«Conversar la vida». Un diálogo con Rafael Alvira 

El poder es cada vez mayor y está en menos manos, según el filósofo español en un libro póstumo. «El mundo va sin duda hacia un totalitarismo completo», advierte Alvira

«The Friendly Gossips», (1901). de Eugene de Blass.
«The Friendly Gossips», (1901). de Eugene de Blass. Archivo: Wikimedia Commons
José Manuel Grau Navarro

Rafael Alvira (Madrid, 1942-2024), catedrático de Filosofía y profesor de la Universidad de Navarra, fue cofundador y director del Instituto de Empresa y Humanismo. Profundo conocedor de la antropología y de la filosofía política, publicó veinte libros y cientos de trabajos de investigación. Conversar la vida es una obra póstuma suya.

Avance

Conversar la vida. Un diálogo con Rafael Alvira recoge el último gran testimonio de su autor, Rafael Alvira Domínguez (1942-2024), a quien sus editores, Lorenzo de los Santos, Tomás Alvira y Ricardo Rovira califican como «filósofo de sencillez profunda, maestro socrático y cultivador de la grandeza de ánimo». 

En estas entrevistas a Rafael Alvira surgen recuerdos personales, pero sobre todo «diagnósticos lúcidos de nuestro tiempo» y convicciones expresadas con una enorme claridad. Alvira invita a pensar con hondura, pero sin pedanterías y a vivir con la serenidad de quien se sabe deudor de todo lo recibido.

Conversar la vida. Un diálogo con Rafael Alvira.  Prólogo de Higinio Marín. Ediciones Cristiandad, 2025
Conversar la vida. Un diálogo con Rafael Alvira. Prólogo de Higinio Marín. Ediciones Cristiandad, 2025

En estos diálogos, grabados poco antes de su muerte, en 2024, Alvira anima a levantar una cultura nueva sobre la base de la familia, de la educación y de la actuación social y política decididas. Porque, resalta, hay tres columnas en toda sociedad: la familia, el magisterio y la Iglesia, «que son los tres lugares donde el ser humano se forma».  En la primera época de la vida, quien más ayuda es la familia. En la segunda, los maestros y directivos: educación y gobierno. «El que educa bien hace posible un buen gobierno. Y el que gobierna bien, educa sin darse cuenta». En la tercera, «hay que prepararse para el salto a la otra vida: sacerdotes». Alvira era católico y numerario del Opus Dei. Ambas instituciones le sirven para solidificar sus puntos de vista, la segunda de forma especial cuando reflexiona sobre el trabajo como agradecimiento.

ArtÍculo

Hay chispazos filosóficos sueltos, en este Conversar la vida. Un diálogo con Rafael Alvira, que se recuerdan mejor y resultan más eficaces que la exposición clásica en un manual. Vayamos primero con algunos de ellos: eternidad, límite, leyes, panteísmo, educación, los trascendentales (verdad, bondad y belleza), finura, lenguaje, familia, empresa y capital.

  • El instante, en cierto modo, es eterno, dice Alvira, no empieza ni termina. Pero la realidad «no puede ser una mera construcción de instantes, tiene que haber un eterno permanente» que le dé sentido.
  •  A Alvira le sirve el concepto de límite para reflejar el misterio de la Trinidad. Porque en ella, el límite no deja fuera. «Todo está dentro, pero las personas son distintas. El Padre no es el Hijo, y el Espíritu Santo tampoco. Es el gran misterio».
  • La ética debe dictar cómo se hace la ley, y no al revés. «Como dice Tomás de Aquino, una ley injusta no es ley». Eso significa que la ley no marca la justicia, sino que la justicia marca la ley. Cuando se quiere suprimir «la primacía de Dios y de la naturaleza», se convierte al derecho en lo primero, «que es lo que pretende el Estado actual».
  • Tanto la noción de progreso moderno, como la de la sociedad sin clases marxista, como la del transhumanismo son formas de panteísmo disimulado.
  • Se educa más insinuando con el ejemplo que con el dedo índice desplegado. «El índice sirve poco para educar, hay que hacerlo de modo indirecto, y en el fondo el ejemplo es un modo indirecto de educación: que vean cómo te comportas, y entonces terminarán preguntándose por qué has actuado de ese modo».  Subraya que si no se lanza la gente a que se faje, «no hay aprendizaje de la voluntad». Pero hay que hacerlo de tal manera que no se reciban «golpes demasiados contundentes».
  • Verdad, bondad y belleza. Alvira coloca los llamados trascendentales del ser en este orden: belleza, verdad y bondad. «¿Por qué? Porque la característica de la belleza es su inmediatez. Abres una puerta y lo primero que dices no es nunca “¡qué verdadera es esta habitación!”, sino “¡qué bonita!”. Si dices “¡qué buena!”, es solo por comparación con otra que has visto. La belleza, tiene la función de atraer tu deseo». De ahí, por ejemplo, la importancia de mantener la belleza del culto, la belleza del arte sagrado, la belleza de la música sacra, la belleza de las iglesias… La belleza es lo inmediato, lo que aparece. Pero hay cosas que solo parecen, no son. Entonces se abre el siguiente trascendental: verdad. Una vez que se comprende que es verdad, se prueba. 
  • La finura es un rasgo parecido al de la sorpresa y lleva a la analítica. «Analizar finamente es desplegar una mirada atenta que sabe distinguir».
  • Todo lo que hace el ser humano «es lenguaje: los gestos, el vestido, la palabra, las acciones, todo son lenguajes. Cuidar el lenguaje ha sido siempre muestra de respeto a los demás».
  • No es la familia la que se tiene que inspirar en la empresa, sino al revés. «Se puede explicar con una sola frase española, que pertenece al argot cotidiano, y es metafísica pura: “En este sitio me encuentro como en casa”».
  • Mientras lo que se sepa se emplee para el bien común, cuanto más se sepa, mejor. «Pues lo mismo con el capital. Si lo uso para el bien común, cuanto más tenga, mejor».

La democracia y sus imposibles

El meollo de Conversar la vida. Un diálogo con Rafael Alvira lo constituyen sus ideas sobre la filosofía política, en especial sobre la democracia. Alvira argumenta que la democracia, desde su propia formulación y desde su origen, es un galimatías, porque «pide la mayor libertad posible y la mayor igualdad posible», y «eso es sencillamente imposible», una utopía y un credo. Ya Rousseau dijo que hacía falta instaurar la religión civil del Estado. «La democracia solo puede funcionar así, si lo intentas tapar termina mal, como la democracia cristiana en Italia, por ejemplo». De ahí que «la historia posterior de la democracia es la historia de cómo ajustamos y hacemos viable lo imposible». 

Las ideas políticas no son demostrables. Tampoco la democracia, que se abandona a los progresistas.  Piensan los progresistas que todavía no han transformado del todo al hombre, «pero es cuestión de tiempo». Esa idea se refleja todos los días de una manera o de otra «en los periódicos», en los discursos «de los políticos y de los teóricos de la democracia» y en los defensores «del famoso Estado del bienestar». Todavía no: «eso es el progresismo». Los progresistas aspiran a llegar «a la inmortalidad, dominando todo y sin que nos moleste nadie, simplemente pasándolo bien. Es el cielo en la tierra. El cielo es material. Solo que todavía no manejamos suficientemente bien la materia. Eso es todo».

«Los fascismos siempre se consideraron democráticos», advierte Alvira. Que la democracia sea el mejor de los gobiernos posibles es solo un tópico. «¿Quién se atreve a decir que la democracia le parece mal? A todos nos parece fantástica. Con lo cual, una vez más, nos damos de bruces con la contradicción. Un sistema que se autodenomina libre, no te deja libertad para opinar acerca de él».

Las virtudes clásicas tienden a desaparecer entre los gobernantes de las sociedades relativistas democráticas y la corrupción domina el panorama. «Hay poca gente valiente, y es que además hoy día, si te sales de las líneas oficiales, te expones a la aniquilación, porque el poder es cada vez más grande y está en menos manos». El mundo «va sin duda hacia un totalitarismo completo». Es verdad que vivimos mejor, «pero no somos mejores. Vivimos mejor pero no somos más felices. No creo que nunca antes de ahora se hayan escrito tantos libros sobre cómo alcanzar la felicidad. Por algo será».

Volviendo a que la historia de la democracia es la historia de cómo ajustamos y hacemos viable lo imposible, Alvira recuerda que se han intentado y se intentan dos vías. Una acentúa la libertad.  Es el liberal-capitalismo. Promete que poco a poco todo el mundo tendrá tanto que se acabará la envidia y no habrá problemas sociales. La otra es la socialdemócrata, que acentúa la igualdad para controlar a la gente y profetizar que cuando «todo esté tranquilo y controlado, poco a poco se podrá dejar libertad». Las dos fórmulas han fracasado, según Alvira, y también la fórmula europea, de la que destaca, irónicamente, que «es tan buena» que consigue que «la gente no trabaje, no tenga capacidad de lucha. No tiene nada que sacar adelante, lo que tiene que hacer es vivir bien, y nada más. No tiene ninguna dificultad, el Estado providencia te soluciona todo».

Alvira, de alguna manera, es partidario del republicanismo —que no tiene que ver con monarquía o república, sino que es un modo de organizarse—, porque «pone mucho énfasis en la importancia de las instituciones y la buena relación entre ellas: que la gente participe en política a través de las instituciones, y no a través de partidos, que se corrompen mucho más fácilmente que las instituciones». Al republicanismo solo le falta un proyecto sugestivo de vida común, una fe común, como España cuando transmitía su fe y su cultura en América. Era entonces una patria, «un conjunto de gente que tiene un mismo amor radical, una misma convicción». La nación es un concepto «mucho más vago».

Libertad, igualdad y fraternidad

Alvira, siguiendo a uno de sus maestros, Álvaro d’Ors, propone cambiar la fórmula libertadigualdad y fraternidad por la de responsabilidadjusticia y paternidadLa igualdad, como Alvira la entiende, se construye: «Es la consecuencia de los servicios mutuos; los que se sirven unos a otros, libre y mutuamente, se igualan». La verdadera igualdad, como la auténtica libertad, «solo se logra con el servicio». El servicio libera e iguala a los humanos «porque al generar confianza, genera amistad, y la amistad iguala. «Yo puedo no ser mujer, porque me ha tocado ser varón, pero yo soy igual que una hermana mía. Aparte de los lazos familiares, somos amigos. Y eso, dentro de la diferencia, iguala».

La civilización cristiana y la modernidad, «neopagana, masónica —en buena parte—, mantienen ambas la importancia de la libertad y la igualdad. El único pequeño problema es que entienden libertad e igualdad de manera completamente diferente». Es ese el punto. Mientras «la Iglesia sociológica no tenga del todo claro eso, seguirá acomplejada, rindiendo una cierta pleitesía a la modernidad». La superioridad de la civilización cristiana «se muestra en la absoluta imposibilidad de la otra opción». Por ello, «cuando no se sabe vivir con la suficiente radicalidad la civilización cristiana se deja vía libre al triunfo cultural de la modernidad. Todo esto es un estímulo que nos empuja a los cristianos a luchar para recuperar la hegemonía cultural perdida».


La imagen que ilustra esta reseña es el cuadro titulado The Friendly Gossips, de Eugene de Blass, que data de 1901. El archivo se encuentra en Wikimedia Commons y se puede consultar aquí. Allí citan como fuente Art Renewal Center.