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Ver productosEl autor de «Delirio americano» cree que el pueblo no se va a quedar quieto y que Delcy Rodríguez se verá en aprietos si intenta reprimirlo, como hasta ahora hacía Maduro

21 de enero de 2026 - 11min.
Carlos Granés (Bogotá, Colombia, 1975). Doctor en Antropología Social, ensayista y escritor. Autor de Delirio americano, La revancha de la imaginación y El rugido de nuestro tiempo.
Avance
Carlos Granés se ha convertido, con su ensayo Delirio americano (Taurus, 2022) en uno de los más agudos observadores de la idiosincrasia política y cultural de América Latina. Según la crítica, se trataba de una brillante indagación en la negativa influencia del arte en la política, a través de la historia del subcontinente desde que se emancipó de España hace doscientos años. «No creo que nadie haya trazado un fresco tan completo, animado y lúcido», llegó a decir Mario Vargas Llosa.
En esta entrevista, Granés analiza el presente de la región, en un periodo especialmente crítico, marcado por los populismos y los seísmos geopolíticos provocados por Donald Trump y su «visión monrovista (de Monroe y su América para los americanos)». Cree que el delirio americano ya no es exclusivo de América Latina, sino que está alcanzando proporciones globales, gracias al presidente de EE. UU., aunque a diferencia de los populismos, piensa que la pesadilla pasará, por estar sometido aquel a los contrapesos de la democracia estadounidense.
Ve el futuro de Venezuela con una mezcla de esperanza y pesimismo, dado lo problemático de su transición. Atisba tras la endémica fascinación por los caudillismos una pulsión cuasi religiosa hacia el líder mesiánico y sostiene que el decolonialismo es la versión latinoamericana del wokismo, si bien también aquel está siendo metabolizado por el capitalismo. E indica, finalmente, dos rémoras estructurales que comprometen el porvenir de la región: la brecha entre las élites y los electorados y la escasa solidez de la clase media.
ArtÍculo
El delirio americano parece haberse globalizado en los últimos años. La idea de transformar el mundo, haciendo tabula rasa, con un aire mesiánico y una retórica inflamada, ya no parece patrimonio de la idiosincracia latinoamericana. Es lo que opina el sociólogo Carlos Granés, después de haber estudiado aquel peculiar fenómeno que ha condicionado la política de la región desde que cortó amarras con España, teniendo como modelo la arquitectura constitucional de la democracia y el liberalismo.
—En qué consiste exactamente el delirio americano, con el que titula su libro.
—Sería cierta inclinación a entender la política en los mismos términos que el arte. Este (literatura, pintura, cine, etc.) permite poner en pie mundos fabulosos, pero transferir esa mentalidad a la cosa pública, a la gestión política, es desastroso. García Márquez definía el realismo mágico como la capacidad de narrar hechos «rigurosamente ciertos que parecen fantásticos». En muchas ocasiones, la deriva política de América Latina parece justamente eso, por atrabiliaria, increíble…
—¿Por qué es exactamente desastroso?
—Porque supone una refundación de la realidad, una utopía, un proyecto descomunal de transformación, un mundo nuevo cada vez, siempre empezando de cero, un adanismo permanente.
—No tiene visos de cambiar en el siglo XXI.
—No solo eso. Esa tradición ya no es solo latinoamericana, sino global. Vivimos un tiempo en que predomina el sentido épico, la idea de transformar el mundo, confundiendo sueños con realidades, con una retórica inflamada.
—Los populismos…
—Y con Trump en primer término. Es verdad que es un empresario que usa esa retórica para negociar, pero también tiene un visión monrovista (de Monroe y su «América para los americanos») de una parte del mundo, de reacomodar la zona, con algo de épica, de monarca mundial.
—Lo cual es especialmente inquietante en la actual coyuntura.
—Así es, pero con una diferencia respecto a otros populismos, y es que las instituciones funcionan en la democracia estadounidense, a pesar de todo. Si Trump pierde las legislativas de noviembre y deja de tener el control de la Cámara de Representantes y del Senado, su posición se va a debilitar y tendrá menos margen de maniobra que hasta ahora. La democracia está amenazada, pero no en peligro. Lo de Trump puede ser una pesadilla temporal que terminará pasando.
—Esa pesadilla le ha venido bien a los venezolanos; ¿la detención de Maduro es una noticia buena, mala o ambigua?
—Diría que ambigua. Yo la veo con una mezcla entre la esperanza y el pesimismo. No es una buena noticia porque conculca el derecho internacional, pero al menos le da a Venezuela una segunda oportunidad para restablecer su vida institucional. Había una tensión entre dos clases de derechos, el internacional que previene los conflictos entre países y los derechos humanos que impiden que los tiranos aplasten a la población. Con la intervención estadounidense al capturar a Maduro, se ha violado el derecho internacional, pero ello ha beneficiado a los derechos humanos en Venezuela. Es una interesante paradoja, porque, tal como estaban las cosas, era imposible mantener los dos derechos a la vez.
—El problema viene ahora. ¿Al final todo cambiará en Venezuela para que todo siga igual?
—La transición no va a ser nada fácil, en efecto, y esa es una mala noticia. Pero a diferencia de Maduro, Trump no es insensible a la presión del voto, de los medios de comunicación, de sus rivales políticos. El Gobierno americano tiene que responder a las demandas de la oposición, de las instituciones, de las voces internacionales. El mismo pueblo venezolano no se va a quedar quieto y Delcy Rodríguez se verá en aprietos si intenta reprimirlo, como hasta ahora hacía Maduro. Las cosas han cambiado para bien. Pero es pronto para poder hacer vaticinios.
—¿Y el aviso a Cuba?
—Por lo pronto ,Cuba se queda sin el petróleo venezolano, lo que significa una fuerte presión económica que lleva al país a una situación límite. Pero, aunque el pueblo está allí en la miseria, la dictadura es férrea y es difícil augurar lo que puede ocurrir. Las rebeliones frente al gobierno de Diaz-Canel hasta ahora han tímidas y siempre se han sofocado. Tampoco cuenta Cuba con una oposición interna articulada, capaz de disputar el poder en el corto plazo. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos en las próximas semanas.
—En su obra apunta usted que Hispanoamérica es hostil a la democracia liberal, por considerarla una importación anglosajona. Sin embargo, cuando se emanciparon de la corona española, las repúblicas copiaron ese modelo.
—Toda la arquitectura constitucional es liberal y democrática, reflejo de la primera carta magna de todas, la de Venezuela de 1811, calcada a su vez de los modelos de EE.UU., Francia e Inglaterra, pero ante el fracaso de la república, Simón Bolívar critica ese modelo liberal y busca otro que reproduzca el control social del Antiguo Régimen e intenta una presidencia vitalicia que reemplaza a la religión.
Ese rechazo a la democracia liberal se traduciría en caudillismo y en dictadura. Pero no son lo mismo el castrismo que el peronismo que el PRI-ismo (de México), el trujillismo o el chavismo. Cada uno de ellos tiene particularidades, pero con distintas variaciones todos replican el modelo del gran padre que controla la misión jesuítica, formada no por individuos sino por cuerpos o estamentos, que deben ser adoctrinados. A grandes rasgos, la prioridad la tiene el líder que sospecha de toda crítica y disidencia de los individuos.
—Ha hablado de «misión jesuítica». ¿Dos siglos después se reproduce el patrón: el electorado sigue al líder mesiánico, como fiel de una religión?
—Totalmente. Se produce una filiación emocional porque ese líder se presenta como la identificación del pueblo. Y eso genera un vínculo tan fuerte que el pueblo no es capaz de romperlo, porque romperlo equivaldría a cuestionarse a sí mismo. Eso explica la longevidad de determinados gobiernos dirigidos por ese tipo de líderes.
—Aunque siempre apelen a la democracia.
—Una cosa es el lenguaje y otra la realidad. Se dicen democráticos, pero no lo son. La prueba es que recelan de la división de poderes. Como los populismos, que se dicen democráticos, pero en realidad son nacional-populares.
—E incluso, a veces apelan al neoliberalismo, como Milei.
—Sin embargo, Javier Milei reproduce formas del peronismo. No en economía, cuyas medidas son un antídoto del peronismo, pero sí en política, donde pretende colonizar las instituciones de Argentina, manejar símbolos, con una especie de peronismo de derechas.
—¿De dónde viene la fascinación por el caudillismo?
—Surge históricamente de los liderazgos de los señores de la guerra, durante las luchas de la emancipación de España. Eran líderes militares, con fuerte personalidad, que dirigen a los pueblos hacia la independencia y que se creen dueños de una porción de la patria. El caso más característico sería José Antonio Páez, caudillo de la independencia venezolana.
—Tradicionalmente, siempre hay un abismo entre las élites y el pueblo en Latinoamérica, y muchos líderes revolucionarios proceden del estamento culto: Fidel Castro, el Che, Ernesto Cardenal…
—No es fácil encontrar líderes salidos de las clases populares. La mayoría proceden de la clase media o la élite ilustrada. En parte, esto es debido al acceso a la educación. Pero explica también que, en algunos casos, esos líderes, por visionarios que fueran, no siempre tenían una percepción de las necesidades reales del pueblo.
—No cree que las discusiones académicas postmodernas e identitarias tienen poco que ver con las cuitas económicas de la población.
—En América Latina el identitarismo tiene menos peso que en EE. UU. o Europa. Digamos que el wokismo latinoamericano sería más bien el decolonialismo, una forma particular de manifestar el rechazo a Occidente. La idea de que el buen gobierno debe remitirse a lo ancestral, a las prácticas indígenas, frente al colonialismo occidental. Algo que tiene bastante predicamento en ambientes académicos y universidades pero que, de forma paradójica, termina sirviendo al capitalismo, a través de la publicidad, con mensajes que promueven lo ancestral, con el objetivo propio del marketing: vender.
—Cuenta usted en el prólogo a Un bárbaro en París que Vargas Llosa rechaza el deconstruccionismo de Derrida porque le parecía fuego de artificio, desligado de los problemas reales, además de «renunciar a la buena prosa».
—Vargas Llosa tenía alergia al posestructuralismo, por su retórica vacía. Y en general, le molestaba que la literatura quedara reducida a un simple juego sin referentes en la realidad, sin un impacto en la vida social y política.
—Usted ha puesto los casos de Petro y Boric, que plantearon una suerte de refundación de sus países, en torno a contenidos académicos que nada tienen que ver con la vida de alguien pobre en América Latina.
—Ambos hicieron diagnósticos un tanto erráticos. Gustavo Petro, al priorizar la lucha contra el cambio climático en Colombia, un objetivo muy lejano de las preocupaciones más acuciantes de la población, como el desempleo o la inseguridad. Y Boric creyó que recuperar la dignidad de Chile era volver al allendismo [de Salvador Allende], ignorando que el periodo neoliberal iniciado en 1973 permitió que creciera la clase media.
—¿La escasa relevancia de la clase media es el gran condicionante que lastra a la región?
—Sin duda, es un problema estructural. A principios de este siglo parecía que iban a crecer las clases medias, con el repunte económico que supuso el boom de las materias primas, y aunque la situación mejoró, esas clases medias no son suficientemente grandes y sólidas, y con la crisis y la pandemia de la covid se frustró esa tendencia. Fíjese el caso de Brasil, que tuvo un crecimiento boyante, pero después se ralentizó. No basta solo el dinero, es necesaria una estructura social sólida, con clase media ancha y menos desigualdades.
—Y, sin embargo, América Latina tiene un activo histórico frente a Europa: apenas ha sufrido conflictos bélicos interestatales.
—Es un grandísimo activo. No ha habido en la región una Gran Guerra como la europea de 1914 o la de 1939. Y prácticamente no hemos tenido conflictos bélicos, con alguna excepción menor como Guatemala y Belice. Nunca ha habido un choque entre países grandes como Argentina y Brasil. Al margen de la inseguridad interna, las fronteras son fijas, no hay secesionismo… todo ello representa una ventaja geopolítica y económica de cara al inversor, América Latina es predecible y estable. Otra cosa es que EE. UU. intervenga, pero esa es una presión externa.
—¿Será el acuerdo UE-Mercasur la gran ventana de oportunidad de la región?
—Es una muy buena noticia. Por un lado, demuestra que la economía condiciona la cultura política de los países. Por otro, abre muchas posibilidades que van a beneficiar a los firmantes del acuerdo. Y, en tercer lugar, va a reforzar los vínculos entre dos continentes que han quedado debilitados tras las arremetidas de Trump y de Putin.
—América Latina tuvo tres siglos españoles; luego, una centuria bajo la influencia de Inglaterra y Francia, y en el XX otra bajo la estadounidense. ¿Tendrá en el XXI un siglo chino?
—Parecía, por el volumen de inversiones de China y la extensión de la Ruta de la Seda, que incluye entre otras cosas el control de una tercera parte de los puertos de gran calado de América Latina y el Caribe. Pero tras la intervención norteamericana en Venezuela, todo eso queda un poco en entredicho. Uno de los motivos de esa operación era desinflar a China y reducir su presencia económica en América Latina.
Por otro lado, se sobrevalora a veces el protagonismo chino. Aunque importante, su papel ha sido más bien de constructor y comprador de materias primas, pero la relación principal de grandes países latinoamericanos es con el vecino del Norte. Es el caso de México o de Colombia, que vende a EE. UU. el 30% de lo que produce.
En ese sentido, la influencia estadounidense va a continuar previsiblemente en la región a lo largo del siglo XXI.
Se pueden leer las primeras páginas de Delirio americano aquí. Fotografía de Fiorella Battistini, cedida por el autor.