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Aunque todos los pronósticos aventuraban que la película del amor entre dos vaqueros barrería en la gala de los Oscar, Brokeback Mountain conquistó sólo la estatuilla al mejor director, que no es poca cosa, y dos figuras más en la pedrea de los premios menores, que estuvo muy repartida. Pero lo que sí ha conseguido Ang Lee, el director galardonado, es que la estampa del vaquero de Marlboro cobre una dimensión diferente a la hora de contar una historia con sus sentimientos. A John Ford no se le había ocurrido.


Esta audaz mirada sobre las relaciones humanas quizá pueda chocar en alguna parte, pero no en la España actual, donde el registro civil va a sustituir la vieja nomenclatura de padre y madre por progenitor A y progenitor B, después de que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se empeñase en sacar adelante una ley dando carácter de matrimonio a las uniones entre personas del mismo sexo. Un viejo chiste basado en el asombro que producía el afecto que se tenía una pareja, dado que la formaban dos números de la Guardia Civil, habrá perdido toda su gracia para las generaciones futuras.


Al hilo de la actualidad de los Oscar de Hollywood la figura del vaquero, ese hombre solitario acostumbrado a resolver problemas sin ayuda, que lo mismo se prepara un café al amanecer que da consejos con la pistola, como cantaba el mexicano Jorge Negrete en el corrido La feria de las flores, nos sirve para analizar a los dos vaqueros que tenemos en el primer plano de la política española, Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.


Estos dos políticos no se quieren nada, sino todo lo contrario. Se encuentran a mitad de un camino fundamental en sus vidas: uno, Zapatero, quiere revalidar el éxito imprevisto que obtuvo hace dos años, a raíz de un misterioso atentado que nadie ha conseguido todavía explicar. (Ahí sí que sería estupendo que el juez Del Olmo se transformase en Gary Cooper y, sin convertirse en «el juez de la horca», que aquí está prohibida, desentrañase lo que realmente pasó). El otro, Rajoy, después de haber sido el registrador más joven de España, de haber obtenido 23 matrículas de honor en 25 asignaturas de la carrera de Derecho, de ejercer como consejero en la Xunta de Galicia y como ministro en diversas carteras en los Gobiernos de Aznar, no tiene ahora más objetivo que recuperar el poder para el centro derecha y continuar la obra reformista de su predecesor y amigo, que, entre tres aspirantes a la herencia, decidió inclinarse por él.


Durante dos años Rajoy ha tenido que arrastrar una pesada carga: estaba destinado a ser jefe de Gobierno y no líder de la oposición. Por tanto, si el PP no despegaba en las encuestas, si el Gobierno, con sus poderosas armas y su creciente descaro, llevaba la iniciativa, es que él no estaba a la altura de las circunstancias. Pero en dos años de oposición ha conquistado el título de mejor parlamentario y, en cuestiones básicas para la vida de la nación, descuidadas por el Gobierno, ha tenido que representar un doble papel: ser el cabecilla de la oposición y, al tiempo, defender los intereses nacionales como si se sentase en el banco azul. Así pasó con el rechazo por las Cortes del secesionista Plan Ibarretxe. Ese día pudo decir, como Alfonso Guerra cuando era vicepresidente, que resultaba muy duro ser a la vez Gobierno y oposición. Bolívar y Bismarck en una persona, el imposible de Cambó.


Ahora, a mitad de la legislatura, Rajoy ha dado a los suyos la señal que estaban esperando. La deriva errática del Gobierno, enredado en dos asuntos de enorme calado, ha ayudado a ello. En la convención nacional del PP, celebrada durante tres días de marzo en la feria de Madrid, coincidiendo con el décimo aniversario de la victoria que lo llevó al poder por ocho años, los propósitos de Mariano Rajoy se han puesto vigorosamente de manifiesto. El lema de la convención, una asamblea del partido entre congresos, que, aunque no tiene capacidad para tomar acuerdos organizativos, sí que sirve para aquilatar posiciones, era, en su rotunda concisión, excelente: «Hay futuro».


La convención no sólo resultó moderna, alegre y bien organizada, sino que aportó ideas, movilizó a los jóvenes, hizo justicia al pasado y fue expresión de ese milagro político que proclaman las encuestas y que es la fidelidad de su electorado al Partido Popular. A una gente que no se derrumba después de los sombríos episodios acaecidos entre el 11 y el 14 de marzo de 2004, y a la que no sólo la desmontan lo conseguido, como el Plan Hidrológico o la Ley de Educación, sino que la invitan a contemplar, casi sin posibilidad de opinar, el espectáculo del incendio del Estatuto, que consagra a Cataluña como nación, o la negociación con los terroristas para conseguir una tregua «como sea», hay que decirle en voz alta que hay futuro.


Lo hizo Mariano Rajoy como remate a una convención en la que Aznar no escatimó su apoyo a su sucesor al frente del PP, y en la que contó con la claridad de ideas de los principales dirigentes del partido y la complicidad entusiasta de uno de los líderes más enérgicos, lúcidos y brillantes de la derecha europea, como es el ministro del Interior francés, Nicolás Sarkozy.


Rajoy, en un discurso largo, muy crítico con el Gobierno socialista y con su presidente, articuló su oferta a la sociedad española, se brindó a ser cauce político para los socialistas desengañados y tendió su mano a Zapatero para «evitar que se cometan errores de difícil arreglo» en dos temas vitales: la política antiterrorista y la organización territorial del Estado.


Como Zapatero y Rajoy se miran de reojo, el PSOE montó un show en Valladolid, con el pretexto de rematar una campaña informativa sobre la Ley de Dependencia, pero pensado para aminorar el eco de los tres días de cónclave popular, con titulares, fotos y espacios en las televisiones. El presidente del Gobierno no bajó la guardia y atacó todo lo que pudo al Partido Popular, del que dijo que repetía en esa convención «las viejas políticas y las viejas falsedades».


Eran otra vez los dos primeros vaqueros de la política española acariciando las culatas de los colts. Zapatero ha llegado a la mitad de su camino sabiendo que será difícil que, por mucho que uno quiera creerse lo que dice, que es en los gobernantes obligación similar a la fe que exhiben los entrenadores de fútbol, puedan repetirse las circunstancias que le llevaron al triunfo en las urnas el 14 de marzo de 2004. De ahí que busque ansiosamente atraerse a las minorías, a los nacionalistas, a las mujeres, a los nostálgicos de la República, sin es que quedan, al mundo radical, en el que se siente cómodo, para frenar el avance lento, tenaz, del PP. Todos contra el PP, como una repetición del Pacto del Tinell, será su receta para intentar seguir gobernando. Pero antes tendrá que pasar por las elecciones autonómicas y municipales, donde la oposición mostrará también toda su fuerza.


Y es que al otro extremo del camino Mariano Rajoy ha iniciado su andadura. El final de la película será como en los westerns tradicionales: uno de los dos contendiente tendrá que morder el polvo.


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