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HACIA UN NUEVO ORDEN GEOPÓLITICO

Crimea ha pasado a manos rusas casi por arte de birlibirloque, sin apenas pegar un tiro, con la poco convincente oposición diplomática de occidente, en un paso que todos consideran prácticamente irreversible. La creciente visibilidad de la oposición política rusa (a pesar de las fuertes presiones, encarcelamientos y amenazas contra sus líderes) preocupaban al todopoderoso Putin meses atrás. Pero su brillante actuación en Crimea (no puede sino calificarse así, a pesar de la ilegalidad del acto) le ha aupado hasta el 80% de popularidad en una sociedad rusa deseosa de recuperar el brillo perdido y el orgullo nacional en la escena mundial. Las intenciones de Putin de recuperar el estatuto de Rusia como potencia mundial fueron meridianamente manifestadas en su discurso en la conferencia de Seguridad de Múnich en 2007. «Победа» («victoria», en español) es una palabra grabada a fuego en el alma rusa, enraizada en el sentimiento de la patria común como realidad histórica, cultural y religiosa. El desafortunado comentario de Obama sobre Rusia al reducirla a mera «potencia regional», es, una vez más, muestra de una miopía histórica norteamericana, cuando no, una forma gratuita de horadar más, si cabe, el orgullo ruso, obstinado en la consecución de la victoria.

El debilitamiento del sentido de patria y de religión en buena parte de las sociedades occidentales, pegajosamente adheridas a un manifiesto utilitarismo pragmático tintado de agnosticismo, les inhabilita para comprender estos factores culturales presentes en la política rusa, interna e internacional. Muy esclarecedora, al respecto, es la explicación de las motivaciones profundas de la estrategia global de Putin, incluyendo su actitud respecto a ucrania, dada por Lilia Shevtsova en su libro Inter regnum: Russia between past and future (2014). En síntesis, los fundamentos de la motivación rusa son, según Shevtsova, la asunción de que: a) Rusia es una civilización «única» y debe contener a un occidente sin moral; b) Rusia solo puede existir como un centro de la galaxia, alrededor de la cual orbitan estados satélites; y c) Rusia es el pilar de la civilización, cuya misión es defender los «valores tradicionales» a nivel mundial. Estas ideas responden bien al concepto cultural y espiritual de «mundo ruso» (Русский мир), que sustenta una visión política transnacional. Las consecuencias geopolíticas de estas premisas doctrinales son evidentes, y Crimea (y, en general, Ucrania) es una concreta expresión de esta nueva era en la que el status quo creado tras el fin de la guerra fría ha llegado a su fin. Para Putin, tanto las reglas internacionales como las actuales fronteras son completamente artificiales, contrarias a la naturaleza de las cosas, que pasa por la predominancia de la realidad cultural y religiosa en la configuración del espacio político.

No es fácil prever cómo cuajará este periodo de transición geopolítica en el que nos encontramos, pero Rusia ha decidido no solo abrir esta nueva etapa, sino ser actor principal en su configuración. Putin ha sabido extraer, al menos a corto plazo, réditos del desinterés norteamericano por Europa, de la maraña de intereses cruzados de las empresas europeas y de la irresponsable falta de recursos militares de la mayoría de los gobiernos europeos. Las sociedades europeas han aceptado de muy buena gana un ilusorio y peligroso dogma posmoderno, a saber, que estamos en la era de la paz perpetua en Europa, que hace innecesaria la protección de la paz lograda. Putin no está loco ni ha perdido el contacto con la realidad, como algunos afirman. Juega y jugará estratégicamente, con discernimiento casi predatorio de la debilidad ajena, y con una determinación mayor que la poseída por sus rivales, de forma «estratégicamente audaz, pero tácticamente flexible», en palabras del Ministro polaco de asuntos exteriores, Radoslaw Sikorski. La desnortada otan no parece ser tampoco convincente oponente para Putin en esta pugna por ucrania. Su respuesta (dirigida por ee.uu.) ha sido débil en la práctica, a pesar de las insistentes llamadas, sobre todo, de Polonia y de las tres repúblicas bálticas.

Está por ver la eficiencia de las sanciones adoptadas como respuesta al golpe maestro tanto por el gobierno de Obama como por la unión europea. Líderes rusos ya han enviado a occidente el mensaje de que suplirán tales restricciones comerciales con el aumento del comercio con los países restantes del brics(Brasil, China, India, Sudáfrica). En particular, el gas y el petróleo rusos tienen actualmente fácil salida en el mercado internacional en el que las necesidades energéticas van en aumento y los nuevos actores económicos globales parecen no terminar de saciar su apetito de combustibles fósiles. Putin acaba de firmar un acuerdo de suministro de gas durante treinta años a china, de enormes proporciones (en torno a 40.000 millones de metros cúbicos anuales a partir de 2018). Este es un paso importante que trata, además, de apuntalar el papel asiático de Rusia, en un momento especialmente relevante en el que un nuevo acuerdo de asociación transpacífico está siendo promovido por Obama. A ello hay que sumar el pre-visible aumento del uso de monedas asiáticas alternativas al dólar en los nuevos contratos.

Nuevas sanciones más agresivas contra Rusia tendrían un efecto bumerán altamente negativo para la ue. Rusia exporta por valor de 206.478 mil millones de euros a la ue (de ellos, 160.589 mil millones en concepto de combustibles), que, a su vez, envía bienes por valor de 119.775 mil millones de euros al gigante euroasiático (eurostat, 2013). es prácticamente imposible que los efectos de las sanciones dirigidas contra Rusia, en particular las energéticas, no tengan efectos incluso globales, respecto de países productores y consumidores como afirma Deborah Gordon, del Carnegie Endowment for International Peace. Rusia es el tercer país en el ranking de mayores de productores mundiales de combustibles líquidos y el segundo de gas natural seco. El nivel de dependencia de miembros de la uecomo Bulgaria, Letonia, Lituania, Finlandia, Estonia y Eslovaquia de los suministros de gas ruso es del 100%. En general, Rusia proporciona el 34% del gas utilizado para calentar los hogares, cocinar y producir energía en toda la ue, la mitad del cual se recibe a través de ucrania. Y, por si fuera poco, suministra una cuarta parte del uranio que utiliza la ue. Países como Francia se encuentran francamente desincentivados para ir más allá de la situación presente: Rusia es el principal mercado mundial del grupo francés Danone (11% ventas en 2013); el 8% ventas mundiales de Renault-Nissan (2013); dos buques de guerra de la clase Mistral están siendo construidos por Francia para la Marina rusa. Tampoco España ha mostrado interés en ver reducido el número de turistas rusos (millón y medio en 2013). Por el contrario, la crisis energética que se avecina es una oportunidad de negocio para compensar con gas natural licuado y con el gas norteafricano que atraviesa el territorio nacional hasta el 10% de las provisiones de gas ruso.

En el caso de Alemania, 6.000 empresas y 300.000 puestos de trabajo están directamente vinculados a sus relaciones con Rusia. No es de extrañar que el ex canciller Helmut Schmidt se haya unido al coro de opositores, que consideran la adopción de sanciones contra Rusia —más allá de las simbólicamente decididas— como una irracional actitud de apedrear el tejado propio. En la misma línea (aunque con menor imparcialidad, dado sus vinculaciones con gazprom), otro ex canciller, Schroeder, ha recordado la inutilidad de la lógica sancionatoria. Por otro lado, casi 40.000 millones de euros procedentes de ciertos «limbos» fiscales europeos (Países Bajos, Irlanda, Chipre y Luxemburgo) fueron invertidos en Rusia en 2012. La dependencia bancaria chipriota del dinero de origen ruso es bien conocida. La actitud de Polonia es, comprensiblemente, distinta al del resto de socios de la ue: se ha convertido en el líder más firme, no solamente en el área económica, sino incluso militar, solicitando incluso la presencia significativa de tropas militares de la otan.

Es cierto que el rublo ha comenzado a sufrir tensiones y ha caído un 4,4% respecto del euro solo en el mes de febrero (algo que, por otro lado, algunos interpretan positivamente como factor de competitividad rusa en el exterior). El desafío para Rusia será realmente hacer frente a la pérdida de credibilidad en el entorno mundial, lo que afectará al mercado de bonos, la bolsa y a las inversiones extranjeras en el país. Pero no se puede negar que Rusia ha crecido exponencialmente en los últimos años: su pib per cápita ha pasado de 6.177 euros en 2009 a 10.925,4 euros en 2012. La clase media constituía en Rusia el 30% de su población en 2001: en 2010 ha pasado a ser, según datos del Banco Mundial, el 60% de la misma, reduciéndose en el mismo periodo la pobreza del 35% al 10%. Sin embargo, el futuro es económicamente (y, sobre todo, demográficamente) menos optimista, por la deceleración en el crecimiento, que podría llegar a ser cero ya en este año. Algo ciertamente peligroso cuando hablamos de la quinta potencia económica mundial, con una inversión militar que ha aumentado significativamente (por primera vez en quince años es mayor en términos de pibque la realizada por ee.uu., según el instituto de investigación de la paz internacional de Estocolmo).

La reciente firma de la parte política del acuerdo de libre comercio entre Ucrania y la uees un mensaje forzado que no permitirá la vuelta atrás del territorio ribereño del mar negro, ni solucionará el conflicto abierto en el sur y este del país. Además de la respuesta económica (mediatizada por los propios intereses empresariales de buena parte de la miembros de la ue), los líderes del G-7 reunidos en la Haya y Bruselas no han invitado a Putin a sus reuniones, en un paso más hacia el pretendido aislamiento político de Rusia en la escena internacional, algo que se observa con cierta dificultad; de hecho, sigue siendo parte del más importante G-20. Por otro lado, china se abstuvo en la votación del consejo de Seguridad de naciones unidas para condenar la invasión de Ucrania, aunque ha mostrado su respeto a la «independencia, soberanía e integridad territorial» de ucrania, llamando repetidamente al diálogo entre las partes implicadas. India no ha apoyado las medidas económicas contra Rusia, y Brasil ha sido acusada de un silencio cómplice, que finalmente ha tenido que romper con unas declaraciones algo ambiguas. Una potencia regional, Turquía, sigue de cerca el trato que se le proporciona a la minoría tártara, y Erdogan, para no ser menos que otros, ya ha adelantado que cerrará el estrecho del Bósforo a los buques rusos si no se respeta a la minoría tártara. En este contexto, un orgulloso Putin se paseaba en barco por el puerto de Sebastopol en la emotiva celebración de la victoria en la «gran guerra patria» (como se le conoce en Rusia a la Segunda guerra Mundial) el 9 de mayo, rindiendo honores a cada uno de los buques militares alineados en impresionante imagen.

EL MANTENIMIENTO DE LA UNIDAD DE UCRANIA

El clima de guerra civil en Ucrania es palpable, y la declaración de independencia de Donetsk y Lugansk el 11 de mayo, seguida de su petición de incorporación a Rusia, marcan el paso del eventual desmembramiento de Ucrania en dos partes. El reconocimiento oficial de las dos nuevas repúblicas por Moscú todavía no se ha producido, y será una nueva baza favorable en las negociaciones, para reafirmar la necesidad, como ha propuesto Rusia, de un estado federal. Los últimos fatales sucesos en Odesa, donde murieron cruelmente docenas de prorrusos, auguran un nuevo escenario de difícil gestión para las autoridades ucranianas. Odesa es un puerto crucial para las exportaciones ucranianas, pero su situación entre Crimea y Transnistria, bajo control ruso, hacen compleja su defensa territorial. El hecho de que, además, un 30% de la población es de etnia rusa, añade un factor desestabilizador para su mantenimiento como territorio ucraniano.

Los lazos industriales y militares de Rusia con el este y sur de ucrania hacen inaceptable para aquella su total pérdida. Una nada desdeñable parte de las necesidades militares rusas se cubren con la producción de más de cincuenta fábricas ucranianas: por ejemplo, el 60% de los engranajes para su industria naval de guerra se producen en Mykolayiv; misiles balísticos intercontinentales se fabrican en Dnepropetrovsk; y motores de helicópteros, aviones de combate y transporte en Zaporizhzhya. Todas estas ciudades ucranianas se encuentran en el sur y el este de Kiev, lo que refuerza la idea de que Rusia no permitirá que escapen a su control directo o indirecto. Su ministro de asuntos exteriores ha sugerido que no está en la agenda la anexión de estos territorios al estilo de Crimea: bastaría la creación de un estado federal ucraniano, donde la independencia de tales repúblicas pendería como amenaza permanente sobre las autoridades ucranianas, para evitar una excesiva «europeización» perjudicial para los intereses prorrusos.

Ucrania es una pieza más del puzle de las relaciones exteriores de Rusia. La presión ejercida por Putin sobre ciertos países para incorporarse al espacio económico euroasiático como alternativa a la uedio resultado en el caso de Armenia. Con Georgia no tuvo éxito, ya que está prevista la firma del acuerdo de asociación con la ueel 27 de junio de este año. Más preocupante resulta la presencia de más de un millón de rusos en los países bálticos, sobre todo en estonia (24,8% de la población total) y letonia (26,2%). pero es, sobre todo, el este de Moldavia, y en particular la franja territorial que se declaró independiente en 1990 denominada Transnistria —con algo más de medio millón de habitantes (un tercio de ellos rusos)—, la que puede ser utilizada políticamente por Rusia, por estar bajo «la autoridad efectiva, o al menos bajo influencia decisiva de la Federación rusa», tal y como reconoció el tribunal de Estrasburgo (caso Ilaşcu y otros contra Moldavia y Rusia, 2004). el parlamento de Transnistria aprobó unánimemente el pasado 16 de abril solicitar a Rusia el reconocimiento de su independencia, como paso previo para su incorporación a la Federación rusa. existe el problema añadido de la región autónoma moldava de Gagauzia, que el pasado 2 de febrero votó a favor de unirse a la unión aduanera rusa en lugar de la ue, en un referéndum declarado ilegal por las autoridades moldavas. Rusia jugará, sin duda, con el peón moldavo en el tablero ajedrecístico en sus relaciones exteriores, habida cuenta de que ya están destacados en Transnistria alrededor de 1.500 soldados rusos. La firma del acuerdo de asociación de Moldavia con la ue está prevista para el 27 de junio de este año, para evitar, en palabras de Jean-Claude Juncker, que esta sea la próxima Crimea.

ENERGÍA Y GEOPOLÍTICA

Algunos socios comerciales europeos de Rusia han tomado nota de la actitud del Kremlin, y han comenzado a repensar sus políticas energéticas. Polonia, por ejemplo, ha decidido lanzarse al fracking (técnica extractiva del gas y petróleo mediante fractura hidráulica) y aprobó el pasado enero la construcción de su primera central nuclear, que entrará en funcionamiento en 2024. Van Rompuy ha postulado recientemente la necesidad de relanzar la nueva política energética europea, aumentando la cuota de las energías renovables, intercambiando información sobre las condiciones de los contratos de gas, intensificando las interconexiones entre estados miembros —sobre todo en la península ibérica y el Mediterráneo—, e incrementando las rutas de suministro hacia Europa, en particular, el desarrollo del corredor sur que permitirá el transporte de gas desde Azerbaiyán y buscar fórmulas para importar gas natural de ee.uu.Si se lleva a la práctica esta política energética que busca reducir sustancialmente la dependencia europea de Rusia, la uese encontrará en una posición más confortable para adoptar medidas de mayor calado a largo plazo. Pero aún se tardarán demasiados años. Tampoco la perspectiva de que Europa reciba grandes cantidades de gas norteamericano parece conciliable con los intereses de las empresas, que encuentran el mercado asiático más atractivo por sus precios más altos, sin contar con que el precio del gas licuado sería un 35-40% superior al de origen ruso.

CONCLUSIÓN

Ucrania tiene vocación geográfica y cultural de ser puente entre Europa y Rusia, y no es necesario, quizás, ponerle en el brete de tener que decidirse por una u otra. Esta tesis, defendida por el ministro francés de asuntos exteriores, Laurent Fabius, se muestra cada vez más razonable, a la vista de la desgraciada explotación de las diferencias culturales, étnica y lingüística por parte de unos y otros, en claro perjuicio de la integridad del país. Es probable que, llegado a este punto, la única opción realista sea la constitución de una federación ucraniana, lo que, de nuevo, sería una victoria estratégica del Kremlin, que solo admitiría tal posibilidad o un (poco probable) gobierno prorruso en Kiev. La hoja de ruta distribuida por la osceel 7 de mayo entre los firmantes de la Declaración de Ginebra (17 abril) ha sido superada por los acontecimientos posteriores, y aunque es difícil predecir la evolución de los acontecimientos tras la elección presidencial, es claro que Rusia quiere construir no solo una zona de influencia económica y política, sino una verdadera constelación lingüística y cultural. Para ello no es de esperar que Putin dé un paso atrás, sino más bien que mueva las piezas del puzle (minorías rusas en terceros países; energía como factor de presión, etc.) con vistas a la recomposición del «universo rusófilo» no basado en los principios soviéticos, sino más bien en la visión espiritual y religiosa del poder político como una especie de «pater familias», más cercana al modelo imperial ortodoxo. •


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