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Ver productosNueve personajes, aislados por la nieve, intercambian historias reveladoras sobre la naturaleza humana

17 de marzo de 2026 - 7min.
Luis Landero. Uno de los nombres esenciales de la narrativa española. El Premio Nacional de las Letras que se le concedió en 2022 culmina una trayectoria literaria exitosa y reconocida en la que destacan obras como Juegos de la edad tardía, El balcón en invierno, Lluvia fina, El huerto de Emerson y La última función.
Avance

«Cuenta lo que se cuenta», sentencia uno de los personajes de esta novela que reúne a un grupo de personas en un encierro involuntario. Luis Landero rinde homenaje a esa literatura que evoca y revive el momento iniciático en el que los seres humanos se reunían alrededor del fuego y contaban historias. Así es como empezó todo. Algunas grandes obras literarias responden a esa fórmula con sus infinitas variaciones.
En este caso, las coordenadas son invernales y tienen nombre propio de borrasca: Filomena. A falta de cobertura, los protagonistas de este invernal coloquio deciden cultivar la conexión de siempre, la que les proporcionan las historias y los relatos con los que distraen la espera mientras profundizan no solo en su conocimiento sino en el de los demás y en el del mundo que comparten.
ArtÍculo
«Poco o mucho y mejor o peor, pero todos tenemos algo que contar». En esta frase, pronunciada por uno de los protagonistas, se resume la esencia de la última novela de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948). La acción se circunscribe al hostal donde siete personas de muy distinta procedencia y condición, así como los dos dueños del establecimiento, permanecen aislados durante tres noches de 2021 a causa de la borrasca Filomena.
Como si se tratara de un dramatis personae, la obra tiene mucho de teatral. Landero empieza por presentarnos sucintamente a sus personajes, de los que solo facilita nombre y profesión: una librera, un empleado de ferrocarriles jubilado, un profesor de diversas materias, una profesora de Filosofía, un médico, un periodista, un comandante de caballería y el matrimonio que regenta el hotelito. El resto de las características de cada uno las irán desvelando ellos mismos a medida que vayan integrándose en el coloquio.
Sin posibilidad de salir al exterior, sin cobertura en sus móviles, los allí reunidos deciden emplear el tiempo en contar historias. Algunas serán experiencias propias y otras serán relatos que han oído a otros. La mayoría de las narraciones pondrán de manifiesto frustraciones de estos antihéroes, que son los propios narradores o los protagonistas de lo contado.
Las historias fluyen como las aguas del deshielo. Se entremezclan entre sí, se cruzan, se desvían en bifurcaciones, se enriquecen con afluentes para desembocar en un gran fresco sobre los desvelos y las peripecias de la condición humana. Un enorme puzle donde cada pieza va ocupando su encaje en los huecos que le deja la vida.
Landero emula un recurso utilizado por los grandes de la literatura. El hotel de montaña de Coloquio de invierno remite a la venta de Juan Palomeque del Quijote o a El coloquio de los perros, por seguir con Cervantes, donde los canes, al descubrir su capacidad de hablar, aprovechan las noches para contarse sus experiencias con los diferentes amos.
Pero también nos evoca el Fiesole florentino, donde los diez muchachos del Decamerón alivian su aislamiento por la peste contando historias. O el camino de Londres a Canterbury, por el que peregrinaban los devotos de santo Tomás Becket, animados por las historias que se iban contando, que serían recogidos, a finales del siglo XIV, en los célebres Cuentos de Canterbury por Geoffrey Chaucer.
De Landero, entre otras virtudes, se ha destacado su portentosa habilidad en la construcción de personajes. Su obra está poblada por seres singulares, normalmente con vidas frustradas a los que solo la imaginación puede rescatar. Desde el gris Gregorio Olías, transformado en el brillante Faroni, de Juegos de la edad tardía (1989) hasta el otrora niño prodigio Tito Gil, que resucita la efímera ilusión de un pueblo por salir de la mediocridad en La última función (2024). pasando por la sufrida Aurora, paño de lágrimas de su familia política en Lluvia fina (2019).
Escuchando a los personajes de Coloquio de invierno, uno con frecuencia cree escuchar al propio Landero. Así, diseminados en las locuciones, aparecen pensamientos sobre la importancia de la narración —«De cualquier minucia puede sacarse una novela»— o la necesidad de hacer atractiva la conversación —al alternar las voces, «se le da variedad al coloquio»—.
Nos encontramos opiniones sobre los propios personajes. Uno de los adjetivos más utilizados por Landero, o, mejor dicho, por sus criaturas, auténticas portavoces del autor, es «entrecano». La mayoría de los protagonistas de las historias pertenecen a la «entrecana zona media». Es un lugar que se caracteriza por «la anodina monotonía de ir viviendo», una monotonía que «es desbaratada de pronto por un instante único, mágico y sublime o siniestro y oscuro».
Las razones por las que los reunidos deciden contar sus historias son diversas. Uno de ellos lo explica como el alivio del desahogo: «Me hace bien confesarme ante todos vosotros». Otro porque no sabe si ante una de las grandes decisiones de su vida, debe sentirse culpable o inocente. «Quizá si me oigo a mí mismo contarlo en alto y ante testigos imparciales, es decir, contarlo de dentro a afuera, […] quizá eso me ayude a aclarar mis ideas y a poner un poco de luz en mi conducta».
Los puntos de vista son muy diferentes entre los interlocutores. Así sucede cuando uno de ellos reflexiona sobre la verdad y la mentira. «He ahí el poder que tienen las palabras para crear realidades donde no las hay, realidades ficticias, sí, pero que, cuando fraguan, suplantan en fuerza y convicción a la realidad misma».
Por contra, otro de los presentes sostiene que, ante un hecho verídico, «no se debe hacer literatura, sino dar cuenta del suceso tal como aconteció, sin más artificio que la propia y desnuda verdad, sin adornos ni postizos, que con tanta cosmética a veces la verdad parece mentira y la mentira adquiere visos de verdad».
El mismo personaje, al que Landero parece utilizar para darnos su visión del mundo actual, denuncia una «afición a la habladuría que tanto abunda hoy, donde uno no deja hablar al otro y donde todos terminan hablando a voces y a la vez».
El crítico Santos Sanz Villanueva califica Coloquio de invierno de novela de ideas. Los relatos trascienden la mera anécdota, convirtiendo las historias en reflexiones sobre los grandes asuntos que ocupan al ser humano; el amor, las culpabilidades, las aspiraciones, los sentimientos, el destino, la libertad, la felicidad, la fragilidad de la vida… «En la vida pasa lo que en las grandes arquitecturas —cavila uno de los personajes—. De repente, aparece una grieta y toda la obra entra en peligro de colapso».
Landero cierra la novela con las valoraciones y parabienes a la experiencia vivida por parte de los personajes, cuando ya están a punto de abandonar el encierro y seguir su camino. Paradójicamente, el aislamiento, gracias a la plática, les ha servido para sentirse más acompañados que en su vida ordinaria.
El médico, por ejemplo, afirma que «todas las historias que hemos contando, sean o no de amor, tratan de lo mismo, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos, momentos creativos y momentos en que, de pronto, todo lo que se había logrado con tanta ilusión y tanto esfuerzo se desbarata en un instante».
O la profesora de filosofía, quien concluye que la estancia obligada estancia la ha hecho comprender que debemos «buscar el conocimiento, y hasta la belleza, en las cosas pequeñas y tangibles, y en lo vivido, y no en lo solemne y en lo abstracto».
Luis Landero ha vuelto a demostrar que es uno de los grandes narradores españoles del momento. Con su Coloquio de invierno, reivindica el «poder de las palabras», demuestra que «la mediocridad de hoy será la nostalgia de mañana» y sentencia que «cuenta lo que se cuenta».
El autor reconoce que «es muy difícil contar la historia de la monotonía, aquello que ocurre cuando no ocurre en apariencia nada». Sin embargo proclama, y así lo pone de manifiesto en la novela, que «siempre ocurre algo, si no en la superficie, sí en las profundidades secretas del alma».
La imagen que acompaña este texto es el cuadro de Monet titulado La urraca (1868-69). Se encuentra en el Musée d’Orsay, París. Archivo en dominio público con licencia PD-Art. Se puede consultar aquí.