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Ver productosEl poder es cada vez mayor y está en menos manos, según el filósofo español en un libro póstumo. «El mundo va sin duda hacia un totalitarismo completo», advierte Alvira

26 de enero de 2026 - 8min.
Rafael Alvira (Madrid, 1942-2024), catedrático de Filosofía y profesor de la Universidad de Navarra, fue cofundador y director del Instituto de Empresa y Humanismo. Profundo conocedor de la antropología y de la filosofía política, publicó veinte libros y cientos de trabajos de investigación. Conversar la vida es una obra póstuma suya.
Avance
Conversar la vida. Un diálogo con Rafael Alvira recoge el último gran testimonio de su autor, Rafael Alvira Domínguez (1942-2024), a quien sus editores, Lorenzo de los Santos, Tomás Alvira y Ricardo Rovira califican como «filósofo de sencillez profunda, maestro socrático y cultivador de la grandeza de ánimo».
En estas entrevistas a Rafael Alvira surgen recuerdos personales, pero sobre todo «diagnósticos lúcidos de nuestro tiempo» y convicciones expresadas con una enorme claridad. Alvira invita a pensar con hondura, pero sin pedanterías y a vivir con la serenidad de quien se sabe deudor de todo lo recibido.

En estos diálogos, grabados poco antes de su muerte, en 2024, Alvira anima a levantar una cultura nueva sobre la base de la familia, de la educación y de la actuación social y política decididas. Porque, resalta, hay tres columnas en toda sociedad: la familia, el magisterio y la Iglesia, «que son los tres lugares donde el ser humano se forma». En la primera época de la vida, quien más ayuda es la familia. En la segunda, los maestros y directivos: educación y gobierno. «El que educa bien hace posible un buen gobierno. Y el que gobierna bien, educa sin darse cuenta». En la tercera, «hay que prepararse para el salto a la otra vida: sacerdotes». Alvira era católico y numerario del Opus Dei. Ambas instituciones le sirven para solidificar sus puntos de vista, la segunda de forma especial cuando reflexiona sobre el trabajo como agradecimiento.
ArtÍculo
Hay chispazos filosóficos sueltos, en este Conversar la vida. Un diálogo con Rafael Alvira, que se recuerdan mejor y resultan más eficaces que la exposición clásica en un manual. Vayamos primero con algunos de ellos: eternidad, límite, leyes, panteísmo, educación, los trascendentales (verdad, bondad y belleza), finura, lenguaje, familia, empresa y capital.
El meollo de Conversar la vida. Un diálogo con Rafael Alvira lo constituyen sus ideas sobre la filosofía política, en especial sobre la democracia. Alvira argumenta que la democracia, desde su propia formulación y desde su origen, es un galimatías, porque «pide la mayor libertad posible y la mayor igualdad posible», y «eso es sencillamente imposible», una utopía y un credo. Ya Rousseau dijo que hacía falta instaurar la religión civil del Estado. «La democracia solo puede funcionar así, si lo intentas tapar termina mal, como la democracia cristiana en Italia, por ejemplo». De ahí que «la historia posterior de la democracia es la historia de cómo ajustamos y hacemos viable lo imposible».
Las ideas políticas no son demostrables. Tampoco la democracia, que se abandona a los progresistas. Piensan los progresistas que todavía no han transformado del todo al hombre, «pero es cuestión de tiempo». Esa idea se refleja todos los días de una manera o de otra «en los periódicos», en los discursos «de los políticos y de los teóricos de la democracia» y en los defensores «del famoso Estado del bienestar». Todavía no: «eso es el progresismo». Los progresistas aspiran a llegar «a la inmortalidad, dominando todo y sin que nos moleste nadie, simplemente pasándolo bien. Es el cielo en la tierra. El cielo es material. Solo que todavía no manejamos suficientemente bien la materia. Eso es todo».
«Los fascismos siempre se consideraron democráticos», advierte Alvira. Que la democracia sea el mejor de los gobiernos posibles es solo un tópico. «¿Quién se atreve a decir que la democracia le parece mal? A todos nos parece fantástica. Con lo cual, una vez más, nos damos de bruces con la contradicción. Un sistema que se autodenomina libre, no te deja libertad para opinar acerca de él».
Las virtudes clásicas tienden a desaparecer entre los gobernantes de las sociedades relativistas democráticas y la corrupción domina el panorama. «Hay poca gente valiente, y es que además hoy día, si te sales de las líneas oficiales, te expones a la aniquilación, porque el poder es cada vez más grande y está en menos manos». El mundo «va sin duda hacia un totalitarismo completo». Es verdad que vivimos mejor, «pero no somos mejores. Vivimos mejor pero no somos más felices. No creo que nunca antes de ahora se hayan escrito tantos libros sobre cómo alcanzar la felicidad. Por algo será».
Volviendo a que la historia de la democracia es la historia de cómo ajustamos y hacemos viable lo imposible, Alvira recuerda que se han intentado y se intentan dos vías. Una acentúa la libertad. Es el liberal-capitalismo. Promete que poco a poco todo el mundo tendrá tanto que se acabará la envidia y no habrá problemas sociales. La otra es la socialdemócrata, que acentúa la igualdad para controlar a la gente y profetizar que cuando «todo esté tranquilo y controlado, poco a poco se podrá dejar libertad». Las dos fórmulas han fracasado, según Alvira, y también la fórmula europea, de la que destaca, irónicamente, que «es tan buena» que consigue que «la gente no trabaje, no tenga capacidad de lucha. No tiene nada que sacar adelante, lo que tiene que hacer es vivir bien, y nada más. No tiene ninguna dificultad, el Estado providencia te soluciona todo».
Alvira, de alguna manera, es partidario del republicanismo —que no tiene que ver con monarquía o república, sino que es un modo de organizarse—, porque «pone mucho énfasis en la importancia de las instituciones y la buena relación entre ellas: que la gente participe en política a través de las instituciones, y no a través de partidos, que se corrompen mucho más fácilmente que las instituciones». Al republicanismo solo le falta un proyecto sugestivo de vida común, una fe común, como España cuando transmitía su fe y su cultura en América. Era entonces una patria, «un conjunto de gente que tiene un mismo amor radical, una misma convicción». La nación es un concepto «mucho más vago».
Alvira, siguiendo a uno de sus maestros, Álvaro d’Ors, propone cambiar la fórmula libertad, igualdad y fraternidad por la de responsabilidad, justicia y paternidad. La igualdad, como Alvira la entiende, se construye: «Es la consecuencia de los servicios mutuos; los que se sirven unos a otros, libre y mutuamente, se igualan». La verdadera igualdad, como la auténtica libertad, «solo se logra con el servicio». El servicio libera e iguala a los humanos «porque al generar confianza, genera amistad, y la amistad iguala. «Yo puedo no ser mujer, porque me ha tocado ser varón, pero yo soy igual que una hermana mía. Aparte de los lazos familiares, somos amigos. Y eso, dentro de la diferencia, iguala».
La civilización cristiana y la modernidad, «neopagana, masónica —en buena parte—, mantienen ambas la importancia de la libertad y la igualdad. El único pequeño problema es que entienden libertad e igualdad de manera completamente diferente». Es ese el punto. Mientras «la Iglesia sociológica no tenga del todo claro eso, seguirá acomplejada, rindiendo una cierta pleitesía a la modernidad». La superioridad de la civilización cristiana «se muestra en la absoluta imposibilidad de la otra opción». Por ello, «cuando no se sabe vivir con la suficiente radicalidad la civilización cristiana se deja vía libre al triunfo cultural de la modernidad. Todo esto es un estímulo que nos empuja a los cristianos a luchar para recuperar la hegemonía cultural perdida».
La imagen que ilustra esta reseña es el cuadro titulado The Friendly Gossips, de Eugene de Blass, que data de 1901. El archivo se encuentra en Wikimedia Commons y se puede consultar aquí. Allí citan como fuente Art Renewal Center.