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Ni siquiera después de las elecciones. Sí, claro, el resultado electoral apareció en primera plana; los días siguientes se analizaron los resultados, se comentaron las opciones para formar gobierno. ¿Y después? ¿Es que ya hay gobierno? No, no lo hay. Y las previsiones son que no lo habrá hasta diciembre. Hasta entonces, negociaciones. ¿Y qué dice la prensa? La edición digital del Frankfurter Allgemeine Zeitung del día en que se hace la revisión final de este artículo (domingo, 27 de octubre, por la tarde) no incluye en portada ninguna información sobre el tema; el Süddeutsche Zeitung, otro periódico que —dicen— leen los intelectuales, solo un comentario sobre un acercamiento del partido socialcristiano bávaro a las tesis socialdemócratas en política migratoria, concretamente en el tema de la doble nacionalidad. Nada en el semanario Die Zeit, otro referente, ni en Der Spiegel. Claro, es domingo, ha explotado el asunto del espionaje americano en Alemania, ha fallecido Lou Reed… Pero si la formación del gobierno tuviera mucha emoción, habría —también en domingo y con otras prioridades— análisis, comentarios, suposiciones o, al menos, rumores. Pero no.

Al final, es un poco como los trajes de la canciller: se sabe que puede cambiar el color y el tono, pero que lo básico —el corte, la forma, el estilo— se mantendrá. Allá va Merkel por tercera vez, otra vez —como hace años— con los socialdemócratas, que probablemente conseguirán más ministerios de los que en puridad les corresponden (cuando se escribe el artículo están en marcha las negociaciones y se rumorea que lo que se hará es aumentar el número de ministerios, para dejarles contentos y mantener el equilibrio). Conseguirán quizá más ministerios, pero pocos contenidos. Cambiará un poquito el tono del traje, pero el corte y el estilo se mantendrán. Porque ella es la única que no ha perdido las elecciones y casi incluso se podría decir que —a diferencia de lo que ha sido habitual en las últimas elecciones en Europa, que no las ganaba nadie, sino que las perdía alguien— incluso las ha ganado, si no fuera porque no las han perdido los liberales y los verdes y la izquierda y los disidentes euroescépticos del partido de Merkel, o sea, todos los demás e incluso los socialdemócratas, que han remontado un poco respecto de la desastrosa última vez, pero están a años luz de un gobierno que no implique coalición con los indeseados de izquierdas. Con los que esta vez no han querido coaligarse (en algún land sí lo han hecho), lo que, si se juntaban con los verdes, matemáticamente les hubiera dado una mayoría. Es una buena noticia saber que la socialdemocracia alemana reconoce unos límites para el ejercicio del poder que van más allá de lo fácticamente posible. Porque Die Linke, esa amalgama de postcomunistas, nostálgicos de la República Democrática Alemana, desencantados del SPD, socialistas utópicos, realmente no parecen un socio muy fiable.

Este resultado, con la CDU rozando la mayoría absoluta (cinco escaños le han faltado), se ha conseguido con una participación del 71,5%, levemente por encima de las del 2009, pero muy por debajo no solo de las cifras míticas de los comienzos de la República o los años del «furor político» (¡91% en 1972!) sino también de los 78 o 79% de 2002 o 2005. Al fin y al cabo, siete de cada diez ciudadanos han ido a las urnas para, finalmente, refrendar el curso poco glamuroso pero parece que eficaz y satisfactorio de Angela Merkel (y Wolfgang Schäuble, con permiso).

Los temas que ahora se debaten en la antesala de formar gobierno son muy poco apasionantes, tienen muy poco «glamour». Al menos en las negociaciones con los socialdemócratas. El salario mínimo, el pago de tasas en autopistas para los camiones, alguna subida de impuestos, algo sobre el ritmo del viraje energético, algún detalle de política europea… No parecen los mimbres para cestos novedosos. Ni para que retorne el entusiasmo (o al menos el interés) por la vida política. El modelo básico, como los trajes de Merkel, se mantendrá.

Para mayor complejidad, en las negociaciones, junto a los temas en que se manifiestan las diferencias entre los partidos, aparecen otros asuntos en los que la tensión no es tanto entre los partidos cuanto entre el nivel federal y los länder, que en ocasiones forman alianzas suprapartidistas para enfrentarse al gobierno federal. Porque el panorama en los länder es bastante complejo. En Baviera, los socialcristianos, ahora en solitario. En Hessen, ya veremos (se está negociando gobierno). En Hamburgo, los socialdemócratas. En todos los demás, coaliciones: de SPD y Verdes (6, en un land junto con un partido de la minoría danesa), de CDU y SPD (5), más uno de SPD y Die Linke («La izquierda») y uno de la CDU con los liberales. Un panorama variopinto que no da mayoría al gobierno federal y que permite que, a veces, incluso presidentes de gobiernos regionales de la CDU no se alineen con «su» gobierno federal por exigencias de su socio en la coalición. En este panorama multicolor —siempre teniendo en cuenta que el Bundesrat es una verdadera segunda cámara, con capacidad de bloquear o al menos dificultar considerablemente los proyectos gubernamentales— emergen sobre todo tres personalidades: junto al ya citado Winfried Kretzschmann, único presidente verde (y con corbata) que gobierna junto con la SPD, son el bávaro Horst Seehofer y Hannelore Kraft, que con los verdes gobierna el land más populoso, Renania del Norte-Westfalia, y que en algunos momentos de las conversaciones con la CDU fue la voz disidente más característica.

Ahora, ya están distribuidas las tareas para la negociación, en doce grupos de trabajo y con importante presencia de políticos regionales.

En el plano federal, lo que está claro es que el SPD tendrá que seguir a la busca de un líder y candidato. El que presentaron esta vez, Peer Steinbrück, seguramente sabe de lo suyo (fue un digno ministro de Hacienda… con Merkel), pero ha sido su peor enemigo, con algunas declaraciones insensatas e inoportunas. Problema de imagen, sin duda. Y Steinbrück se ha retirado de la vida política. Las negociaciones las capitanea Siegmar Gabriel, presidente del partido, a quien parece que le gusta la idea de llegar a ser vicepresidente del gobierno como ministro de Trabajo.

También los liberales andan a la búsqueda del líder perdido. Porque sus últimos presidentes del partido, Westerwelle y Rösner, han sido incapaces de mostrar qué significa ser liberal y por qué, por tanto, compensa votar a ese partido. Su candidato está vez, Rainer Brüderle, seguramente sabe de lo suyo (fue un digno ministro de Economía… con Merkel), pero ha tenido algún desliz machista y ha conseguido así ser su peor enemigo. Problema de imagen en su caso y de falta de sustancia en el de los dos presidentes. Todos ellos desaparecerán también de la vida política, al menos de primera línea. Porque han llevado al Partido Liberal a que, por primera vez en la historia de la República Federal de Alemania, desapareciera del Parlamento, un partido que ha sido el fiel de la balanza que ha hecho cambiar gobiernos, un partido que aportó figuras de la talla del primer presidente de la República, Theodor Heuss, o del sempiterno ministro de Asuntos Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, personalidades fuertes. Ubi sunt?

Además, Merkel, gran oteadora de los vientos, ha asumido del liberalismo lo que parece dar votos. Lo mismo ha hecho con la socialdemocracia. Y lo mismo con los verdes, por cierto. Aquellos hijos del 68 para quienes la democracia cristiana era la despreciable burguesía conservadora, con la que ahora han conversado seriamente, según se dice, aunque finalmente no han entablado negociaciones, quizá porque sencillamente aún no se ven yendo de la mano con quienes en su imaginario representaban lo peor de la caduca República. Pero ya han descubierto que no pueden simplemente estar en contra de «die Wirtschaft», el mundo económico, y ya lo mencionan, ese mundo antes denostado y ahora al menos interlocutor posible, quizá incluso interesante o necesario. Están en seis gobiernos regionales, en uno de ellos han nombrado al presidente de gobierno —el interesante Winfried Kretzschmann en Baden- Württemberg— y en Hessen probablemente acaben en una coalición con los de la democracia cristiana. Un primer experimento (después de otro fallido en Renania del Norte-Westfalia). Se ven a sí mismos como representantes de la «sociedad civil», frente a quienes representan al «mercado» (la democracia cristiana) y quienes representan al «Estado» (los socialdemócratas). Y argumentan que «la economía» también está dentro de la sociedad civil. Esto quienes más intentan superar dogmatismos fundamentalistas. Porque en los verdes siguen latiendo varios corazones.

En algunos momento incluso se han oído voces según las cuales ellos eran los verdaderos liberales, en un intento por recoger los restos del naufragio, a un electorado liberal muy frustrado y desengañado por los líderes de «su» partido.

Su líder, el ya clásico y carismático Jürgen Trittin, también sufrió un traspiés (que sin duda contribuyó a la radical bajada de votos) cuando se descubrió que en sus inicios, cuando los verdes eran una miscelánea que recogía muy diversos grupos unidos por el descontento y la protesta, fue responsable de un programa electoral en que se pedía la legalización de la pederastia. Tampoco él jugará un gran papel en el futuro.

Por cierto, la elección de la nueva cúpula parlamentaria de los verdes no va para nada en esa dirección más pragmática: los dos portavoces pertenecen más bien al núcleo duro, poco amigo de acercamientos. Y no forman parte de la «vieja guardia», son más bien valores emergentes, lo que demuestra lo dicho: hay sensibilidades diversas dentro del partido.

Al final, queda la solidez de Merkel y los bávaros. Que con mucho gruñir aceptaron a los verdes como interlocutores —de los que les separa en muchos temas menos de lo que parece— y a los socialdemócratas como socios. De los que quizá les separa, en el fondo, más que de los verdes. En el fondo, pero quizá no en las formas.

Socios socialdemócratas que podrán cambiar un poco el tono de los trajes de la canciller, pero no su hechura ni su estilo. También porque, cuando las negociaciones todavía son incipientes, ya están hablando —entre ellos y bajito— de qué ministerios quieren ocupar y con qué personas. Cuando oficialmente se ha dicho que eso vendrá al final, que lo importante son los acuerdos en los temas. Parece que aceptan que el casi omnipotente ministro de Hacienda (el número dos fáctico del gobierno) siga siendo Wolfgang Schäuble, con lo que el curso alemán en Europa y, por tanto, el curso de Europa, seguirá siendo el mismo. En algún momento los socialdemócratas aspiraron  ese puesto, pero ya vieron que ahí Merkel no iba a ceder.

Y como la política europea básicamente se hace desde el Ministerio de Hacienda (con permiso de Merkel, claro), tampoco aquí son de esperar grandes cambios. Quizá un poquito de relajación de la política de austeridad (aunque en medio de las negociaciones de gobierno Wolfgang Schäuble ya ha declarado que no se debe permitir un mayor endeudamiento) y, si al final, como parece, el Partido Social Demócrata se hace con un reforzado Ministerio de Trabajo, quizá haya una mayor simpatía por las medidas de fomento de la economía y del empleo.

En suma: poco «glamour», demasiada transparencia para ciertas aspiraciones personales, negociaciones de detalle en temas que no apasionan a la opinión pública, el gran diseño político sigue sin aparecer. La solidez de Merkel, incuestionada dentro de su partido, sin nadie ya que pueda hacerle sombra; y la solidez de la CSU bávara, que en las elecciones regionales poco antes de las generales se hizo con la mayoría absoluta, de nuevo, tras un breve paréntesis en que tuvieron que gobernar con los liberales, caídos también en el Parlamento bávaro.

Otro país, con los resultados de estas elecciones, quizá fuera ingobernable. Alemania seguirá sin dar grandes sustos. Cuadrado, práctico, bueno. Era la publicidad de un chocolate. Es la marca de la casa. Sin muchas florituras ni grandes adornos. Con mando en plaza cuando interesa. Y lo demás son matices. _


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