajes. Es el tema de medio estrambote 2.º, «El consejo de Ministros», dividido en «Escenario» y «Bestiario», y el del 3.º, «Nominilla de tránsfugas». Quizá sea en este género donde mejor destaque la agudeza de ingenio del autor, su buen humor y su talento para la metáfora. Si estoy en lo cierto, puede que también pase por aquí el resumen de alguna de sus mejores virtudes de gobernante: una fina inteligencia concentrada en conocer a los hombres, y un indulgente humor para cubrir la inevitable limitación y miseria humana. 
Veamos algunos ejemplos: 
«El cíclope Manuel Fraga no es un simple Diputado, es, en una sola persona, todo un Parlamento» (pp. 96-97). 
«Al revés que la mayoría de los políticos, Fernando Abril es un hombre que discurre mejor que habla» (p. 197). 
«Rodolfo [Martín Villa] es un ingeniero como yo y aprendió en la Escuela que los hechos son más fuertes que las razones y que, pese a Hegel, no todo lo real es racional» (p. 198). 
«Salvo en la incontinencia telefónica, Paco [Fernández Ordóñez] fue un excelente Ministro con Suárez, conmigo y —por lo visto— con Felipe González» (p. 202). 
«Cuanto dice se oye como una parte de la gran verdad oculta, revelada a medias por él, que el exégeta se dispone inmediatamente a descubrir; Pío [Cabanillas] es una promesa constante, rara vez cumplida, de horizontes nuevos y nunca vistos» (pp. 191-192). 
«De pasada, Pío [Cabanillas] define a Adolfo con una pareja de sustantivos: superficialidad e instinto» (p. 79). 
«Tiene José Pedro [Pérez-Llorca] mucho de quebradizo y de transparente, como los materiales nobles y es, como ellos, de manejo difícil y aún peligroso; pero vale la pena trabajar con él» (p. 202). 
«Joaquín Garrigues tuvo una conciencia muy aguda de su propia singularidad, como les sucede a los ungidos por el sentido del humor» (p. 189). Por cierto: ¿no habla de sí mismo aquí el autor? Y, si no, vean este otro: «Miguel [Herrero] es pedante como yo, leído como yo, pendenciero como yo: ahí acaban nuestras coincidencias» (p. 210). 
Y, para terminar con la importancia de los retratos personales, baste decir que la persona de que se habla mal en el libro es anónima: «un desconocido meritorio socialista, Diputado, creo, por Ciudad Real había lanzado en los pasillos del Congreso una burda patraña» (p. 144). 
Hombres pues, como principales protagonistas del relato, pero otro tanto cabe decir de los libros. Están por todas partes en la Memoria viva y, como ella, están vivos. Puede verse en la entradilla de esta reseña, donde aflora Quevedo para describir a un presidente; y puede verse casi en cada página, más en cita implícita que explícita. Leopoldo Calvo-Sotelo fue un gran lector. Su amplia biblioteca, hecha personalmente, ha sido motivo de la obra más completa publicada sobre él hasta hoy: Leopoldo Calvo-Sotelo. Un retrato intelectual. El libro, del que fue editor su hijo Pedro, reúne una semblanza autobiográfica y varias entrevistas con quienes luego analizan el catálogo de su biblioteca vista por materias: historia, política, filosofía, economía, religión y teología, matemáticas, geografía y mapas, música, periódicos y poesía. El elenco es expresivo, como lo son también los números: casi once mil volúmenes que, como escribió su bibliotecaria, revelan un humanista interesado en múltiples ramas del saber y preocupado por la historia de España y de Europa. Ahí está una de las raíces de su savia política. Quizá ahora se entiende mejor que cuando describe al presidente como un exiliado mencione en primer lugar la separación de sus libros. 
La imagen que deja la Memoria viva es una idea alta de la política, y por eso mismo enemiga de la política de regate corto, rastrera. Revela un hombre que anhelaba cambiar su tiempo para llevar a España donde él pensaba que debía estar y no estaba. Dos apuntes pueden mostrarlo. Primero: «Mi larga lucha en la arena política (tres Ministerios, una Vicepresidencia y la Moncloa) responde a ese cuadro pesimista del oficio público, salvo en un paréntesis soleado y casi placentero: los tres años de negociación con el Mercado Común, los tres años en los que fui Ministro para las Relaciones con las Comunidades [Europeas]. Probablemente esa excepción se deba al carácter singular que tuvo aquella función negociadora dentro de la Administración Pública» (p. 143). 
Segundo: «Por entonces veía yo muy a menudo a Alfonso Guerra con ocasión de los Pactos Autonómicos, y en los descansos de la farragosa discusión me solía obsequiar con su mejor sonrisa (“cada gesto de su cara es un delito”, había dicho Cambó de Romanones con menos fundamento) mientras aseguraba: 
»—“No lo dudes, Presidente: nunca entraremos en la Alianza Atlántica”» (p. 134.) 
Cuando se publicó el libro, a la URSS le quedaba poco más de un año de vida y a Alfonso Guerra todavía menos tiempo como vicepresidente, después de haber convocado un referéndum para permanecer en la Alianza. A la cuestión autonómica, en cambio, le esperaba un recorrido más largo. 
Es de agradecer que Leopoldo Calvo-Sotelo quisiera redactar estas páginas que nos lo muestran como un maestro construyendo relatos y guardando recuerdos, enraizado en el poso que la buena literatura ha dejado en él: «Me acuso de haber buscado indistintamente, y sin éxito, la precisión y la literatura, y de haberme quedado casi siempre entre Pinto y Valdemoro» (p. 219). Ahí puede encontrarlo el lector. � 
NOTA (1) Leopoldo Calvo-Sotelo, Memoria viva de la transición, Barcelona, Plaza&Janés, 1990, p. 174. 

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