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9 de marzo de 2026 - 12min.
Avance
La universidad posee un enorme potencial transformador y un papel esencial en la respuesta a los retos globales. Para ejercerlo debe analizar sus propios desafíos institucionales en un contexto internacional competitivo y de cambios acelerados. Si quiere liderar las transformaciones sociales con perspectiva ética y en un mundo global, es necesaria la cooperación interuniversitaria. Su misión se sustenta en tres valores: autonomía, generación de conocimiento independiente y de calidad, y transferencia del saber a la sociedad.
En este marco, el sistema universitario español afronta cuatro grandes retos.
El primero, la formación a lo largo de la vida, exige que las universidades adapten su oferta a las necesidades demográficas y laborales, impulsando el reciclaje profesional. La disminución de la población obliga a repensar la misión docente y promover programas flexibles, como las microcredenciales. También debe abordarse el desajuste entre las preferencias estudiantiles y la demanda de especialistas STEM, así como reforzar la cooperación con la formación profesional: el desafío de alinearse con el mercado laboral persiste.
El segundo reto es la generación de conocimiento y su transferencia. A pesar de que España invierte poco en I+D, sus universidades producen resultados científicos superiores a lo esperable. Sin embargo, la transferencia tecnológica sigue siendo limitada y el problema no reside en la falta de colaboración con las empresas, sino en la estructura productiva dominada por pymes con escasa capacidad de innovación. Se requieren marcos más ágiles para la colaboración y el desarrollo de incentivos.
El tercer desafío es la internacionalización. Aunque las universidades españolas han avanzado mediante dobles titulaciones, consorcios europeos y el programa Erasmus, el porcentaje de estudiantes extranjeros (3,4 por ciento) sigue por debajo del promedio de la OCDE (6,4 por ciento). Convertirse en polo de atracción internacional exige políticas más ambiciosas y mayor flexibilidad administrativa.
Finalmente, la necesidad de tejer alianzas se presenta como un eje estratégico. La cooperación interuniversitaria, tanto europea como iberoamericana y nacional, fortalece la investigación, la innovación y la inclusión. Sin embargo, enfrenta obstáculos normativos, económicos y culturales.
ArtÍculo
L a universidad tiene la capacidad de transformar la sociedad y un potencial formidable para hacer frente a los retos —ambientales, tecnológicos, económicos y sociales— que compartimos como sociedad. Pero si queremos aprovechar todo ese potencial para contribuir al progreso social de manera sostenible, resulta indispensable que la universidad identifique sus propios desafíos como institución de educación superior y de investigación. La reflexión debe tener como marco el contexto internacional, cada vez más competitivo, y la época de cambios profundos y acelerados que vivimos.
Presento a continuación, y de forma sintética, algunos de los retos más relevantes que afrontamos, no sin antes apuntar que, si queremos liderar transformaciones sociales con perspectiva ética y en un mundo global, es necesaria la cooperación interuniversitaria. También es imprescindible que la universidad preserve sus valores esenciales, que pueden sintetizarse en tres: autonomía universitaria frente a injerencias políticas o derivadas de intereses económicos; compromiso con la generación de conocimiento independiente y de calidad; y transferencia de ese conocimiento científico, cultural y lingüístico a la sociedad.
En este contexto, abordo a continuación cuatro de los principales retos de futuro a los que se enfrenta el sistema universitario español.
Es esencial que la oferta académica de las universidades responda a las necesidades sociales. En este sentido, uno de los retos que debemos tener presente es el demográfico. En general, la caída de la población va a exigir a las universidades una adaptación de la oferta formativa y repensar su misión docente para garantizar el aprendizaje a lo largo de la vida, de manera que facilitemos la especialización, el reciclaje profesional y, en paralelo, el acceso a una formación que facilite el envejecimiento activo. Por ello, debemos prestar una mayor atención a la oferta de programas de formación continua con formatos y métodos diversos y más flexibles. En este sentido, las microcredenciales abren una oportunidad que las universidades deben saber aprovechar.
En este ámbito, otro reto es la preocupante diferencia entre las preferencias de los estudiantes y las necesidades de un mercado laboral que reclama especialistas STEM para afrontar la cuarta revolución industrial. Las universidades orientamos nuestra oferta al estudiantado; y si las preferencias de los jóvenes no responden a las demandas del mercado laboral, encontrar la clave de ese desajuste es tarea de todos, no solo de las universidades. Y, en paralelo, también se debe abordar de manera decisiva la relación/ cooperación con la formación profesional.
Es indiscutible que debemos continuar con los cambios que sean necesarios para, entre otras cosas, mejorar y facilitar la empleabilidad de nuestros egresados, pero también es de justicia reconocer que en nuestras universidades ya se está haciendo una buena labor en este campo. Así, el QS World Ranking University. Graduate employability situaba a 15 universidades españolas entre las 300 mejores del mundo por su efectiva contribución a la empleabilidad de sus egresados.
El informe Universidad en Cifras 2024 (UEC) concluye que la investigación que realizan nuestras universidades está por encima de la que correspondería de acuerdo a la inversión realizada. En 2021, España destinaba a la I+D poco más de la mitad de los recursos medios de la OCDE. Y, a pesar de que la inversión en I+D de España solo supone un 1 por ciento del total mundial, la producción científica española alcanza el 3,3 por ciento. El triple de lo esperable. Es más, siendo el antepenúltimo país en inversión en I+D de entre los 24 países analizados en UEC, España es el sexto en universidades en el Top 1000 del Academic Ranking of World Universities (ARWU) 2024.
Sin embargo, es necesario desarrollar mucho más nuestras actividades de transferencia de conocimiento. Así, por ejemplo, el porcentaje de patentes triádicas1 es del 0,60 por ciento de la producción mundial, es decir, producimos once veces menos que un país, por ejemplo, como Corea del Sur.
Dicho esto, no nos equivoquemos en el origen del problema. Los datos muestran que la principal razón no obedece a una escasa relación de la Universidad con la empresa como algunos parecen sostener. De hecho, somos el tercer país de la OCDE en el que las universidades ejecutan más I+D financiada por las empresas.
Dicho de otro modo, cuando las empresas apuestan por proyectos de investigación, recurren a las universidades para ejecutarlos. No hay, pues, dificultad expresa para colaborar. Otro tema es que el sector productivo español esté compuesto, fundamentalmente, por pymes y micropymes con poca capacidad para aprovechar la I+D+I que ofrecen las universidades.
Es obligado continuar favoreciendo la relación de las universidades con el tejido productivo, propiciando un marco más adecuado y ágil con los sistemas de justificación de gastos e inversión propios de la contratación privada, cuando este es el origen de los recursos, y se requieren tiempos de respuesta que nada tienen que ver con los que conllevan los procedimientos de la contratación pública. Por otro lado, se necesita avanzar en la implantación del sexenio de transferencia, que puede ser un incentivo para fortalecer las relaciones con el tejido productivo y la sociedad en general, y contribuirá a la mejor y más rápida puesta en valor mediante la transferencia de conocimiento.
Las universidades españolas han avanzado en su grado de internacionalización, y mucho, en los últimos años, como testimonian diversos indicadores, como son la oferta de dobles titulaciones con otras instituciones universitarias europeas; la presencia de universidades españolas en los consorcios de universidades europeas, o el hecho de ser uno de los países que más estudiantes recibe del programa Erasmus. Pese a ello, el número de estudiantes extranjeros que cursan sus estudios universitarios en nuestras aulas todavía es bastante reducido en la mayoría de nuestras universidades, con algunas excepciones.
Efectivamente, nuestro promedio de porcentaje de estudiantes internacionales es de un 3,4 por ciento del total de nuestro alumnado, lo que es claramente inferior al promedio de la OCDE, que se sitúa en el 6,4 por ciento, y muy inferior al de países como Australia, donde es del 21,8 por ciento y el Reino Unido, del 20,1 por ciento. Por lo tanto, tenemos el reto de impulsar políticas dirigidas a convertir nuestro sistema universitario en un verdadero polo de atracción de profesorado y estudiantado internacional. En este sentido, los consorcios del programa Universidades Europeas, en los que las universidades españolas están teniendo un elevado protagonismo, pueden ser un instrumento adecuado, aunque debería revisarse el marco financiero y administrativo para que la formulación de nuevas titulaciones sea viable.
Las universidades también vamos a tener que afrontar un escenario de cambios con la irrupción cada vez mayor de nuevos actores capaces de generar conocimiento y formación, especialmente en el ámbito tecnológico. Nuestra capacidad de tejer alianzas con otras universidades y centros de investigación va a ser decisiva para consolidar a las universidades como espacios de investigación e innovación independientes y socialmente responsables.
Para responder a los desafíos que plantea la sociedad del conocimiento, la cooperación interuniversitaria se convierte de esta manera en un instrumento clave para fomentar el desarrollo académico, la investigación y la internacionalización de las instituciones educativas. En los contextos europeo, iberoamericano y español, se presentan una serie de ventajas y desafíos específicos que es importante considerar.
En el ámbito europeo, los programas como Erasmus+ (tanto en su acción clave 1 como con su acción clave 2) han facilitado el intercambio de estudiantes, docentes e investigadores, promoviendo una educación más multicultural y colaborativa, facilitando un marco y recursos para el desarrollo conjunto de capacidades.
Asimismo, redes como el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) han creado marcos comunes para la homologación de títulos y la colaboración en investiga-ción, permitiendo el acceso a infraestructuras y financia-ción conjuntas. Y lo mismo ocurre con el Espacio Europeo de Investigación (EEI), que promueve un espacio único para la investigación, la innovación y la tecnología en toda la UE puesto que, alineando fuertemente sus políticas y programas de investigación, los países europeos ganan en eficacia en el sector de la investigación.
El Grado Europeo (European Degree) es una de las iniciativas con las que la Comisión Europea busca incentivar la cooperación entre universidades de diferentes países europeos y ofrecer una formación con enfoque transnacional y que garantice la adquisición de competencias alineadas con las demandas del mercado laboral y las necesidades de una Europa más integrada. Otro ejemplo es el Sello Europeo (European Label), que reconoce aquellos programas que fomentan la colaboración internacional, la innovación pedagógica y la conexión entre la educación y las prioridades estratégicas de Europa.
Además, la iniciativa de Universidades Europeas constituye un importante instrumento que permitirá avanzar y crear proyectos innovadores y de alto impacto, potenciando la competitividad frente a otras regiones del mundo, haciendo de las universidades europeas un referente.
En paralelo a estos consorcios, también se han impulsado convocatorias en el marco del programa Horizonte Europa para compartir infraestructuras científicas y estimular sinergias entre las universidades europeas que participan para dar respuesta, gracias al uso compartido de estos equipamientos, a los diferentes retos en que trabaja la investigación científica y promover una mayor transfe-rencia de resultados a la sociedad.
Pese a las ventajas mencionadas, también existen desafíos. Entre ellos, cabe mencionar la complejidad de los sistemas legislativos y la escasa flexibilidad en la regulación: diferentes criterios para diseñar los estudios, no solo por la aplicación de Bolonia (grados de tres y de cuatro años), sino por las condiciones, en algunos casos muy diferentes, de configuración de las materias de los títulos (en España hay muy poca tradición de fomentar la interdisciplinariedad entre los estudios, por ejemplo).
También conviene recordar las disparidades económicas entre países miembros que pueden generar desequilibrios en la cooperación, dificultando la plena participación de universidades de países con menos recursos. Igualmente, existen barreras culturales y lingüísticas: aunque el multilingüismo se fomenta, las diferencias culturales y el predominio del inglés pueden dificultar una cooperación verdaderamente inclusiva.
Por todos estos motivos, uno de los desafíos que deben afrontar las universidades es la inclusión en acciones de movilidad física. Las diferencias en el acceso a recursos económicos o situaciones desfavorecidas precisan de medidas para fomentar la inclusión en programas en el marco de la cooperación interinstitucional y así evitar la creación o amplificación de desigualdades al acceso. Sin duda, para que este tipo de programa prospere, es fundamental que tenga el reconocimiento social (por parte de los empleadores y los grupos de interés). Solo si socialmente se entiende el valor añadido de esta formación, podrá tener éxito.
En el ámbito iberoamericano, la riqueza cultural y lingüística de la región ofrece oportunidades para desarrollar enfoques innovadores en educación e investigación. Iniciativas como el Espacio Iberoamericano del Conocimiento (EIC) apoyan proyectos de educación e investigación con impacto social, especialmente en áreas de desarrollo sostenible y cohesión social.
Ahora bien, también nos enfrentamos a desigualdades estructurales, como las marcadas diferencias en desarrollo económico y educativo entre los países iberoamericanos que limitan la capacidad de cooperación equitativa, y a grandes desafíos en la digitalización. Aunque se ha avanzado, la digitalización desigual entre universidades puede ser un obstáculo para proyectos que dependen de tecnologías avanzadas.
Además, la diversidad de modelos educativos y legales puede dificultar la integración y homologación de programas y títulos. Una colaboración en el desarrollo de estándares homogéneos de calidad es fundamental para el desarrollo de programas conjuntos de modo eficiente.
En el ámbito español, entre los desafíos que la cooperación interuniversitaria debe afrontar tenemos el diseño de planes de estudio conjuntos. La aprobación del Decreto 822/2021, de 28 de septiembre, por el que se establece la organización de las enseñanzas universitarias, y la posterior aprobación de la Ley Orgánica del Sistema Universitario 2/2023, de 22 de marzo, supusieron un avance muy significativo en la regulación de los dobles títulos y los títulos conjuntos, de manera que, en este sentido, España se sitúa entre los países que mayor flexibilidad otorga al diseño de este tipo de programas. En teoría, el desarrollo de títulos conjuntos entre universidades españolas representa una oportunidad estratégica para potenciar la capacidad de atraer estudiantado; fomenta la creación de programas de excelencia al combinar las mejores prácticas y metodologías de las universidades participantes y permite ofrecer programas más innovadores y multidisciplinarios que integren fortalezas y especialidades únicas de las instituciones involucradas No obstante, a pesar de los avances apuntados en la legislación, la realidad es que las regulaciones específicas de los Sistemas de Garantía de Calidad Internos de las Universidades todavía plantean problemas a la hora de activar programas interuniversitarios, puesto que las agencias exigen el cumplimiento de condiciones que pueden no ser idénticas en los sistemas en colaboración.
Desde el punto de vista de la financiación, el hecho de que las competencias en educación superior estén transferidas a las comunidades autónomas hace que encontremos diferencias significativas en los precios de los programas, lo que en ocasiones dificulta la colaboración.
Activar iniciativas de títulos conjuntos internacionales, tanto iberoamericanos como europeos, es, sin duda, un avance en la consolidación de nuestro sistema universitario; como lo es la promoción de dobles títulos y títulos interuniversitarios. No obstante, todavía quedan retos que afrontar para que estos programas sean una realidad. Y solo se podrá construir un sistema de colaboración interuniversitario internacional si se parte del concepto de confianza mutua, entre las administraciones de los diferentes países y entre las propias instituciones académicas.
En resumen, en un contexto tan exigente y competitivo como el que vivimos, la cooperación interuniversitaria se configura como un instrumento relevante a la hora de responder a los desafíos compartidos, como son la definición de la oferta académica, la generación del conocimiento y su transferencia a la sociedad y la internacionalización del sistema universitario.
Foto: © iStock / franckreporter. El archivo se puede consultar aquí