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En el prefacio que Gilíes Lipovetsky puso en 1983 a la colección de sus artículos titulada La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, hay un largo párrafo descriptivo de la sociedad postmoderna, que termina de la siguiente forma: “Ya ninguna ideología política es capaz de entusiasmar a la masa, la sociedad postmoderna no tiene ni ídolo ni tabú, ni tan solo imagen gloriosa de sí misma, ningún proyecto histórico movilizador, estamos ya regidos por el vacío, un vacío que no comporta, sin embargo, ni tragedia ni apocalipsis”.

La etimología de la voz “apocalipsis” sugiere la metáfora del velo envolviendo el secreto del mundo y la acción de retirarlo: retirar (apo) lo que oculta (calipso) para que lo oculto se manifieste. La verdad del mundo es como un regalo de Navidad. El afortunado palpa el regalo a través del envoltorio mientras los testigos del proceso apocalíptico de desgarrar el papel le invitan a que adivine el contenido, ¿qué será? Lipovetsky ha explorado el envoltorio de nuestra sociedad postmoderna en presencia de todos y ha exclamado con alegría: “¡está vacío!”.

Podía haber dicho: “no hay nada”, pero la Nada y el nihilismo en general tienen concomitancias existencialistas, y nuestro ensayista afirma que se trata de “un vacío que no comporta, sin embargo, ni tragedia ni apocalipsis”. Por eso prefiere el término “vacío”, que carece de los aspavientos del otro. ¿Qué es el vacío? Una nada sin freno, una nada deportiva, ecológica, cosquilleante. ¿Qué es el vacío? No busquen en otro sitio: el libro de Lipovetsky es él mismo un libro postmoderno en ese preciso sentido.

“Un vacío que no comporta, sin embargo, ni tragedia ni apocalipsis”. Esta frase trasciende un cierto humo autosatisfecho. En efecto, parece sentir más alegría por haber adivinado el contenido del regalo que enfado por el desaire de recibir un paquete vacío, envuelto en papel de celofán. Pero sobre todo es, paradójicamente, una frase muy apocalíptica: Lipovetsky cree haber rasgado (apo) el velo que ocultaba (calipsis) la esencia (vacía) de la sociedad (postmoderna). En consecuencia, cuando Lipovetsky declara que el vacío no comporta apocalipsis, esto es así no porque el apocalipsis haya perdido vigencia, sino porque, al contrario, el apocalipsis está más vigente que nunca y en realidad ya ha acontecido y es el desvelamiento del vacío -obrado en parte gracias al mismo Lipovetsky-. En suma, la “era del vacío” es la era del “apocalipsis consumado”.

Otra prueba. La evolución del campo semántico de una palabra ilustra sobre las transformaciones de una sociedad que confiere, andando el tiempo, significados sucesivos a esa palabra. En griego moderno αποкαλυπτω transitivo, significa “desvelar, descubrir, revelar”, como en la acepción primitiva; pero el intransitivo αποкαλυπτομοα significa “levantar el sombrero”, se entiende que en ademán de saludo. El apocalipsis se produce en las testas de nuestros contemporáneos cuando se destocan el sombrero para saludar gentilmente a quien se encuentran por la calle. Ahora bien, hoy nadie lleva sombrero, todos los cráneos circulan desnudos, luego el apocalipsis se ha producido ya.

He aquí la banalización en su grado máximo: de la revelación de todas las cosas en el final de los tiempos… a la coronilla destocada de su vecino o la suya propia. Sociedad mínima, trivial, sin “ideología que entusiasme a la masa”, “sin ídolo ni tabú”, dice la cita. De pronto, en esta sociedad del vacío experimentamos un profundo horror vacui. ¿Qué hacer con nuestra monumentalidad en este mundo archicotidiano?

Hay una salida. Comparar el levantamiento del velo que esconde el secreto del mundo con el levantamiento del sombrero para saludar al transeúnte representa, sin duda, un objetivo empobrecimiento. En algún lugar, Dámaso Alonso recomendó como regla básica de las metáforas que, de los términos que la metáfora pone en relación, el real y el metafórico, este último fuera mayor y más elevado que el real. Es decir, uno puede comparar, si le place, a la mujer amada con una diosa mitológica, pero no a una diosa con su amada; uno puede comparar los dientes de esa señora con el precioso marfil de Oriente, pero no el marfil con la dentadura de la mencionada.

Por lo mismo, no es correcto entablar relación entre el apocalipsis y las coronillas coetáneas en una dirección que va de la antigua grandiosidad del primero a la pequeñez de las segundas, sino al revés; no hay que comparar el apocalipsis con el cogote, sino el cogote con el apocalipsis. En resumen, esta sociedad nuestra tan vacía y postmoderna resulta ser la más monumental de cuantas nunca han existido, toda vez que nunca antes se había nadie atrevido a ennoblecer y subir tan alto esa honesta pero discreta parte de nuestra anatomía.


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Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) es doctor en Filosofía y licenciado en Filología Clásica y en Derecho. En 1993 ganó las oposiciones al cuerpo de Letrados del Consejo de Estado con el número 1 de su promoción. Desde 2003 es director de la Fundación Juan March. A lo largo de una década publicó cuatro libros en torno a la ejemplaridad: Imitación y experiencia (2003), Aquiles en el gineceo (2007), Ejemplaridad pública (2009) y Necesario pero imposible (2013). Ha reunido su producción ensayística en dos compilaciones: Tetralogía de la ejemplaridad (2014) y Filosofía mundana. Microensayos completos (2016). En 2004, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo por su primer libro. Es patrono del Teatro Real y del Teatro Abadía. Miembro del Consejo de Dirección de Nueva Revista.